21
Car’s outside
Flora
La cena transcurrió con normalidad o lo que suponía que era la normalidad en estos casos.
Disfrutaron de los platos y me colmaron de halagos, provocando que mis mejillas se colorearan en más de una ocasión. Por primera vez, mi casa se llenó de risas, del sonido sordo de los cubiertos chocando contra los platos y de las muestras de cariño al dar las doce de la noche.
Mi nerviosismo que creía secreto, por conocer a Jorge y Laia, se disolvió al estar unos pocos minutos con ellos.
Era divertido ver la dinámica entre ellos.
Jorge era bruto al expresarse mientras que Laia, era más dulce y le regañaba con toques de atención o miradas, parecían aún, unos adolescentes.
Crecer rodeado de ese tipo de amor debía de ser tan increíble como abrumador, debías de creer que todo era posible.
El amor con el que había crecido Efrén era puro, era el mismo tipo de amor que sentía hacia su hermano y esa noche entendí porque le rompió. Le extirparon una parte de él, que jamás volvería. Le arrebataron a la persona con la que empezaba y acababa sus días.
La mirada de Laia se iluminaba cuando había hablado de su hijo fallecido.
Había tristeza en su voz pero también felicidad y orgullo mientas que Jorge buscaba con la mirada a su otro hijo, asegurándose de que estaba bien, al igual que yo, que no puede evitar, mirar sus bonitos ojos durante unos segundos .
No lo sabía entonces, pero aquella sería la última risa antes del estruendo.
Hacía unos pocos minutos que habíamos terminado los postres, incluidos los que había traído Laia de su pastelería, directos desde Madrid, cuando escuchamos unos gritos provenientes de la entrada principal.
Rápidamente mi mirada se encontró con la de mi padre y Diego, quienes se miraban entre sí, junto con Efrén.
- Lo siento señor, no puede pasar.
- ¿Tengo pinta de estar pidiendo permiso? Mi hija está dentro y voy a entrar si me sale de los cojones y ningún militar de mierda me lo va a impedir- la voz encolerizada de Stefano Ros, nos llegó alto y claro a todos los que estábamos reunidos.
- Lo siento muchísimo- se comenzó a disculpar Olivia- Está muy enfadado porque me he ido de la cena, dejándole en ridículo delante de una nueva clienta- odiaba a su padre con todas mis fuerzas.
- No pasa nada cariño. No es culpa tuya que se comporte así-la tranquilicé poniendo una de mis manos sobre las suyas.
- Sí, si que pasa- clavó la mirada en Eda- Es posible que queráis subir a las niñas arriba.
Esas simples palabras fueron el pistoletazo que necesitaba Eda para levantarse e instar a Kaia e Iris hicieran lo mismo.
- Vamos niñas, tenemos que subir arriba- las apremió Eda.
- ¿Por qué?- preguntó Iris.
- Porque el padre de Oli está enfadado y no quieren que lo veamos- le explico Kaia, pareciendo mucho mayor .
- Papá a veces se enfada y no pasa nada- contestó Iris, sin ni siquiera poder imaginar, lo cruel que podría llegar a ser ese hombre.
La pequeña no parecía querer moverse de ahí y los adultos no sabían que decir sin imponerse y evitar preguntas que no podían contestar a una niña de diez años.
Me levanté de mi asiento y me agaché hasta quedar a su altura, entonces le hice un gesto con la mano para que se acercara, necesitaba contarle un secreto. Y no, no era que papa Noel, ni las hadas, ni el ratoncito Pérez, no existían. No estaba lista para darle esa desilusión.
Cuando la tuve a milímetros, en apenas un susurro, comencé a contarle mi secreto.
- En realidad es una misión. Un lugar secreto en el que no dejo entrar a nadie.
Coge la mano de tu hermana, agarraros fuerte y no paréis hasta llegar la final del pasillo, allí veréis una puerta, abrirla con mucho cuidado, es mi escondite y no quiero que desaparezca.
Quedaros allí y no salgáis hasta que vayamos a buscaros, tenéis que mantenerlo a salvo y solo vosotras podéis-asintió ilusionada por su nueva misión, bajándose de la silla de un salto, agarrando la mano de su hermana.
Ambas subieron los escalones seguidos de Eda y de Laia. Esperaba que las dejara entrar, Iris era muy autoritaria cuando quería.
La habitación del fondo era mi pequeño rincón lleno de libros en esta casa y apenas se escuchaba nada de lo que ocurría en el resto de ella .
Stefano irrumpió en el salón siendo la máxima representación de la ira. Sus ojos eran llamaradas de odio que enviaban a mi mejor amiga, con su traje perfecto e inmaculado, apenas podía aguantarse el enfado con ambos puños apretados.
- Lo siento señor, no nos…-comenzó uno de los militares a los que horas antes había acercado una sopa calentita. Ellos aguantaban el frío por protegernos, era lo mínimo que podía hacer por ellos.
- Está bien, vuelve a tu posición- le indicó Diego, que miraba a Stefano intentando adivinar su siguiente movimiento.
- Stefano, no son maneras de entrar en mi casa, y menos cuando no has sido invitado- le recriminó mi padre, de pie detrás de su silla agarrando el respaldo con fuerza.
