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Love the way you lie
Flora
Durante días había conseguido mantener a raya cualquier sentimiento que me hiciera flaquear; el miedo me mantenía despierta y alerta. Cada ruido, cada crujido, provocaba que un escalofrío me recorriera la espina dorsal hasta erizar cada terminación nerviosa de mi cuerpo.
A veces deseaba que me mirara y me confirmara mi peor pesadilla. Quería que diera la cara, que me mandara otro anónimo que confirmara mis sospechas, pero en cambio, no ocurría nada y la normalidad me asustaba más que las amenazas tintadas de frases retorcidas.
Me escocían los ojos por culpa de las lágrimas que se acumulaban en mi garganta, oprimiéndola, despistando así al dolor que sentía en lo más profundo de mi alma.
El nudo de hierro que impedía que saliera también provocaba que mis pulmones no se llenaran de aire, dejando por imposible la idea de una posible calma, volviéndola inalcanzable.
Su veneno se había colado por cada pequeña grieta, tornando todo hostil, impidiéndome sentirme bien en el que era mi lugar favorito.
Era mi abrazo cálido en días fríos, un oasis de paz en mitad de la tormenta y ahora se sentía como un claro en un mar abierto.
Su veneno era mi ruina, sus palabras mi angustia y su existencia mi tristeza.
Solía encantarme sentarme allí y ver la vida pasar, como si de una película se tratara, desde mi butaca, cómoda y mullida, los sonidos de las voces y de los coches de fondo se minimizaban por mis auriculares, poniendo banda sonora a la vida que se reproducía delante de mí.
Miles de historias, miles de sentimientos no declarados, miles de miradas cómplices, de palabras calladas con besos.
Mi mirada fue directa a la balaustrada en donde estuve sentada con Efrén, hace tanto, que parecía una vida, pero apenas había hecho un año. Todavía podía escuchar resonar sus palabras en mi cabeza, haciendo latir mi corazón más rápido y pellizcando mis entrañas.
Ya lo hace. Fue una declaración encubierta, a la que ninguno de los dos sabía a dónde nos llevaría.
Sus ojos oscuros me miraron como si fuera la primera vez que me veía, buscaban mi boca, acercándose, atraídos por una energía invisible que chisporroteaba a nuestro alrededor. Resultándonos imposible controlarnos cuando todo lo demás quedaba en silencio y simplemente nos dejábamos ser.
Fue esa misma tarde cuando llegó el primer anónimo. Aún me ardía entre los dedos aquel panfleto: el principio de mi pesadilla. Algo inocente se había tornado en algo depravado y cruel.
Fue el inicio del caos de pensamientos y sentimientos que danzaban libres por mi mente. La necesidad que me oprimía por desenredar el nudo de dudas que se había originado entre mi cabeza racional y mi corazón insensato me rompía por dentro.
Me debatía entre lo que ansiaba hacer y lo que debía hacer, entre lo que quería hacer y lo que deseaba hacer.
A veces en la vida, lo que quieres hacer no es lo que realmente deseas y el deseo y el ansia se ven relegados a un segundo plano, debes dejar atrás tus anhelos más profundos por un bien mayor.
Y mi anhelo más profundo era besar a quien creía que era el monstruo tras las cartas.
El sentimiento de soledad que me asaltó fue una simple llamada de atención, de que así era yo y de que así debía afrontar las cosas.
La soledad siempre me había acompañado, convirtiéndose en el más leal compañero de vida.
Desde la infancia hasta mi adolescencia, aventurándome a prever que así continuaría hasta mi edad más adulta.
No era fácil derrotar el miedo a quedarse solo, a convertirse en una isla maldita a la que ningún barco quiere acercarse por miedo a no tener un viaje de vuelta.
La niebla oscura que se debía de atravesar era demasiado violenta como para merecer la pena, una niebla compuesta por dudas, preguntas y partes de corazón partidas, dejando la soledad como única opción.
Ingenua de mí, creí haber domado a mi parte más salvaje, siendo ni de lejos una realidad.
Las cartas, las fotografías, mi amor que creí puro por Efrén, la traición, las peleas, las armas, la violencia, todo estaba siendo demasiado y yo había decidido callar.
Había callado el terror que me paralizaba al recibir un nuevo sobre y había callado una verdad que me hundía cada día más, la realidad me aplastaba bajo el peso de la ausencia total de futuro.
Entre la espada y la pared estaba mi cuerpo y no el suyo, el filo de la verdad, apuñalándome lentamente, destruyendo cada uno de nuestros recuerdos, convirtiéndolos en cenizas .
No había cabida para ningún tipo de duda acerca de lo que sentía, de mi amor más leal hacia él, pero sí dudaba de sus verdaderos deseos.
Mi amor y yo estábamos abiertos en canal con el miedo casi palpable de que en cualquier momento se nos rechazara y sintiéramos vergüenza de cómo hemos podido llegar a pensar que nosotros éramos una buena opción.
En que éramos la carta ganadora, el AS bajo la manga o el alma que relucía entre las otras.
