31 #2
Abrí la imagen. Flora y Olivia, sonriendo a quien tomaba la fotografía, sin seguridad, riendo, con el pelo revuelto y la mirada brillante por el alcohol. Tan viva, tan despreocupada. Tan preciosa como siempre.
- Las cámaras del club muestran a Carlo esa misma noche-continuó Joel- Y las ubicaciones de sus teléfono lo confirman. Allí la vio. Y aquí es donde las cosas se complican.
Casi pude oír los engranajes de la mente de Joel girando, intentando decidir si prepararme o soltarlo de una vez, recolocando sus gafas una y otra vez.
- Suéltalo de una maldita vez, Joel.
- He triangulado el recorrido que hizo Flora hasta la embajada- respondió- Hubo una señal de teléfono detrás de ella durante todo el trayecto.
He accedido al repetidor más cercano: el teléfono corresponde a Carlo Fiore.
La siguió esa noche. Y no fue la única vez.
Incluso despues, ya trabajando en su seguridad, la vigilaba.
Me quedé inmóvil. Ni respiré.
Una punzada seca me atravesó el pecho. No era miedo. Era algo peor. La certeza de que llevaba demasiado tiempo en peligro, y yo no lo vi. Hasta que la cazó.
- Joder…- susurré.
Estamos destinados a estar juntos. Me pertenece. Las palabras de Carlo resonaron con fuerza en mi memoria. Me lo advirtió. Estaría con ella y si era necesario, lo haría a la fuerza.
El silencio me presionaba las sienes.
- No sé de qué es capaz- continuó Joel-, pero tienes que encontrarla cuanto antes. Está obsesionado, y no va a tener escrúpulos.
Un pitido me alertó de una llamada entrante. El nombre de
Diego parpadeó en la pantalla.
- Busca propiedades con el apellido Fiore- alcancé a decir antes de colgar- Si la ha escondido, no lo hará en un lugar fácil.
Respondí a la llamada.
- Diego.
- ¿Qué sabes de las cartas?- fue directo, sin rodeos.
- ¿Qué cartas?
- ¿No sabes nada de unas cartas que ha estado recibiendo Flora?
- me quedé en silencio al otro lado de la línea, preguntándome una vez más, cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de nada- Efrén…
- esta vez, su voz sonó más conciliadora, incluso cautelosa.
Su tono me confirmó que, fuera lo que fuera el contenido de esas cartas, era la suficientemente importante como para necesitarme allí.
- Voy para allá- dije secamente antes de colgar el teléfono.
Fui directo a mi armario y abrí la caja fuerte. Marqué la combinación y saqué dos cargadores de repuesto junto a mi otra arma reglamentaria. Con ambas nueve milímetros en mi espalda salí del apartamento bajando las escaleras de dos en dos.
Crucé la calle y me subí al coche, fui hasta la embajada callejeando para intentar quitarme del tráfico del centro de la ciudad que impediría llegar tan rápido como yo deseaba.
Pasé mi tarjeta por el lector de seguridad para abrir las dos puertas de madera que custodiaban la entrada lateral.
Accedí con una sola maniobra, fijando mi mirada en los militares que custodiaban la puerta principal.
Bajé del vehículo y antes de que me preguntaran saqué mi identificación del bolsillo trasero de mis pantalones. Ambos, se miraron a los ojos y negaron con la cabeza.
- Solo personal autorizado.
- ¿Necesitas ver de nuevo mi identificación?- respondí, alzando un poco la voz- Soy una de las personas encargadas de la seguridad de esta embajada.
Me cuadré frente a ellos con el pulso acelerado por la impaciencia. No tenía el día para que me vinieran con gilipolleces y lo único que estaban consiguiendo era ponerme de peor humor, además de retrasarme.
- Órdenes directas del Embajador .
Solté un alarido de incredulidad y me sujeté le punte de la nariz con dos dedos, pensando en como entrar en el edificio sin liarme a hostias.
- Efrén.
La voz de Diego hizo que me girara como un resorte. Asintió una vez y se dirigió a ambos militares, quienes intercambiaron una mirada y, sin decir palabra, se hicieron a un lado para dejarme pasar.
Diego siempre era la templanza y el silencio más intimidatorio que había en todo el equipo.
Verlo ahora con el traje arrugado, las mangas de la camisa arremangadas y el cabello repleto de canas despeinado por la tensión, era una señal inequívoca del desastre que se estaba viviendo dentro de esas cuatro paredes.
Sus ojos rojos, reflejaban la presión de presión de tener que analizar cada detalle, cada paso, cada segundo perdido.
Jugábamos con un reloj sobre nuestras cabezas, en las que cada grano de arena que caía, era una posibilidad de salir con vida de Flora. Jugábamos al ahorcado, con Flora como víctima y cada error, cada segundo perdido, era tiempo de vida que le arrebatábamos.
- ¿Qué sabes?- me preguntó, a la vez que accedíamos al recibidor.
- ¿Está Carlo?
- No, ¿qué sabes?- volvió a preguntar.
- ¿No te parece raro que no esté aquí?- lo miré- Vamos, Diego, joder.
