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Hear you me
Efrén y Flora
Efrén:
La belleza de Roma fue sustituida por la suciedad, los edificios a medio construir, fachadas pintadas con sprays, negocios cerrados y coches sospechosos cada pocas calles; era otra Roma, era la Roma que había visto crecer a Carlo.
Aparqué a la suficiente distancia como para que no le alertara la llegada de un coche y lo suficientemente cerca como para salir corriendo de allí. Mandé un mensaje corto a Diego con la localización; él lo entendería, no tenía tiempo. Flora no lo tenía.
Salí de mi coche sin esperar a ningún apoyo; si tan solo había una puerta que me separaba de ella, se podían ir a la mierda con cualquier apoyo armado que me pudieran proporcionar. Si tenía que morir por un balazo, eso sería mil veces mejor que morir por no volver a tenerla entre mis brazos.
Cargué mi arma y atravesé la puerta metálica con cuidado; no quería hacer ruido.
Mi incursión tenía que ser sigilosa; no quería que le hiciera nada, como provocar que apuntara el cañón de su pistola en contra de ella.
Fui hasta el contenedor número 333 y, por un segundo, rogué a todas las teorías de los números angelicales que fueran ciertas y que saliera con ella de la mano y se acabara este sufrimiento.
El frío del picaporte contra el calor de mi mano anuló cada uno de mis pensamientos y sentimientos y entré en acción. Con sigilo abrí la puerta, permitiendo mi incursión en su interior .
Estaba oscuro, tan solo alumbrado con una bombilla que colgaba del techo en el centro de la habitación, iluminando a Flora por completo.
Mi corazón se paró y, entre la oscuridad, durante unos segundos observé la escena que tenía ante mí.
Ví la sangre corriendo por sus muñecas hasta formar pequeños charcos en el suelo y las heridas que se estaban formando en su rostro, los cortes y los moretones, que chocaban con la palidez natural de su bonito rostro.
El rojo y los tonos púrpuras arruinaban su marmolado rostro, siendo el único pretexto que necesitaba para querer la mano que había osado estropear lo más bonito que había tenido en toda mi puta vida.
Y la mano que tanto quería romper, hueso a hueso, ahora mismo se encontraba entre sus piernas, mientras ella las cerraba con fuerza para impedirle el acceso al centro de las mismas.
Mi chica se había resistido con uñas y dientes; luchaba por su vida mientras que nosotros la buscábamos desesperados, depositando en nosotros su vida y toda su esperanza de salir de ahí con vida.
- Si quieres seguir conservando tus asquerosas manos, quítalas de encima de su cuerpo- di un paso hacia la claridad de la sala y, al verme, Flora rompió a llorar, mientras que Carlo rompía el silencio con una carcajada.
Estaba sorprendido, eso no podía negarlo- No voy a repetirlo otra vez más.
Aparta la mano o te pego un tiro, tú decides.
Flora:
No pude evitarlo. En cuanto mis ojos se clavaron en Efrén, rompí a llorar. Ya no podía más, solo quería salir de ahí, quería que me llevara lejos. Quería ducharme para limpiarme. Me sentía tan sucia.
Sentía sus manos por todo mi cuerpo y todas sus palabras en mi interior, que no sabía cómo iba poder a volver a creer que merecía el amor de otra persona. Cómo iba a hacer para soportar que otra persona me tocara. Me había roto, me había destrozado. Solo quería volver a sentirme limpia y a salvo.
Observé a Efrén, cómo sujetaba el arma con fuerza y decisión, la rabia reflejada en sus ojos, las venas de sus brazos hinchadas a causa de la fuerza con la que sujetaba su pistola.
No me miraba, tenía los ojos clavados en Carlo y estaba segura de que no iba a dudar en apretar el gatillo, ahora mismo.
No sabía hasta dónde podía llegar; me daba miedo que hiciera algo de lo que luego se pudiera arrepentir, de algo que le persiguiera el resto de su vida, de tener un cadáver a su espalda.
