25
Drift
Efrén
Estaba a un tono de estrellar el puto teléfono contra la pared.
Había perdido la cuenta de las veces que había pulsado su número en las últimas horas y de las veces que el contestador automático había sido la única respuesta al otro lado de la línea.
Volví a meterme en la aplicación de mensajes como obseso, necesitando ver una respuesta a los mensajes que le había mandado.
Yo:
Escríbeme cuando llegues, por favor. Estaré esperando tu mensaje.
Joder, Flora.
¿Dónde estás?
Solo dime dónde estás y si me necesitas, allí estaré.
A la mierda, colibrí.
Necesito saber si estás bien.
Colibrí, por favor, no me hagas esto.
No había respuesta a ninguno de ellos. Solo había silencio.
Se había negado a que la acompañara, claudiqué por la forma en la que me miró.
No dijo nada más, fueron sus ojos indicándome que necesitaba hacer lo que fuera a hacer, sola.
Veía la necesidad reflejada en su iris chocolate, quería insistir, debí insistir, pero por algún motivo que desconocía parecía sufrir, parecía que se ahogaba en algo que me ocultaba.
Colgué una vez más y abrí la aplicación de rastreo que tenía en mi teléfono.
Sabía que estaba invadiendo completamente su privacidad, pero ahora mismo, a las dos de la mañana, me importaba una mierda, mi intuición me decía que algo iba mal.
Pulsé el icono de su teléfono y me apareció a pocos metros de la embajada, aquello no tenía sentido.
Flora jamás me ignoraría de esa manera, al menos respondería para mandarme a la mierda por mi sobreprotección.
Algo pasaba. Aunque no habláramos, aunque hubiera kilómetros entre nosotros.
Con la angustia aplastando mi tráquea, pulsé el número de Romeo, sabía que estaría en la embajada y, si Flora había llegado, él lo sabría.
- ¿Ha llegado?- no necesitaba que la nombrara para que supiera por quién preguntaba.
- Negativo- la respuesta llegó de inmediato, seca, pero suficiente para terminar de encender todas las alarmas.
- La última ubicación registrada de su teléfono móvil está a pocos metros de la embajada. Piazza della Trinitá dei Monti con la escalinata, a la altura de la salida del metro- la señal era clara, palpitaba en mi pantalla, riéndose de mí.
- Dani, verifica la dirección. Ahora- el tono de Romeo no dejaba espacio para preguntas. Dictó la dirección exacta a través del canal de comunicación cerrado.
Por mi parte, no necesitaba confirmación. Me daba igual sonar como un paranoico, algo iba mal y necesitaba luz verde antes de dar el siguiente paso. Era una sensación visceral, casi instintiva.
- ¿Estás seguro? Tiene que estar ahí. Cazzo - la maldición de Romeo, me dio todo lo que necesitaba.
Algo la había pasado-Han encontrado el teléfono de Flora tirado en la calle y no hay ni rastro de ella entrando en la embajada después de que se fuera- colgué la llamada sintiendo como la ansiedad fue creciendo dentro de mí hasta volverse prácticamente insostenible.
Destrocé todo a mi alrededor. Todo se hizo añicos al estrellarse contra el suelo.
Las esquirlas decoraban el suelo de hormigón, puntiagudas y afiladas, siendo el resultado de la destrucción que se había desencadenado dentro de mí.
Pero nada de eso me ayudó. No alivió el peso en mi pecho, no calmó mi mente, no me hizo sentir más fuerte ni más capacitado para sobrellevar la situación.
Era como si me hubieran arrancado mi corazón, como si lo hubieran agarrado y extraído desde el centro de mi pecho, dejándome muerto en vida.
Sentí pánico, miedo y odio. Sentí tanto odio que todo lo veía rojo y me quedé a vivir ahí, en ese sentimiento, porque si dejaba la puerta abierta al miedo, me rompería.
Me rompería como un puto crío, rogando a la vida que me la devolviera, porque sin ella no era nada.
No me quedaba nada. No viviría por nada. Mi vida se había reducido a ella.
Salí corriendo de mi apartamento en dirección a la casa de Diego, me metí en el coche y aceleré, no quería que se enterara por la alerta ámbar que estaba seguro que Romeo había activado.
Aceleré hasta que todo se volvió un borrón, no distinguía nada, cada detalle de la ciudad pasaba a ser un juego de luces y de sombras.
Me salté cada uno de los semáforos, convirtiendo un trayecto de quince minutos en cinco.
Salté del coche y fue ahí cuando me di cuenta de que ni siquiera me había calzado .
Sentí el frío de los adoquines, la humedad que había en la acera contra mi piel. Pero no me importó, nada me importaba. Solo quería llegar hasta ella, solo quería que Diego me ayudara, que me dijera que todo era una pesadilla y despertar. Despertar junto a ella.
La vida no podía volver a jugármela de esta manera, ya había conocido la pérdida, el dolor inhumano que eso causaba, ya había aprendido la lección, no podía darme otra. No podía quitarme a la persona que más quería, a la persona de la que estaba enamorado, no podía.
