Fuimos Roma 28
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Where you will go

Efrén

Entramos a la carrera en la embajada, atravesando las puertas en estado de alarma. El salón principal parecía un centro de operaciones en plena crisis: dispositivos desplegados estratégicamente, agentes uniformados trabajando a toda velocidad, y en el epicentro, Lorenzo.

Se movía de un lado a otro de forma frenética, una copa humano en medio del orden estructurado de la operación.

Ladraba órdenes sin sentido a toda una unidad militar.

En pijama y con el teléfono pegado a la mano, como de costumbre, no dejaba de encenderse a cada segundo.

Estaba al borde del colapso. No era el Lorenzo imponente que muchos conocían, sino un padre desesperado que solo quería recuperar a su hija.

- ¡Mi hija ha desparecido joder!- vociferó- ¡Es vuestro trabajo protegerla!

- añadió, con la voz quebrada de furia y angustia- ¡No me digáis que no tenéis ni puta idea de dónde está!

- explotó- ¡Formáis parte de una de las unidades de seguridad más avanzadas del país y me estáis diciendo que sois incapaces de encontrar a una niña de veinticuatro años!

Hizo una pausa breve, esperando que sus palabras perforaran la incompetencia que él creía ver frente a él, pero solo le dio tiempo a tomar aire y arremeter de nuevo.

- ¡Rastrear su teléfono! ¡Localizad sus últimas llamadas, sus mensajes, todo! ¡Revisad las cámaras de seguridad! ¡ Interrogad a cada maldita persona en esta ciudad si hace falta! ¡Me da igual cómo lo hagáis, pero traedla de vuelta!

Mientras gritaba, se pasaba las manos por el cabello, su desesperación palpable. No podía estarse quieto; su cuerpo era un reflejo de su mente al límite, moviéndose en círculos, como si el simple acto de moverse pudiera acelerar la respuestas que tanto ansiaba.

La tensión en la sala era sofocante. Los agentes de seguridad intercambian miradas rápidas, algunos tecleaban con más fuerza en los ordenadores, otros se mantenían atentos a sus dispositivos de comunicación, esperando órdenes claras que pudieran ejecutar.

Pero Lorenzo no daba espacio para soluciones; solo emitía demanda impulsadas por la desesperación y el dolor.

Fue entonces cuando la voz de Diego, profunda y firme, cortó el aire como una ráfaga precisa.

- Lorenzo.

El sonido resonó, por encima de los murmullos, los constantes clics de teclados y los zumbidos de los teléfonos. La palabra cayó como un disparo calculado, deteniéndose todo por un instante. Hasta Lorenzo se congeló por un segundo, sus ojos buscando la fuente de interrupción.

Se giró por completo y nos miró. Su mirada cayó directa sobre la mía, sin piedad. Sabía lo que iba hacer antes de que ni siquiera hubiera dado un paso. Podría haberlo detenido, podría haber dicho algo, pero no lo hice. Me lo merecía.

Recorrió la distancia que nos separaba en dos zancadas y su derechazo acabó en mi mandíbula. Me mostré impasible. Mi único movimiento fue para limpiarme la sangre que comenzaba a brotar a causa del corte.

- ¡Te di lo que más quiero en este mundo!- rugió- ¡Solo tenías una orden que seguir! ¡Protegerla! ¡Ante todo y ante todos! ¡Debías protegerla!

Prefería los golpes, el dolor físico antes que las palabras que sabían que eran ciertas.

- ¡Ya no solo como tu clienta y como una orden directa, sino por ser la chica que amas!

Mis ojos, que hasta entonces habían estado en mi mano ensangrentada, se alzaron hacia él. El silencio que se hizo en la sala era tal que si se cayera un alfiler retumbaría por toda la embajada.

- ¿De verdad me creías tan estúpido como para no darme cuenta?- continuó, con una furia apenas contenida- ¡Os vi besaros! ¡En la casa de los Stracci! ¡Vi cómo ella te miraba! ¡Vi cómo llegó aquella mañana y cómo tú la perseguías con la mirada sin atreverte a decir nada!

Avanzó un paso más hacia mí, su rostro apenas a unos centímetros del mío.

- ¡Ella te eligió a ti! ¡Y tú la has fallado! ¡Fuera!- espetó, con su respiración entrecortada por la rabia y el dolor.

Revisó su teléfono que había pitado con la notificación de un nuevo mensaje.

- Quiero que te largues de aquí. No me hagas ordenar que te echen, Torres, o será tu fin .

Sus ojos celestes, normalmente fríos y calculadores, ahora eran un espejo del dolor más humano. Lo había perdido todo, y yo era la causa.

No intenté defenderme. Tenía razón, tenía razón en cada maldita palabra que había abandonado sus labios. La había fallado y ahora tenía que arreglarlo. Debía arreglarlo, debía recuperarla. Tenía que encontrarla.

- Lorenzo, tranquilo, por favor. Te necesito sereno. Llama a Olivia y habla con ella, seguro que sabe algo.

Sin esperar respuesta, Diego me dirigió una mirada rápida, llena de advertencia y algo de comprensión, antes de salir por la puerta.