La camiseta negra se ceñía a sus músculos, parecía estar igual que siempre, igual de atractivo, igual de letal. Pero si me fijaba en sus ojos, debajo de ellos se dibujaban dos lineas purpuras que delataban la falta de sueño.
Carlo seguía a mi lado, y en su macabro mundo, algo le hizo gracia, tanto que reía a carcajadas.
Sacó el arma que tenía en su espalda, pero antes de que le diera tiempo a hacer cualquier movimiento, el sonido de un disparo sacudió las cuatro paredes de esta caja de zapatos en la que me tenía retenida.
El disparo retumbó en la habitación y, segundos después, un alarido desgarró el aire. Carlo se llevó la mano herida al pecho, la misma que Efrén acababa de atravesar con una bala. La sangre comenzó a brotar con fuerza, resbalando por sus dedos hasta formar un charco oscuro y espeso.
- Has sido más rápido de lo que esperaba- dijo Carlo, irguiéndose con dificultad- Pero estas solo. Te han echado de la embajada por follarte a la hija del jefe- una nueva sonrisa volvió a parecer en sus labios.
No sabía si era posible, pero sentí como toda la sangre abandonaba mi rostro. ¿Mi padre lo sabía? ¿Y le había echado? ¿Era el el culpable del corte en el labio de Efrén?
- No tienes refuerzos por lo que no te la vas a jugar a que una bala vaya hacía ella- añadió Carlo.
Efrén no se inmutó ante la provocación. Dio un paso más en su dirección, sin bajar el arma.
- ¿De verdad crees que soy tan estúpido como para no tener las espaldas cubiertas?
Sacó su teléfono del bolsillo y lo lanzó al suelo, a la altura de Carlo. La pantalla se iluminó, mostrando archivos policiales.
- Peleas, drogas, carreras ilegales, mafia, acoso, corrupción…
- enumeró Efrén, cada palabra más afilada que la anterior, con una voz tan fría que parecía capaz de helar el aire-Estás de mierda hasta el cuello, Fiore.
No voy a ser el único que va a desear pegarte un tiro.
Has secuestrado a la hija del embajador de España en Roma.
Tu cara está en todos los telediarios. Media ciudad le es leal a Lorenz, y acabas de poner una diana en tu cabeza- su mirada se oscureció aun más- Así que no- sentenció-, no te lo voy a poner fácil.
No quiero que mueras rápido, porque así no vas a sufrir ni una cuarta parte de lo que he sufrido yo cuando me has arrebatado lo que más amo.
- ¡¿Lo que más amas?!- Carlo bufó con desprecio, pero en sus ojos había algo más…
algo retorcido, roto- ¡Ella era mía antes de que tú aparecieras!
¡Tenía que ser mía!- su voz se quebró en un grito, una mezcla de rabia y obsesión descontrolada- Y ahora…
- me agarró del pelo y pegó un fuerte tirón, haciendo que mi cabeza se inclinara hacia atrás y que no pudiera retener el quejido que salió de mis labios- Ahora sí que me va a recordar.
Para siempre. ¿Y sabes por qué? Porque ahora va a saber lo que es sentirse como ella me ha hecho sentirme a mi durante años- su respiración era un jadeo agitado- Me llevará grabado no solo en su mente, sino también su cuerpo- una carcajada rota le subió por la garganta- Cada vez que se acueste contigo- susurró con una sonrisa enloquecida- Lo hará pensando en mí… y en lo sucia que es.
El estallido del arma de Efrén cortó sus palabras en seco.
La bala silbó cerca de mi oido sin rozarme, directo al hombro de Carlo, liberando mi cabello de su agarre y salpicándome con su sangre.
Su gruñido se ahogó en una retahíla de maldiciones. El hedor a sangre comenzó a mezclarse con la humedad de la habitación. El gris del pavimento se tiño de rojo. Su sangre y la mía se mezclaron en el suelo, los colores carmesí se fusionaron hasta crear una grandes manchas en el suelo.
