Fuimos Roma 31 #3
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31 #3

Con dificultad, dio un paso al interior de la habitación de su hija, inspeccionando cada detalle como si lo viera por primera vez.

Sus dedos rozaron con cuidado un pequeño marco ovalado, donde una fotografía capturaba a una mujer joven riendo junto a un Lorenzo irreconocible.

Aquel Lorenzo no era el hombre que tenía delante.

Aquel Lorenzo sostenía entre sus brazos al amor de su vida.

- Yo solo he sentido algo así una vez en mi vida, y fue con su madre- su voz se quebró al mencionar a su esposa, de la que no apartaba la vista- El amor que ella entregaba era puro, tan puro que a veces dolía.

No planeaba como hacerlo, no medía las consecuencias; simplemente brotaba de ella.

Mi hija ha heredado eso. Y, créeme, siempre temí por quién tendría el privilegio de recibirlo.

Es un amor tan grande que puede abrumarte, hacerte sentir que jamás estarás a la altura.

Sus ojos se encontraron con los míos, esperanzados, agarrándose a un clavo ardiendo.

- Suerte que te eligió a ti… porque sé que te aterra más perderla que luchar por ella. Encuentra a mi hija, muchacho. No solo porque ella te necesita, sino porque tú también lo haces.

Asentí sin saber que cojones decir a eso. Había sido mi error que su hija estuviera secuestrada a manos de ese tarado y por alguna estúpida razón, me empujaba a sus brazos. No tenía nada que hacer al lado de su hija.

Intenté dejar de lado los pensamientos depresivos y abrí la caja. Me encontré con varias fotografías dobladas a lado mitad, estaban unas superpuestas encima de otras, apiladas y desgastadas por la cantidad de veces que las debería haber abierto en busca de respuestas.

Abrí el primer sobre y mi puño se apretó fuerte.

Eran un grupo fotografías de ella. Planos detalle de su cuerpo, sus labios, su pelo.

La realidad parecía traspasar el papel brillante, como si pudiera sentir en mis manos la textura de su piel.

Pasé al siguiente y mi respiración se volvió pesada.

Flora, desnuda frente al espejo, cubierta apenas por un conjunto negro desnuda encaje.

Mi mente ardía, pero mis manos siguieron.

Despegué las cartas, esparciendo su contenido sobre el tocador hasta dar con la última. La primera que había recibido.

La polaroid, dañada, descansaba encima de un tríptico informativo de la Iglesia de San Ignacio, todos los recuerdos de la primera vez que fuimos la posibilidad de un todo, se abalanzaron sobre mí.

La recordaba mirando al techo, maravillada por el arte que lo cubría.

Su mirada recorría las falsas columnas y arcos hasta perderse en el cielo allí representado.

Señalaba cada escena, cada matiz de la ilusión óptica, atrapada en su propia fascinación.

Lo que ella no sabía era que yo no había mirado el techo ni una sola vez.

Lo único que me absorbía estaba justo a mi lado.

Vivir el arte a través de sus ojos color chocolate era como contemplarla a través de un caleidoscopio de emociones que me encogía el corazón.

Desplegué el panfleto y me encontré con una nota escrita a mano con rotulador negro: Me gusta observarte entre las sombras, nunca podré salir de ellas, tu luz es demasiado fuerte para los dos. Te traeré a la oscuridad conmigo. Serás la luz que brillará entre las tinieblas.

Recorrí con la mirada las líneas manuscritas antes de fijarme en la fotografía.

A diferencia de las demás, no había nada sexual en esta.

Era una captura de cómo Carlo la veía, de cómo la buscaba entre la multitud romana.

Su vestido azul ondeaba con el viento, su melena rozaba la parte baja de su espalda, y su piel, besada por el sol, resplandecía con una calidez imposible de ignorar.

Robaba el aliento. Mientras los desconocidos a su alrededor seguían con sus vidas, sin saber que eran testigos de un instante que para él lo significaba todo.

Mis dientes rechinaron por la fuerza con lo que los apretaba.

Todas las fotografías iban acompañadas de un mensaje, alguna con ira, otra con deseo, con enfado e incluso con arrepentimiento.

Pero no me fije en el mensaje en sí, sino en la caligrafía dándome cuenta de que era la pieza que me faltaba para poder acusarle de manera formal, la tenía delante de mis narices. Como dijo Joel, nadie es perfecto.

Salí disparado por la puerta tras la mirada de incredulidad de Lorenzo y me dirigí a los despachos que se encontraban en el ala anexa y que tenía acceso directo a la casa. Allí guardábamos los informes y los dossiers y todos y cada uno de ellos estaban firmados por los tres.

Le tenía, joder.

Abrí el archivador principal y rebusqué hasta dar con la carpeta de los últimos viajes, la que estaba seguro que estaba firmado por él, daba igual que fuera Fiore o D’Angelo, su caligrafía era la misma y me había otorgado el espejo a la realidad que necesitaba para que se pusieran a investigar.

