Fuimos Roma 30
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Hurt

Flora

Estaba loco.

Solo alguien completamente desquiciado podía creer que iba a tragarme su discurso, disfrazado bajo esa retorcida y enfermiza idea que tenía del amor.

Carlo me había secuestrado, había ido hasta la embajada, había mirado a mi padre a los ojos y fingido ayudarle a buscarme, cuando el que me tenía cautiva era él.

Había burlado la seguridad de una embajada aprovechándose de la confianza que todos habíamos depositado en él, y no sentía una pizca de remordimiento por el sufrimiento que estaba causando.

Y ahora… ahora se plantaba delante de mí con una sonrisa, diciéndome que lo había hecho por amor.

Que todo esto era culpa mía y solo mía, porque no le haberle elegido, porque no le había correspondido, y eso -según él- le había empujado a cruzar esta línea.

- Creo que te amé desde el momento en el que te vi- dijo con una sonrisa que me provocó nauseas- Seguramente ni siquiera te acuerdes.

- Recuerdo perfectamente el día en el que te conocí- le corté con dureza, porque, siendo sinceros, lo único que me quedaba era mi tesón y la chulería que pocas veces salía a flote.

Pero en ese momento, fue lo único que me dio la fuerza necesaria para hablar con él, aunque sintiera la bilis en mi garganta- Era abril, el veinte de abril; estaba sentada en las escaleras de la puerta principal con una taza de café en las manos cuando llegaste.

Me miraste y, justo antes de entrar, dijiste que este trabajo iba a merecer la pena.

Recuerdo cada momento que he pasado a tu lado, Carlo.

Bueno, más bien cada momento que pasé con quien creía que eras, porque todo esto ¡no ha sido más que una puta mentira!

Una solitaria lágrima cayó por mi mejilla; me hubiera encantado poder retirarla yo misma y no sentir su contacto sobre mí. Me ardía la piel.

- Te equivocas- susurró, sus ojos fijos en los míos mientras daba una calada a un cigarro que encendió con el mechero que yo misma le había regalado- No fue ahí donde te vi por primera vez- soltó una carcajada amarga y negó con la cabeza-Ni siquiera me viste, fui invisible para la niña de papá, ¿verdad?

- se arrodilló hasta colocarse a la altura de mis ojos, me obligó a mirarle con un fuerte tirón- Fue en una fiesta, a la que acudiste con Olivia.

Ni siquiera me miraste una sola vez. Pero yo…

no podía dejar de mirarte. Eras magnética para mí, cada movimiento que hacías me hacía olvidar y no podía perder eso, tenía que conseguirte.

- Un reto- mi voz se quebró- Eso es lo que siempre he sido para ti. Un reto que nunca podrás ganar, Carlo.

Su sonrisa se ensanchó, cruel y retorcida.

- Lo gané en el momento en que empezaste a quererme. Pero tranquila, pequeña, no te adelantes. Ya llegaremos a ese punto.

Se levantó con calma y se acercó a una estantería.

Sacó una caja de cartón y la dejó caer al suelo con un ruido seco.

Cientos de fotografías se deslizaron fuera, esparciéndose por la estancia como hojas arrastradas por el viento.

Al mirar, reconocí mi propio rostro en ellas, capturando en distintos momentos de mi vida, algunos tan lejanos que apenas los recordaba.

- Esa fue la primera noche que te seguí- dijo mientras su voz se tornaba más grave- Necesitaba saber más de ti, saber dónde encontrarte.

Imagínate mi sorpresa al ver que eras la hija de un embajador; parecía que estabas hecha a mi medida: preciosa, de buena familia, elegante, como un ángel en la tierra.

Tuve tu imagen grabada en la retina por noches- dio una profunda calada a su cigarro, haciendo crepitar las fibras del tabaco para que un humo blanco comenzara a inundar la habitación metálica- Tenía que estar cerca de ti, hasta que me ocurrió como estar a tu lado: trabajar para ti.

Pedí a mi madre el único favor que le había pedido en mi vida y, cuando mi expediente estaba limpio de cualquier rastro cuestionable, empecé a mover hilos.

Y como dije entonces, valió la pena. Me colé en tu vida, me instalé en ella hasta hacerme imprescindible para ti; había conseguido que me quisieras, solo me quedaba besarte.

Tenías que ser mía en cuerpo y en alma y cuando al fin te tuve, me trataste como si no fuera nada, como si yo no fuera nada.

Ni siquiera me diste una oportunidad; ¡todo lo que eras capaz de ver era a él!

- gritó, golpeando la estantería con el puño cerrado.

Su voz temblaba, no solo con ira, también con un dolor que me erizaba la piel- ¿Tienes idea de cómo me hiciste sentir?

¿De cómo la rabia me ha desgarrado todos estos meses?

Creí ver lagrimas en sus ojos, mandando a las antípodas cualquier rastro de descaro al que me había aferrado.

No quería ser la causante de romper a nadie.

No quería que mi amor por otra persona destruyera a otra.

No quería ser la razón por la que Carlo no amara a nadie más; yo no me merecía tal poder.

No deseaba que en mí residiera el poder de destruir a nadie, de arrancarle una parte de él y que en su mente siempre habitara mi mal recuerdo.

Yo no quería nada de esto. Solo quería disfrutar de todo, de sentirme amada y, si para ello tenía que pagar el peaje de destruir a alguien en mi camino, no merecía la pena.

- Yo no elegí enamorarme de él, Carlo- otro bofetón cortó el aire.

Esta vez, el bofetón cortó mi mejilla, provocando un hilo de sangre caliente deslizándose hasta mi cuello- ¡Lo siento!

