Fuimos Roma 24 #2
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24 #2

Atrás dejaba el primer tramo de escaleras cuando escuché mi nombre a la lejanía. Mis ojos escanearon con avidez las dos calles colindantes, hasta que dieron con el portador de aquella voz, Carlo.

Se acercaba a mí trotando por la calle contigua. Bajé los escalones y nos encontramos justo en el punto en el que las dos calles se unían y separaban sus caminos, a los pies de las escaleras.

Su aroma me embriagó, cuando se detuvo delante de mí, ese olor a mentol y tabaco me envolvió, recordándome cada vez que me había descubierto buscando ese olor, buscando cómo volver a aquello que en su día me tranquilizaba y me daba paz.

Parte de su rostro estaba ligeramente iluminando acaparando los pequeños resquicios de haces de luz que venían de las farolas más cercanas.

Vestía el traje al que estaba acostumbrado a verle, estaba desprovisto de cualquier ropa de abrigo con un tiempo helador, que hacía que mis dientes castañetearan.

El cuello de su camisa estaba abierto, con la corbata colgando, como si se la hubiera aflojado hace poco, dejando entrever rastros de tinta negra .

Su pelo estaba enmarañado, como si hubiera estado tirando de las puntas hasta cansarse y revolvérselo.

Sus iris verdes denotaban cansancio y tristeza, mirándome como si le doliera hacerlo.

Metió las manos en los bolsillos y respiró profundamente para poder calmar su respiración acelerada a causa de la carrera.

- Es la primera vez desde hace mucho tiempo que puedo hablar contigo sin que nadie esté mirándome, ¿te ha dejado salir sola?

¿Acaso te has escapado, chica rebelde?- sus ácidas palabras fueron un puñal directo a mi maltrecho corazón.

Aunque fuera cierto, no había momento que me dejara completamente a solas con él.

- Carlo, no quiero discutir- dije con voz cansada, casi rota.

Me di la vuelta, con la firme decisión de irme antes de decir algo más, algo que pudiera herirme aún más de lo que ya lo había hecho. Cada palabra pesaba, y el aire frío cortaba mi piel, encontrando algo de placer en el dolor.

- Espera- su mano me estuvo con fuerza, sujetándome del antebrazo- ¿Estás bien?- me giré para mirarlo, incrédula.

Una risa amarga se formó en mi garganta, pero no llegó a salir.

¿Ahora le importaba cómo estaba? ¿Ahora se preocupaba? ¿Después de todo lo que había dicho? ¿Después de todo lo que había hecho? ¿En qué tipo de realidad paralela estaba metido?

- ¿De verdad me estás preguntando eso?- mi voz tembló, entre la ira y la tristeza- ¿Primero me atacas y luego te preocupas?

-Joder. Lo siento, pequeña- su voz pareció quebrarse, y por un segundo vi al Carlo que había conocido, el que solía hacerme sentir protegida- Pero desde la fiesta en la azotea, no hemos podido ni siquiera hablar a solas. Él siempre tiene que estar presente y estoy cansado, antes no era así.

- No se fía de ti y para ser sinceros, no le falta razón- crucé los brazos sobre mi pecho, convirtiendo mi aliento en una nube blanca que se deshacía delante de nosotros.

Sus ojos se oscurecieron, dolidos por mis palabras, pero no me importó. O eso me repetí a misma mientras daba un paso hacia atrás.

- No he sido yo quien te ha tocado- dijo con firmeza, avanzando hacia mí antes de que pudiera reaccionar.

Su mano volvió a sujetarme, esta vez por ambos brazos, obligándome a mirarlo directamente- Y para que conste, siempre me preocuparé por ti.

La jodí, y por eso estamos así. Pero pase lo que pase, siempre seremos nosotros. Hasta el final.

La decisión en su voz, la preocupación en sus ojos, volver a sentirlo cerca… todo hizo que algo se quebrara en mi.

- ¿Lo recuerdas?- murmuró, acercándose más- Te lo prometí una vez. Siempre podrás contar conmigo, pequeña. Mi futuro eres tú. Siempre.

Sus manos subieron lentamente hasta mi rostro, acariciando mis mejillas con los pulgares, mientras las lágrimas que había intentado contener caían sin control, desdibujándolo frente a mí.

Dios mío, no podía parar.

Las lágrimas no cesaban, como si todas las emociones contenidas durante semanas salieran al mismo tiempo. Patética y sola.

Y entonces, me abrazó .

Sus brazos fuertes, me abrazaron con intensidad, dejando que su calor corporal calmara un poco el frío que sentía en mi interior.

Los anónimos, las fotografías íntimas, mi noche con Efrén, mi rota relación con Carlo…

Estaba tocada y hundida. Todo me sobrevino de una forma tan intensa que no puede hacer otra cosa que dejarme abrazar, dejarme sostener, parecía que mi corazón estaba esperando sus palabras para poder romperse, para poder tener permiso de soltar todo el peso que tenía.

Necesitaba hablar, dejar de callar, necesitaba llorar. Por mí, por mí duelo.

- Lo siento- susurró contra mi oído, sus labios rozaban mi piel- Pero tendría que haber sido yo… Mi oscuridad será la tuya, y tú luz, solo será mía.

El significado de esas palabras apenas tuvo tiempo de asentarse en mi mente antes de sentir un pinchazo en el cuello.

- ¿Qué…?

Todo se volvió confuso. Mis piernas fallaron, mis brazos cayeron inertes, y mi cuerpo entero cedió al vacío. Todo mi ser se dejó ir. La oscuridad más aterradora me atrapó.

Ya no sentía, ya no lloraba, ya no pensaba.

Tan solo me deje acoger por las tinieblas, sin saber si iba a ser capaz de volver pero ansiando que mi pobre y maltrecho corazón descansara.

Esperaba que hubiera marcha atrás, porque no me imaginaba una vida sin sentir, pero estaba tan agotada, que, la noche, fue un remanso de paz. Igual que la muerte.

Siento haber dudado de ti, amor.