Fuimos Roma 26
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Another love

Flora

Sentí la humedad por cada poro de mi piel. Sentí cómo se filtraba a través de mi ropa. Sentí como el miedo, el pavor, la desesperación se aferraban a mi corazón haciéndole cabalgar como un loco, impidiéndome pensar, impidiéndome casi ver.

Todo estaba oscuro, no era capaz de distinguir nada, tan solo unas viejas estanterías de metal, pero tampoco era capaz de verlas nítidas.

Mis ojos estaban cansados, yo estaba cansada.

Todo era una mancha borrosa, que intentaba que se convirtiera en una imagen nítida, en la que consiguiera saber dónde me encontraba, qué ocurría.

Hacía frío, mucho frío. Mi piel se erizó debajo de mi ropa e intenté encogerme para guardar el calor, pero mi cuerpo no respondía. ¿Por qué no respondía? ¿Por qué mis piernas no respondían?

Luché para que mis ojos no volvieran a cerrase, porque sabía lo que me esperaba.

La oscuridad. Sabía que iba a volver a ella y no quería.

Luché, luché con todas mis fuerzas, pero mis ojos no resistieron, yo no resistí y volví a ella, en la que no paraban de proyectarse imágenes de mi vida, mientras yo las veía desde lejos.

No sé cuánto tiempo pasé inconsciente hasta que pude volver a abrir los ojos, lo único que esta vez fue diferente. Conseguí abrirlos por completo y sentí como la adrenalina fluía por mi sangre, dándome unas fuerzas renovadas para salir de donde estuviera .

Esta vez vi la estantería con claridad, incluso las manchas de humedad en las paredes y la luz blanca que se colaba por debajo de la puerta, la única salida de la caja de zapatos en la que me encontraba.

No había ventanas, ni ningún detalle que pudiera ayudarme a orientarme, solo una habitación insalubre en la que la humedad era tan densa, que tenía la ropa pegada como una segunda piel.

Los charcos de agua que se había formado sobre el suelo, era un claro indicador que ni siquiera estaba bien sellada.

Quizá estuviera cerca del Río. O quizá no.

A lo lejos, como un eco distante, distinguí el sonido de las vías del tren. Podía estar en cualquier parte; el metro atravesaba la ciudad por todos los barrios, serpenteando bajo tierra. Pero este era un sonido muy concreto, como si las vías no estuvieran bajo tierra.

- ¡Joder!- grité frustrada.

Mis manos y pies estaban atados a una silla de madera astillada, provocando que las esquirlas se clavaran directamente sobre mi piel.

El nudo era firme, no era capaz de deshacerlo ni un milímetro por mucho que me sacudiera, pero no iba a desistir, iba a luchar por salir de aquí.

Sabía que me estarían buscando, estarían removiendo cada ruina sobre las que estaba construida la ciudad y lo harían hasta encontrarme.

Inspeccioné un poco más la habitación, tratando de encontrar algo que me diera sentido a todo aquel caos.

Entonces, mis ojos se detuvieron en las paredes.

Fotografías. Decenas de ellas estaban pegadas, cubriendo casi cada centímetro disponible.

Al principio, parecían solo imágenes sin relación, pero al estudiarlas más de cerca, mi corazón se detuvo de golpe.

La protagonista de esas fotos era yo. Era el mismo tipo de fotografías que recibía junto a los anónimos.

Cada una de ellas, mostraba momentos diferentes de mi vida, instantes que alguien había capturado sin mi conocimiento.

Ahí estaba yo caminando por Roma, tomando un café con Oli, saliendo de la universidad, abrazando a mi padre, compartiendo una conversación con Diego, incluso besándome con Efrén frente al hotel.

Había imágenes del pasado y del presente, mezcladas sin un patrón aparente.

Sin embargo, algunas habían sido manipuladas: sacadas de contexto, recortadas y convertidas en algo que no eran.

Las más provocadoras, explícitas incluso, daban una sensación de vulnerabilidad que me revolvía el estómago.

Mis ojos se alzaron hacia el centro de la pared, donde una fotografía destacaba por su tamaño.

Era grande, lo suficiente como para captar cada detalle con claridad.

Y entonces lo vi: la imagen había sido tomada en mi propia habitación.

El encuadre mostraba mi reflejo en el espejo, completamente desnuda, capturada justo antes de meterme a la ducha.

A mis pies, uno de mis vestidos estaba arremolinado junto a mi ropa interior de encaje.

Sentí cómo mi cuerpo se tensaba y un escalofrío me recorrió la espalda.

No era solo la invasión de mi privacidad lo que me estremecía, sino el hecho de saber que alguien había estado allí, en mi espacio más íntimo, observándome sin que yo lo supiera.

Esa fotografía no solo era un recordatorio de mi vulnerabilidad, era una declaración de poder.

Y quien había hecho esto quería que lo supiera .

La bilis subió por mi garganta en tiempo récord, provocándome arcadas y unas profundas ganas de vomitar.

- Estabas muy bonita ahí- la voz resonó desde el fondo de la habitación, dónde la oscuridad se sumía como un agujero negro. Unos pasos, fuertes y secos, emergieron de lo que parecía el infierno.

Mi corazón martillaba en mi pecho, y por más que intenté tragarme el miedo, este me llenó por completo, dejándome paralizada.

- ¿Por qué?- mi voz sonó desesperada, pero, no me importaba, porque lo estaba.

Estaba desesperada por salir de ahí. De que todo se acabase. De que alguien me dijera que era una puta broma de mal gusto. O una pesadilla de la que despertaría, y entonces estaría en los brazos de Efrén, con su sonrisa cálida esperándome en el mundo real.

La risa que llegó como respuesta fue baja, gutural.

- ¿Por qué qué, pequeña?- preguntó, y el modo en que pronunció pequeña fue un golpe directo a mi estómago.

Un escalofrío subió por mi espalda, helando cada vértebra como si su voz fuera un viento glacial. No pude contenerlo más; el sollozo que había estado reprimiendo explotó, rasgándome la garganta con fuerza. Las lágrimas brotaron, calientes, desesperadas, mientras mi cuerpo temblaba.

Recordé, de pronto, con quién estaba antes de acabar en esta habitación, podría incluso sentir la aguja atravesando mi piel. No podía creer que me hubiera hecho aquello, que siempre hubiera sido él .

No se detuvo. Sus pasos seguían acercándose, acompañados por una calma que era más aterradora que cualquier grito o amenaza.

Cada vez estaba más cerca de mí y no podía hacer nada para impedirlo.

Las paredes, parecían haber cobrado vida, encogiéndose a mi alrededor, volviendo el aire más espeso con cada segundo que pasaba.

- Tienes que entenderlo, pequeña- añadió con una suavidad cruel, como si lo que estaba haciendo fuera un acto de amor- Esto es por ti. Todo es por nosotros.