Fuimos Roma 32
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Halo

Flora

Sentía la boca pastosa; un nudo en la garganta me impedía tragar saliva. Tenía sed, mucha sed. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí? Me parecía una eternidad.

Intenté mover el brazo y apartarme el pelo de la cara, pero me pesaba como si tuviera una losa encima que me impedía moverme. Al principio estaba desubicada, no sabía dónde me encontraba, hasta que las cuerdas de mis muñecas volvieron a hacer contacto con mis heridas en carne viva.

Gemí ante el contacto, abrí lentamente los ojos hasta adaptarlos a la oscuridad de la habitación. La bombilla oscilaba de un lado a otro, creando un juego de luces y sombras con los pocos elementos de la habitación.

Los mechones de pelo se me pegaban alrededor del rostro a causa de la condensación del aire helado. No había ninguna entrada de aire en aquel sitio y cada vez más, empezaba a notar la falta de aire. Tenía la ropa adherida a mi cuerpo como una segunda piel y tenía tanta sed.

¿Por qué no venían? ¿Dónde estaba Efrén? ¿Acaso no se habían dado cuenta de que no estaba? Sabía que no estábamos atravesando nuestra mejor etapa, pero me negaba a pensar que no se había dado cuenta. Él siempre se daba cuenta. Siempre estaba ahí para protegerme.

Se daba cuenta cuando iba andando despistada, adelantándose, para que no pudiera herirme con ninguna superficie.

Se daba cuenta cuando tenía un mal día, cuando estaba cansada o cuando necesitaba salir.

Se daba cuenta de cosas que ni siquiera sabía que hacía, pero siempre estaba ahí, para adelantarse y cubrir mis espaldas.

Y aun así pensé que había sido él.

- ¡Joder!- grité frustrada y enfadada.

Estaba tan enfadada por no poder hacer nada para liberarme y salir de aquí como por no haberme dado cuenta de absolutamente nada.

Por haberme creído la mentira que Carlo había elaborado y sobre todo, por haberle permitido meterse en mi cabeza hasta hacerme creer en lo imposible, en la culpabilidad de Efrén, en algo que no había cometido.

Le declaré culpable sin ni siquiera prestar la suficiente atención a los detalles; me limité a guardarlos en un cajón junto a las fotografías y, cuando unas palabras aleatorias salieron de su boca, a hacerle culpable.

Me aferré a la idea de ojos que no ven, corazón que no siente, pero cuando quien lo hacía latir sin medida habló, ya no hubo marcha atrás.

El sonido de algo metálico llamó mi atención.

Era la primera vez que escuchaba algo que no fuera el sonido chirriante de las vías del tren.

Agudicé el oído y escuché de nuevo el sonido metálico y sonidos sordos y algún objeto siendo transportado.

Dos voces masculinas se unieron a la ecuación; no conseguía distinguir con claridad qué decían, pero sí el timbre de sus voces y sus pisadas.

¿Dónde me tenía? El sonido metálico volvió a repetirse junto a un sonido sordo.

- ¡Hola! ¡Aquí! ¡Ayuda, por favor!- grité con todas mis fuerzas hasta el punto de sentir como me desgarraba, pero de nada sirvió, tan solo para tener un ataque de tos. Las voces se alejaron, al igual que los pasos, y volví a encontrarme en el mismo punto de partida.

Pasaron minutos o quizás fueron horas, no lo sé, aquí el tiempo pasaba de manera diferente, hasta que Carlo volvió a entrar por la puerta. Iba cubierto con una chaqueta de cuero que le había visto infinidad de veces y las gotas de la lluvia corrían libres por ella.

- ¿Dónde me has traído?- le pregunté.

Sabía que no me lo iba a decir, pero tenía que volver a intentar llegar hasta él.

- Lejos de dónde te reconozcan- respondió simplemente, mientras dejaba una bolsa de viaje en el suelo.

- ¿Estoy en el barrio en el que te criaste?- pregunté con temor a cómo se lo tomaría. Carlo nunca me había hablado de su infancia, únicamente soltaba algún par de detalles, pero siempre hacía referencia a cómo conocerme le había cambiado la vida.

