Fuimos Roma 20 #3
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20 #3

Retrocedí un par de pasos, dejándole espacio para salir, aunque más bien era para poner algo de distancia entre nosotros. Me pregunté, sonrojada, si me habría llamado más de una vez antes de que saliera de mi ensoñación a causa de su presencia .

Tal y como le había indicado, dejó las fuentes sobre la encimera. Luego se metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros y me miró, recorriendo mi cuerpo. Su mirada quemaba allí donde se posaba, desde mi rostro hasta mis piernas descubiertas, terminando en mis bailarinas de Valentino.

- Gracias por hacer esto.

Su voz ronca llenó el silencio de la cocina, haciéndome temblar a pesar de qué estaba al otro lado de la estancia. Era como esa distancia fuera lo único que mantenía la situación bajo control.

- Mi padre os invitó. Es lo correcto.

- Sí, pero no es él quien, aunque no me quiera aquí, ha cocinado para mis padres y ha hecho todo lo posible para que no pase unas navidades solo.

Sus palabras fueron como un cuchillo directo al corazón. No era cierto. No solo lo quería aquí, lo quería más de lo que él podría imaginar y más de lo que alguna vez pudiera legar a confesar.

Aparté la mirada de él, antes de que dijera algo de lo podría arrepentirme. Más.

- ¿Qué tal el viaje?- le pregunté con curiosidad, refiriéndome a sus padres.

- Bien, la distancia de Madrid hasta aquí es corta.

Mis ojos se alzaron hacia los suyos, sorprendida.

Aquellas palabras no eran casuales. Eran las mismas que me había dicho la primera vez que nos vimos, en esta misma cocina, en un pasado que parecía lejano y cercano a la vez.

A juzgar por el brillo en su mirada, sabía perfectamente lo que estaba haciendo .

- Sí que lo es, sí- respondí, dejando que la nostalgia me envolviera mientras seguía su juego- ¿Has podido ver algo de la ciudad?

- No.

Esta vez, su tono no era seco como antes, sino cargado de diversión. Su sonrisa ladeada me incitaba a seguir, a ver como acaba ese juego peligroso que habíamos iniciado.

- Vaaale…- dije alargando la palabra, tal y como hice aquel día- ¿Crees que les gustara Roma?

- Creo que encontrarán algo que no sabían que necesitaban. Su voz suave, segura, como si hablara no solo de la ciudad, sino de algo más, algo que se sentía entre nosotros, en el aire cargado de recuerdos y emociones que no terminábamos de decir en voz alta.

- Acabó de entender de dónde te ha salido la mala hostia- le dijo Diego a Efrén con la diversión bailando en sus ojos, interrumpiendo el vínculo invisible que había entre ambos- Tú padre da miedo. Lo que no sé es donde se te perdió la parte encantadora de tú madre.

- ¿Y lo dices tú, cabrón?- respondió Efrén, cruzándose de brazos- Si tienes acojonada a media embajada.

- Yo no tengo acojonado a nadie. ¿Verdad, Flora?

- Digamos que espero que, si algún día Kai e Iris tienen pareja, esa persona tenga el valor suficiente para plantarte cara- contesté mientras cogía la bandeja y me giraba para empezar a emplatar los primeros platos de las dos pequeñas.

- No van a tener pareja nunca- gruño, Diego .

Me volví hacia él, levantando una ceja en señal de incredulidad ante esa falsa e inocente ilusión.

- En otro orden de cosas- continuó, ignorando mi mirada-Espero que la cuides después de está noche, porque no había visto nunca a nadie esmerándose por una cena- le dijo a Efrén como si yo no estuviera ahí.

- Mi prioridad siempre es cuidarla, ya lo sabes- respondió Efrén con calma.

Hubo una pausa. Sentí la tensión detrás de mí, pero me obligué a seguir concentrada en el plato que estaba montando.

Menos mal que tú prioridad es cuidarme y no follarme, Efrén Torres.

- Además- añadió Efrén- Simplemente está nerviosa. Por eso ha cocinado tanto. Siempre que lo está, se intenta mantener ocupada.

Puse los ojos en blanco, harta de la conversación, y salí de la cocina, dejando atrás las risas de Diego y las palabras de Efrén.

Fui hacia el salón, donde estaban todos reunidos alrededor de la mesa. Después de horas trabajando en cada detalle, aún podía sacarle defectos, pero el ambiente lo compensaba todo. Las luces cálidas del árbol de Navidad parpadeaban a un ritmo lento y el aroma de las velas impregnaba el aire.

Kaia y Iris que discutían por a saber que detalle, como siempre, mientras Eda hablaba con una mujer de larga cabellera negro azabache que, supe que era la madre de Efrén. Antes de ni siquiera girarse, ya sabía que iba a ser preciosa. Solo hacía falta mirar a sus hijos .

- ¡Flora!- me llamó Eda con una copa de vino blanco en la mano en la que brillaba el anillo de compromiso que Diego le había dado años atrás- Laia me estaba comentando lo preciosa que está la casa y cómo decoraste la mesa.

Laia se giró hacia mí, y por un momento me quedé sin palabras.

Sus ojos color miel, salpicados de motas más oscuras, tenían el mismo tono canela que los de su hijo.

