Fuimos Roma 29
72%

29

I wanna be your slave

Carlo

Volví de la embajada empapado, pero ni la lluvia pudo apagar la satisfacción que me recorría. Hay planes que se piensan, y luego están los míos: inevitables. Perfectos. Ejecutados con la precisión de alguien que conoce cada jugada antes de que empiece la partida.

Y eso, ese control absoluto, era lo único que importaba.

Conduje la moto por las calles mojadas, sonriendo mientras desconectaba el teléfono un par de calles atrás.

Que intentaran rastrearme. Que se mataran buscando.

Mi rastro se perdería entre antenas, señales cruzadas y su propia incompetencia.

Para ellos, yo no existía. Era un fantasma fabricado por mí mismo.

Y lo mejor de todo era que no sospechaban de mí. Ni siquiera se lo planteaban.

Nunca lo han hecho. Nunca han sido capaces.

Yo me encargué de eso: sembré dudas, moví hilos, modifiqué la narrativa.

Dejé caer exactamente lo necesario. Solo tenía que mencionar los enemigos que Lorenzo se había ganado en el gobierno y en la familia Stracci.

Un detalle aquí, una insinuación allá…y todos corrían detrás de sombras mientras yo avanzaba frente a ellos.

Yo siempre iba por delante .

El incidente en la casa de los Stracci fue un regalo. Una oportunidad que supe ver porque soy el único que ve el tablero completo.

Ellos solo reaccionan. Yo creo.

Mi madre también formaba parte de ese juego. Si la alcanzaban, si la destrozaban, ¿qué? Ella me abandonó primero.

Que se pudra.

Fue la primera en demostrarme que la sangre no vale nada si no va acompañada de lealtad.

Pero Efrén…

Efrén fue un error de cálculo.

Un error que pensé insignificante, hasta que creyó tener derecho sobre lo que es mío.

Ese gilipollas con aires de héroe que cree poder alcanzarme. Que cree que puede proteger algo que me pertenece. Él era la única amenaza real a mi plan, por eso debía llevármela conmigo.

Porque Flora era mía.

Desde la primera noche que la vi, lo supe. Supe que quería poseerla, sin embargo, no tenía ninguna intención de serle fiel; ella no viviría en mí, yo le permitía vivir a mi lado; era su única manera.

Serpenteé entre las calles cercanas a Vittorio Emanuele y me alejé del centro. La embajada y el contenedor estaban apenas a una hora, pero ellos estaban demasiado ocupados lamiéndose el ego como para entender por dónde empezar.

Siempre me habían subestimado.

Siempre me habían visto como la pieza que sobra .

Y ahora el peón hace jaque al rey. Lento. Deliberado. Irrefutable.

Lorenzo nunca lo entendió. Me humilló. Me mangoneó. Me apartó de Flora. Me reemplazó por él.

Y aunque, al principio, no tenía nada personal contra él. Ahora… No iba a negar el placer que me suponía su sufrimiento.

Llevaba años diseñando esto. Años moldeando quien debía ser para acercarme a ella. Creando la versión de mí que ella era capaz de amar. Y cuando quisiera darse cuenta, ya sería demasiado tarde: los hilos estarían tan enredados que yo sería su única salida. Su única opción.

Pero entonces llegó él.

Y ella tuvo la osadía de mirarlo como si fuera todo lo que quería. Hasta sus jodidos ojos brillaban cuando le miraba.

Como si yo no existiera.

Como si yo no hubiera construido absolutamente todo para ella.

Patética.

Ella creía que era la que mandaba. No era así. Tuvo que aprenderlo por las malas.

Recuperarla después de aquella noche fue ridículo. Me bastaron unas cuantas lágrimas y un par de palabras dulces para hacerla creer que ella era la víctima y yo el arrepentido. Ella solita volvió.

Fue tan fácil como insultante. Como siempre.

Como todas.

Y lo negará siempre, claro .

Dirá que no fue así. Que no me eligió.

