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Cité sus propias palabras, las de uno de los anónimos. Me agaché hasta quedar a su altura y, con precisión quirúrgica, clavé el cuchillo, milímetro a milímetro, en el agujero de bala que yo mismo le había hecho en la mano.
Un aullido de dolor salió de su pecho. Se retorció, y con cada espasmo, la hoja se hundía más, hasta que la empuñadura rozó su piel. La sangre comenzó a gotear, extendiéndose lentamente sobre el suelo pulido.
Pero no fue suficiente. No calmaba la imagen de ella en mi cabeza.
Puede que no liberara todo el dolor, la angustia y la ira, pero sí que cada aullido de dolor que abandonaba sus labios, se convertía en un macabro motor para continuar con aquello.
El nudo en mi pecho no se deshacía, cada vez me oprimía mas la garganta, pero no por ello iba a detenerme, aguantaría cada espasmo como ella aguanto con fe ciega a que la encontrara.
Me concentré en las gotas de sangre, cayendo, una a una y con una lentitud agonizante, salpicando el suelo.
Saqué lentamente el cuchillo de su mano, ahora destrozada, estudiando cada indicativo de su cuerpo del dolor que podía aguantar.
Conocía el dolor que podía llegar aguantar el cuerpo humano antes de desmayarse y me iba a asegurar de provocárselo.
Él me había arrancado el corazón del centro de mi pecho. No merecía menos.
Volví a juguetear con el cuchillo entre mis dedos, con la respiración entrecortada de Carlo como hilo musical de aquella entrañable reunión. Enzo se mantenía al fondo, apoyado en la pared, mirando la escena, como si fuera lo más cotidiano del mundo.
Le di el tiempo suficiente como para que se recuperara, minutos que le sirvieron a mi mente para poder recordar el frío, mi corazón golpeando como un loco contra mi pecho, mi falta de aire y a ella, bajo una bombilla inestable que iluminaba cada herida, cada corte, cada rojez en su piel inmaculada, blanca como el marfil.
Su rostro estaba pálido y sudoroso, sus pupilas dilatadas y cada vez le costaba más respirar con normalidad.
La sangre brotaba, extendiéndose como un río rojo sobre la gasa blanca que le había puesto en la ambulancia tras esposarle en el contenedor junto a los cortes que tenía por todo su rostro, el cual trasformaba su piel en un cuadro de tonos morados y rojos.
- No has contestado a mi pregunta Torres, ¿cómo está Flora?
- su voz era débil, pero la burla seguía ahí- Tenías que haberla escuchado, gritando que me quería.
Creía que eso la salvaría. Estaba tan desesperada que habría hecho lo que fuera.
Unos minutos más conmigo y la habría hecho gritar de otra manera…
Detuve en seco el movimiento del cuchillo entre mis dedos. Antes de que pudiera sonreír de nuevo, lo clave con toda mi fuerza en su otra herida de bala. Sentí la carne ceder, la sangre caliente manchando mis dedos.
- Y aún así, ante tus intentos patéticos de estar con ella, jamás has tenido ni la más mínima oportunidad.
Saqué el cuchillo de cuajo, sin darle tiempo a respirar, volví a hundirlo con más fuerza. Sus gritos se volvieron más agónicos. Su cuerpo temblaba, empapado en sudor. Aún así, entre jadeos y espasmos, levantó la cabeza y me miró.
Sus ojos estaban llenos de locura, pero también de una certeza cruel .
- Todo esto ha sido siempre por eso, ¿no?
Haberme elegido a mí, por encima de ti. Saber que yo la podía tener y que tú jamás podrías tenerla.
Su amor te quemaba, te mataba- agarré su pelo en mi puño y con un fuerte tirón, eché su cabeza hacía atrás- Que te quede bien claro Fiore, ni en mil vidas podrías tenerla.
Ni en mil vidas podrías besarla. Ni en mil vidas, te elegiría a ti, ni aunque volvieras a nacer- solté su cabeza con fuerza y lancé el cuchillo de vuelta al cajón, ahora, chorreando sangre.
- No te tenía por un novio posesivo- soltó una risa y tosió, escupiendo sangre, ya fuera de alguno de sus órganos o de su boca, me importaba una mierda.
- Y no lo soy. Ella no es de mi posesión. Sé que jamás podrías estar con ella, porque es mil veces mejor que tú. No puedes ni siquiera alcanzarla.
- ¿Qué te hace pensar que somos tan diferentes?
Somos lo mismo, estamos cortados por el mismo patrón, los dos demasiado jodidos como para no querer tener la luz de una persona a nuestro lado.
Y mucho más cuando esa luz viene con un precioso lazo rosa y la pureza entre sus piernas.
Dime, Efrén, ¿cómo ha estado follársela?
¿Cómo es su sabor? Porque ya solo tener mi mano entre sus piernas, me hizo fantasear acerca de como sería, que pena que hubieras llegado en ese momento, podríamos haberla compartido, ¿sabes?
- por el rabillo del ojo, vi como Enzo se separó de la pared y sacó de su espalda su nueve milímetros, la misma que portaba en todas las ocasiones que había tenido la desdicha de coincidir con esta familia .
Su movimiento fue parejo al mío, pues cogí una de las armas y la cargué con el cañón pegado a su frente. Tan solo tenía que apretar el gatillo y no volvería a respirar: un tiro, una bala, entre ceja y ceja, el fin de su destino.
Mi dedo deseó dejar de acariciar el gatillo, acabar con todo, pero la imagen de ella cruzó mi mente.
Su sonrisa, su risa y la forma en la que le miraba cuando nadie creía que la miraba, con adoración, con un tipo de amor, que no podía entender.
Me recordaba a la forma en la que miraba a Aron y eso me rompió.
La visión de ella y el sonido molesto de mi teléfono, hicieron que me mantuviera al otro lado del precipicio. Habría mandado a la mierda a cualquiera que me hubiera llamado en ese momento, pero no a quien correspondía el identificador de llamadas.
Olivia Ros tenía el futuro de dos personas en sus manos y ni siquiera era consciente de ello. Tenía el poder de decidir sí Carlo viviría para el juicio y pasar el resto de su vida en la cárcel o por el contrario, una bala se alojaría en su cráneo.