Su sonrisa iluminaba su rostro de manera contagiosa, recordándome al instante a la fotografía que había visto de su otro hijo, Aron.

Las arrugas alrededor de sus ojos se hicieron más notorias con su sonrisa.

Me miro y rodeó la mesa para darme un fuerte abrazo.

- ¡Estamos tan contentos de estar aquí!- dijo con entusiasmo, manteniendo sus manos sobre las mías cuando se apartó- No tenemos palabras para agradeceros esto. No solo por invitarnos, sino por permitirnos pasar la Navidad con nuestro hijo. Significa mucho para nosotros.

- El placer es todo nuestro, Laia. Espero que os sintáis como en casa- la sonreí mientras las palabras salían directas de mi corazón.

- Hacía tanto tiempo que no lo veía así…- sus ojos se tornaron nostálgicos y tristes- Desde la muerte de su hermano, no había vuelto a ser el mismo. Le echábamos de menos…

Sus ojos se desviaron hacia Efrén, que estaba arrodillado frente a Kaia e Iris, escuchándolas con atención y riéndose con ellas. La ternura en su expresión me llenó el pecho de calidez y, al mismo tiempo, de una tristeza ajena pero compartida.

- Siento mucho lo de Aron- dije con sinceridad- Tuvo que ser horrible .

Una voz profunda y firme llegó de detrás de mí:

- ¿Te ha hablado de su hermano?

Me giré para encontrarme con un hombre fornido, de manos trabajadas y cabello corto. Sus ojos, tan oscuros como el carbón, me miraban con el ceño fruncido. Aunque no era tan alto como Efrén, pero si lo suficiente como para tener que alzar la cabeza

- Sí, me contó lo que ocurrió- respondí, viendo cómo las expresiones de ambos pasaban de la sorpresa al asombro.

- Entonces, ya sabemos que no es la distancia lo que le ha sentado bien- intervino Laia, con la diversión, ahora, crepitando en sus ojos.

- El poder que podéis llegar a tener es terrorífico- dijo el padre de Efrén- Soy Jorge, encantado de conocerte. El padre del maniático que debes de sufrir a diario- sonreí divertida.

- Es…disciplinado.

- Bonita forma de no llamarle obseso.

Reí, asintiendo, mientras Laia se acercaba a su marido y le daba un pequeño manotazo en su pecho.

- ¡Es tú hijo de quien estas hablado!- exclamó con tono fingidamente indignado.

Y ahí fui consciente de que el amor verdadero si existía. Sus ojos conectaron y pareció todo lo demás pasar a un segundo plano, estaban en su propio planeta, en una galaxia diferente a la nuestra.

- Voy a traer los primeros. Por favor, id sentándoos - dije, dirigiendo una mirada hacia Kaia e Iris, quienes continuaban hablando con Efrén. A este paso, iba a convertirse en su tio favorito, y yo sería desterrada a la segunda posición- Kai, Iris, ¿venís a ayudarme con vuestros platos?

Ambas asintieron entusiasmadas y saltaron de las sillas antes de correr hacia la cocina.

- ¡Tened cuidado!- les gritó Eda, negando con la cabeza, provocando que su cabello rubio fuera de un lado hacia el otro sin control.

- Voy con ellas, cariño- indicó Diego, antes de besarla en la cabeza antes de seguir a las niñas.

Fuimos hasta la cocina y antes de trasladar la sopa gigante que había preparado, les entregué sus dos platos a las pequeñas, que ya se habían manchado al comer directamente del recipiente de cristal.

Diego llevó la sopera sin esfuerzo, mientras que yo, llevé el cazo para poder servir a todos. Casualidades del destino- o quizás no- el único siento libre estaba entre Kaia y Efrén. La cena prometía ser larga, aunque ya éramos expertos en el arte de aparentar.

- Espero que haya sitios para una más- dijo una voz conocida.

Alcé la vista del primer plato que estaba sirviendo y me encontré a Olivia apostada en la puerta del salón.

Llevaba un gorro negro calado hasta las cejas y un abrigo largo hasta los pies.

Era imposible no notar cómo su presencia detenía el bullicio de la mesa, llenando el aire de un silencio expectante.

Nuestras miradas se cruzaron, y sin necesidad de palabras nos dijimos todo. En sus ojos leí una tristeza velada; en los mío, ella encontró la invitación abierta a que este, siempre sería el hogar al que pueda regresar.

Respiró hondo, como si ese simple gesto le devolviera algo de fuerza, y sonrió a todos los que la observaban.

- He traído el vino que tanto te gusta, Lorenzo- dijo, levantando una bolsa, agitándola con su mirada clavada en mi padre- Es de mala educación venir a una cena con las manos vacías- añadió, con una voz teñida de una mezcla de disculpa y calidez.

Mi padre, que ocupaba la cabecera de la mesa, se levantó con esa calma que siempre lo caracterizaba y abrió los brazos para que Olivia se pudiera cobijar en ellos.

- Olivia Ros, esta siempre será tu casa. Ahora, dame ese abrigo y siéntate con nosotros.

Con cariño, tomó su gabardina negra y descubrió un vestido corto de cuero de Yves Saint Laurent, acompañado de unas botas de tacón fino. Su cabello negro, largo y liso, caía como un manto hasta su cintura. Sus piernas, blancas como el mármol, relucían ante su aura oscura.