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How you remind me
Efrén
- Es hora de empezar a pedir favores, Lorenzo- anunció Diego al cabo de más de una hora sin saber nada nuevo que nos diera información de dónde podía tenerla.
No era el único que exteriorizaba la desesperación que sentía, además de la frustración y el enfado.
El haber pronunciado las siguientes palabras reflejaba perfectamente la situación en la que nos encontrábamos: necesitábamos quemar el último cartucho.
Trabajábamos a contrarreloj, y cualquier ayuda que pudiéramos conseguir era bien recibida.
Teníamos a medio equipo de operaciones especiales revisando las cámaras y seguridad y al otro medio peinando cada calle, cada esquina, que nos pudiera dar una pequeña pista.
La policía hablaba con sus informadores; alguien debía saber algo, por lo mínimo que fuera, nos ayudaría a tirar de un hilo, pero todavía no teníamos nada.
Se había esfumado. No había ni rastro de ella. Había desaparecido de repente, como entró en mi vida. De repente, sin previo aviso, como un tornado. Y ahora solo quedaba la desolación que provocaba su ausencia.
- Iré a cambiarme; avisa a la seguridad de los Stracci. Estaremos ahí en treinta minutos- asintió, para acto seguido hablar con los encargados de la seguridad de la familia.
- ¿Dónde está?- la voz desgarrada por el dolor de Olivia rompió el silencio que reinaba en la sala .
Su mirada desesperada, llena de dolor, saltó de Diego a mí, de uno a otro, buscando respuestas, ansiándolas y nosotros sin opciones de darle ninguna, nada más que la verdad, que no teníamos nada.
Buscaba respuestas a sus plegarías, plegarías que compartíamos, dolor que compartíamos, por la persona que nos unía.
- Lo siento, señor. Nos ha sido imposible frenarla. La señorita Ros no ha cesado en su empeño en entrar- le informó el mismo guardia que a mí me había prohibido el paso, horas antes.
- Nadie la habría podido parar, vuelve a tu posición- le ordenó Diego, quien estudiaba a Olivia, como quien estudia una bomba a punto de estallar.
- ¡¿No me habéis oído?! ¡¿Dónde está mi amiga?
!- se acercó a mí con pasos agigantados y con las lágrimas cayendo por sus mejillas- Dime dónde está, dime que sabes donde está- sus manos agarraron mis hombros con fuerza, en un intento inútil de zarandearme- ¡ Cazzo, Efrén!
¡Encuéntrala, tienes que encontrarla!- se giró y pasó su mirada verdosa, enrojecida a causa de las lágrimas, por todos los agentes que se encontraban en la sala- ¿Y vosotros?
¡Tanta placa para no ser capaces de encontrarla!
¡Para no saber quién se la ha llevado! ¡Es vuestro trabajo, joder!
¡Protegernos de quienes suponen una amenaza, pero no, vosotros estáis tranquilitos detrás de un ordenador, sin mover ni un dedo!
¡¿A qué estáis esperando?! ¡¿A qué la mate?
!- Nico se acercó a ella, agarrándola de la cintura con amor para atraerla contra su pecho .
Estaba tan enfadada que su respiración era frenética, era incapaz de centrarse en una sola cosa.
Sus pupilas dilatadas iban de uno a otro buscando que alguien abriera la boca para decirle que todo iba a estar bien, que Flora estaba a salvo y que no debía de preocuparse, pero ni nosotros éramos unos mentirosos ni ella una ingenua como para no saber la gravedad del asunto.
- Principessa , tienes que dejar que hagan su trabajo, ese era el trato- las palabras de Nico no habían sido más que un susurro, pero la escasez total de sonidos en la sala habían retumbado como si hubiera gritado.
- El trato me importa una mierda, Nicolás. Solo quiero que la encuentren- De Luca cogió su rostro entre sus manos y lo acunó, agachándose hasta quedar a la altura de sus ojos.
