20 #2
- ¡Jo, pero si son míos!- se quejó Iris, bajando de la encimera de un salto. Eda tomó su pequeña mano con su edad, llevándola hacia el salón, mientras ella insistía- Pero mamá, si me porto bien, ¿puedo abrir uno antes?
Tenía razón, eran suyos. Papá Noel lo había dejado para ella y su hermana, pero, como siempre, el ritual navideño debía cumplirse, aunque fueran días después.
Mientras mientras las voz de Iris se desvanecía, me quedé unos segundos, asimilando el calor de aquellas cena familiar que llenaba cada rincón de la casa.
- ¿Te puedo ayudar?- preguntó Kaia, poniéndose de puntillas para intentar ver lo que tenía entre las manos.
- ¡Claro! Coge una silla y ponte aquí conmigo- la animé, mientras veía de reojo, como Diego, sin decir nada, tomaba una de las sillas, las colocaba junto a la encimera para que su hija pudiera subirse- Necesito que remuevas la salsa de ese bol- le indiqué, señalando el recipiente frente a mí.
- ¡Vale!- respondió con entusiasmo, tomando la espátula entre sus pequeñas manos. Su expresión se volvió completamente seria, con la nariz ligeramente arrugada mientras daba vueltas con cuidado. Su concentración era tan adorable que tuve que contener una sonrisa .
- Haz caso a lo que te diga Flora, ratona. No te lo va a admitir, pero está nerviosa- dejé las manos quietas sobre el cuchillo para taladrarle con la mirada.
- No estoy nerviosa- empecé a cabrearme al darme cuenta de que todo el mundo podía leer mis emociones con tanta facilidad.
- Gracias a ti, esta noche comerá media ciudad- añadió con una sonrisa burlona antes de desaparecer junto a mi padre por el pasillo.
- Estás muy guapa, me gustan mucho tus moñitos- llevaba su pelo rubio rizado recogido en dos tirantes moñitos.
- Gracias- se arremango la manga de su camiseta con un conejo punki y empezó a remover la siguiente salsa- Papá me ha dicho que es la primera Navidad que celebras en casa con otras personas que no sean tú papá.
- Si, es verdad- le contesté con sinceridad, sintiéndome un poco descubierta por su comentario.
- ¿Es por eso que estas nerviosa?- preguntó, ladeando un poco la cabeza, con la inocencia de quien cree tener todas las respuestas.
- Un poco- admití, al verme sin escapatoria.
Kaia, dejó de remover un momento y me miró directamente, como si quisiera asegurarse de que la escuchara con atención.
- No tienes que ponerte nerviosa, todo va ir bien. Eso es lo que me dice mamá antes de cada carrera- sonreí ampliamente y me incliné para darle un beso la mejilla.
Emplaté el segundo plato, que reposaría en el horno para mantener su temperatura hasta que llegara el momento de servirlo. Sin saber como lo conseguí, levanté la pesada fuente de cerámica y la llevé hasta el horno.
¡Pesaba una barbaridad!
Al darme la vuelta, me encontré con Kaia, mirándome fijamente, con una mano en el bolsillo de sus vaqueros.
- ¿Qué pasa, preciosa?- pregunté, preocupada, acercándome a donde estaba subida en la silla.
- Papá me contó que no tienes más familia aparte de tu papá-dijo de golpe, mirándome con esos ojos grande y sinceros, que tanto me recordaban a los de su padre- Siempre nos llevas a nuestros sitios favoritos y nos vas a ver a nuestras competiciones.
Si solo tienes a tu papá, entonces… no debes tener muchos regalos de Navidad ni del falso Papá Noel- abrí los ojos con sorpresa, no sabía que conocía el gran engaño que sufríamos todos de pequeños- Sé que son mamá y papá-añadió, poniendo los ojos en blanco, como si la mentira, insultara su inteligencia- Iris, no lo sabe aún, pero ella piensa que las hadas existen, así que no puede no creer en papá Noel.
No pude evitar reírme, aunque estaba emocionada por saber a donde nos llevaría toda esta conversación tan intensa. Entonces, Kaia sacó algo de su bolsillo: una pequeña bolsita de terciopelo rojo, atada con un pequeño lazo.
- Esto es para ti.
Tenía el corazón en un puño, y luché con todas mis fuerzas para no romper a llorar.
Tiré con cuidado de ambos extremos de los lazos y abrí la bolsa.
Dentro, había una pulsera de plata con abalorios que colgaban de cada eslabón.
No eran adornos cualquiera: unas puntas de ballet, una moto, una taza de café, un libro, unas flores, incluso, un walkie talkie.
Cada detalle tenía un significado especial y formaba parte de mi vida de una forma u otra.
Con el corazón encogido, me incliné y la abracé con fuerza, sintiendo las lágrimas quemándome la garganta.
- ¡Me encanta!- dije, emocionada- ¿Puedo ponérmela para la cena?- Kaia asintió con una gran sonrisa, orgullosa de que me gustara su regalo- ¿Me queda bien?- le pregunté haciendo diferentes gestos con la muñeca para que la viera desde diferentes ángulos.
- Sí, queda perfecta con el anillo que te regalaron mamá y papá. ¿Te la vas a poner siempre, como el anillo?
