35
Numb
Efrén
La desesperación que estrujaba mi corazón era tan latente que el resto de estímulos carecían de importancia. Las voces, los sonidos repetitivos y estridentes eran apenas una banda sonora de fondo que acompañaba a los incesantes pensamientos que cruzaban mi mente.
Mis manos, ahora manchadas de su sangre, me recordaban el poco placer que había sentido al disparar aquellas balas en su contra y la escasa reacción que había provocado en mí ver la sangre brotando de las heridas en carne viva.
Todo ello estaba oculto y enterrado, tras sentir su tacto frío como el hielo contra mis manos.
No respondía a mis gritos desesperados, su cuerpo se sentía inerte bajo mis brazos, ¿por qué no respondía? ¿Por qué no sonreía? ¿Por qué no me miraba con sus ojos brillantes y me decía que me quería? ¿Por qué nadie salía de esas puertas a decirnos nada?
Los paramédicos me la arrebataron de mis brazos; tras comprobar sus constantes, arrancaron y salieron de las inmediaciones del contenedor con rapidez. Lorenzo subió a la ambulancia mientras agarraba con fuerza la mano de su hija; sus ojos no se habían abierto desde entonces.
Había dado igual lo rápido que hubiera conducido hasta llegar al hospital; me parecía una eternidad desde que la había tocado y desde que había sentido su tacto contra el mío, desde que el olor dulce de su pelo me había envuelto.
No recordaba el camino hacia el hospital, ni siquiera si había quitado la llave del contacto; solo quería estar junto a ella y ver cómo se perdía en el blanco pasillo de aquel hospital con olor a desinfectante.
Me levanté de la silla del fondo de la pulcra sala de espera, donde nos encontrábamos todas las personas que las adorábamos y quienes teníamos el corazón en un puño, tanto que cada profesional que salía de aquellas puertas dobles sin decirnos nada nos rompía un poco más, convirtiendo nuestra esperanza en añicos en cuestión de segundos.
No se escuchaba nada más allá de las radios de las enfermeras y enfermeros; estaba todo en silencio, incluso los llantos de Olivia eran inaudibles.
Su cuerpo se estremecía con cada sollozo y su rostro estaba escondido en el pecho de Nico, quien le acariciaba la espalda y el pelo sin parar con la falsa ilusión de que la calmaría.
Sin embargo, había descubierto que el contacto de la persona correcta era lo necesario para sanar el alma; esperaba que al menos se acercara a una cuarta parte de lo que yo sentía cuando tenía a Flora a milímetros de mí.
Eda sostenía la mano de Diego, mientras este mantenía la mirada fija en las puertas dobles; tan solo la retiraba para contestar mensajes de forma rápida.
Mer, abrazada a su pareja, estaba sentada en un cómodo sofá y, al contrario de lo que era su estado natural, tampoco emitía palabra.
Y solo quedaba Lorenzo, quien, lívido, estaba apoyado en la pared, con la ropa arrugada y manchada de la sangre de su propia hija .
No sabía qué se le estaba pasando por la cabeza, pero si eran mis mismos pensamientos, entonces, no eran agradables.
A los pensamientos se le unió la culpa, de la que tan seguro estaba que compartíamos.
Me carcomía por dentro, quemando cada haz de luz que ella había puesto en mi interior.
Parecía que la falta de su alegría nos hubiera apagado a todos; la falta de sus colores dejó una escala de grises difícil de soportar.
Por mí, estaba bien; lo que quedaba de mi alma, lo tenía ella y no lo quería de vuelta. Cambiaría mi cuerpo por el suyo, cambiaría el mundo que me había enseñado porque volviera a estar bien, cambiaría la ciudad por una simple sonrisa suya.
- Madeline, avisa al doctor, la paciente Flora Hidalgo pasa a ser mi máxima prioridad- clavé mi mirada en un hombre alto con pelo rubio y ojos claros, que se ponía la bata a toda prisa encima de su traje de firma.
- Pero doctor…
- Pasa a ser mi paciente Madeline, no discutas. Llama - la enfermera de detrás del mostrador se movió con rapidez mientras pulsaba varios números en el teléfono.
- ¿Usted quién coño es?- fui hasta su altura y esperaba que no me saliera con ninguna gilipollez; no me quedaba paciencia.
- El doctor de la familia y una eminencia de la medicina, Torres- la voz de Enzo se filtró por el pasillo- ¿Quieres lo mejor para ella?
- mi mirada se clavó en la suya; aquella familia no era trigo limpio, pero no podía negar que apreciaban de verdad a Flora y, ahora mismo, mi única prioridad era que se recuperara y que la atendieran los mejores especialistas.