Cogí el informe y me dirigí al salón donde Diego, junto a un grupo de analistas informáticos, revisaba las grabaciones de las cámaras de seguridad.

Estaban concentrados en el punto exacto donde habían encontrado el teléfono de Flora tirado en la calzada.

Su rostro se veía algo difuminado por la mala calidad, pero ahí estaba, su melena bailando con el viento y su rostro sonrojado por el frío.

Con fuerza. Deje la carta sobre la mesa y, junto a ella, el documento firmado.

- Dime qué ves- le exigí a Diego, que alternaba la mirada entre la pantalla, la fotografía y el informe. Permaneció en silencio unos segundos, que se me antojaron larguísimos, hasta que sus ojos se iluminaron y pude ver como un clic silencioso ocurría en su cabeza.

- ¡Buscar a Carlo D’Angelo ya! ¡Es nuestro hombre!

- todos aquellos que estaban en esta sala le miraron sin entender nada, al fin y al cabo también era su compañero- ¿Acaso tengo que repetir una orden tan clara?

- les preguntó con enfado- ¿Qué tienes?- me miró con determinación, intentando enterrar cualquier rastro de enfado y odio que le pudiera hacer errar.

Dejando de lado cualquier sentimiento humano, que le pudiera distraer, pero el odio era tan profundo que nada impedía que se reflejar en sus ojos.

- Sé quien es. Su verdadera historia, como conoció a Flora, todo. Pero aún no he conseguido averiguar dónde la puede tener. Tengo a Joel investigando desde Madrid.

- ¿Quién coño es Joel? ¿Y por qué se está encargando de investigar a mi hija?- preguntó el embajador tras de nosotros, fijándose en el papel y en la fotografía.

- Joel es un amigo que conocí durante nuestro entrenamiento para entrar al grupo especial de operaciones, señor.

Es el mejor detrás de un ordenador, capaz de encontrar cualquier información.

Ha sido quien me ha ayudado desde el principio-me di la vuelta y me planté ante él, sin discusiones, sin miradas de reproche o comentarios quemándome en la lengua.

Solo quería que me viera, como un igual a igual, porque como había dicho antes, no solo le había arrebatado a su hija sino también me habían arrebatado a mi amor- Lorenzo- le hable por primera vez sin formalidades- Si hay algún indicio de dónde puede estar Flora, él lo encontrará.

Jamás habría permitido que una persona de la que dudara lo más mínimo, se pusiera a buscarla.

Estiró el brazo y cogió la fotografía de su hija y el informe que había dejado encima de la mesa en la que estaba trabajando Diego. Las tazas de café se acumulaban al lado del gran monitor, en dónde se veía las cámaras de seguridad que había conseguido captar a Flora.

- Lo que ha averiguado, ¿es legal?- preguntó Diego.

- No creo que los medios que haya utilizado lo sean- no era algo que me preocupara, sabía eran capaces de volver legal lo ilegal y ahora mismo no se iban a andar con burocracia. Además, Joel, no era de los que dejaban un rastro hasta llegar a él .

- Eso no importa. Contacta con él inmediatamente. Quiero hablar con él- ordenó Lorenzo, recuperando su firmeza habitual.

Saqué mi teléfono del bolsillo, directo a pulsar el botón de llamada, cuando me fije de nuevo en las cámaras que seguridad que estaba revisando Diego. Eran las que había conseguido captar a Flora, no era un camino sin sentido al uso. Sabía de donde venía.

Uni el camino en mi mente con las imágenes que se reproducían en la pantalla dividida en diferentes vídeos. El punto ciego se encontraba justo antes de subir a lo alto de las escaleras de Piazza Spagna , me sabía el trayecto de memoria. Estaba seguro.

Esos pocos metros no estaban cubiertos por ninguna cámara oficial ni de comercios cercanos pero sí estaba cubierto por una cámara de la salida del metro que había justo en ese pequeño callejón.

Con un poco se suerte, habría captado a Carlo y podríamos situarle en el mismo espacio en el que desapareció Flora.

Pulsé el número de Joel, no terminó de sonar el primer tono cuando su voz retumbó dentro de las paredes de la embajada.

- No hay ninguna propiedad a nombre de Carlo Fiore o D’Angelo. Solo tiene un par de tarjetas a nombre de D’Angelo y algunas transacciones a la que ahora llama mamma , pero nada más, ¡es como un puto fantasma! Dime que has averiguado algo.

Vi su rostro en diferentes ordenadores de policías y militares que habían en la sala, con su historial, el año de graduación, sus misiones, sus honores hasta en las que había participado sin ser un activo “reconocido” .

También habían informes sobre diversos hackeos a cuentas bancarias o sistemas de seguridad, que nunca habían podido probar que fuera el responsable pero que habían conseguido ponerle en el punto de mira de la policía hasta volverse uno de ellos en el departamento de ciberseguridad.

Había toda la información que pudieras necesitar para poder sonsacarle cualquier cosa, familia, pareja, todo, solo faltaba su puto grupo sanguíneo.