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En el resto de pantallas de ordenador se podían distinguir cámaras de tráfico, carpetas y documentos supuestamente clasificados con numerosos archivos adjuntos que me jugaban la mano a que eran fotografías y vídeos que apoyaban cualquier cosa que hubiera en esas carpetas digitales.
Aparte de las numerosas pantallas, también contaban con armas, teléfonos móviles, radios, llaves de diferentes coches, dinero en efectivo, chalecos antibalas, munición y ropa limpia, convirtiendo lo que parecía una nave casi abandonada en un auténtico desvarío y por mucho que me jodiera admitirlo, de lo más impresionante que había visto.
Podían no gustarme, pero tenían los últimos sistemas de seguridad de l
mercado y los estaban utilizando para ayudarnos por un extraño sentimiento de lealtad que no acaba de entender.
- Por fin alguien que mira esta sala como debería hacerlo todo el mundo- soltó Gabriele Stracci con una sonrisa de satisfacción. Un maldito erudito de los sistemas informáticos, obsesionado con cada uno de ellos- No tienen ni puta idea de lo increíble que es esto.
Volvió a clavar la vista en una de las pantallas principales.
En ella, la cámara de seguridad del hospital mostraba la planta donde estaba Flora, junto con las diferentes rutas de acceso.
Mientras tanto, en la pantalla contigua, se transmitía en directo lo que ocurría en la sala donde retenían a Carlo.
- Nadie entiende una mierda de lo que hay aquí, Gabi-refunfuñó Darío, que prefería las armas y sus puños antes que cualquier circuito o código.
- Un buen ataque informático puede hacer mucho más daño que una bala, idiota- le espetó Gabriele sin apartar la mirada de los monitores.
- ¿Cómo está?- preguntó Fabio, ignorando la discusión. Sonaba realmente preocupado.
- No nos han dicho nada todavía, aunque eso ya lo sabéis, ¿no?- respondí señalando la pantalla del hospital. Nos tenían controlados. Ni siquiera me había dado cuenta.
- El doctor cuidará de ella. Es el mejor del país. No tienes de qué preocuparte- intentó tranquilizarme. Un patético intento, si me preguntaban.
Lo fulminé con la mirada .
- La han secuestrado, golpeado, drogado y, muy posiblemente, sobrepasado de alguna forma. Así que sí, estoy jodidamente preocupado. ¿Cómo te sentirías tú si fuera Lia quien estuviera en ese hospital?
Fabio apretó los dientes.
- No estaría con vida.
- Entonces, hazme el favor y ahórrate tu psicología barata.
Me estaba desquitando con ellos, y me daba exactamente igual. No iba a medir mis palabras, ni tampoco me sentía culpable por ello. Odiaba cuando, en lugar de cerrar la puta boca, intentaban reconfortarte con frases sacadas de un manual cutre de autoayuda.
Volví a centrarme en la imagen de Carlo en el monitor central. Él era el siguiente.
Las luces blancas rebotaban contra el pulido suelo, creando un juego de luces y sombras sobre su cuerpo.
Le habían esposado a la silla metálica con las manos a su espalda; la cabeza le colgaba entre sus hombros, mostrándose cabizbajo, haciéndonos imposible ver su expresión.
No obstante, si podía distinguir la sangre brotar de la herida de bala que yo mismo le había creado en el hombro, no podía ver su mano, pero suponía que estaba en el mismo estado, con las gasas empapadas en su sangre.
La mancha se extendía por su camisa, provocando que se le pegara al cuerpo, avisando del más que probable desgarro que estaba sufriendo su piel al estar en esa posición, aunque no se acercaba ni lo más mínimo a lo que yo le haría sentir.
Un hilo de sangre recorría su piel, desde su hombro, deslizándose por su brazo, hasta caer rítmicamente, en pequeñas gotas, al suelo.
Una tras otra, formando un charco, todavía escaso para todo lo que deseaba.
La sangre carmesí me hizo recordar la de Flora, el olor metálico fusionándose con la humedad del contenedor.
Volví a estar allí, mirándola, incapaz de moverme, destinado a presenciar el sufrimiento de la persona que amaba.
- Muchos, llegado este punto, ya habrían gritado, nos habrían insultado y jurado venganza, amenazando con acabar con nuestra vida y bla bla bla- dijo Enzo con una mueca sarcástica, encendiendo otro cigarro mientras hacía girar un cuchillo entre sus dedos.
Su mirada no se apartaba del monitor de Carlo- En otra situación, tal vez habría mostrado una pizca de clemencia.
Quizás le habría volado los sesos antes de que me lo suplicara.
Pero no después de sus acciones. Es hora de que le llegue su condena.
En un pasado, sus palabras me hubieran servido para apoyar cada prueba que tenía en su contra, pero en este momento, no podía estar más de acuerdo con ello.
Había llegado su juicio final; al igual que el mío, íbamos los dos juntos de cabeza hacia el mismo destino, el infierno. Él era mi verdugo y yo sería el suyo.
El ojo por ojo de Maquiavelo nunca había tomado tanta importancia en mi vida como en ese momento.