- No pienso quitármela por nada en el mundo.
Contenta con mi respuesta, volvió a centrarse en la salsa que estábamos preparando. Seguimos charlando y riendo mientras ultimábamos los detalles de la cena. Era oficial: como había dicho Diego, había cocinado para media ciudad. Habría suficiente comida hasta el próximo Año Nuevo, si no más.
Mientras buscábamos juntas la fuente perfecta, escuchamos unas voces desconocidas provenientes de la entrada.
- ¿Quién más viene?- me preguntó Kaia, señalando una de las fuentes que usaríamos para el primer plato.
- Efrén y sus papás- respondí, con un falso tono de indiferencia, mientras me subía a una silla para recatar una fuente de la alacena.
- ¿Estás enfadada con él, tía Flora?- me preguntó antes de bajarse de la silla y mirar con atención cada uno de mis movimientos .
- No cariño, ¿por qué lo preguntas?- la miré dejando la silla enfrente a la alacena.
- En la cena de Navidad que hubo en mi casa, ni siquiera le miraste y eso que os sentasteis enfrente- cerré los ojos con fuerza, deseando desaparecer en ese mismo momento por culpa de una niña de diez años- Además, deberías dejar de mentir, se te da fatal. Peor que Iris, incluso.
- ¡No estoy mintiendo!
- Sí, si lo haces. A mí Efrén me cae bien. No me trata como a una niña.
- Es fácil no tratarte como una niña, eres demasiado lista hasta para tu propio bien- le sonreí y me incliné para darle un golpecito en su nariz respingona.
Estás niñas iban a romper corazones cuando crecieran, no tenían ninguna duda…Esperaba que Diego estuviera preparado.
Y que no les asesinara en el proceso.
- Voy a buscar a Iris- anunció, girándose hacia la puerta- ¡Ah! Y tía Flora, está cena le va a gustar más que la que hubo en mi casa- intenté que mis ojos no se abrieran como platos a causa de la sorpresa. Que una niña de diez años me leyera como un libro abierto, me molestaba.
- No sé de qué me estás hablando- dije, desviando la mirada y centrándome en como iba a alcanzar esa maldita fuente.
- En serio, tienes que dejar de mentir. ¡Hasta papá lo hace mejor cuando nos cuenta lo del ratoncito Pérez!
Solté una carcajada imaginándome la escena y la cara de circunstancias de una persona tan intimidante como lo era Diego Lazio .
Me incliné sobre el borde de la silla, esperando ganar los centímetros que me faltaban para coger la dichosa fuente que parecía estar riéndose de mí, en lo alto de la alacena.
¿A quien le había parecido buena idea poner las fuente a una altura inalcanzable? Bien es cierto, que era la primera vez que usábamos todas, pero aún así, no me parecía practico.
- Tienes la habilidad de ponerte en peligro hasta en tu propia cocina.
Su voz profunda me erizó la piel, y su mera presencia llenó el aire con una energía que parecía envolverme, atrayéndome inconscientemente hacia él de una forma inevitable.
Miré por encima de mi hombro y, ¡oh Dios mío!
, qué guapo estaba. Si ya en traje me parecía sexy, esta versión más despreocupada—con una camisa que se ajustaba perfectamente a cada uno de sus músculos—pasaba a ser una de mis favoritas.
Quizá solo rivalizaba con el momento en que regresaba de correr, con el cabello desordenado y el rostro brillante por el ejercicio.
- Supongo que es un don que tengo- bromeé, dándome la vuelta mientras me volvía a estirar para alcanzar las malditas fuentes.
No llegué ni siquiera a estirarme del todo, cuando sentí su mano firme posarse en mi cintura.
Antes de que pudiera procesarlo, me levantó del filo de la silla con una facilidad que me dejó sin aliento.
Me bajó lentamente, haciendo que nuestros cuerpos se rozaron.
Pude sentir su calor traspasar la ropa, encendiendo mi piel.
Su boca quedó peligrosamente cerca de la mía, tan próxima que podía notar su aliento fresco, con un toque de mentol. Mis ojos se perdieron en los suyos, atisbando las pequeñas motas canelas en su iris oscuro.
Cuando mis pies tocaron el suelo, pasó junto a mí y, como si nada, sin ninguna esfuerzo, alcanzó las fuentes que tantos intentos me habían costado y que ni siquiera había podido rozar.
Lo observé sostenerlas con facilidad, el movimiento marcando sus bíceps se distinguía bajo su camisa.
La tela se levantó ligeramente al alcanzarlas, revelando un destello de su abdomen plano y definido.
Mis uñas habían recorrido esas líneas. Perdiéndose en cada una de ellas.
- Colibrí.
Su voz me devolvió a la realidad, eliminando el recuerdo de él encima de mí, desnudo y sus labios por todo mi cuerpo.
Uf.
Me estaba sonriendo, una sonrisa amplia y sincera que todavía me resultaba rara en él, pero que siempre me desarmaba. Cuando sonreía así, parecía… parecía estar en paz.
- ¿Sí?- murmuré, incapaz de apartar la vista de su rostro. Era algo tan poco habitual que lo sentía como si atisbara una estrella fugaz.
- ¿Dónde quieres que las deje?
- ¡Oh! En la encimera está bien