28 #2
- Déjame pasar, Diego- gruñí, avanzando con decisión.
Antes de poder dar siquiera dos pasos, sus brazos me sujetaron con fuerza, impidiéndome continuar. Yo no era una persona que se pudiera manejar fácilmente, pero es que el cabrón me sacaba al menos diez kilos.
- No te lo voy a repetir. Déjame pasar- insistí.
Diego negó con la cabeza; su expresión estaba tensa y los ojos fijos en mí a modo de advertencia.
- No compliques más las cosas, Efrén.
Su tono era frío y distante, pero su postura transmitía algo más: intentaba protegerme, aunque no entendiera que no había nada de qué protegerme si ella no estaba.
Miré más allá de él, hacia la embajada que habíamos dejado atrás, donde se desplegaba un equipo táctico.
Sería un suicidio volver a poner un pie dentro, pero no hay nada más peligroso que una persona que no tiene nada que perder.
Me daba igual si tenía que pelear contra militares, agentes, lo que fuera. Todo me importaba una mierda.
- ¡Estamos perdiendo el tiempo!- grité, agarrándome el cabello con las dos manos y tirando con fuerza- ¡Un tiempo del que Flora no dispone! ¡Joder!
Diego no se inmutó, como quien mira a un crío dando una pataleta, aunque en sus ojos pude leer un atisbo de miedo y compasión.
- Todos queremos encontrarla- espetó con voz firme- , pero si no te largas de aquí no podré empezar a hacer mi maldito trabajo.
Sabía que tenía razón; tendría que dejarles trabajar.
Allí estaba lo mejor en seguridad y no tardarían en llegar las fuerzas del Estado.
Removerían la ciudad para encontrarla, pero ninguno de ellos se movía con la desesperación que me consumía a mí.
A ellos no les habían arrancado el corazón de cuajo; a ellos no les habían quitado la razón para ser felices; a ellos no les habían arrebatado al amor de su vida.
Diego dio un paso más hacia mí, reduciendo aún más la distancia.
- Deja que me encargue yo. Te mantendré informado, pero ni se te ocurra aparecer. Si lo haces, será el final de tu carrera-advirtió- Y no podré hacer nada para impedirlo.
Una carcajada brotó en mi interior: sarcástica, amarga, burda y rota .
- ¿Crees que me importa una mierda mi carrera?- solté, con los dientes apretados- Solo me importa ella.
En ese instante, un nombre emergió con claridad en mi mente, como una respuesta directa al caos de mis pensamientos. Lo sabía. Sabía quién estaba detrás.
- Y más vale que la encuentres antes que yo- susurré con la voz baja pero cargada de furia- Porque si no, quien lo ha hecho lo va a pagar caro.
Sin esperar respuesta, giré sobre mis talones, dejé atrás a mi binomio y me dirigí al coche. Subí y, con un rugido del motor, pisé el acelerador. Salí de allí dejando atrás el ruido, los murmullos y las miradas de los militares.
Cada calle que cruzaba mi mente giraba en espiral. Jugaba con ventaja porque sabía de qué hilo tirar cuando ellos estaban completamente ciegos. Podría haber sido, al principio, tan solo una enemistad, una falta de confianza, pero ahora estaba seguro.
Él estaba detrás de todo esto.
Apreté al volante con tanta fuerza que mis nudillos se tornaron blancos.
El corte mi labio latía con la misma intensidad que mi corazón.
Hasta entonces no había conseguido nada aparte de unas cuantas carreras ilegales, peleas y drogas, pero ahora no iba a ser igual: iba a ir a por él.
Y esperaba que estuviera preparado para cuando la encontrara, porque no iba a dudar en meterle un tiro entre ceja y ceja en el mismo instante en el que le descubriera.
Saqué mi teléfono y, sin pensarlo, marqué el número de Joel mientras cruzaba la avenida principal.
- Joder Efrén… espero que sea importante. No son ni las tres de la mañana, cabrón- su voz sonó pastosa y adormilada a través del altavoz, pero yo no tenía tiempo que perder.
- Se la ha llevado- dije con los dientes apretados, dejando que la rabia impregnara cada palabra- Es él.
Al otro lado se oyó un traqueteo de objetos y, acto seguido, la cruz de una presentadora de televisión dando la noticia. Que los informativos veinticuatro horas ya se hubieran hecho eso solo implicaba una cosa: correr.
- ¿Estas seguro de que ha sido él?- preguntó Joel, ahora más alerta.
- Sí. Solo puede ser él- respondí, girando bruscamente hacia Monti- Necesito que encuentres algo, lo que sea: cámaras de seguridad, un vehículo, algún jodido detalle en su pasado. Este tío no está limpio, Joel. Hay algo que se nos escapa y voy a encontrarlo. Pero necesito un hilo del que tirar.
Hubo un silencio breve, en el que hasta el sonido de las teclas cesó.
- Haré lo que pueda. Pero, Efrén, yo no tengo las mismas libertades que los informáticos de Lorenzo. Jugamos en ligas completamente diferentes.
- Sé que puedes encontrar algo. Puede que ellos tengan la tecnología más avanzada, pero eres el mejor detrás de un puto ordenador. Sé que puedes encontrar lo que sea. Además… me han echado. Ya estoy en la embajada.
El silencio al otro lado fue más largo esta vez.
- ¿Cómo que te han echado?
- No es solo mi clienta, Joel. Nos acostamos .
Su suspiro fue suficiente para saber lo que pensaba.
- ¿Cuándo?
- Hace dos meses y diez días- dije, estacionando frente a mi casa y bajando del coche. Inspiré hondo, intentando calmar la tormenta que sentía en el pecho- No es algo pasajero. La quiero.
El cielo, de una oscuridad profunda e intensa, era cuanto me rodeaba; esperaba poder estirar el tiempo lo suficiente para encontrarla antes de que su intensidad se quebrara y los tonos rosado y anaranjados le tiñeran por completo, recordándome a su cabello.
Pero dudaba que la tormenta que amenazaba con precipitarse me dejara ver esa belleza.
- Me ha arrebatado a la chica que amo. Necesito que me ayudes. Necesito encontrarla- en mi voz habitaba la más cruda desesperación, pero no me importaba mostrarme vulnerable si con ello conseguía su ayuda.
- Voy a intentar sacar información de otras fuentes- volví a oír el tecleo- No va a ser legal, pero tendrá que servir para saber por dónde empezar. Te llamo en cuanto encuentre algo. Mientras tanto, revisa todo lo que tienes. Nadie es perfecto. Siempre hay algo.
Dicho esto, la llamada se cortó. Si la encontrábamos, iba a deberle la vida a Joel durante el resto de mis días. Crucé la calle y subí las escaleras con rapidez hacia mi estudio. Justo cuando abrí la puerta, un pensamiento me golpeó con fuerza: jamás le dije que la quería.