- Lo sé, pero si sigues así, nos van a echar. Es un edificio burocrático, ni Enrico podrá ayudarnos si nos encierran por prácticamente asaltar la embajada.
- ¡No te vi con tantos problemas cuando entraste aquí con un arma!
- tragó saliva y respiró por la nariz- Que lo intenten.
¡Que intenten sacarme de aquí! ¡Es mi mejor amiga y yo no me muevo de aquí hasta que descubran dónde se la han llevado!
Y no me importa que sea un edificio burocrático, es mi familia, De Luca.
Si no estás de acuerdo, ahí tienes la puerta.
- No voy a dejarte. Nunca. Dónde tú vas, voy yo- Olivia asintió y besó rápidamente los labios de su novio, quien resultó tener más cojones de lo que imaginé.
Olivia se dio la vuelta y escaneó su alrededor, como si fuera la primera vez que lo viera. Inspiró de nuevo, miró a todas las personas que estaban ahí, hasta clavar sus ojos verdes sobre los míos.
- Tanto tú como yo sabemos que no voy a ir a ningún lado. Dime en qué puedo ayudar- y no lo dudaba, Olivia era de las que arrasaban y más si quería a la persona.
Empecé a relatarle todo lo que había ocurrido, desde que me había dado cuenta de que algo ocurría hasta la última conversación con Joel.
Su rostro pasó de la más absoluta palidez a un rojo carmesí a causa de la ira.
Soltó por la boca tantas palabras y maldijo tantas veces, que vi más de un rostro sorprendido ante las palabras malsonantes que abandonaban los labios de Olivia Ros, quien no dejaba de pertenecer a la alta sociedad romana, por mucho que le pesara.
Cuando supo todo con todo lujo de detalles, abrazó a Lorenzo, antes de ponerse a despertar, a través de llamadas telefónicas, a todas las personas que podían conocer a Carlo, al igual que su novio, quien tiró de contactos para encontrar cualquier resquicio que nos pudiera ayudar, despertando a los menores de los Stracci al completo en el proceso.
Fue entonces cuando Lorenzo salió por la puerta de la embajada para pedir uno de los mayores favores que iba a pedir en su vida, del que, espero, no le saliera demasiado caro; no se puede negociar con la mafia y salir airoso.
Salió en dirección de la residencia de Alessandro; si había una familia que moviera el poder de la información, esos eran ellos. Si había algún mínimo resquicio en el que Carlo no hubiera pensado, lo encontraríamos .
Las manecillas del reloj no cesaban en su avance; las sentía como un martilleo encima de mi cabeza, sin poder pararlas, sin poder detener el tiempo.
Me picaban los ojos a causa del cansancio.
No habíamos avanzado apenas desde la llamada de Joel; la cara de Fiore estaba en todas las comisarías, no había agente de aeropuertos, estaciones o carreteras que no tuviera una idea de cuál era su rostro.
Habíamos cercado la ciudad; si decidía salir, le pillaríamos y, en el caso en que lo consiguiera, el aviso a la Interpol con su correspondiente expediente no le dejaría dar dos pasos allá donde pensara esconderse.
Su cara, junto a la de sus padres, los reales y los de adopción, y todos con los que había tenido alguna relación, incluida Livia Ricci, estaba en estas pantallas.
Nadie es perfecto.
Se había convertido en mi mantra; al igual que acariciar la fotografía que había encontrado en su habitación, me mantenía cuerdo.
Aún así, estaba empezando a creer que el cabrón estaba muy cerca de serlo; apenas le habían captado un par de cámaras de seguridad.
Sabía dónde estaban colocadas y cómo evitarlas.
No había nada de sus tíos de donde tirar, era un callejón sin salida, ni siquiera en los círculos de su madre se sabía nada.
Había visto el vídeo más de una docena de veces y revisado los anónimos; ni siquiera se había molestado en escribirlo a ordenador.
Si fuera así, no habría podido relacionarlo directamente hasta encontrar las cámaras.