Levanté la vista hacia Efrén. Quería que me mirara. Que cesara todo esto. Pero él no despegaba la mirada de Carlo, alerta, en guardia, dispuesto a todo. El agarre de su pistola no había cedido ni medio milímetro, aunque dos balas de su cargador habían salido despedidas hacia el cuerpo de Carlo.
- ¡Que romántico!- se burló Carlo, con una sonrisa torcida, temblorosa- Salvándola de su captor, poniendo tú vida en peligro por ella.
Creo que había un libro así y su final era el mismo que el vuestro.
Trágico- se llevó la mano sana al hombro ensangrentado, dejando su otra mano colgando como un miembro muerto- Ella era mi futuro. Sé todo de ella. Su vida me pertenece.
- ¿Igual que te pertenecía la de Livia Ricci?
¿Igual que te pertenecían la de las mujeres a las que has manipulado, abusado o destruido?
¿Igual que le pertenecía la vida de tu padre a tu madre?
- vi un pequeño destello de furia cuando Efrén pronunció las últimas palabras, fue ínfimo, pero ahí estaba.
Creí que reaccionara con ira, que cargaría contra Efrén; pensé que tendría una reacción desmedida, pero fue todo lo contrario.
Se mantuvo calmado, taponando la herida de su hombro, mirándome con lo que antes confundía con amor y ahora me daba cuenta de que tan solo era una tóxica posesión que había creado en su cabeza con un futuro imaginario de nosotros dos.
Cuando no se daba cuenta de que la única manera en la que hubiera un nosotros era que nada de esto hubiera sucedido o que ambos acabáramos muertos.
- Flora no es como ellas…- su voz sonaba áspera, destruida-Flora no está rota.
Con ella tenía una posibilidad. Es pura.
En alma… y antes también en cuerpo- suspiró y deslizó su mano ensangrentada por mi rostro, dejando un rastro cálido y pegajoso en mi piel- Era mi reflejo perfecto de redención.
Mi cielo en el infierno. Pero entonces, tuviste que llegar tú y alejarla de mí, impidiéndome salir de la oscuridad.
Yo era todo para ella, hasta que tu llegaste.
Teníamos un futuro, en el que siempre me pertenecería, ¡pero te tuviste que meter en medio!
-gritó con un odio desmedido, hacia mí, hacia ambos.
Era una bomba de relojería, a punto de estallar; cualquier palabra que dijera parecía ser un segundo menos en el que se mantuviera sereno.
Sabía cuál era nuestro final en el interior de este contener.
Carlo tenía razón, puede que Efrén fuera más rápido, incluso mejor cuerpo contra cuerpo, pero estaba solo y no podría evitar mi final.
Carlo era inestable y en cualquier momento podría tomar la decisión de volver a coger su arma y disparar contra mí. Una bala menos en su cargador sería mi fin; llevaba grabado mi nombre desde el día que nos conocimos, solo era cuestión de tiempo.
- No te engañes…- mi voz salió ronca, casi sin fuerza-Nunca hubiéramos tenido un futuro- termine en apenas un susurro.
Carlo sonrió de medio lado.
- ¿Qué pasa? ¿Ahora que ha llegado tu salvador no vas a gritar lo mucho que me quieres? Que decepción…
Sin previo aviso, levantó la pierna y pateó dos patas de la maltrecha silla a la que me tenía amarrada.
Las pastas traseras crujieron, astillándose con un sonido seco. Dolor.
Punzadas lacerantes .
Mi grito se mezcló con la sensación ardiente de la madera clavándose en mi piel.
Ardía.
Me desgarraba.
Creo que mi ropa se empapó de su sangre. La suya. La mía.
Y creo que fue ahí cuando me dejé ir.
Entonces, un último disparo.
El silbido de la bala rasgó el aire. Carlo cayó de rodillas.
Reía. A carcajadas.
