Fuimos Roma 22
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They don’t know about us

Flora

Había acabado el año, así sin más, sin darnos tiempo a retroceder y a rememorar tiempos pasados. La manecilla del reloj había marcado las doce y con el movimiento del minutero, se había terminado una etapa para dar comienzo a una nueva.

Aún escuchaba la risa de Iris y Kaia, las voces inundadas por la felicidad express, las risas de desconocidos que habían pasado a convertirse en familia al traspasar el umbral, hasta que el caos reino en las mismas cuatro paredes en las que la alegría había sido la protagonista.

Un caos que había destapado un odio que había llevado a la anarquía de la violencia, de las amenazadas y de las armas. Todo había ocurrido a una velocidad vertiginosa, en la que el pánico se agarraba a tus entrañas para dejarte descolocada y perdida.

El sonido de los fuegos artificiales y los colores habían dejado de inundar el cielo oscuro, dejando todo en un triste silencio. El minutero marcaba las dos de la mañana cuando me puse el abrigo.

Me había quedado atascada, paralizada en mi salón. Sabía que no iba a dormir y harta de mirar la ciudad a través de mi ventana, me puse de pie y me enfundé mi abrigo antes de salir a la calle, en la que la alegría del nuevo año había causado estragos.

Mi padre, en cambio, a diferencia de cuando era pequeña, no encendió el televisor para ver una película navideña, sino que con un casto beso en la frente se despidió para irse a su despacho.

A veces deseaba volver a ser una niña y pasar tiempo con mi padre, ahora solo me quedaba una casa vacía, llena de vasos a medio beber y comida sobrante.

Me llegó el sonido del carrusel de P iazza Popolo y los haces de luz cálida de las calles colindantes que decoraban cada rincón.

Subí cada uno de esos ciento treinta cinco escalones, observando como las flores que los decoraban, descansaban con sus pétalos cerrados y casi congelados debido a las bajas temperaturas.

Los resquicios de una de las noches supuestamente más felices del año, llegaba a mi, a partir de sonidos y olores.

Mientras subía cada escalón con cuidado de no escurrirme debido al hielo que cubría la superficie con una fina patina, pasé las yemas de mis dedos por los abalorios de plata, sintiendo las detalles de la moto roja y de las puntas de ballet.

Recordé el regalo de Efrén y el corazón volvió a encogerse, era perfecto, y aún así, sentía una tristeza que me comía por dentro, me devoraba, hasta que las lágrimas escocían detrás de mis párpados.

Llegué hasta lo alto de la balaustrada sobre la que siempre me sentaba, en lo alto de Piazza di Spagna.

Desde ahí podía observar las calles: cómo se dividían, cómo se unían caminos, las cúpulas de diferentes iglesias, todas ahora conectadas por luces que creaban un reguero de luz romántica a lo largo de las arterias principales de la ciudad.

Hacía un frío horrible; me castañeteaban los dientes y tiritaba con violencia, pero, aún así, me sentí más cálida que en mi propia casa.

Saqué la caja con el fino pasador de mi bolsillo, era increíble.

Los diferentes cristales de colores absorbía a la luz y la reflejaba creando millones de partículas.

Pensar en él, comprando aquello me estrujaba el corazón al igual que cada vez que la palabra colibrí salía de sus labios.

Lo sentía tan íntimo, ligado a una parte tan vulnerable de mi corazón, que con un solo tirón, lo haría sangrar.

Acaricié las alas, dejando que el tacto frio del cristal se calentara ante las yemas de mis dedos. Parecía querer echar a volar y en cualquier aleteo, iba llevarse mi corazón.

Estaba tan ensimismada en mis pensamientos mientras acariciaba el fino cristal, que no le oí llegar.

Se colocó a mi lado, pasando las piernas hacia el otro lado, dejándolas a metros de distancia del suelo, al igual que las mías.