Pero la verdad era otra: se interpuso entre él, al que le había regalado su cuerpo, y yo, quien sería su dueño hasta el final de los días. La jaula que había tejido alrededor de su pecho la obligaría a volver a mí una y otra vez. Siempre.

Aparqué en el barrio y caminé hasta donde la tenía. Tenía que alejara del centro de la ciudad rápido; allí la reconocerían en un segundo. Pero aquí, en mi barrio, el que me vio crecer, nadie pregunta. Aquí nadie mira. Nadie recuerda.

Las calles impecables y los edificios de prestigio no existían aquí. Aquí había drogas, armas y mafia, sin traje. A bocajarro. Jugando a la ruleta rusa por diversión.

Esta era la verdadera Roma: la cara oculta de la moneda brillante que todos desean.

Y yo pertenecía a ese lado. Nunca encajé en su mundo, pero en el mío, todos me respetaban.

Nunca salía sin mi calibre cuarenta y cinco y, si me jodían, sabían que iba a ir a por ellos. Un peleas y carreras ilegales me gané un nombre. Todo el mundo sabía con quién se la jugaba.

Las tías con las que me acostaba solo servían para satisfacer mis deseos más oscuros y, si no caían a la primera, me las ingeniaba para que lo hicieran.

No era difícil jugar con los sentimientos. Solo tenía que convertirme en lo que esperaban. Las exprimía hasta sacar la ultima gota de su jugo y luego, mostraba su verdadera cara. Algunas les excitaba. A otras les jodía admitir que lo oscuro, les atraía .

El sexo era salvaje. Crudo. Sin concesiones. Yo buscaba mi placer. Lo demás era un mero accesorio de la situación. A veces ni siquiera era deseo: era reto. Y yo nunca perdía.

Hasta que la vi a ella.

Durante toda mi vida lo había poseído todo sin esfuerzo. Nunca necesité ser respetuoso o encantador. Pero Flora… Flora fue la primera que se atrevió a mirarme con desdén. Con desinterés.

Y joder, cómo me ponía.

Los celos corrompieron lo poco que quedaba de mi alma. Me di cuenta de que estaba intentando cambiar por alguien a quien, en realidad, solo quería poseer. Así que la traté como lo que era: un desafío.

Y lo admito: algo murió el día que los seguí hasta su apartamento. Ella y su puto héroe de manual. Besándola. Tocándola. Ensuciando lo que era mío.

Se había atrevido a hacerme sentir invisible. A preferir a otro.

Ignorando todo lo que había hecho por ella.

Abrí la puerta metálica de acceso a los contenedores, hasta dirigirme donde la tenía. Abrí con calma, tomando una calada del cigarro que ya colgaba de mis labios. Saboreando el momento.

Bajo la luz que tintineaba y el olor a humedad, estaba ella.

Su largo cabello—ese que tantas veces fantaseé tener alrededor de mi puño— pegado a las sienes.

Un hilo de sangre resbalaba desde sus muñecas. Sus labios se volvían azules por el frío.

Su mejilla, marcada por mi mano .

Y aun así, me miraba. Seguía mis movimientos. Me reconocía.

Me desafiaba.

Mía.

Como siempre lo fue. Como siempre lo será.

- Antes nos dejamos llevar- dije, deslizando el pulgar sobre el moretón, disfrutando del temblor que provocaba- Y eso no puede volver a pasar.

Tomé la silla, me senté frente a ella. Quería mirarla cuando escuchara cada palabra.

- Voy a contarte cómo me enamoré de ti. Cómo te convertiste en el centro de todo- me incline. Sonreí. Disfruté de la tensión en su boca cuando la toqué, del tono oscuro que velo su iris-Quiero que entiendas cómo me tuviste. Y cómo me rompiste. Sellé mis palabras en sus labios.

Porque podía. Porque era mía.

- Lo que te duele no soy yo, pequeña. Es saber que tú también me elegiste.