- Chica lista- se acercó hasta quedar a la altura de mis ojos. Agarró la otra silla por el respaldo y la arrastró hasta mí con un sonido sordo, desagradable, que se coló en mi tímpano y se grabó a fuego en mi cerebro. Otro estímulo más. Otro recuerdo más.

Carlo me siguió con la mirada mientras se dejaba caer en la silla, las piernas abiertas, los brazos apoyados con desgana sobre el respaldo.

Había en su gesto una calma tan antinatural, que helaba la sangre.

No parecía afectarle que yo temblara, ni la sangre seca pegada a mi mejilla, ni las marcas en mis muñecas y tobillos.

Tampoco parecía preocuparle cómo pensaba escapar de allí antes de que lo detuvieran.

Nada le importaba. Estaba tan serenamente quieto que lo verdaderamente aterrador era imaginar qué haría después.

- Creo que nunca te he contado mi verdadera historia ¿verdad?- negué con la cabeza, a lo que él asintió y encendió un cigarro- Encantado de conocerte, Flora, mi nombre es Carlo…

- Al menos en eso no has mentido- no pude evitar apuntillar; a lo que Carlo soltó una profunda carcajada.

- Es por el placer egoísta de escuchar mi nombre salir de tus labios, pequeña- se inclinó en la silla para acariciar mis labios.

Recordé unas palabras similares que una vez me dijo Efrén, pero esta vez no había una bola de deseo implantándose en mi estómago, sino unas profundas arcadas que me provocaba el tan solo pensar que ya ni siquiera mis recuerdos más íntimos estarían a salvo, porque estarían ligados al monstruo que había sido mi mejor amigo.

Sus dedos se quedaron ahí durante unos segundos, con su mirada fija en ellos, con su cuerpo delante de mí, pero con su mente muy lejos de aquello horrible que estaba haciendo.

Unos segundos después volvió en sí, apartando la mano; parecía que mi tacto quemara en aquel momento, parecía incluso odiarlo a juzgar por cómo me miraba. Se levantó de la silla, dando una calada larga al cigarro que se empezaba a consumir.

- Me hubiera gustado más si mi nombre hubiera salido de tu boca mientras te follaba, pero te has encargado de mandarlo todo a la mierda- un escalofrío recorrió todo mi cuerpo ante la imagen de aquella realidad- Mi nombre es Carlo Fiore.

Nací y crecí en este barrio. Mi padre murió cuando yo era un crío, pero ni siquiera le recuerdo, tampoco es que lo hubiera necesitado.

Y mi madre… Mi madre es una verdadera hija de puta- su voz sonaba como el de un autómata, sin emoción, sin sentimientos- Ella es la mafia que controla los suburbios.

Nunca me he interesado demasiado en sus negocios, pero ella sí que se interesó por mí.

Comencé a fumar y a drogarme a la mismo tiempo que empecé a tontear con las carreras y peleas ilegales- aún moviéndose a mi espalda, escuché el crepitar del cigarro al aspirar- Mi madre, la mujer que has conocido, no es mi verdadera madre.

Y mi supuesto padre tampoco lo es. Pero necesitaba sus apellidos para que me aceptaran como “alguien normal“ en la entrevista de la embajada.

En realidad, son mis tíos, a los únicos a los que le di la suficiente pena como para sacarme de servicios sociales. Supongo que fui su acción de caridad.

Un trocito más de mi corazón se rompió ante la idea de un pequeño Carlo, solo, en servicios sociales, creyendo que no merecía el cariño de nadie.

- Antes de conocerte, mi vida era sencilla: carreras, peleas, trapicheos y cualquier mierda que me diera dinero para salir de fiesta.

Me hice un nombre. Todo el mundo sabía que no debía tocarme los cojones.

¿La razón? O les daba una paliza o les pegaba un tiro.

Pero entonces apareciste tú. Te vi en aquella discoteca de mierda, rodeada de hijos de papá, que creían que podían jugar a vivir en mi mundo.

Me obsesioné contigo. Con tu cuerpo, con tu sonrisa, con tu pelo- sus dedos atraparon mis mechones, deslizándolos entre ellos con aire despreocupado, casi con devoción- Estuve toda la noche cerca de ti, y ni una sola vez me miraste.

Ni una puta vez. Era invisible para ti. No valía nada para ti.

Esta noche te seguí. Cuando descubrí quién eras, solo tuve un pensamiento: colarme en tu jodida vida perfecta.

