21 #2
Había aprendido, a las malas, que era perder el control para él y aunque jamás me haría nada, sentí un poco de miedo de esta parte escondida de él.
Entre gritos y forcejeos no oímos entrar a mi padre, quien con anterioridad había ido a buscar ayuda, y a Nico, quien en el marco de la puerta temblando con rabia, pasaba los ojos de Olivia a su padre y viceversa.
Nadie le pudo detener.
A pasos agigantados, se acercó a un Stefano malherido que tosía sangre en el suelo del salón e intentaba a duras penas limpiarse la boca y la nariz, que dudaba que siguiera en su sitio o que no estuviera rota.
Después de varios intentos, trastabillando con su propio cuerpo y tambaleándose consiguió erigirse lo suficiente como para que Nico lo agarra del cuello de su abrigo y lo estampara contra la pared con una fuerza brutal.
El sonido del impacto resonó por todo el salón, haciendo tintinear las bolas del árbol de Navidad.
Stefano jadeó, sin aire, mientras Nico, con movimientos calculados, sacó una nueve milímetros de su espalda.
- Escúchame bien, Ros, porque no lo volveré a repetir.
Quitó el seguro del arma con un movimiento ágil, dejando el cañón frío sobre la frente de Stefano, quien intentaba ocultar el pánico que se reflejaba en sus ojos. Entonces, Nico retiró el cargador, dejando caer el pesado metal al suelo con un golpe sordo.
- Tú vida pende de esta bala, alojada en la recámara de mi nueve milímetros. Vas a alejarte de tú hija y de tu mujer. Vas a dejar de hacer su vida un infierno. Y, sobre todo, te vas a largar de esta ciudad- su voz colmada de veneno, apenas conseguía salir de su garganta sino era en forma de rugido.
Stefano intentó hablar, pero Nico apretó más el cañón sonora su frente, silenciándolo.
- Llevo años viendo cómo las destruyes. Cómo tratas a tu hija, cómo maltratas a tu mujer hasta el punto de que necesita drogarse para soportar tu mera existencia.
¿Qué era esta vez? ¿Antidepresivos, opioides, cocaína?
¿¡Qué cojones se ha tenido que meter tu mujer para soportar estar a tu puto lado?
! ¡Prefiere eso a darse cuenta de que se casó con un ser asqueroso que solo quería su puto dinero y su estatus social!
¡Prefiere eso a darse cuenta de que ha jodido la vida a su única hija!
Alguien como tú no merece respirar el mismo aire que ellas.
Así que escúchame bien: te vas a largar y vas a dejar de arrebatarle su vida a tu hija.
Ella no es un maldito negocio que manejas como te viene en gana; es demasiado buena para ti, joder, lo es hasta para mí.
Tanto, que un cabrón como tú es incapaz de verlo.
Tu vida siempre estará a una bala de acabarse; vuelve a acercarte a ella y esa bala estará alojada en tu cráneo.
¿Entendido?- sus palabras salían de entre sus dientes que mantenía apretados, destilando una rabia corrosiva que parecía consumirlo desde dentro.
Stefano, con una estúpida seguridad sobre la que intentaba mantener su fachada de superioridad, soltó con voz rota:
- Todos los que estáis con los Stracci, os creéis que esta ciudad os pertenece. No me das ningún miedo, hijo.
Nico dejó escapar una risa seca, cargada de desprecio.
- Debería, porque por tu hija haría hasta lo impensable. Aléjate de ella, Ros. Y en la puta vida vuelvas a ponerle la mano encima, si no, ya sabes como acabará- le soltó con brusquedad, y Stefano se tropezó con sus propios pies, sin llegar a caerse.
Nico volvió a poner el seguro en su pistola, se agachó para recoger el cargador y lo encajó de nuevo en su lugar. Dio un paso atrás justo cuando varios militares entraron al salón, dejando, que se encargaran de sacar a Stefano de una forma no muy amable hacia la salida.
Antes de que despareciera, Nico habló una última vez:
- Y, Ros, olvídate de Caterina. Roma ya no es para ti.
Todos observamos en silencio cómo desparecía Stefano del salón. Nico, todavía portando su arma en su mano derecha, la guardó en la parte baja de su espalda. Cuando sus ojos se encontraron con los de Olivia, las llamas crepitaron en el aire, hasta arrasar con todo lo que quedaba a su alrededor.
