Fuimos Roma 31 #4
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31 #4

- Necesito que accedas a la cámara de la salida de metro de Piazza Spagna - sentía los ojos de Diego clavados en mí y después en el ordenador, buscando la razón de mi petición.

- Dame unos segundos- escuchamos el traqueteo de las teclas chocar contra sus dedos a una velocidad vertiginosa- Hora.

- Siete de la tarde, con una diferencia de quince minutos-estuvimos a la espera durante unos segundos más, escuchado el sonido de la cámara de seguridad y del teclado de fondo.

- Te pincho la cámara en el ordenador que tienes delante.

Cabrón.

Accedió en remoto a la pantalla de Diego. Había entrado en toda la seguridad de la embajada sin costarle ningún esfuerzo. Apareció delante de nosotros el vídeo justo a las siete de la tarde, apenas abarcaba calle, pero nos sería más que suficiente si entraban dentro del ángulo.

Joel aceleró el video hasta que vimos aparecer a Flora, su larga cabellera y la forma en la que se movía, era inconfundibles.

- Ahí, amplia- Joel amplió la imagen, pero no tenía la suficiente calidad como para poder ver nada, eras un simple borrón.

- Joder, vaya mierda de video. Embajador dígale de mi parte al alcalde que invierta en unas buenas cámaras porque vaya basura- vimos como la imagen se iba detallando poco a poco hasta que tuvimos una imagen a una calidad decente- Es lo mejor que puedo conseguir.

Fijamos la mirada en la pantalla, buscando cada pequeño detalle aunque fuera insignificante que nos pudiera decir donde la tenían o hacía donde habían ido, cualquier cosa que hiciera que esta pesadilla acabara.

Vimos la escena pasar como si de una película de cine mudo se tratara, Flora había pasado una vez por delante de la cámara, sin detenerse, pero unos segundos después volvió a parecer en pantalla, esperando a que suponíamos que era Carlo.

Segundos después apareció él, trotando hacia ella, no sé que fue lo dijo él pero un gesto de fastidio y cansancio apareció en el semblante de Flora, provocando que se diera la vuelta, pero de nuevo sus palabras la pararon.

Su rostro se contrajo hasta finalizar en un llanto que provocó que el dolor más agudo partiera en dos mi corazón.

Se la veía tan frágil, tan destrozada y todo delante de ojos indiscretos.

Los brazos de Carlo la rodearon, dejando un plano acusatorio de los mismos con el que ya no había dudas de quién era.

Ella, mi niña, mi ángel, dejo que sus brazos la rodearan, la calmaran, la protegieran de aquello que la hacía llorar. Volvió a confiar en él con los ojos cerrados, acercándose a un precipicio ,

sin saber que el culpable que la iba a hacer caer, era el mismo que sus brazos la calmaban.

Cuando ya la tuvo donde quería, confiada y ciega, llevó su mano derecha al bolsillo de su pantalón, no se distinguía con claridad que era aquello pero poca imaginación necesitamos cuando fue directo a su cuello y el cuerpo inconsciente de mi amor volvió a caer en sus brazos.

El odio hizo que lo viera todo rojo, era como un volcán a punto de estallar. Quería tenerle ante mí y romper cada hueso de su anatomía hasta hacerle suplicar y aún así ni siquiera aplacaría ni una mínima parte aquel descarnado odio que corría por mi interior.

También hizo crecer el enfado que tenía conmigo mismo, debía de haber sido consciente de las señales.

Señales que lanzaba con un fogonazo de luz en mar abierto y fui incapaz de ver nada.

Mi vida se sentía tan completa en esos momentos, que mi máxima preocupación era verla feliz, cuando realmente mi máxima preocupación debería haber sido protegerla, aunque fuera de mí mismo.

Fue ahí cuando la cagué, antes de ser la persona un quería cada día al despertarme, era a quién debía de proteger con mi vida y se me olvidó.

Sé me olvidó que el amor te hace estar constantemente en una sensación de éxtasis continuo, sin caída, olvidándote de todos y de todo.

Y aunque tu vida parece tener hasta banda sonora, todo lo demás sigue existiendo, sigue estando ahí.

No desaparece. No se evapora, volviendo efímera la sensación de estar a varios metros sobre el cielo .

Volví a entrar toda mi atención en la grabación, con mis ojos sobre el rostro de ella, memorizando como las pestañas descansaban sobre el inicio de sus mejillas, su largo pelo en su espalda y sus manos, delgadas, agarrando con fuerza la espalda de Carlo.

Puede que para los demás, no tuviera importancia, incluso pasara desapercibido, en el segundo antes de caer inconsciente por culpa de cualquier droga que había metido en su interior, una solitaria lágrima se deslizó por una de sus mejillas.

La última lágrima después de muchas, la última que él le había permitido.

Su fragilidad hizo que me sintiera como un traidor. Su desasosiego debía de ser solo suyo, no debían de estar un centenar de ojos juzgando cada una de sus acciones y movimientos, no debía de ser así. Debía de ser íntimo y no casi inmoral.

Quise que estos momentos fueran suyos y no de toda una comisaria de policías y todo un equipo de fuerzas especiales.

Nunca me había parado a pensar, que desde hacía años, no podía mostrarse vulnerable, porque siempre habría personas que la verían.

Pero otra vez, no podía hacer nada, no podía protegerla de esto tampoco.

- ¡Quiero la cabeza de ese cabrón! ¡Ha drogado y secuestrado a mi hija y sabe Dios que más! ¡Encontrarlo!- gritó el embajador para acto seguido salir de la sala para atender una llamada de teléfono.

Sin poder contenerme, tiré cada taza de café al suelo, escuchando como se hacían añicos. Sin tener ni un posibilidad de volver a recomponerse, me pareció un buena metáfora de mi corazón.