35 #2
- Yo lucho por la justicia- su voz fue un filo helado- Lo que estés pensando en hacerle, es la justicia que deseo.
Tú encárgate de hacerle gritar que yo me encargaré de hacerle suplicar ante un tribunal- se apartó las lágrimas de un manotazo, al mismo tiempo que Nicolas De Luca, apoyaba la mano en su cintura.
Dónde ella iba, iba él. Así de simple- Ella sigue viva para decirte que te quiere.
Hace unas horas no sabíamos si iba a estar con vida, si íbamos a tener la posibilidad de volver a verla, ahora todo es posible.
Ambos estáis aquí, vivos, quereros es lo sencillo, tomar esta nueva oportunidad.
Las segundas oportunidades siempre son las mejores, las más sinceras, y para que lo hagáis, Carlo tiene que estar fuera de su vida.
Encargaros de él y cuando despierte, porque lo hará, serás el primero en saberlo- retrocedió un par de pasos hasta quedar a la altura de su novio.
- Cuando esto pase, recuérdame que te contratemos como defensa de la familia, Ros- añadió Enzo, colocándose un cigarro en los labios con absoluta calma.
- Ya estáis tardando- contestó Olivia.
- Ni de coña- contestó, al mismo tiempo, De Luca. Los que se pelean se desean… o eso dicen.
Nos metimos en el ascensor y bajamos hasta el parking en el más absoluto silencio, nunca creí estar compartiendo espacio con el heredero de la mafia, pero los caminos de la vida eran así de caprichosos y por ella me daba igual con quién tuviera que pactar, si conmigo volvía, pactaría con el mismo diablo.
Fuimos hasta un reluciente Jeep Wrangler con las ventanas tintadas y probablemente blindadas, subí en él cavilando lo que haría a continuación y si podría volver a ser un hombre íntegro tras cruzar la línea.
- Está en una nave industrial a las afueras de la ciudad. Muy pocos conocen su ubicación, solo los de mi máxima confianza- eso era extraño, creía que los Stracci eran una familia unida .
Aunque no debía sorprenderme, después de la fiesta de navidad.
- ¿Filtraciones?- asintió una vez con la cabeza. No necesitaba más. Había un topo entre los suyos y no estaba dispuesto a jugársela.
- El cartel de Fiore se ha expandido en los últimos años.
Al principio eran inofensivos para nosotros, meros delincuentes.
Pero la ambición es muy peligrosa y más en este mundo.
Decidieron querer más y, en su camino, dañaron a personas con las que hemos mantenido acuerdos durante generaciones-suspiró, manejando con una sola mano mientras encendía un pitillo y bajaba la ventanilla- No voy a exculparnos de lo que somos ni de lo que hacemos- expuso el humo con calma, su grave pero firme- Pero jamás traficaríamos con mujeres y niñas.
Nunca pondríamos a familias contras las cuerdas ni obligaríamos a un niño a sostener un calibre cuarenta y cinco cuando todavía no sabe ni contar.
Hay una diferencia entre ellos y nosotros.
Pocos fuera de nuestro círculo están dispuestos a verlo, a darnos siquiera una oportunidad sin juzgarnos.
Giró el volante, desviándose por una carretera secundaria. Dejando atrás cualquier vestigio de la ciudad, adentrándonos en caminos sin iluminación y apenas asfaltados.
- Flora ha sido una de esas pocas personas- añadió con un tono más bajo.
Cuando accedí a meterme en este coche con él, no esperaba que fuera un confesionario, pero así de jodido estaba: cualquier información sobre ella, calmaba mi ansia por volver a tenerla- ¿Te ha contado cómo nos conocimos?
- me preguntó, tirando la colilla por la ventanilla justo cuando el asfalto se convirtió en tierra.
- No- respondí con frialdad- Nunca me ha gustado que esté cerca de vosotros. No tiene ni un mínimo instinto de autoprotección- soltó un carcajada grave, cargada de burla.
- Supongo que todo lo que le has dicho no ha servido de una mierda.
- No estaríamos aquí si hubiera servido, ¿no?- asintió con una sonrisa torcida y tomó una estrecha desviación.
- Sí Lorenzo no te vuelve a contratar, no nos vendría mal tener un militar en nuestro equipo- giré la cabeza y lo miré fijamente.
Su sonrisa socarrona me hizo preguntarme cuánto sabía realmente de mí- No eres el único que sabe investigar, Torres.
La información es poder en mi mundo, y me gusta tener el control de él.
Las luces de una nave industrial comenzaron a filtrarse entre las ramas de los árboles, proyectando sombras irregulares en el camino de tierra.
- Nos conocimos en una fiesta de mi familia- continuó Enzo, con un aire casi nostálgico- Reunimos a los cabezas de las familias más influyentes de la sociedad romana en una misma sala.