Sentí cómo, finalmente, el cuerpo de Olivia se relajó en mis brazos, hundiéndose contra el mío. Sus manos dejaron de apretarme con desesperación y el peso de su miedo pareció desvanecerse, aunque sus lágrimas silenciosas seguían cayendo.
Después de unos minutos en tensión, en el que nadie parecía saber como actuar.
Mi padre levantó el teléfono para hablar con Alessandro y yo acompañé a Olivia hasta el Ferrari aparcado a los pies de la entrada principal.
Con cuidado la ayudé a sentarse en el asiento de cuero y subí la calefacción, le abroché el cinturón y la besé en la frente.
- Cuídala, Nicolás. Te dirá que está bien, le quitará importancia a lo que acaba de pasar, pero es todo mentira.
Mantenla lejos de él y cualquier cosa y cuando digo cualquier cosa es cualquier cosa , me llamas.
Iré a donde sea necesario-asintió y me dio un rápido abrazo antes de despedirse con un simple Hidalgo.
Cuando regresé a la casa, el peso de todo lo ocurrido cayó sobre mí como una losa.
¿En qué momento mi vida se había convertido en esto? En armas, peleas, gritos, discusiones, bandos.
No tenía ni idea, pero en el fondo de mi ser sentía que esto iba más allá de lo que jamás pudiera pensar. El nombre de Caterina Fiore, quería sonarme, sabía que lo había escuchado antes, pero no era capaz de recordar donde.
En silencio, comencé a recoger la mesa. Había copas caídas, con vino tinto derramado sobre el mantel, una extraña sensación encogió mi corazón al ver el color carmesí fundiéndose con el blanco.
Parecía una representación de lo que había sido el final de la cena y el principio del año.
tan solo se necesitaba una mala decisión, un error, para que se extendiera sobre lo construido.
Como una autómata comencé a recoger los cubiertos y platos hasta llevarlos a la pila llena de utensilios de cocina.
Una parte quería tirarlo de mala manera, para experimentar del placer de ver como todo se rompía a mi alrededor, pero la otra, la responsable, la que iba siempre con el freno puesto, dejó los platos con delicadeza, con miedo a lo que pudiera ocurrir si perseguía mis verdaderos deseos.
Unas manos finas, con uñas cortas y un precioso anillo fino con una piedra aguamarina en el centro rodeado de pequeñas piedras brillantes, entraron en mi campo de visión, despertándome de mi letargo.
Levanté la mirada para encontrarme con los cálidos ojos color miel de Laia. Dejó el resto de platos con delicadeza y sin decir una palabra más, abrió sus brazos para que pudiera cobijarme en ellos.
Nunca antes había sentido lo que era un abrazo de una madre, hasta en este momento. Sus brazos envueltos en las mangas de su suave vestido color chocolate, me abrazaron con fuerza hasta que yo estuviera preparada para dejarla ir.
- Lo siento- dije dando un paso atrás, limpiando con rapidez una lágrima que se había escapado sin permiso- Lo siento por lo que ha pasado esta noche- una sonrisa cálida y tranquilizadora se dibujó en sus labios.
- No pasa nada, cariño. No es vuestra culpa- me tranquilizó, apartándome un mechón de pelo de la cara con una ternura que me desarmó- La gran mayoría de veces, los adultos no tenemos ni idea de lo que hacemos, aunque intentamos fingir que sí.
Y créeme, nada de lo que ha ocurrido esta noche es culpa vuestra.
- Solo quería que tuvierais una noche bonita… pero al final todo el caos ha terminado con gritos, puñetazos y amenazas-mi voz tembló de impotencia- No deberíais haber tenido que ver todo eso.
- ¿Y vosotras sí?- preguntó con suavidad con su mirada fija en la mía- Cariño, la única culpa la tiene ese hombre que no sabe la suerte que tiene de tener una hija preciosa y encantadora.
Él es el desagradecido. Sí mi hijo no le hubiera dado lo que se merecía, hubiera estado encantada de decirle un par de cosas- sonreí ante la idea de aquella mujer plantándose delante de Stefano Ros a decirle un par de cosas - ¿Y tú?