Di un paso hacia atrás, dejando vía libre al doctor- Déjale trabajar, pongo la vida de los míos en sus manos, es de fiar- asentí con la cabeza y volví a la parte de atrás de la sala, mientras que Enzo y Alessandro, quien acaba de salir del ascensor, hablaban con Lorenzo.
Mi mirada siguió clavada en el mismo punto que hacía ya tres horas.
Nadie había salido a decirnos nada; estaba a punto del colapso, sentía como mi corazón se iba reduciendo cada vez más, como una losa enorme me oprimía el pecho y en todo lo que podía pensar una y otra vez era en las marcas en su piel y el rojo intenso de su sangre, cayendo por sus muñecas, hasta formar un charco en el suelo.
El color de su sangre volvía una y otra vez a mi mente, grabándose, impidiendo que nunca lo olvidase.
- ¿Cómo lo supiste?- la voz de Enzo atravesó mis pensamientos. Sé había apoyado a mi lado en la pared y miraba a la puerta.
- Nadie busca nunca a un muerto- dije a modo de respuesta. Pareció sopesar mi respuesta cuando un pensamiento inundó sus ojos de odio.
- ¿Cómo estaba cuando la encontraste?- la rabia volvió a mí, como una ola que rompe en la orilla.
Estaba otra vez en la misma habitación; volví a sentir la humedad, los charcos en el suelo, las fotografías, el frío de las paredes metálicas, la luz encima de su cabeza que desvelaba mi mayor pesadilla.
Los moretones, los cortes, la sangre, sus ojos apagados, ausentes de cualquier resquicio de alegría.
- Atada y aterrorizada, pero de alguna manera, se mantenía firme.
No se lo puso fácil; se defendió hasta cortarse sus muñecas de lo mucho que tiraba de las cuerdas que la ataban a la silla.
La pegó, su sucia mano estaba…- cogí aire, obligándome a calmarme- Entre sus piernas- una serie de improperios salieron de la boca de Enzo y cuando volví a escucharle, fue la primera vez que le escuché como todos los que les temen, el siguiente rey de la mafia.
- No está en la cárcel- dijo con un tono más bajo de lo habitual.
Giré mi rostro y lo clavé en el suyo. Antes de que pudiera abalanzarme sobre él, habló- Le tenemos nosotros, en un lugar en el que nadie le encontrará.
Creí que igual necesitabas unos minutos con él, antes de que pasara a disposición judicial- se separó de la pared y me enfrentó- Tú decides, apretar o no el gatillo.
Romperle o no todos los huesos de su cuerpo.
Hacerlo lento o rápido. Hacerle suplicar por su vida o dejarnos a nosotros que nos encarguemos de que desee estar muerto.
Si tocaran a Chiara…- su voz se perdió y le vi temblar ante la rabia y el dolor de tan solo imaginárselo-Espero que se hayan asegurado de que estuviera muerto, porque si estuviera vivo, no pararía hasta poder infligirles un cuarto del dolor que ellos me habían infligido a mí- si tomaba el camino que me ofrecía, no habría marcha atrás, pero poco quedaba de mí que se pudiera corromper.
No fue necesario decirlo en alto; ambos supimos mi decisión. Intercambié una mirada con Diego; antes de salir de allí, sabía que había leído mis intenciones, pero no había intentado pararme, sabía que sería imposible.
Aurora Stracci, seguida de Nicole, Lia y Chiara, apareció en ese momento, siendo una auténtica dama de la mafia y, con un simple beso en la mejilla de su hijo, nos despidió para ir al lado de su marido y envolver a Lorenzo en un gran abrazo.
- ¡Efrén!- la voz de Olivia me frenó antes de entrar en el ascensor. Llegó hasta mí, con las mejillas bañadas en lágrimas y los ojos rojos e hinchados por las horas que llevaba en ese estado, pero no había tristeza en ellos, sino determinación- Haz que pague.
- Olivia…
- ¡No! ¡Haz que pague! ¡Haced que pague por todo lo que a hecho!
¡Haced que sufra! ¡Haced que sienta en su propia carne cada mierda que nos ha hecho pasar!
¡Ha tomado lo único puro y leal que tengo en mi vida!
- un quejido de lo más profundo de su ser, salió de sus labios hasta casi partirla en dos- Haced que pague.
No me importa cómo, solo hacedlo. Que sufra.
Que sienta, aunque sea por un segundo, lo que nos ha obligado a vivir.
- Esto no va a ser un juicio de un caso pro bono, Olivia. Esto está muy lejos por lo que tú luchas- dio un paso adelante, sus ojos verdes se clavaron en los míos con dureza. No había rastro de compasión en ellos, solo una determinación que haría tambalear a cualquiera que se pudiera en su camino.
Olivia Ros imponía de por sí, pero si tocabas a la que consideraba su hermana, su familia, daba un miedo de pelotas.