Fuimos Roma 36 #2
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36 #2

¿Los Stracci mataron al padre de Carlo? ¿Por qué?

No tenía sentido. Hace veinte años jugaban en una liga mucho menor, ni siquiera se acercaban al nivel de los Stracci o los Altieri.

¿Por qué querían matarlo? ¿Qué les había hecho Caterina Fiore?

¿Y por qué provocarle una sobredosis? ¿Qué traen en esos contenedores que no pueden introducirlo por otra parte del país?

Joder, no lo sabía. Pero la verdad era que no me importaba.

Lo único que me importaba era que habían utilizado el secuestro de Flora para echar de nuevo un pulso a los Fiore y Altieri. Un simple medio para un fin. Tal y como había dicho Carlo.

- Puede ser- pese a la sorpresa que le había supuesto escuchar la verdad velada de la muerte de su padre, recuperó esa maldita sonrisa arrogante que me hacía desear partirle la cara de nuevo- Fuera como fuere, os he reunido a todos en una ocasión muy especial.

Su cabeza cayó ligeramente hacia un lado, estudiando y disfrutando del momento.

- Por cierto, ¿creéis que podré seguir mandándole cartas a Flora cuando esté en la cárcel? He encontrado el proceso bastante inspirador.

Hijo de puta .

Quise romperle cada hueso de su cuerpo. Quise hundir mi puño en su cara hasta que no quedara nada reconocible, hasta que cada palabra que había salido de su boca se ahogara en su propia sangre. Pero eso solo me haría perder más tiempo.

Y no podía perder ni un minuto más.

Si había despertado, mi lugar estaba junto a ella. Velando por sus sueños, por sus miedos. Protegiéndola de todo lo que pudiera hacerle daño.

Necesitaba que me besara. Sentir su calidez. Que me reclamara con la misma intensidad con la que yo la deseaba. Porque nada más hacía que pudiera volver a respirar.

Nada se asemejaba a estar junto a ella.

Ahora ya sabía la verdad, acerca de todo. En un futuro enfrentaría las consecuencias, pero en ese momento, me daba igual. Me daba igual si Enzo decidía pegarle un tiro o divertirse con cada una de sus extremidades. Nada de eso me importaba. Mi lugar no estaba ahí. Mi lugar estaba junto a ella.

Salí de allí sin mirar atrás, necesitaba llegar hasta ella. Como alma que lleva el diablo, corrí hasta la puerta de acceso de la nave. Fabio, con precisión, me lanzó las llaves de uno de los coches aparcados. No dijo nada. Solo asintió.

No perdí ni un segundo. Subí al Audi A8 y, con un derrape, dejé atrás aquel lugar sin alma.

La distancia que separaba el hospital de la recóndita nave se convirtió en un borrón a mi paso. Me centré únicamente en pisar el acelerador y zigzaguear entre los pocos coches que me encontraba en el camino .

Al llegar, entré por uno de los laterales del hospital y subí directo a la planta donde tenían a Flora. Nadie me detuvo. Siendo un ejemplo deleznable de la calidad de seguridad de este lugar.

Subí los escalones de dos en dos, planta por planta, sintiéndolo como una eternidad. No debía de haberme ido de su lado. No otra vez.

Llegué a una sala de espera desierta; ni siquiera había alguien en el control de enfermería. Abrí las puertas dobles y, al final del pasillo, divisé a Diego, quien abrazaba con fuerza a su mujer.

- ¿Está despierta?- pregunte, con una mezcla de desesperación y terror ante lo que pudiera oír. Necesitaba saber que ella estaba bien, era todo lo que pedía.

- Ha despertado unos segundos, pero se ha vuelto a dormir. El doctor nos ha dicho que es normal, su cuerpo y su cerebro necesitan tiempo para recuperarse. Está en la habitación del fondo- era todo lo que necesitaba escuchar para precipitarme al final del pasillo.

Abrí la puerta, impulsado únicamente por el deseo de volver a sentirla junto a mí.

Ese pensamiento visceral, hizo que, por un instante, me viera aferrándome al picaporte para no caer de rodillas.

Postrarme de rodillas ante ella no era algo que me asustara.

Llevaba a su merced desde el primer momento en el que la vi.

Pero esta vez era diferente. Tuve que agarrarme con fuerza para no caer ante la imagen que tenía frente a mí: Flora, pálida, indefensa, vulnerable, dormida y conectada a monitores en una cama de sábanas blancas .

Su cabello rosa se extendía por la almohada, insuflando vida en un Ambiente despojado de ella. Olivia, tenía una de sus finas manos entre las suyas, derramando sus lágrimas sobre ella, como un ángel oscuro que la velara en vida.

El nudo en mi garganta amenazaba con ahogar mi respiración ante la imagen de ambas.

Una fuerte tan fuerte, decida, ahora se quebrará, sin pudor ni reservas.

Lloraba por la persona a quien ambos amábamos, mientras sostenía su mano y murmuraba palabras apenas audibles.

La oscuridad de si ropa y de su cabello contrastaba con la luz que aún irradiaba Flora, aun cuando yacía postrada en aquella cama.

Eran el dúo perfecto: ambas se necesitaban, pues sin una la otra, ninguna existía.

Avancé hasta la cama y, con manos temblorosas, tome su otra mano. Estaba fría; sus largos y finos dedos se enredaban en los míos. Besé sus nudillos, y después besé cada herida que ese cabrón le había infligido, culminando en un beso en sus labios.

- Por favor, vuelve- mi voz se quebró, y en ese instante, cayó la primera lágrima, la primera desde el entierro de mi hermano.

Le había prometido que jamás lloraría por alguien más, que nadie se podía equiparar a su pérdida, pero entonces, nunca hubiera imaginado, que ahora le rezaría a él, implorándole que la hiciera despertar.

Sé que tú vida, jamás podrá volver. Sé que jamás podrás volver conmigo, Aron, pero haz que ella despierte, por favor. Necesito vivir una vida con ella; necesito que seamos Roma.