Atravesé las pesadas puertas de la embajada, sintiendo cómo el aire frío y la humedad de la lluvia me golpeaba con la fuerza de la realidad.

Apenas estaba cruzando el umbral cuando vi a Carlo entrar con el rostro tenso, la preocupación escrita en cada línea de su expresión. El estaba dentro y yo no.

- Efrén, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está Flora?- preguntó de inmediato, sin preámbulos.

Su voz temblaba, sus ojos estaban bañados en la más pura desesperación, su camisa estaba puesta de cualquier manera y su pelo oscuro estaban revuelto como si hubiera saltado de la cama al primer aviso. Probablemente así había sido.

- Ha desaparecido- murmuré, con la voz áspera, casi inaudible. Mi cuerpo, mi voz, todo yo, estaba drenado. Mi mirada se clavó en la suya mientras añadía con un tono sombrío- Alguien se la ha llevado .

Carlo dio un paso hacia mí, su estaba respiración acelerada, pero antes de que pudiera decir algo, solté la sentencia que hervía en mi interior:

- Espero que quien la tenga sepa defenderse porque de lo contrario, su muerte será muy fácil para mi- baje los dos escalones que me quedaban y fui hasta el coche.

Sin darle tiempo a replicar, bajé los dos escalones restantes y me dirigí hacia el coche. Mis botas resonaban sobre el pavimento mojado, cada paso impregnado de furia y determinación.

No necesitaba leer unos informes para saber con quiénes se relacionaba Flora.

No necesita perfiles para obtener un móvil.

La conocía de una manera que iba más allá de los documentos oficiales, más allá de las normas de protección.

Sabía cómo pensaba, cómo sentía, quiénes eran las personas que podían girar en torno a su vida, y no era prepotencia, era un hecho.

La conocía a ella, a Flora Hidalgo y no me creía como la había cagado con ella hasta ese mismo momento.

No le faltaba razón a quién afirmó ese cliché, que hasta la fecha, me había parecido barato, de que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Y ahora…ahora todo lo que quería era verla entrar por esa puerta.

Verla de pie frente a mí, incluso con una excusa de mierda, una mentira improvisada que pudiera perdonar con tal de tenerla entre mis brazos.

Quería rogarle que olvidara cualquier norma, cualquier protocolo, cualquier barrera que nos separara. Suplicarla que se quedara. Que estuviera conmigo, aunque lo único que pudiera ofrecerla fuera un amor eterno. Porque, de verdad, creía que podía querer a esa chica hasta el final de mis días .

La quería a ella. Todos los días. Hasta la locura.

Dios la quería. Estaba completamente enamorado de ella. Estaba jodido hasta la médula.

Por eso no necesitaba informes que me dijeran nada de ella: ya había memorizado cada detalle de su vida.

Lo más lógico era pensar que la alianza silenciosa de Lorenzo con la familia Stracci era la razón de su secuestro.

Era cierto que el pacto entre ambos había levantado ampollas.

Sin embargo, ninguno de los empresarios, ministros, cargos o diputados se atrevería a enfrentarse a ellos de forma tan burda.

No eran tan gilipollas como para secuestrar a la hija del embajador de España.

Si alguien quería mover ficha en su contra, lo haría mediante extorsión, sobornos, chantaje o cualquier otra estrategia similar, no con un secuestro tan descarado.

Eso dejaba a los Altieri en el punto de mira, especialmente después de haber acogido a Victoria Leone en su organización—tan turbia como cuestionable—tras el incidente que tuvo con Flora en la fiesta de Navidad.

Todos los enemigos de los Stracci eran bien recibidos por los Altieri.

Victoria era el tipo de persona que amenazaba sin miramientos, una serpiente que escupía veneno sin manchase las manos de sangre.

Su único interés parecía ser acumular joyas y lujos comprados con dinero sucio, buscando desesperadamente un estatus social que nunca le pertenecería.

Si los Altieri estuvieran detrás, ya habríamos recibido una llamas, algún tipo de exigencia: dinero, información, acuerdos…

Pero no había habido nada. Solo un maldito silencio, aún más inquietante.

Eso me hacía pensar que no se trataba de dinero, ni de causar un escándalo al tener a la seguridad más avanzada en el salón.

No, esto no era un golpe empresarial ni político.

Había algo más, algo que se sentía personal.

Y mis tripas gritaban que Flora era el objetivo, no un peón en un juego de poder, sino el maldito premio.

El corte que me había provocado el puñetazo, goteaba contra el pavimento, dejando unas gotas carmesí se diluyeran en los charcos de agua que se había creado entre los adoquines.

Miles de pensamientos se cocinaban en mi cabeza, analizando cada posibilidad.

Necesitaba ir a la habitación de Flora, si había algún indicio de la razón de su secuestro, estaría ahí.

Con paso firme, fui hasta los pies de las escaleras. La adrenalina bombeaba en mis venas mientras cruzaba el umbral de nuevo. Pero antes de que pudiera subir siquiera un peldaño, la figura volumétrica de Diego bloqueó mi camino.

- ¿A dónde crees que vas?- me preguntó, poniendo una mano sobre mi pecho.