Con cuidado, me puso uno de mis gorros, calándolo hasta mis cejas para después colocar una bufanda alrededor de mi cuello.

- Hace un frío de mil demonios, colibrí. Vas a enfermar por quedarte aquí- vi como metía las manos en los bolsillos antes de ajustarse la chaqueta al cuerpo. Estaba adorable con las mejillas y la nariz roja por el frío.

- ¿Qué haces aquí?- pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía. Era irracional, pero lo sentía. Sabía que volvería.

- Quería verte.

- ¿Cómo me has encontrado?

- Romeo te vio salir por las cámaras de seguridad. Solo he tenido que andar para encontrarte. ¿Qué haces aquí?- se giró para mirarme, sentía su mirada clavada en mi perfil.

- La casa se había quedado muy silenciosa, ¿para qué querías verme?

- Quería saber como estabas, estaba preocupado- llevé la mirada a sus manos que seguían ocultas en los bolsillos y después a sus ojos. Parecía perdido, como si lo que estuviera buscando en mí, no lo encontrara.

- Has perdido el control- mi voz apenas fue un susurro- Con Stefano. Perdiste el control- me apresuré a aclarar.

- Siento que me vieras así, pero no siento haberle partido la cara. Lo siento, colibrí, no tengo ni un mínimo de remordimiento. Lo volvería a hacer- suspiró profundamente, dejando que una nube blanca se formara frente a su rostro- No sé cuánto de jodido me deja eso.

- No espero que lo sientas, ni que tengas remordimientos. Yo no los tengo- me encogí de hombros- Pegó a Olivia. Se lo merecía- una pequeña sonrisa tiraba de mis labios al recordar los gritos de suplica que emitía Stefano.

Supongo que yo también estaba jodida.

- También quería darte las gracias, colibrí. Mi madre…- su voz se quebró, y desvió la mirada como si intentara recomponerse antes de continuar- Mi madre ha sido muy feliz, y eso te lo debo a ti. Gracias por regalarle unas navidades mas o menos normales.

Me sentí incómoda. No sabía cómo lidiar con su gratitud, no sentía que tuvieran que agradecerme nada. No me sentía merecedora de esas palabras teniendo en cuenta como había acaba la noche.

- ¿Hasta cuándo se quedan tus padres?- pregunté, intentando desviar la conversación.

- Se van mañana por la noche. Tienen que abrir el taller y la pastelería en dos días .

- Podrías llevarlos a comer a casa Nicoletta. Estará encantada de volver a verte.

- No va a ocurrir- su respuesta tajante me sorprendió, creí que le había gustado.

- ¿Por qué?- la decepción mezclada con la sorpresa tomó mi voz, convirtiéndola en un molesto y aguado susurro.

- Porque quiero que el único recuerdo que tenga de ese sitio sea contigo.

Sus palabras hicieron que mi corazón vibrar. Pero al mismo tiempo, sentí un dolor punzante, convertido en un quemazón en el centro de mi pecho que cerraba mi garganta, instalando una angustia unida a la tristeza que me provocaban tantas ganas de llorar como de gritar.

No quería escucharlo hablar así. No quería que mostrara ese lado de él. Todo era más sencillo si se dedicaba a ser un ser sin sentimientos, frío como un témpano de hielo. Sanar desde el odio era mucho más fácil que intentar hacerlo desde la posibilidad del amor.

- Colibrí, lo siento- soltó de repente, con sus oscuros ojos clavados sobre los míos y con la mandíbula tan apretaba que se marcaba cada línea y cada músculo.

Sabía que no se refería a lo que había ocurrido esta noche, ni a su comportamiento, no me pedía perdón por las últimas horas si no por todo lo que cargábamos sobre nosotros, un peso que amenazaba con hundirnos.

- ¿Por qué? Tú no has hecho nada mal Efrén. En todo caso, hemos sido los dos .

- No lo siento por esa noche. Ni por la siguiente vez que te besé.