Si tan amigos y tan cercanos eran, ¿dónde está ahora?
¿Qué se ha inventado para no estar aquí, desesperándose por encontrarla?
- se paró en seco y me miró a los ojos. En los míos podía leer determinación mientras que en los suyos vi como las piezas se comenzaban a unir, aturdiéndolo momentáneamente- Nos ha engañado a todos.
Le di una palmada en el hombro y me dirigí hacia las escaleras, directo a la habitación de Flora.
Sabía que si había algo raro, lo encontraría ahí.
Sí me hubieran dejado trabajar ahora no estaríamos en este punto y puede, que Flora, ya estuviera entre mis brazos.
Subí los primeros escalones, cuando la voz de Lorenzo me paró.
- ¡Te dije que no quería verte aquí! ¡Y tienes la poca vergüenza de volver y desobedecer mis órdenes!- gritó, cargado de furia.
Me giré lentamente, encarando no solo a el, sino también a todo el equipo de seguridad que estaba desplegado en el salón. Frente a ellos, una serie de monitores mostraban las centenares cámaras se seguridad. Era como buscar una aguja en un pajar y lo sabían.
- Con todo respeto, Embajador, sus órdenes ahora mismo me importan una mierda e incluso dudo que siga trabajando para usted- mi voz fue un filo, seco, sin temblor- Mi prioridad es su hija. Siempre lo ha sido.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Todos me miraban como silencio estuviera loco, y quizás lo estaba. No me quedaba ni un resquicio de cordura en mi cuerpo y no la recuperaría hasta dar con ella.
- Dudo mucho que eso haya sido así, ¡porque si eso fuera cierto, mi hija estaría aquí!- vociferó Lorenzo, rojo de ira- ¡Y no bajo el yugo de cualquier desalmado que ha osado ponerle la mano encima!
- Embajador, ni siquiera se había dado cuenta que su hija no estaba- vi el paso silencioso que dio Diego en mi dirección, ante la posibilidad de que Lorenzo volviera a pegarme.
Estaba tirando tanto de la cuerda que podía romperse en cualquier momento- Quiero que sepa que no solo han secuestrado a su hija, sino también a la mujer que amo.
Y sí, me pasaré toda la vida lamentándome y castigándome por no haber sido capaz de protegerla, pero no necesito que continue insistiendo en mi estúpido error.
Le recuerdo que usted es su padre y que no tenía ni idea de lo que le ocurría a su hija, así que, le pediría encarecidamente, que en lugar de seguir echándonos mierda en cara, empezamos a trabajar en buscar a Flora, porque siento comunicarle que voy a entrar, le guste o no.
Y si tengo que hacerlo a la fuerza, lo haré y me dará igual las consecuencias, como si quiere joder mi carrera, no me importa.
Llame a Mendoza, destróceme, no me importa.
Solo me importa ella. Ahora si me disculpa, voy a ver las cartas a su habitación- subí los escalones con el silencio incómodo pisándome los talones.Los olores, los colores, el desastre organizado que la caracterizaba, todo ello era ella.
Me costó unos segundos poder poner un pie en la habitación, fui hasta la mesilla de noche en la que tenía una fotografía con Olivia, riéndose, viviendo.
Pase el pulgar por su rostro como si pudiera acariciarla, sentir su tez de terciopelo, pero no, estaba muy lejos de mí.
Abrí el primer cajón de la mesilla y joder, tuve que tomar aire, para no ponerme a llorar como un crío. Saqué una tira de cuatro fotografías que nos habíamos tomado en un fotomatón tras llevarla a cenar a ese restaurante, en el que la desnudé mi alma.
Sus ojos brillaban al mirarme, como si fuera lo que más quisiera, como si estuviera completamente enamorada de mí. Guardé las fotografías en el bolsillo de mi pantalón y antes de que me diera tiempo a rebuscar escuché unos pasos a mi espalda.
- En la caja, sobre el tocador.
Lorenzo estaba apoyado en el marco de la puerta con las lágrimas cayendo por su rostro sin control. La vida le estaba pasando por encima eliminando cualquier rastro del hombre firme y seguro que solía ser.
- Gracias- dije con un maldito nudo en la garganta que iba acabar por ahogarme. Era mi culpa que sintiera tal dolor, debía de haberla acompañado, no haberla dejado sola- Si lo sabía… ¿por qué no dijo nada? Tenía todo el derecho a despedirme.
- Porque era la primera vez que veía a mi hija hacer algo solo por ella. Por primera vez en su vida no pensó en los demás; fue a por lo que deseaba, con todo su ser. Fue impulsiva…y, al serlo, vivió.
Se detuvo un momento, como si buscara las palabras adecuadas para explicarme por que no me había echado a la calle por besar a su preciosa hija.
- Vosotros estabais en su mirada, en ese brillo al verte.
En la forma en la que te hablaba, como si el resto del mundo desapareciera.
No hacen falta horas, ni días, ni siquiera palabras, cuando el corazón sabe lo que quiere.
Fue egoísta al amarte, sí, pero también se quedó, luchando contra el miedo de perder lo que tenía. Y por eso no dije nada .