Habría sido una tipografía clásica con una tinta corriente en la que yo habría visto fantasmas y los demás habrían visto celos, lo que me llevaba a pensar que una parte de él quería que supiéramos que había sido él, que siempre había sido él.
Ególatra hijo de puta.
Diego había acompañado a Lorenzo a casa de los Stracci; no se había equivocado en ir. Sí era una baza que jugara a nuestro favor, entonces, jugaríamos con ella, pero de ello hacía un par de horas.
Golpeteé el expediente de Carlo; lo había leído y releído mil veces y como decía Joel, era un fantasma.
Un fantasma.
Nadie busca nunca a un muerto.
Mi mirada fue directamente al rostro de la pantalla al que menos había prestado atención, al que habíamos pasado por alto, por no suponer una amenaza y por ello mismo era el más peligroso de todos.
Marqué el teléfono de Joel y salí de la sala; antes de irme, vi a Nico cubrir con una manta los delgados hombros de Olivia y ofrecerle una taza humeante.
Al final, el niño de papá iba a merecer la pena.
- Espero que vayas a visitarme a la cárcel- dijo Joel por teléfono, con su típico humor seco-, porque me estoy saltando todas las leyes de ciberseguridad por ti.
- No vas a ir a la cárcel. Ya me he encargado de eso-respondí sin apartar la vista de la pantalla.
- Por supuesto. Si llamas por si tengo algo nuevo, no tengo nada. Estoy volcando cada dossier en los ordenadores de la embajada; para ser un equipo de analistas informáticos, son terriblemente lentos.
- No; te llamo para que compruebes algo .
- Nombre.
- Massimo Fiore.
- ¿El padre de Carlo? Está enterrado en el cementerio de la ciudad; no tendrás que buscar mucho hasta dar con su tumba.
- No quiero dar con él. Quiero que busques si hay alguna propiedad a su nombre, inmuebles alquilados, cualquier cosa.
- Dame unos minutos- le noté teclear con más fuerza, el repiqueteo llenó el auricular- Massimo Fiore creció en las calles angostas cercanas a Vittorio Emanuele, al otro lado de Porta Maggiore.
Su relación con la madre de Carlo comenzó tan pronto como sus adicciones; murió poco después de nacer él, por sobredosis.
No queda nada a su nombre: ni tarjetas, ni cuentas…
nada… salvo...- hizo una pausa medida, y en el silencio oí como buscaba- ¿un contenedor?
Sí, un contenedor al norte de San Lorenzo. Número de serie 333.
- Empresa y pagos- exigí, sin dejar espacio.
- No hay empresa rastreable ni movimientos bancarios. Deben de efectuarse los pagos en efectivo.
- Cazzo- maldecí.
- Pero si puedo pinchar las dos cámaras de trafico que hay en la misma calle. Las lanzo en tu ordenador.
En segundos las tenía: dos ángulos en mi pantalla. Una cámara apenas mostraba visibilidad, intencionadamente orientada al cruce; la otra mostraba la única entrada a los contenedores, justo bajo las vías del tren.
Joel avanzó el vídeo hasta la franja horaria aproximadamente de la desaparición. Veinticinco minutos después, un coche negro apareció en el cuadro. No lo conocía; no hacia falta que lo conociera. Podía jurar con la mano sobre mi pecho que en el interior se encontraba Flora.
Daba igual que no la viera, sabía que era ella.
- Es él.
- Busco la matrí….- colgué dejándole con la palabra en la boca; no necesitaba que buscara la matrícula, probablemente el coche era robado o de la banda de su madre.
No necesitaba más información, sabía que Flora estaba en ese contenedor y no estaba dispuesto a esperar mucho más; su vida pendía de un hilo, ya me encargaría después de todo lo demás.
Cogí mi arma, revisé que estuviera correctamente cargada, además de los cargadores para ambas y el chaleco antibalas antes de escabullirme por los pasillos que conocía como la palma de mi mano, salí hasta donde estaba mi coche y no miré atrás.