Creía que quienes tomaban ese tipo de decisiones eran quienes no querían tomar otros caminos, quienes se conformaban en hacer daño de la forma más primitiva que existía, pero entonces nunca me había movido nada tan puro y casto como el amor hacia otra persona.
Del amor al odio puede que hubiera un paso, pero del amor a la violencia, había tan solo una ínfima línea, tan fina, que parecía que de alguna extraña y retorcida manera estuvieran hilados.
Al final, el dramatismo shakespeariano iba a tomar mi final: ser o no ser, capricho, locura, pasión y amor, todo ello era yo, una bola de demolición a punto de llevarse por delante al monstruo que había atormentado mis últimas horas; el verdugo de mi amor se merecía su final.
- Será un placer decidir su condena, Stracci. Ahora, dime, ¿dónde está?- le pregunté a Enzo, quien sonrió con sorna y me indicó con un gesto de la cabeza que lo siguiera.
Anduvimos hasta el otro extremo del hangar con el sonido sordo de nuestras botas contra el pavimento de hormigón pulido. Ante nosotros había una gran puerta blindada que tan solo se podía desconfigurar con un código y huella dactilar; Joel estaría babeando con estas instalaciones.
Enzo introdujo el código y posó uno de sus dedos en el lector y, con un inaudible click, la puerta se abrió. Las luces se encendieron por completo y me dieron el deleite de ver el cabrón que había acabado con mi vida horas antes.
Ni siquiera estaba nervioso, estaba muy lejos de ni siquiera tener miedo, estaba tan tranquilo como solo un socíópata podría estarlo. Al levantar su cabeza y verme, sonrió; parecía divertirle aquello y preocuparse muy poco por lo que pudiera pasarle.
- Déjame solo con él.
- Ni de coña.
Clavé mi mirada en Enzo. No necesitaba a un niñato de veinticinco años vigilándome.
Con un movimiento rápido, lo empujé contra la puerta blindada, acercando mi rostro al suyo hasta quedar a milímetros de distancia.
Puede que el niño bonito de la ciudad reinara sobre ella, pero conmigo no tenía nada que hacer.
- ¿Quién coño te crees que eres para llevarme la contraria?-apreté el puño contra el cuello de su camisa.
- Me da igual cuánto me amenaces, voy a entrar contigo.
Sí vas a traspasar la línea, no lo querrás hacer solo.
Yo ya lo hice, y matar alguien de esta manera, es muy diferente a apretar un gatillo contra un objetivo, Torres.
Así que déjate de gilipolleces y suéltame, antes que se nos acabe el tiempo- con un último empujón, lo solté.
- Es un espectáculo muy entretenido, caballeros, no me mal interpretéis, pero debo preguntar, ¿cómo está Flora?
Hijo de puta.
La sonrisa arrogante se borró de su rostro en cuanto mis nudillos impactaron contra su mandíbula.
Una, dos, tres veces. Sentí sus huesos crujir bajos mis golpes, el rechinar de sus dientes y la sangre brotando de ellos, pero no era suficiente.
Quería destrozarlo, que su sufrimiento se asemejara al mío.
Una carcajada escapo de su pecho, teñida de sangre. Junto a sus dientes manchados por un velo carmesí, su rostro comenzaba a hincharse. Pero lo peor era la mirada. Sus ojos reflejaban la locura que dominaba cada una de sus decisiones.
- ¿Ahora estás con los Stracci? ¡¿Una nueva alianza?! Interesante- pasé los dedos por las mesas metálicas de la habitación mientras revisaba los compartimentos que Enzo había desbloqueado.
La sala estaba impoluta. Las esposas aferraban sus manos a una silla metálica y sobre las mesas no había rastro de ni una huella, pelo o polvo, todo relucía bajo la luz blanca de las luces led del techo. Una sala de torturas disfrazada por la frialdad del minimalismo.
Abrí el primer cajón: cuchillos con las hojas tan afiladas que podrían cortar el aire, puños americanos… En el segundo, armas de distintos calibres junto a unos taser.
- Debo admitir que te creía mucho más estúpido, pero resultaste ser bastante retorcido- saqué un cuchillo pequeño y jugué con él entre los dedos mientras lo observaba fijamente- Has utilizado el nombre de tu padre muerto para poder alquilar un contenedor, has burlado la seguridad de una embajada…
- ¿Qué puedo decir? Soy una caja de sorpresas e increíblemente inteligente, si me permites añadirlo.
Su sonrisa engreída tiraba de su labio roto, sacándome de mis casillas.
- También eres un narcisista. Por eso enviaste los anónimos con tu puño y letra- andé alrededor de él, fijándome en cada detalle, quedándose grabado en mi mente la marca de unos dientes en su mano.
Esa era mi chica- Te pudo tu ego. Sabías que te teníamos delante de nuestras narices y no éramos capaces de verte.
En el fondo, querías que te atrapáramos.
Solo querías ver cuánto nos llevaría descubrirlo.
Te ponía la idea de estar frente a nosotros sin que pudiéramos reconocerte.
Así que dime, Fiore… ¿Cómo se siente haber puesto todo de tu parte, y, aun así, ser incapaz salir de las sombras?