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Falling
Flora
Unos pitidos repetitivos y estridentes me despertaron de mi letargo. Sentía como si hubiera estado inconsciente durante horas; me dolían todos los huesos y músculos de mi cuerpo.
Abrir los ojos se convirtió en toda una hazaña, pero cuando lo logré, una luz blanca cegadora me obligó a cerrarlos de nuevo, haciendo que el dolor de cabeza se volviera aún más insoportable. Gruñí, o al menos eso creí, porque el pitido en mis oídos no me dejó saberlo con certeza.
Volví a abrir los ojos, y la escena pasó como si estuviera sumergida en el agua.
Distinguía las voces, los ruidos, pero todo sonaba lejano y confuso.
Intenté taparme los ojos con la mano, pero me pesaba una tonelada, al igual que mis piernas.
No podía moverme. Mi cuerpo era una losa de cemento que me mantenía sumergida.
Vi el rostro desencajado de mi padre y sentí el calor de sus manos en las mías. Sus lágrimas saladas caían sobre mi rostro; creo que nunca lo había visto llorar. Intenté sonreírle, tranquilizarlo, hacerle ver que todo estaba bien, que estaba allí… pero creo que solo logré esbozar una mueca.
Fue su voz la que me hizo salir a la superficie. Mi nombre, pronunciado con desesperación y angustia, me arrancó de aquella neblina. Y, de repente, empecé a escuchar y sentir todo con claridad, con nitidez, con pureza .
Escuché voces desconocidas, los pitidos de las máquinas que me monitorizaban, la voz de Oli, la de mi padre, la de Diego y la de Efrén.
Vi las vías conectadas a mi brazo y mano, los vendajes alrededor de mis muñecas, las luces blancas de los fluorescentes.
Sentí la mano de Oli aferrada a mi mano derecha y la de mi padre sosteniendo la izquierda.
Diego estaba a los pies de mi cama, custodiándome, protegiéndome incluso de mis propios sueños.
Y Efrén… él estaba junto a la puerta, apoyado en la pared como si la necesitara para mantenerse en pie.
A juzgar por su aspecto, juraría que era así.
Recorrí con la mirada a todos los que estaban en la habitación.
Oli estaba literalmente en pijama, como si hubiera dormido allí.
Llevaba una sudadera enorme negra y con un moño desecho, con mechones sueltos enmarcando su bonito rostro, hinchado por el llanto.
Verla así me rompió el corazón un poco más, si eso era posible.
Mi padre, en cambio, seguía siendo todo un caballero elegante, incluso en un hospital.
Llevaba las mangas de su camisa arremangadas hasta los codos, la tela arrugada y fuera de sus pantalones de pinza.
Había manchas de sangre seca en la camisa y, aun así, mantenía su porte distinguido, a pesar del cansancio y de las ojeras que ensombrecían sus ojos celestes.
Diego…Diego estaba enfadado, muy enfadado, pero aun así me regaló una sonrisa. Él sí vestía su traje habitual, y eso me hizo respirar hondo, como si verlo así significara que no lo había perdido todo.
Y, Dios, Efrén. Efrén estaba destrozado.
Su camiseta y sus pantalones negros habían visto mejores días.
La camiseta estaba arrugada y por fuera del pantalón que estaba en el mismo estado.
Le sonreí, una sonrisa sincera, y vi cómo se desmoronaba.
Comenzó a llorar y, tras recuperar el aliento, salió de la habitación justo cuando entraban enfermeras y enfermeros.
Quise gritar su nombre, gritarlo hasta quedarme sin voz, pero mi garganta estaba seca y no pude pronunciar ni una palabra. Lo vi alejarse de mi lado, sin poder hacer nada para evitarlo.
Las horas siguientes estuvieron marcadas por el constante ir y venir de enfermeros y médicos, quienes no cesaron hasta obtener todas las pruebas necesarias para cerciorarse de mi estado; incluso la psicóloga del hospital se hizo presente.
Sinceramente, creo que era lo que necesitaba en ese momento, aunque yo no fuera era capaz de hablar de lo sucedido.
Los recuerdos se amontonaban en mi cabeza, pero no lograba formular frases que explicaran lo ocurrido; todo parecía quedarse corto.
Por suerte, no insistió y me dejó “descansar”, como si eso fuera posible.
La habitación, por fin, se había quedado vacía desde que desperté.
Necesitaba un momento sin voces, sin lágrimas, sin miradas de lástima.
No sé cuántos minutos transcurrieron mientras mantenía los ojos cerrados, intentado concentrarme únicamente en respirar con normalidad.
Inspira, expira. Hasta que el sonido de la puerta me sobresaltó y me pregunté si alguna vez dejaría de hacerlo.
Oli me sonrió, luciendo mucho mejor que la última vez que estuvo en la habitación.
Los médicos se vieron en la obligación de empujarla hasta la puerta para examinarme, aunque ella no dejaba de repetir que no se iría, alegando que no había nada que no hubiera visto antes.
Era una buena defensa, pero insuficiente para permitirle quedarse.