Le pedí a mi madre, el único favor que le he pedido en mi vida: que sus amigos de la poli limpiara mi expediente.

No me importaba cómo lo hiciera, solo que nada de lo que fui antes me salpicara en un futuro contigo.

Ahí nació Carlo D’Angelo. El resto… apenas me costó esfuerzo.

Todo, menos tú. Creí que ibas a ser fácil, ¿sabes?

Que caerías rendida ante un un tipo tatuado que grita peligro.

Pero no. Hiciste algo que nadie más hizo hasta que tú llegaste: me quisiste.

La niña de papá. La niña perfecta. Me quiso…

y aún lo hace. Pero no lo suficiente. Años a tu lado para que, en cuanto apareció Efrén, ni me miraras.

Le regalaste todo lo que a mí nunca me diste.

La única persona a la que he querido en mi vida…

Y me falla.¿Entiendes que no puedo perderte? ¿Qué eres lo único que tengo?

Se agachó hasta quedar a mi altura y sujetó mi rostro entre sus manos. Juraría que vi una chispa de arrepentimiento en su mirada…Pero también vi la decisión inquebrantable en sus palabras y en sus actos.

- No puedo perderte, pequeña. No puedo. Al igual que no puedo permitir que él tenga lo que es mío.

Te vendrás conmigo. Saldremos de esta ciudad que nos tiene atrapados.

Sé que todavía no me amas, Flora. Pero aprenderás a hacerlo, con el tiempo- las lágrimas hacía tiempo que caían por mis mejillas, terminando en los dedos de Carlo, que aún me sujetaban con fuerza.

Había atestado a mi corazón el último golpe, dejándolo desvalido y sin posibilidad de recuperarse.

Había visto dibujada nuestra historia a través de sus palabras, de su dolor.

Jamás justificaría su comportamiento, el dolor que estaba causando en aquellos que tenían que estar buscándome, pero en parte, le entendía.

Entendía cada maldita palabra que había salido por su boca, cada sentimiento que había puesto en su discurso y cada verdad que había dicho.

Nunca pensé que pudiera llegar a ser esa persona que describía; mi mayor delito había sido no amarle como él deseaba y su forma de ver aquello era obsesivo, macabro y violento, aunque tuviera estelas de verdad en sus palabras.

Puede que le hubiera infligido un dolor que en mi vida me hubiera imaginado, pero también sé mi verdad y es que le he amado y le amo ahora mismo.

Amo el Carlo que he conocido durante años de mi vida, aunque fuera una mentira. Amo al hombre que tengo delante, por eso me es imposible no tener compasión con él. Amo todo lo que en su día dibujó de nosotros, pero que ahora se ha cargado de un plumazo por coger la vía fácil.

- Yo sí te he amado Carlo- se levantó con rápido movimiento, para segundos después propinarme un bofetón.

- No me mientas!- gritó.

- ¡No estoy mintiendo! ¡Te he amado Carlo y te sigo amando!

¡Por eso soy capaz todavía de mirarte a los ojos para ver si puedo ver algo de quien era mi mejor amigo!

¡Por eso estoy llorando por ti y por el dolor que te he podido causar!

¡Pero no es mi culpa haberme enamorado de Efrén, no lo es!

¡Y tampoco es la suya!- inspiré hondo e hice un gesto de dolor al tragar-Cuando me besaste aquella noche, era algo que nunca había imaginado, nunca hubiera imaginado que yo te pudiera gustar.

Y si no te hubieras comportado como lo hiciste, me hubiera podido plantear que podría ser de nosotros, pero no, preferiste abusar de mí, Carlo.

Preferiste hacer oídos sordos a mis súplicas, preferiste continuar besándome y tocándome cuando te pedía que pararas; eso no lo hace una persona que ama, Carlo.

Así que lo único que te pido es que no disfraces de amor esto, cuando no es más que una retorcida obsesión por mí- se giró y, antes de que pudiera ni siquiera pestañear, tenía su mano alrededor de mi cuello, apretando, robándome el aire.

Sé que lo que iba a decir a continuación probablemente fuera la causa de mi muerte, pero necesitaba decirlo, aunque fuera un clavo más en mi ataúd- Siento que tus padres no te quisieran, pero no puedes obligar al resto a hacerlo.