Aporreé la puerta sin pensar, una y otra y otra vez, hasta que un descamisado Diego me abrió la puerta con cara de pocos amigos, pero fue ver mi expresión y darse cuenta de que algo iba mal.
- Algo le ha pasado a Flora.
Su nombre salió de mi boca como una daga directa al corazón.
Diego no dijo nada. Se dio la vuelta, dejando la puerta abierta para que entrara.
Lo seguí con la mirada mientras abría y cerraba cajones con rapidez con una expresión impertérrita y movimientos metódicos y eficientes.
Sacó dos nueve milímetros y varios cargadores antes de subir las escaleras de dos en dos.
Cuando volvió, estaba completamente vestido con nuestro uniforme. Revisó las armas, asegurándose de que estuvieran cargadas, y las colocó a su espalda.
- Diego, espera- la voz de Eda, su mujer, llegó desde las escaleras. Bajó en pijama, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
- Ahora no, cariño- dijo él mientras abría el armario de la entrada y sacaba un chaleco antibalas y un maletín.
- ¡Ahora sí!- gritó ella, desesperada- Tienes que prometerme que volverás a casa. Sé que amas a esa niña, ¡pero nosotras también te necesitamos!
Su voz me desgarró. Todos los que estamos en esta sala, sabíamos lo que implicaba que Flora hubiera desparecido. Daríamos nuestra vida por ella, daríamos todo por rescatarla, porque ese era nuestro trabajo. Ponernos delante de una bala si eso significaba salvarla.
Diego se detuvo un momento.
- Haré todo lo que sea necesario para traer a Flora de vuelta. Su voz resonó con una firmeza que no dejaba lugar a réplicas.
Pero no la miró. No podía. Ella era su debilidad, al igual que Flora era la mía. Sí la miraba, no podría salir de esta casa, sin llevar su mirada desesperada grabada en su mente. Y ese peso nos distraería de nuestro objetivo: encontrarla, a cualquier precio.
- ¡Te necesitamos sano y salvo! ¿Qué pasa con nosotras? ¡¿Qué pasa con tus hijas?!- sollozó Eda.
Por último, cogió su teléfono antes de acercarse a ella. Le besó en la frente y le susurró algo tan bajito que no alcancé a escuchar. Pero fuera lo que fuese, hizo efecto y no dijo nada más.
- Vamos a tu piso. Necesitas cambiarte…- debió la mirada a mis pies desnudos-…y calzarte.
Antes de salir por la puerta, Eda me llamo.
- Por favor, tráelo de vuelta.
Sus palabras me atravesaron. Algo dentro de mí, que llevaba apagado desde la primera llamada, se encendió.
Solo habitaba el dolor dentro de mí, y Flora me necesitaba.
Había dejado que el dolor me controlara, pero necesitaba que fuera a por ella, qué descubriera donde estaba.
No necesitaba que me bloqueara por mis sentimientos hacia ella si no que utilizara tales sentimientos para luchar por ella y tenerla de nuevo entre mis brazos.
En el coche, Diego no perdió tiempo. Despertó a toda la embajada y movilizó a media ciudad con llamadas, convocando una reunión urgente en menos de treinta minutos.
Subí al apartamento, me vestí y cogí mi arma reglamentaria. Estaba a punto de salir cuando vi la camiseta, aún doblada sobre mi mesilla, desde la única vez que la tuve. La vez en que mis dedos rozaron el puto cielo.
No había sido capaz de lavarla, ni siquiera de guardarla. Solo la recogí del suelo y dejé ahí, sobre la mesilla de noche, por si acaso alguna vez tenía la posibilidad de volver.
Ahora era suya y siempre le pertenecería.
Al igual que mi puto corazón. Mi alma y cualquier parte que quisiera de mí.
Me la llevé a la nariz para aspirar su aroma y una lágrima se deslizó por mi mejilla a la vez que su olor dulce y que tanto me gustaba me dio la fuerza que necesitaba.
Me centré en odiar a la persona que había hecho aquello y me dije a mí mismo que iba a vivir en ese sentimiento hasta que la encontráramos.
Utilizaría el dolor que me provocaba como motor contra la persona que había osado tocarla.
Bajé las escaleras corriendo para descubrir un horizonte tan oscuro que no parecía real. Era noche cerrada; no había estrellas, solo un manto negro que parecía devorar la ciudad .
No podía dejar de pensar que, la ultima vez, los rayos dorados de la tarde se filtraban por el cristal hasta acariciar su rostro. Y ahora, apenas quedaban unas horas para que el crepúsculo volvieran a lanzar esa misma luz sobre nosotros.
No. La ciudad no podía despertar si ella no estaba. La ciudad era ella.
Ella había reconstruido mis ruinas y las había vuelto bellas. Había bañado con su luz toda mi oscuridad, mis miedos y mis penas. Ella había hecho que la amara de forma eterna.
No podía empezar un nuevo día si ella no estaba. Si lo hacía, nada tendría sentido.
Mi amor la necesitaba como el aire a mis pulmones. Mis labios necesitaban los suyos, y mis mantita ansiaban recorrer su cuerpo con devoción.
Nada empezaría hasta que ella volviera.