Diego la levantó como si fuera un peso pluma y la sacó de la habitación.
Su cabello estaba recogido en una cola alta y ya no quedaba rastro de las lágrimas, aunque seguía en pantalones de pijama y unas botas Ugg negras. Traía consigo dos vasos desechables humeantes, que sujetaba con ambas manos, lo que la hizo cerrar la puerta con una pequeña patada.
- ¿Sabes que estás guapa hasta con ropa de hospital?- puse los ojos en blanco y la sonreí, porque solo ella tenía la capacidad de hacerme sentir bien, incluso en estos momentos.
Se acercó a la cama y, dando un pequeño salto en el que peligraron las bebidas dulces, se subió y se pegó lo máximo posible a mí.
- Chocolate con leche y vainilla para la señorita- dijo, tendiéndome uno de los vasos, lo que provocó que mis ojos se irritaran por las lágrimas que intentaba retener.
- Supongo que para ti será chocolate con caramelo y nata-receté su bebida con la voz estrangulada.
- Si algo es bueno, ¿para qué cambiarlo?- asentí y di un trago largo a mi chocolate. Lo había pedido extra caliente, porque sabía que odiaba que se enfriara.
No quería saber cómo había conseguido meterlo en el hospital o si le habían dado permiso para que yo lo bebiera, pero la verdad era que me daba igual.
Necesitaba a mi amiga tanto como el aire que respiraba.
Era mi constante, la persona a la que siempre podía acudir; la misma que dormiría a mi lado en el hospital. No sabía que haría sin ella .
- ¿Quieres hablar de ello?- preguntó, y yo negué con la cabeza, pues aún no me sentía preparada para hacerlo, ni siquiera con mi otra mitad.
Era una mierda, pero era la verdad- Solo tienes que saber que no volverá a estar cerca de ti.
Enrico se encargará de tu defensa- no puede evitar mostrar mi asombro, ya que apenas había tratado con Enrico Rossetti, aunque siempre estuviera donde estaban los Stracci- Yo lo haría, pero para entonces, no habría terminado el máster- dijo, hundiendo los hombros con culpa, aunque sin poder hacer nada en esa situación- Además, el resto de los Stracci se encargarán de vigilarlo.
No estas sola, nos tienes a todos a tu lado.
Sabía que no iba a estar sola, ese juzgado iba a estar blindado, pero me aterraba tener que enfrentarme a él.
No sabía si iba a ser capaz de hacerlo. Y luego, estaba la culpa que sentía en el fondo de mi corazón: ¿iba a ser capaz de meterle entre rejas?
Para él, todo había sido una mentira, pero para mí había sido real.
Mis sentimientos por él eran reales. Le quería, y no sabía si podría vivir con la culpa de se quien le mandó a la cárcel.
- Tranquila- añadió, colocando sus manos sobre las mías después de dejar el chocolate en la mesita auxiliar, pegada al lado de mi cama- Enrico tiene la confianza de toda la familia; lleva años con ellos y le he visto trabajar y joder. Es bueno. No tanto como yo seré, pero sí lo suficiente.
Creo que una sonrisa se dibujó en mis labios al escuchar su tono fanfarrón.
- En serio, Flora, Enrico nunca pierde. Siempre parece estar dos pasos por delante y tener las mejores cartas.
Tienes que fiarte de él; y si no confías en él, confía en mí.
No le dejaremos ni respirar, y cuando se dé cuenta, el día del juicio será el último en que vea la luz del sol desde la libertad.
Asentí e intenté pasar por alto la palabra “juicio”, pues no sabía si sería capaz de volver a verle sin romperme.
- Además, voy a trabajar con él de manera extraoficial.
Haré feliz a mi madre después de todo. ¿Quién lo iba a decir?
-comentó, agradeciendo el intento de broma acompañado de sus muecas.
Pero, por mucho que no lo admitiera, Olivia siempre extrañaría tener unos padres orgullosos- Dicho esto, tengo algo que confesarte: creo que me gusta Nico, pero de verdad.
Siento mariposas en el estómago, ganas de besarlo y de decirle “te quiero”, vamos, todas esas gilipolleces de las comedias románticas de los dos mil.
¿Cómo de malo sería que estuviera pillada por un figlio di papá ?
Intenté sonreír, al igual que incontables veces mientras la escuchaba, maravillada por volver a tener la oportunidad de oírla, pero no lo conseguí. Ninguna de las veces.
Olivia dejó la habitación después de una hora, tras mi insistencia en que se fuera a dormir a casa. Necesitaba un buen colchón para descansar, no una silla que, a todas luces, era cuyo más incomoda de lo que aparentaba; y, si me apuras, una ducha reparadora tampoco le vendría mal.
Mi padre también había pasado por aquí, pero se fue a casa junto a Diego a recoger algo de ropa que iba a necesitar.
Por ello, me puse los auriculares y reproducía una playlist sumamente devastadora para acallar todos los ruidos, que, por pequeños que fueran, martilleaban mi cabeza gota a gota hasta hacerme sentir que en cualquier momento iba a perderla.