37 #2
Es curioso que, en nuestro peores momentos, necesitemos que alguien nos cante sobre ello y haga girar, una y otra vez, el puñal que se clava en el corazón, para que, por alguna extraña, casi macabra, razón, sintamos algo de alivio.
Vi cómo la puerta se abría casi sin hacer ruido, con cautela. Frente a mí pareció Efrén, vestido con el chándal gris con el que lo había visto varias veces; y ahora, esos recuerdos me parecían muy lejanos, pertenecientes a mi otra vida.
Sus ojos oscuros se toparon con los míos; creo que no esperaba encontrarme despierta, porque en ellos se leía a la perfección la sorpresa.
Tardó un par de segundos en avanzar hacia a mí, se metió las manos en los bolsillos y se movió nervioso.
Era tierno ver a alguien tan grande y, en cierto modo, letal, en esa situación.
Se quedó a los pies de la cama, como si aquel fuera su espacio seguro. Encogí las piernas para que se pudiera sentar, tomó la invitación pero se colocó sin rozarme.
No habíamos tenido un reencuentro cálido, en el que nos fundiéramos en un abrazo y besos que sintieran hasta nuestras almas. En lugar de eso, ninguno de los dos sabía como proceder; éramos torpes e inexpertos, y parecía que Carlo ganaba la partida, habiendo hecho jaque mate antes de empezar.
Examiné su rostro mientras él mantenía su mirada fija en la mía. Dos manchas violáceas se extendían por debajo de sus ojos, que estaban rojos e hinchados como si hubiera llorado sin cesar .
Me preguntaba si realmente había sido así, mientras esperaba al lado de mi cama a que despertara.
Lo obligaron a alejarse para que los médicos me hicieran las pruebas necesarias y, desde que me subieron a planta, no me había dejado en ningún momento. Velaba por mí, me protegía de noche y de día, sin dormir, sin hablar.
Se pasó la mano por el cabello con frustración, sin llegar a clavar por completo su mirada en la mía, como si le costara mirarme, como si hacerlo le doliera.
Mis ojos recorrieron sus dedos y se detuvieron en las heridas que había en ellos.
Sus nudillos estaban en carne viva, aún manchados de sangre seca por no haber sido curados.
No recordaba si había habido golpes en el contenedor; solo el silbar de las balas.
No sabía qué había ocurrido después, pero primero me puso a salvo, por encima de su odio, su rabia y su dolor. Me puso a mí por delante.
Un impulso me llevó a tomar su mano y examinar sus heridas.
El calor de su piel contra la mía se expandió por mi torrente sanguíneo hasta alcanzar cada recoveco de mi cuerpo.
Pasé un dedo con suavidad sobre las heridas y escuché cómo tomaba aire.
Se quedó inmóvil, y podía sentir sus ojos siguiendo cada uno de mis movimientos. Aún reaccionaba a mi contacto.
- ¿Te duele mucho?- pregunté.
- Menos de lo que merezco- su voz. Su voz apenas fue un susurro y, aun así, se quebró al final de la frase. Apartó la mirada de mí y la fijó en la ventana, desde donde se veía parte de la ciudad .
- Efrén…- intenté decirle que no debía sentirse culpable, que nada de esto había sido su responsabilidad, que nadie podía prever algo así. No era su culpa.
- No lo digas- giró el rostro y clavó sus ojos en los míos. Los tenía enrojecidos, ya fuera por las lágrimas o la rabia, y sin el brillo que solía iluminar su mirada cada vez que me veía- No digas que no ha sido culpa mía, que no podía saberlo, porque sí pude preverlo y sí ha sido culpa mía.
Sé levantó de un salto y comenzó a caminar de un lado a otro frente a mí, como un león enjaulado, frustrado, tirando de su cabello desde la raíz hasta las puntas, como si ese gesto pudiera aliviar parte de la presión que, estaba segura, sentía.
Recorrió la habitación un par de veces más, con la cristalera a sus espaldas, dejando que las luces de las ciudad bañaran el espacio.
De repente, se detuvo en seco y, sin dudarlo, cayó de rodillas ante mí.
Su rostro reflejaba una desesperación absoluta, un dolor tan intenso que parecía casi palpable.
Sus ojos, enrojecidos y desbordados de lágrimas, hablaban de un arrepentimiento tan puro que se deslizó junto a cada gota que rodó por sus mejillas.
Las lágrimas caían sin control, humedeciendo su piel, resbalando hasta sus labios entreabiertos.
Su respiración era agitada, errática, y sin darme cuenta, la mía comenzó a acompasarse a la suya, dejándome paralizada.
Frente a mí, el hombre al que siempre había visto fuerte, entero, casi indestructible, ahora estaba roto.
Y con su mirada, me robaba algo que ni siquiera me atrevía a nombrar .
Sabía que Carlo me había destrozado, que me había hundido en un abismo del que aún no sabía si podría salir.
Me había convencido de que yo era la única víctima en esta historia.
Pero, en esas interminables horas de encierro, había una persona que siempre me habría buscado, que había luchado contra su propio miedo para traerme de vuelta.