Nunca podría sentir algo que me hizo volver a sentirme vivo- el aire se quedó atascado en mi garganta, sintiéndome poco preparada para escuchar cualquier cosa que fuera a decir-Lo siento por no haber tenido la oportunidad de conocerte en otra vida, por no haber tenido la opción de amarte como te mereces, por no tener el tiempo para hacerlo- su voz era un arma cargada de dolor, y sus ojos suplicaban que entendiera lo que decía- La norma que puse aquella noche no fue por ti, fue por mi.

Fui un cobarde al esconderme tras ella, pero necesitaba algo que me recordara que no podía permitirme desear lo que realmente quería.

Es difícil, colibrí… ser quien tenemos que ser y no quien queremos ser.

Me quedé en silencio. Su mirada me pedía que me quedara, pero su honestidad me destrozaba. Quedarme con la negativa de lo que resultará la nada, era demasiado doloroso cuando lo que ansiaba era el todo.

- Volvemos a ser guardaespaldas y clienta, señor Torres- dije con una sonrisa triste, esperando que entendiera que mi pobre alma no aguantaría otro golpe- Aunque ha sido un placer no serlo.

- Nunca fuimos solo eso. Ni siquiera cuando te conocí en tu cocina, recién levantada.

Joder, hasta en ese momento me desarmaste.

Eras todo luz. Brillabas, dejando retractada mi oscuridad- con sumo cuidado, tomó un mechón de mi cabello entre sus dedos, tal y como hacía cuando estaba relajado, jugueteó con él, para después pasarlo tras mi oreja oculta por el gorro de lana- Tu luz es importante, colibrí.

Nunca dejes que nadie te arrastre a su oscuridad.

No pienso condenarte. No pienso volver tu corazón oscuro como lo es el mío.

No estas destinada a vivir en la oscuridad.

Las palabras resonaron en mi mente, encajando como piezas de un rompecabezas que no quería resolver. Podría ser una simple casualidad pero estaba tan sobrepasada por todo, que ahora mismo, todo era posible.

Necesitaba alejarme de él. Necesitaba despertar de esta pesadilla. Esto no podía estar ocurriendo.

“Te traeré a la oscuridad conmigo”

“O mi oscuridad al infierno”

“Deseo”

“Te has ensuciado”

Su caligrafía negra andaba libre por mi mente, uniendo sus palabras con nuestra historia.

Los anónimos comenzaron cuando él llegó a la ciudad.

Estaba en el hotel conmigo, en el bar y dentro de casa, durante horas.

Tenía acceso a todo mi mundo, sabía donde estaba y con quien estaba a cada segundo del maldito día.

“¿A caso no es el deseo por ti lo que ha suscitado una celosa rivalidad entre todos los mortales?”

La pelea con Carlo de unos días atrás, irse enfadado de la azotea por verme con él… Una celosa rivalidad que había terminado con el pecado capital que nos uniría para siempre, el deseo.

Notaba el cambio de ritmo de mi corazón, bum, bum, bum. Palpitaba dentro de mí, siendo lo único que podía sentir. No podía creerlo. Él no. Él no .

Quería creer con todas mis fuerzas que solo había sido una casualidad, palabras aleatorias que habían abandonado su boca para terminar algo que no había comenzado.

Pero, ¿cuántas posibilidades reales había de que eligiera palabras similares a las de mi acosador?

Una entre un millón, ínfimas. Al menos que él fuera ese uno entre un millón… y mi acosador.

- La oscuridad no podría vivir sin la luz- susurre antes de bajar las escaleras y dejarle allí.

Era irónico como me sentía. Capturada, como un colibrí.

En una jaula de cristal, con mi corazón latiendo a su misma velocidad, subiendo hasta mi garganta, estrangulándome, con la idea de que ni siquiera mil doscientos latidos por minuto eran suficientes para poder vivir con la idea de que todo empezó y acabó, con él.