O al menos eso era lo que creía.
El amor era una estafa piramidal de la hostia. Cuánta razón tenías, Darío Stracci.
Tantos miedos, incertidumbres y dudas rondaban mi cabeza de un lado a otro, entrando en bucle, y yo tan solo podía quedarme ahí mirando al infinito y esperar que la respuesta a todas ellas apareciera delante de mí.
Pero no iba a ser así, nunca era tan fácil.
El amor no son solo palabras o actos, es la luz contra la oscuridad, David contra Goliat y el poder que nace del núcleo de tu alma para poder ver bellas las ruinas de la otra persona.
Es la luz que se cuela por los escombros y hace que todo lo que lo conforma lo veas bello.
El amor son los cimientos de Roma, lo que te quita la respiración y te roba un suspiro, la hiedra colándose entre el cemento gris, insuflándole vida a algo que parecía muerto.
La fragilidad de un pasado, una herida que aún supura y la confianza ciega en que acogerá al dolor y lo hará un poco suyo, para que no duela más de forma solitaria, sino en una pareja de almas que luchan por sanar, por poner puntos de sutura en sus corazones malditos y de cristal, teniendo fe en que su otra mitad no les destruirá.
Aunque pueda. Aunque tenga el poder para hacerlo.
El amor es complejo, un entresijo de sentimientos sin causa, como un buen rebelde.
Aparece cuando nos tocamos, a partir de una ráfaga eléctrica que me recorre de cabeza a pies, activando mi sistema nervioso y deseando guardar en tarros de cristal cada caricia, cada beso y cada suspiro robado, para poder aprovecharlo en pequeñas dosis y sentir así el éxtasis que te da vivirlo.
El amor es peor que una droga, mil veces más adictivo y mil veces más deseable aunque nunca lo consigas, aunque nunca llegues a sentirlo con las yemas de tus dedos, el amor siempre estará ahí. Porque siempre triunfa, para bien o para mal.
Resucitar con un latido agónico, insuflando a tus pobres pulmones algo de oxígeno, que te permita respirar para seguir viviendo, aunque no entiendas nada, aunque tu cabeza sea un caos y lo único que sepas con certeza, sea que le quieres.
Tanto es así, que no recordarás cuando empezaste a hacerlo, simplemente es así, es tan cómodo y mundano, que parece que lleves haciéndolo toda una vida.
Tu corazón se ha acostumbrado a latir por él, a ponerse nervioso cuando está y a encogerse hasta doler con tan solo la idea de que deje de estar.
La pesadez que sentía en mi cabeza se trasladó a mi cuerpo, incitándome a volver a casa y refugiarme bajo las sábanas, ocultándome del mundo, ocultándome hasta de mí misma. Aunque fuera imposible.
Tomé el camino más largo hasta llegar a la embajada, dándome el placer de admirar, una vez más, los jardines de Villa Medici .
El suelo empedrado apenas estaba iluminado por la luz cálida filtrada a través del cristal de las farolas y, en la profundidad del cielo, comenzaban a aparecer las primeras estrellas.
Los colores cálidos de las fachadas estaban ocultos bajo el inicio del manto de la noche, camuflando la naturaleza que se había adueñado de casi la totalidad de ellas. Las enredaderas se habían unido a los adoquines y las flores luchaban por salir y decorar con notas de color las paredes.
Avanzaba sin pensar, confiando en la memoria de mis pasos.
Sentía mi cuerpo y mi mente separados, cada uno siguiendo su propia dirección.
Roma me guiaba con esa extraña lógica suya: todas las calles se tocan, pero ninguna se repite.
La luz y las ruinas cambian cada esquina, como si la ciudad nunca quisiera mostrarse igual dos veces.
Ya era capaz de divisar Villa Medici , tan solo me quedaba subir un tramo de escaleras que quedaba escondido tras dos edificios y daría con una espectacular vista de Piazza Spagna y del que era mi hogar.
Hogar que creía impenetrable, una fortaleza imposible de atravesar, manteniéndome a salvo en su interior.
A ciento treinta y cinco escalones entre el purgatorio y el juicio final, donde se hallará mi destino, contigo.
Esa era la distancia exacta que me separaba de lo que creí mi hogar seguro. Ciento treinta y cinco escalones.
Había memorizado cada línea, cada coma y cada punto, hasta convertirse en un mantra que me acompañaba allá donde iba. Una relación tóxica entre las ganas de hablar, contar e increpar a Efrén hasta que pudiera creerle. Solo quería creerle .
Necesitaba que todo fuera una horrible casualidad, desde su llegada hasta la noche de Año Nuevo.
Necesitaba que las palabras que había elegido fueran aleatorias sin saber qué significarían para mí.
Y si con suerte podría creerle, aguantaría su sermón acerca de mi seguridad y de cómo la ignoraba porque no la creía importante, pero en cambio, ahí me encontraba, sin mediar palabra y con miedo de que sus amenazas fueran ciertas.