Y ahora lo tenía aquí, postrado ante mí, con las manos aferrándose a mis piernas como si yo fuera su ancla, aunque estuviera rota, aunque ya no me quedara nada por ofrecerle.
Sus dedos se enredaban con desesperación en la tela de mi pijama, agarrándola con fuerza, como si temiera que, si me soltaba, desaparecería.
Sus labios brillaban, marcados por el rastro salado de sus lágrimas.
Sabía que debía decirle algo, cualquier cosa.
Pero las palabras solo se formaban en mi mente, temblorosas, incapaz de verbalizarlas.
Tomé su rostro entre mis manos y, con los pulgares, acaricié sus mejillas.
Él cerró los ojos ante mi gesto, y un suave quejido escapó de mis labios al ver tal gesto, que se me antojó tierno y del amor más puro.
Antes de que pudiera volver a mirarme, sellé sus labios con los míos.
Saboreé sus lágrimas saladas y ahogué con mis labios el sonido de sorpresa que estuvo a punto de escapar de su boca.
Su mano subió lentamente desde mi muslo hasta mi nuca y, con un leve tirón, me acercó más a él, como si no quisiera que ni siquiera el aire nos separara.
Con delicadeza, deslizo su lengua sobre mis labios antes de separarlos y adentrarse en mi boca.
No había pasión en ese beso, solo miedo y desesperación por volver a encontrarnos.
Había necesidad, pero no deseo. No era capaz de sentirlo, aunque él era el hombre al que más había ansiado.
Llevé una mano a su cabello, hundiendo los dedos en sus mechones, pero un tirón en mi piel me recordó la vía aún conectada a mi mano, por la deshidratación que había presentado. El dolor me devolvió bruscamente a la realidad. Me recordó a él.
Estaba tocando con la punta de los dedos lo que era volver a estar con Efrén, pero Carlo, aun sin estar presente, me lo arrebataba.
Me separé de golpe, como si su contacto me hubiese quemado, y apoyé la cabeza en su hombro para evitar su mirada. Sabía que lo había notado. Sabía que tendría preguntas. Y yo no estaba preparada para responderlas.
No sé cuánto tiempo permanecí así, con la cabeza apoyada en su hombro.
Ni siquiera fui consciente de cuándo su respiración se había calmado o cuándo sus lágrimas habían cesado.
Me sentía atrapada, anclada a esa silla, a ese contenedor, como si el tiempo hubiera dejado de existir.
Hablar conmigo era como gritar bajo el agua. Estúpido e inútil.
- Colibrí, tienes que tumbarte, te vas a hacer daño- escondí aún más mi cara en su cuello- No creas que voy a dejarte sola, porque no me voy a ir a ningún lado. Pero tienes que descansar.
Tomó mi rostro entre sus manos, besó mi frente, luego mis párpados y, por último, mis labios, con una ternura que hizo que mi corazón se detuviera.
- Déjame cuidarte, por favor- asentí en silencio y deslicé mis piernas bajo las frías sábanas blancas de la cama .
Efrén se incorporó y caminó hasta el armario en uno de los laterales de la habitación.
Recordaba haber visto a Olivia guardase algunas bolsas allí.
Hasta ahora, solo había utilizado el pijama y los productos de higiene.
Abrió una de las bolsas y sacó algo que me hizo fruncir e ceño: una de mis mantas favoritas.
De rayas multicolores, suave, de esas que siempre tenía sobre mi cama.
Lo miré, confundida. Sé suponía que mi padree había preparado aquella bolsa, pero si me detenía a pensar… estaba llena de mis cosas favoritas. Y también de cosas que, en algún momento, Efrén había mencionado que le gustaban. Como el pijama de Mickey Mouse que llevaba puesto en este instante.
- No ha sido mi padre quien hizo las bolsas, ¿verdad?
Él bajó la cabeza y extendió la manta sobre la cama, estirándola hasta cubrirme.
- ¿Has sido tú?
Sé encogió de hombros, sin responder, pero su mirada se posó en mi mano, la que tenía la vía puesta. Seguí su gesto y vi la gasa manchada de sangre por los tirones.
- He memorizado cada cosa que te gusta, colibrí- dijo en voz baja- Por eso sabía que esta es tu manta favorita, que necesitarías tus auriculares para alejarte de esta habitación.
Joder, incluso sé que productos usas para lavarte el pelo.
Cuando lo único en lo que debería haberme centrado era en tu seguridad.
Si lo hubiera hecho bien, nada de esto habría pasado.
Sus palabras fueron como un puñal directo a mi maltrecho corazón.
No sabía cómo era capaz de sentir dolor, cómo mi cuerpo aún lo toleraba sin romperse del todo.
Tragué saliva y escondí la mano temblorosa bajo la manta, como si con eso pudiera ocultar la tormenta que llevaba dentro.
Mi mano era el reflejo de mi corazón: herido, sangrante, con sus palabras clavadas como flechas.
- Solo fue una vez- murmuré, repitiendo sus propias palabras, sintiendo cómo se me hacía un nudo en el pecho-Solo una vez… y fueron dos. Un error mayor. Quererme habría sido un error.