Apenas unas horas antes se habían anunciado los resultados de las urnas, aunque, para ser sinceros, nuestra victoria no fue ninguna sorpresa.
Solo quedaba cerrar algunos tratos pendientes, y qué mejor manera de hacerlo que con una copa de champagne en la mano- hizo una pausa antes de añadir- Lorenzo no se lo iba a perder.
Se mueve con facilidad en este tipo de ambientes, sabe qué ofrecer a cada persona y, por eso, se le respeta.
También porque, si lo cabreas, tiene los contactos suficientes como para joderte la vida.
Flora estaba allí, rodeada de hombres que le triplicaban la edad y la trataban como si fuera estúpida.
También de mujeres que cuchicheaban sobre su edad y si era o no la cita de Lorenzo.
Entre esos maleducados estaban Enrico, alguien que, pese a su juventud, ha conseguido que todos le teman y le respeten dentro y fuera del juzgado- apoyó el codo en el borde de la ventanilla y continuó- Intentaron dejarla en evidencia varias veces.
Pero ella… Ella respondía con una calma letal, con una paciencia afilada que les desarmaba.
Fue eso lo que me llamó la atención. Me acerqué a la conversación justo cuando le preguntaron directamente sobre las nuevas leyes.
Enrico intentó intervenir por ella, al igual que yo, pero ella simplemente los miró de arriba abajo, sin prisa, y les dijo: caballeros, no sé por qué les importa tanto mi opinión sobre un tema como este cuando está claro que no les interesa lo más mínimo lo que una mujer pueda pensar.
Siempre se van a creer por encima, y si una se atreve a exponer lo que realmente piensa, probablemente les enfade.
Pero de cualquier forma, estoy segura de que encontrarán la manera de llenar sus bolsillos.
Una pequeña sonrisa tiró de mis labios. Mi pecho se llenó de orgullo, me reconfortaba la idea de ella, siendo más ella que nunca. Dulce pero dura, educada pero cortante, diplomática pero sarcástica. La dualidad perfecta. Me aterrorizaba que nunca más lo fuera .
- No se alteró, no titubeó. Solo los desmontó con educación y una pizca de veneno.
Me acerqué a ella después, comenzamos a hablar…
y supe que había algo diferente en ella.
La llevé con mi familia. Nos divertimos en los jardines, bebiendo, riendo.
En algún punto, reconoció mi apellido. Lo intentó disimular, pero miente realmente mal.
Pudo haberse marchado. Pudo haber reculado.
Pero no lo hizo. Se quedó con nosotros. Sin temernos.
No creía poder ver alguna vez el mundo como lo hacía ella. Su bondad sin juicios calentaba mi corazón.
Hacía tiempo que había terminado de fumar su cigarrillo, sin embargo el olor a tabaco seguía reinando en el ambiente, que se ventilaba a la brisa que corría a través de su ventanilla abierta.
Tenía la certeza de que pasara lo que pasara en la nave secreta de los Stracci, supondría un antes y un después, me cambiaría y lejos de poder olvidarlo, se clavaría en mí, volviéndose una herida más del camino, pero con gusto sanaría cuando volviera a tenerla a mi lado.
- No puedo imaginarme el dolor indescriptible que debes de sentir, pero la rabia es un buen sitio donde quedarse en estos momentos.
El dolor se junta con la ira y hace que seas alguien que nunca jamás creíais que podrías ser- dijo con un aire melancólico que casi me hace creer que podía tener escrúpulos- Hagas lo que hagas ahí dentro, jamás saldrá a la luz.
El fin del camino de tierra desembocó en la entrada a una nave industrial, iluminada por potentes focos y cámaras de seguridad de último generación.
Apenas eran visibles debido a la luz blanca que desprendían los focos.
Era el lugar perfecto para torturar a alguien y que nadie se enterara.
Alejado del centro de la ciudad, con sensores de movimiento y tecnología avanzada.
Nadie podía entrar ahí sin que te enteraras.
Salimos del Jeep en dirección a la puerta que daba acceso al interior de la nave.
La puerta se abrió antes de que llegáramos a ella y se cerró con un simple click, inaudible.
Los murmullos de diferentes voces chocaban contra las altas paredes metálicas recubiertas por un material negro que insonorizaba por completo toda la extensión del hangar.
Avanzamos por el pasillo central, y con cada uno de nuestros pasos, una nueva luz led blanca se encendía, hasta llegar a la sala central de la nave.
Esta estaba delimitada por unas estructuras metálicas que rodeaban las pantallas principales, con dos ordenadores de control que separaban aquel puesto de mando del resto de la nave.
Allí había tecnología militar de lo más avanzada, al servicio de lo que se conocía como la mafia de Roma.