Fuimos Roma 27
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Happier than ever

Flora

Las lágrimas bañaron mi rostro, quemándome a su paso por la rabia contenida.

Mi cabeza me gritaba cómo había podido ser tan tonta, no haberme dado cuenta, no haberlo contado, haber pensado que pasaría, haber pensado que si no lo decía en voz alta no era real.

Mientras que mi corazón se rompía en mil pedazos, sin posibilidad de volverse a reconstruir.

Había roto lo que era, lo que me caracterizaba.

Había reducido a cenizas mis sentimientos, mi persona.

- ¿Por qué yo?- el grito salió del centro más profundo de mi alma hasta prácticamente desgarrarme las cuerdas vocales, pero necesitaba respuestas.

¿Qué había hecho para merecer esto?

¿Qué le había hecho?

¿Por qué yo?

Yo no era nada especial.

Le había culpado cuando lo único que había hecho era protegerme. Y había protegido al traidor.

Sus pasos volvieron a resonar en la habitación según se acercaba a mí y se colocaba en frente de mí, vestido con su uniforme de trabajo, camisa blanca y pantalones negros de traje.

Era escalofriante la idea de que alguien que estuviera tan ligado a mi intimidad la hubiera aprovechado para saber de mí y así poder ejecutar su macabro plan.

Y más cuando yo había besado esos labios que ahora me sonreían .

Se agachó para quedar a mi altura y sus ojos brillaron bajo la tenue luz que entraba, destacando entre la oscuridad que le rodeaba.

Llevaba desabrochados los primeros botones de la camisa, dejándome ver el inicio de sus tatuajes que antes tan atractivos me parecían y ahora tan lúgubres.

Agarró con violencia mi rostro hasta acercarlo al suyo; podía distinguir sin dificultad el olor del tabaco en su aliento, pero al mirarle no reconocí nada en él; para mí era un extraño.

No había nada del Carlo que algún día conocí en él. Las motas verdes más oscuras eran lo único que me hacía saber que era él; eran los mismos ojos que había mirado mil veces, pero ahora, no había nada tras ellos.

Era un cascarón vacío, sin nada en su interior, sin nada que caracterizara a quien fue en su día mi mejor amigo.

Y fue ahí cuando lo supe: no iba a parar hasta obtener lo que quería de mí, hasta convertirme en otro caparazón vacío, sin vida, sin alma, sin sentimientos, sin nada a lo que aferrarme con uñas y dientes.

- ¿Por qué haces esto?- volví a hablar, aun con la desesperación en mi voz, siendo prácticamente palpable. La tristeza, la angustia y la rabia caían en cada una de mis lágrimas.

Estaba tan enfadada, tenía tanta ira en mi interior que no me podía estar quieta y no cesaba en mi esfuerzo de desatarme de aquella silla, pero nada de lo que hacía servía para liberarme.

Tan solo conseguía que las fibras y las astillas se me clavaran en mi piel y empezara a haber pequeños regueros de sangre por mi antebrazo .

- Estate quieta, te vas a hacer daño- se acercó a mí y me inmovilizó sujetándome las muñecas contra la madera.

Era tremendamente irónico que él hablara de hacerme daño cuando me había secuestrado y me tenía retenida contra mi voluntad por una loca y siniestra razón.

No aparté mis ojos de los suyos, quería verlo, ser consciente de que la persona que creía que conocía no estaba allí, no había nada de él, jamás le había conocido.

Quería que me enseñara su verdadera alma, quería que la verdad me rompiera en dos, que se clavara en el centro de mi pecho y que arrancara cada uno de los sentimientos que había tenido por él.

Quería que me doliera, que me provocara tal dolor, que me doblara por la mitad.

Quería que ese dolor se transformara en ira, en enfado, en rabia, y quería coger cada uno de esos sentimientos y transformarlos en ganas de salir de aquí.

Me negaba a dejar ni un resquicio de vulnerabilidad, porque recordaría que mi vida estaba en manos de mi propio verdugo y entonces, no querría salir nunca más y no quería que me quitara la vida; sería lo único que no le permitiría. Lucharía por mí.

- Por qué. Haces. Esto. ¡Contesta!- sus ojos y los míos luchaban, los míos con determinación, los suyos con venganza- Me has secuestrado, me tienes atada, así que contesta de una puta vez- una carcajada salió de lo más profundo de su garganta, haciendo que su cabeza se inclinara hacia atrás.

- Esas sucias palabras no pegan nada con tu bonita boca- sus dedos pasaron los dedos por mis labios; sonreí y, sorprendiendo a ambos, él, pensando que era una invitación, mantuvo sus dedos sobre mis labios unos segundos más, acariciándonos y, cuando estuvo confiado, le mordí con fuerza, con toda la rabia que había en mi interior.

- ¡Zorra!- gritó, dándome un bofetón acto seguido; suponía que no iba a ser el último.

Me dio tan fuerte que mis dientes cortaron mi mejilla y el sabor metálico de su sangre junto a la mía se extendió por toda mi boca.

Carlo se aguantaba la mano en la que le había conseguido morder; su mirada se transformó en odio, puro y sólido. Colocándose en frente de mí, me sujetó el mentón, clavando sus ojos en los míos.

- ¿Quieres saber el porqué?- su mano se deslizó desde mi mentón hasta mis pechos, bajando por mi estómago y dejando su mano entre mis piernas- Porque tienes que ser mía- apretó el agarre, provocando que saliera un gemido de mi boca, no de placer sino de dolor, enviando a él una corriente de excitación reflejada con claridad en su rostro- Siempre ha tenido que ser así, siempre he sido yo; si me hubieras escogido desde un principio, nada de esto hubiera pasado, esto es culpa tuya.

Se dio la vuelta con calma y caminó hasta otra silla, situada a unos metros de mí. Allí tomó lo que enseguida reconocí como la americana de su uniforme y se la puso. Fue como si, al hacerlo, despertara un alter ego de sí mismo.

Su expresión cambió en un instante. El odio se esfumó de sus ojos, la oscuridad lo abandonó al momento, disipándose como un espíritu que lo había poseído. En su lugar, reapareció ese brillo cálido que siempre lo caracterizaba .

Se acercó a mí de nuevo, pero esta vez lo hizo con una dulzura inesperada. Posó sus labios sobre los míos, ligeros, suaves, sin exigencia. Por un momento casi creí que había cariño en ese gesto. Casi volví a caer en sus garras.

- Y ahora, si me disculpas, tengo que ayudar a buscarte, pequeña- murmuró con una sonrisa antes de desaparecer tras la puerta.