31
Iris
Efrén
Llegué a mi apartamento y necesité un segundo para tranquilizarme. Un segundo para no desmoronarme del todo.
Te necesito.
Solo será una vez.
Los recuerdos de esas palabras hacían que quisiera golpear cualquier cosa que tuviera a mi alrededor.
Podía ver los fotogramas de la única noche que pasamos juntos, podía oler su colonia dulce y casi podía escuchar las palabras dichas encerradas entre estas cuatro paredes.
Sentía su presencia, su gracia, su acidez dulce en el café frío que había en la encimera, en la manta de encima del sofá y de la camiseta olvidada que había encima de mi mesilla.
Era como si todo ella se concentrará en una sola dosis, en una sola gota de su elixir, dentro de estas cuatro paredes.
Sentía un reloj de arena sobre mi cabeza.
Cada minuto que pasaba sin hacer nada, era un minuto que le restaba a Flora.
No podía ni siquiera pensar en que a lo mejor ya era demasiado tarde, en que a lo mejor ya no tenía tiempo.
La idea había pasado por mi cabeza pero también la sentía viva.
Sabía que estaba viva. No podía describirlo con palabras pero había algo en mí que me aseguraba que así era.
Sentía su corazón latir junto al mío, nuestras almas todavía estaban conectadas y si por algún casual la suya se hubiera desconectado, yo lo sabría.
Estábamos unidos y en el momento que faltara, sería como si me arrancaran el corazón.
Atravesé el salón con paso decidido y me deshice del traje, necesitaba pensar.
Fui directo a la ducha, el golpeteó de las gotas de agua helada contra mi piel hizo que el corte que me había provocado Lorenzo, lanzara llamaradas de dolor, convirtiéndolo en una dulce caricia en comparación a lo que sentía en el centro de mi pecho.
Unos minutos debajo de un agua que sentí como agujas, me sirvió para pensar mi siguiente movimiento. No partía completamente de cero. Había algo que me empujaba con fuerza: un pálpito que gritaba el nombre de Carlo. Ese hijo de puta estaba metido hasta el cuello.
Había leído el primer informe, el oficial, ese expediente archivado por la embajada cuando lo contrataron, pero no me creía ni una palabra de lo que decía.
Era un montaje, un archivo diseñado para engañar a cualquiera que no supiera dónde buscar.
No había encontrado nada relevante sobre Carlo en los canales oficiales; era como si no existiera antes de empezar a trabajar para Lorenzo. Demasiado limpio. Demasiado sospechoso.
Había algo que me mosqueaba en todo aquello y sabía que debía de tirar del hilo, hasta que todas las cartas que componían su castillo de naipes cayeran una a una. Abrí el segundo de nuevo, dispuesto a encontrar una pequeña pista entre sus secretos.
Carreras ilegales y drogas habían estado presentes en una etapa de su vida, pero no era suficiente.
Ni siquiera especificaba si el era quien se encargaba de la distribución de las mismas ni había imágenes de él corriendo en una carrera con coches robados, aunque no me lo imagino como un mero espectador.
Revisé cada imagen, cada línea, buscando un resquicio de información, algo que me hiciera saber por donde tirar.
Indagué en el barrio donde creció, un lugar plagado de nombres que saltaban constantemente en las noticias, aunque ninguno parecía vincularse estrechamente con él.
Estaba inmerso en la maraña de la mafia que llevaba aquellas calles, leyendo acerca de diferentes operaciones, cuando mi móvil rompió el silencio.
- ¿Qué tienes?- pregunté con impaciencia.
- No te va a gustar- Joel cogió aire al otro lado de la línea y comenzó a informarme de todo- Carlo D’Angelo realmente no se llama así. Su nombre real es Carlo Ferrera Fiore, aunque siempre le han reconocido por el apellido materno.
Antes de que continuará con el resto de la información, mi mente hiló su apellido con un nombre que había escuchado repetidamente los últimos días.
- Joder.
- Su madre, Caterina Fiore, nunca se hizo cargo de él-comenzó Joel, con esa voz suya que siempre sonaba demasiado tranquila para lo que estaba diciendo- Estaba demasiado ocupada llenándose los bolsillos con drogas, chantajes y peleas ilegales.
Su padre, Massimo Ferrera, murió cuando él era un crío.
Fue entonces cuando el hermano por parte paterna le sacó de Servicios Sociales.
Limpió su historial antes de entrar en la embajada y cambió su apellido a D’Angelo para que pareciera que sus tíos eran sus verdaderos padres. Todo para no levantar sospechas .
Cada palabra parecía enmarcar quien era realmente el supuesto Carlo D’Angelo.
- Por fuera- continuó Joel, esa voz pausada que le caracterizaba- parecía el típico chico de barrio humilde, con una familia trabajadora, que había tonteado con las carreras de coches y poco más.
Pero si buscas como Carlo Fiore…- el tecleo volvió a sonar al otro lado de la línea, rápido, insistente-ya es otro tema.