¡Joder, lo siento!- me estaba desgarrando las cuerdas vocales, pero me daba igual- ¡Siento no haberte visto aquella noche!

¡Siento haber sido tan ingenua como para no darme cuenta de tus sentimientos por mí!

¡Lo siento, lo siento, lo siento!- lloré, pero no era arrepentimiento lo que sentía.

Era desesperación- ¿Crees que las personas eligen de quiénes se enamoran? ¡No! ¡Simplemente pasó! ¡Me enamoré!

Su mirada se oscureció aún más, dejando casi imposible distinguir el verde de sus iris. Su voz explotó con un grito que reverberó en las paredes:

- ¡Sí podías haberme elegido a mí! ¡Eres el veneno que corre por mis venas y no puedo sacarte de mi cabeza!

Comenzó a caminar de un lado a otro, tirándose del cabello con fuerza, perdiendo el rumbo. Sabía que no podía razonar con él, pero sí conseguir tiempo. Era lo único que necesitaba.

- ¿Por qué haces esto? ¿No ves que me haces daño?-gimoteé, necesitaba que se recreara y así conseguiría el tiempo que necesitaban para encontrarme .

- Tú me has obligado- cogió mi rostro y lo levantó hasta que mis ojos quedaron a la altura del suyo- Yo tenía un futuro para nosotros.

Lo tenía todo planeado. ¡Te iba a dar todo!

- leía la desesperación en su mirada, pero también el odio latente que destilaba cada palabra- Pero le elegiste a él.

¡Alguien que tiene todo lo que yo nunca tendré!

Me soltó con tal brusquedad que casi caí hacia un lado. La silla se balanceó, inestable, clavándose más en mi piel, haciendo que la sangre corriera más rápido por mis muñecas.

- ¿El qué?- pregunté con suavidad, obligando a mi voz sonar dulce, casi cómplice- ¿qué tiene él que tú no tendrás nunca, Carlo? Todavía estás a tiempo… Sácame de aquí y tendrás tiempo.

Las piezas de este puzle retorcido no encajaban. No podía hacerlo. Había algo que se me escapaba, algo escondido entre las sombras de su locura, algo que to no estaba viendo.

Lo único que podía hacerlo era empujarle a hablar.

Tenía la sensación de que la respuesta estaba justo delante de mí, tan cerca que podía rozarla…

pero era como si una niebla espesa me impidiera verla.

Como si él hubiera tejido una historia donde cada hilo llevaba a otra mentira.

Y aun así, sabía que si conseguía que siguiera hablando, la verdad acabaría cayéndose sola.

Se giró. Caminó hacia mí. Se agachó, quedando a mi altura.

Su respiración golpeó mi rostro.

- ¿No te enteras? ¡Yo ya no tengo tiempo!- escupió- dejé de tenerlo cuando clavé la aguja en tu cuello.

Me sacudió y volvió a ponerse en pie, dándome la espalda .

- ¿Qué tiene él que tú no tendrás nunca, Carlo?

- insistí, esta vez con la voz rota, sintiendo las lágrimas mezclarse con la sangre espesa que me resbalaba por la mejilla- necesito entenderte.

Necesito saber que no haces todo esto solo para herirme.

Necesito creer que aún queda algo bueno en ti. Yo… yo no me he rendido contigo.

Él se volvió. Y estalló.

- ¡Un futuro!- gritó- ¡Tiene un futuro! ¡Te tiene a ti, la única persona que me ha importado de verdad!

¡Te he querido con mi corazón en la mano!

¡Tú me hiciste querer ser mejor! ¿Y para qué?

¿Para que me sustituyas por alguien que lo tiene todo?

¡Una familia! ¡Una familia que no se parece en nada a ella!

- su voz se quebró, pero no dejó de gritar- ¡Un futuro!

¡Lo único que yo tenía y que él no era a ti! ¡Y ahora también te tiene!

El aire se atacó en mi garganta. Bajé la mirada al suelo. La habitación se llenó de un silencio espeso, roto solo por el rumor lejano de las vías y el golpeteo irregular de la lluvia.

- ¿Una familia?- susurré, no porque esperara respuesta, sino porque era la única palabra que no encajaba.

Había mencionado el futuro como quien habla desde un precipicio. Había mencionado amor como quien se aferra al borde con los dientes.

Pero familia…

Carlo tenía una familia. Yo había conocido a su madre, a sus hermanos.

Entonces, ¿por qué hablaba como si no existieran?

¿Qué era aquello que no me contaba ?

¿Quién era ella ?

¿Por qué sentía que todo lo que conocía de él no era más que una burda mentira?

- Carlo…tú tienes una familia- alcé la vista- ¿Por qué hablas de la suya?

No me dio tiempo a reaccionar.

El paño blanco ya estaba en una de sus manos y la otra, en mi nuca.

- No- jadeé- No, Carlo, por favor. ¡Habla conmigo! ¡Habla conmigo, por favor! ¡Estoy aquí! ¡No dejes que la oscuridad vuelva! ¡Por favor, Carlo, te necesito! ¡Necesito que me protejas de los monstruos de la noche! ¡¿Qué pasa con tu familia?! ¡Cuéntamelo! ¡Podemos solucionarlo!

Me resistí con todo lo que tenía: luché contra las ataduras, contra el ardor de mis heridas, contra el peso de su fuerza.

No sirvió de nada.

Su mano sujetó con más fuerza mi nuca. Estaba segura de que había dejado marcas ahí donde me hubiera agarrado.

El paño cubrió mi rostro.

El olor químico incendió mis pulmones y garganta. La oscuridad volvió a mi.

- Duerme- susurró contra mi oído, con una ternura que dolía- Yo pensaré como huir juntos.