- Métete en tus asuntos, Hidalgo- replicó Stefano con desprecio, clavando su mirada de nuevo en su hija.
Nunca, en mi vida, había visto a Olivia tan pequeña- Eres una niñata desagradecida.
¿Te crees acaso mejor que nosotros? ¿Cómo se te ocurre abandonar la cena de esa manera?
¡Nos has dejado en ridículo! ¡A tú madre y a mí!
- cada vez estaba más cerca de donde se encontraba Olivia, unos pasos más y estaría frente a ella.
- ¿A mí madre? ¿Te refieres a la madre que va hasta arriba de antidepresivos?
¿Te refieres a esa madre?- escupió Olivia en un tono afilado- Esta falsa preocupación por la que es tú mujer te la puedes ahorrar, Stefano.
Aquí nadie te cree. Hemos ido a ese restaurante porque a ti te convenía hacer el papel de familia feliz, no porque te importemos una mierda .
- Eres una niñata malcriada- gruñó con asco antes de acercarse mas hasta donde estaba Olivia.
Su rostro normalmente empapado de clasismo y una expresión engreída, ahora estaba al rojo vivo debido al enfado, su mandíbula apretada, y las venas de su cuello marcadas como cuerdas tensas.
Sabía que era una locura, pero no podía quedarme sentada. En un acto probablemente suicida, me levanté antes de ni siquiera pensarlo. Sentí cómo el suelo se movía bajo mis pies, tomé la mano de mi mejor amiga y me interpuse entre ella y su padre.
Tendría que pasar por encima de mí para ponerle un dedo encima.
- Ni se le ocurra avanzar un paso más, señor Ros. No se le ha invitado y no se le quiere aquí. Fuera. Ahora. O se lo llevarán detenido, y créame, no le conviene enfadarme.
Por el rabillo del ojo localicé a Efrén y a Diego, ambos listos, a tan solo un paso de distancia. Pero Stefano soltó una carcajada hueca, un sonido que olía tanto a alcohol como su aliento.
- No me hagas reír. Eres una puta cría que se cree que puede tener algo de poder- ahora su veneno iba en mi contra, escupiendo las palabras en mi cara antes de girarse hacia su hija- Y tú amiguita, a la que tanto defiendes, no vale nada.
Es una niñata caprichosa que lo único que ha hecho en su vida es abrirse de piernas y contestar.
Sentí la palma de mi mano arder por las ganas retenidas de soltarle un bofetón, pero Olivia se adelantó, marcando una última estocada.
- Si tus negocios se arruinan, es porque nadie quiere juntarse con un manipulador y un ladrón, papá. Ni si quiera Caterina Fiore- soltó mi amiga con rabia. Ni en una situación así, conseguiría callarla.
La secuencia pasó demasiado deprisa, tanto, que mi cerebro no fue capaz de registrarla hasta que ya estuve en el suelo y el sonido de un puñetazo rompió el silencio.
Stefano me había empujado y había pegado a su hija. Oli.
Con la mano sobre su mejilla que comenzaba a formarse una rojez a causa del impacto, miraba con lágrimas en sus ojos a su padre en estado de shock. Sus piernas le fallaron hasta tocar el suelo.
¿Cómo había pasado de haber risas a puñetazos?
Todo era un borrón de movimientos en los que no podía centrarme. Gateé hasta ella y la envolví en mis brazos, permitiéndole apoyar la cabeza sobre mi pecho.
- Ya está mi amor, ya está. Estoy aquí- susurré una y otra vez.
El sonido de huesos chocando contra otros me sacó del trance.
Efrén había saltado sobre Stefano, descargando toda su fuerza una y otra vez contra su rostro.
La sangre brotaba a borbotones del rostro, manchando su implacable traje.
Pero Efrén no paraba. Cada golpe era más feroz que el anterior, el sonido sordo que le seguía a cada puñetazo era seco, contundente, nauseabundo.
Retumbaba en las paredes haciendo que se metiera bajo mi piel hasta provocarme un escalofrío.
Stefano estaba postrado en el suelo con Efrén sobre él. De su rostro brotaba sangre a borbotones manchado su inmaculado traje mezclándose con la sangre de los nudillos cortados de Efrén .
El cuerpo de Stefano estaba postrado en el suelo, no se movía, no se defendía. La sangre de su rostro se mezclaba con la que se deslizaba por los nudillos cortados de Efrén. Las salpicaduras carmesí que decoraban el suelo, empezaron a multiplicarse y los golpes no cesaban.
Estaba fuera de sí. Había perdido el control.
- ¡Maldito hijo de puta! ¡No vuelvas a ponerle una mano encima! ¡Es tu hija, desgraciado!- gritó, con la voz rota por la rabia. Otro golpe. Y otro.
- ¡Joder, apartarlo! ¡Le va a matar!- grité, buscando con desesperación a Diego y a Jorge, pero lo único que encontré en sus ojos fue una oscura satisfacción.
Mi voz pareció recordarles que no estaban viendo una pelea en cualquier bar, sino que era Efrén que continuaba atestando puñetazos al padre de mi mejor amiga. Era un cabrón sin corazón, sí, pero era su padre y ella estaba siendo testigo de todo.
A duras penas, entre los dos consiguieron separarle del cuerpo casi inerte de Stefano, mientras se revolvía entre los brazos de ambos.