Tiene un historial policial largo. Muy largo.
Pero nunca cumplió condena. Entraba y salía del calabozo como si tuviera la puerta giratoria a su nombre.
Palizas, intimidación, acoso… y nada demostrable.
Todas las pruebas desaparecían justo antes de que pudieran procesarlo.
Todo eran casualidades no demostrables. Con el tiempo ganó peso en el barrio, tanto que levantó la curiosidad de su propia madre.
- No tiene el tatuaje que llevan todos los Fiore- dije, pasando las imágenes que Joel me había enviado, rostros hasta entonces anónimos que ahora tenían un nombre y una lealtad- Al menos, no en ninguna zona visible.
Me detuve en una de las fotografías. El mismo símbolo se repetía una y otra vez: el arcángel grabado en la piel. No San Miguel que protegía Roma desde lo alto del Castel Sant’Angelo , sino otro, con la espada desenvainada. Una marca de guerra. De castigo. De caída.
El silencio entre nosotros se volvió denso, como si ambos estuviéramos observando lo mismo.
- Caterina Fiore…- murmuré, más para mí que para él- la primera que lo rechazó. La primera que lo dejó atrás. Y por eso ha decidido secuestrar a la primera mujer que lo quiso. No lleva el arcángel porque, para él, sería rendirse ante la primera mujer que lo abandonó.
Joel respiró hondo, casi podía verlo colocarse las gafas con un gesto nervioso, antes de retomar.
- Tiene sentido, de una forma retorcida.
Aunque no llevara el tatuaje, cada uno de sus movimientos parecía buscar la mirada de Caterina.
Empezó a frecuentar ciertos clubes y terminó codeándose con familias importantes.
Esas mismas familias que entraban y salían de los negocios de su propia madre- su tono se volvió más sombrío- Siempre despertaba interés entre las mujeres.
Fotografías distintas, noches distintas, ni una sola denuncia formal…
hasta unos meses antes de entrar en la embajada.
Consta una denuncia, pero fue retirada. Como si alguien se hubiera asegurado de borrarla del mapa.
Apreté la mandíbula.
- ¿Quién lo denunció y por qué?- pregunté, aunque ya sabía que la respuesta iba a ser otra herida más. Un instante más que tuve delante y no supe ver- Mándame…
El aviso de un nuevo archivo cortó mi frase.
Abrí el documento. El rostro de una mujer desconocida, Livia Ricci, me observó desde la pantalla.
No la había visto nunca, pero algo en su expresión me resultaba familiar.
Me incliné hacia. Delante, analizando cada rasgo hasta que lo entendí: se parecía a Flora.
No de forma evidente, pero lo suficiente.
Los ojos grandes, las pestañas espesas, los labios marcados, esa luz imposible de fingir.
- ¿Se parecen, verdad?- preguntó Joel Al otro lado del auricular, cuando guardé silencio .
- Sí- dije, sintiendo cómo algo dentro de mí se resquebrajaba.
- Lo imaginaba. Son lo opuesto a su madre- dijo, y durante unos segundos la línea quedó muda, como si el peso de la fotografía nos hubiera dejado sin aire- La denuncia consta por acoso- continuó Joel- Se obsesionó con ella. Hasta conseguirla, como si fuera un puto premio.
Apoyé los codos en la mesa y pasé las manos por la nuca, intentando contener la rabia que se me acumulaba en la garganta.
- He accedido al teléfono de Livia- prosiguió Joel, sin poder evitar la pequeña fisura en su templanza habitual- No he podido recuperar todo.
Se tomó su tiempo para borrarlo y hacer parecer que ella quien lo acosaba.
Pero ya sabes… incluso cuando crees haber borrado todo, siempre queda una huella.
Eliminó los mensajes del dispositivo y de la nube, pero…
- Al grano Joel.
- Había numerosos mensajes en los que Livia le suplicaba que dejara a su familia en paz; que estaría con él si eso era lo que quería, pero que parara. No hay constancia oficial de que retirara la denuncia. Solo este borrador y una descripción vaga. Las pruebas no fueron localizadas.
- Su mamá limpió su historial, ¿me equivoco?
- Es lo más probable- escuché las teclas al otro lado- Nunca se ha investigado lo que ocurre en ciertas comisarías.
Y Caterina Fiore sabe a quién comprar- el clic de las teclas se detuvo- Los mensajes cesaron justo cuando él empezó en la embajada- añadió Joel.
Su tono cambió, y supe que lo que venía no me iba a gustar- Efrén…
Carlo no conoció a Flora en su primer día en la embajada; la vio meses antes, en un club al que solía ir.
Sentí que algo frío me recorría el pecho.
- ¿Qué club?
- Demons.
No dije nada. Intenté hacer memoria de cada lugar que me había hablado.
- Flora nunca me habló de ese sitio.
- Puede que solo fuera una noche. He accedido a su teléfono. Hay una fotografía con Olivia, tomada un par de meses antes de que Carlo entrara a trabajar para ellos.