Sangraba por tres orificios diferentes.
Y entonces…
Un sonido sordo. Un estruendo.
Luces verdes iluminaron la sala. Gritos.
Órdenes tajantes.
Sombras entrando en la habitación.
Hombres armados rodeando a Carlo, apuntando directamente a su corazón.
Y él…
Él solo reía. Como si todo esto fuera una broma que solo él entendiera. Como si la muerte nunca hubiera sido una amenaza, sino una compañera.
Una conclusión inevitable.
Distinguí el rostro de Diego entre los desconocidos con indumentaria militar. Sus ojos grises se encontraron con los mío en medio del caos .
Por un segundo, sentí alivio.
Solo un segundo.
Porque entonces, lo vi.
El odio.
La rabia profunda que ardía en su interior como un fuego inextinguible. Consumió cualquier atisbo de cariño en su mirada, ahogando cualquier recuerdo de lo que alguna vez fuimos.
Efrén no se movió. No bajó el arma.
Pero sus ojos; motas canelas, siempre cálidas, siempre firmes, buscaron los míos.
Y en ese instante, no existió nada más.
El mundo se desdibujó.
La voces, las pisadas, el murmullo de órdenes urgentes…Todo se apagó en un eco lejano. Solo quedábamos nosotros, anclados en una burbuja irreal, en un instante que no podía durar.
Diego pasó a mi lado sin detenerse. Se acercó a Carlo y lo levantó con brutalidad, convirtiéndolo en un muñeco de trapo herido entre sus manos.
El sonido del metal cortó el aire cuando le esposaron las manos a la espalda.
Sé lo llevaban.
Mi infierno se lo tragaba.
Pero antes de desaparecer, Carlo me miró una última vez.
Y dijo las palabras que me perseguirían por el resto de mi vida.
- Ha sido un placer destrozarte. Bienvenida a la oscuridad, pequeña. Este será tú fin.
Una estaca directa a mi corazón, sangrante, agonizante .
Pero no lloré.
No grité.
No hice nada.
Simplemente, me quedé ahí.
Sin aire.
Sin vida.
- Sacadlo de aquí antes de que le saque yo a hostias- ordenó Diego con tono gélido, apenas contenido.
Dos soldados lo arrastraron fuera.
Y él se fue.
Pero sus palabras se quedaron.
Lo último que vi antes de abrazar a la eterna oscuridad fue como Efrén avanzaba hacia mí, cogiendo mi rostro con sus manos y cargando el peso de mi cuerpo sobre el suyo.
Sus dedos eliminaron el rastro de lo que en un momento fueron mis lágrimas y, con amor, con dulzura, retiró los amarres, primero de mis pies y tras ellos, de mis muñecas.
A ver el daño que había en ellas, las besó con devoción, como si pudiera eliminar cada lesión solo con la calidez de sus labios. Y ojalá fuera así.
Deseaba gritar, abrazarle y besarle, pero mi cuerpo y mi mente estaban inertes. Mis cuerdas vocales no podían articular palabra; solo estaba cansada, muy cansada. Me dolía el cuerpo, allí donde tenía heridas y donde me había golpeado al caer de la poca distancia entre la silla y el suelo.
No me encontraba con fuerzas de levantarme, ni de caminar hacia la salida.
Efrén me hablaba, pero no conseguía escuchar ni una sola palabra; sus labios se movían a cámara lenta.
Creo que había comenzado a gritar al no tener respuesta a lo que me decía; el dolor estaba reflejado en sus ojos.
Sufría y no era capaz de decirle que todo iba a estar bien, porque ni siquiera era capaz de hablar y ahora mismo, no estaba segura de si quería volver a estar bien.
O sí lo estaría algún día; a lo mejor era demasiado tarde para mí.
Puede que no me mereciera volver a estar bien; mi tiempo ya había pasado y ahora, tan solo, me consumiría la oscuridad.
Estaba rota.
Sucia y rota.