¿Cómo estas tú?- se me hacía extraño que alguien se preocupara por como estuviera yo.
- Bien… no, no estoy bien. Estoy enfadada, cansada…y otra vez enfadada- me llevé una mano a la frente y solté una risa amarga- Si es que eso tiene algún sentido.
- No hace falta que tenga sentido para nadie más, cariño. Mientras lo tengas para ti, es suficiente .
Su sonrisa era un bálsamo, pero antes de que pudiera responder, la voz de Efrén nos interrumpió desde la puerta.
- Mamá, deberíais ir al hotel. Ha sido un día muy largo, y estarás cansada- le dijo Efrén, con voz suave mientras sujetaba una bolsa de hielo contra su mano.
- Claro, cariño. ¡Aunque debería ser yo quien te dijera eso y no al revés!- contestó divertida, provocando que su hijo pusiera los ojos en blanco.
- Voy a por el coche- anunció, dedicándome una última mirada antes de desaparecer por la puerta principal.
Cuando quedamos a solas de nuevo, Laia tomó mis manos entre las suyas con sus ojos brillantes a causa de las lágrimas contenidas.
- Antes de que vuelva mi hijo y diga que le estoy avergonzando- ambas sonreímos- Tengo que darte las gracias, Flora. No solo por haberme regalado una navidad en familia si no por haberme devuelto a mi hijo.
- Yo..yo no…- no sabía que contestarla, estaba perdida.
- Tú has sido la causante de que mi hijo haya vuelto, y lo echaba tanto de menos- sus ojos se llenaron de lágrimas- Aquel terrible accidente no solo me arrebató a mi pequeño, también me quitó a mi otro hijo.
Donde estaba Aron, estaba Efrén. Siempre había sido así, hasta el día de su muerte…
y no había vuelto a tener a mi hijo conmigo hasta esta noche.
Nunca viviré suficiente como para agradecértelo, cariño- sus palabras, junto a sus lágrimas, provocaron que las mías también afloraran.
Sus palabras me atravesaron, cargadas de amor y gratitud.
- ¡Ha sido un desastre de noche!
Laia soltó una carcajada y se secó las lágrimas con cuidado de no arruinar su maquillaje.
- Sí bueno… todo lo bonito viene rodeado por el caos, ¿no?
- ¡Hijo, Flora ya ha hecho llorar a tu madre!- la voz de Jorge nos sorprendió a nuestras espaldas.
Ambas nos giramos para ver como Jorge enfilaba hacia la salida con el abrigo de Laia entre sus manos.
- Joder. Sabía que juntarlas iba a ser mi destrucción-escuchamos que le contestaba Efrén.
- ¡No hables así de ellas!- fuimos detrás de él, escuchando las quejas del uno y del otro.
- ¡Es verdad! ¡Tú mismo lo dijiste antes de salir!- gritó indignado Efrén desde la entrada.
- No me escuchas nunca, y decides hacerlo ahora. Muy bien, hijo, estoy orgulloso de tu puntualidad de escucha.
- No seas dramático, ¡eres peor que mamá!
- Que estes fuerte no significa que libres de una hostia de tu viejo. Sigue por ahí y no solo te ganarás una.
- Eres insoportable, no sé cómo mamá sigue contigo.
- Podría decir lo mismo de ti- ambos desaparecieron en dirección al coche que tenia aparcado en un lateral.
Esperando bajo el techado de la puerta principal a que Efrén situara el coche, Laia volvió a coger mis manos entre las suyas.
- Gracias, Flora, de verdad. Necesitaba a mi hijo. Siempre que necesites un hogar, podrás contar con nosotros- dio un último apretón a nuestras manos unidas antes de ir con su hijo y su marido, que le esperaban a los pies de las escaleras en el interior del coche.
Un nudo se formó en mi garganta mientras veía cómo bajaba los escalones con elegancia y subía al coche. Pero antes de cerrar la puerta, se volvió hacia mí con una sonrisa.
- ¡Ah y Flora!- exclamó con picardía- ¿Que te ha regalado mi hijo? ¡Soy su madre, lo sé todo de él! ¡Hasta cuando piensa que no!- reí y negué con la cabeza, sin saber que eso era una familia.