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Somewhere only we know
Flora
No habíamos vuelto a tocarnos, no habíamos vuelto a hablar. Estaba en lo cierto, el beso supo a despedida. Con ese beso despedimos algo que nunca había empezado. El principio de ningún fin, eso fue lo que fuimos.
Me había mantenido ocupada de manera premeditada desde entonces.
Estar ocupada me impedía pensar, la falta de tiempo hacía que no pudiera diseccionar cada pensamiento que danzaba libre por mi cabeza hasta obsesionarme con él.
Estar ocupada me hacía sentir bien, al menos me ayudaba a no sentirme sola.
Tampoco me dejaba margen a pensar en el nuevo anónimo que había aparecido encima de mi cama aquella misma noche.
No solo había conseguido enviarme anónimos a mi propia casa, si no, que había conseguido burlar la seguridad de un edificio diplomático.
Los mensajes estaban claros, podía entrar en mi vida cuando quisiera y no tenia intención de parar.
Mi corazón dejaba de latir, mi estómago se revolvía y mi piel se erizaba al recordar las líneas que había acompañado de una nueva fotografía. El reflejo de mi cuerpo tan solo tapado con un conjunto de encaje acompañaba sus palabras.
Soy un alma vacía, podrida, putrefacta, que su única esperanza era tú amor.
Te amé en cuerpo y en alma. Tú alma pura ha dejado de estarlo, el deseo es un pecado por el que puedes hundirte hasta llegar al infierno, ¿es esa la razón?
¿Deseas poder encontrarme? Yo siempre estaré en tú camino, mi vida dejó de tener un propósito si no es ese.
Te ha corrompido, te ha manchado, ahora la traición es lo único que late en mí.
¿Como algo bello puede transformarse en un sentimiento oscuro, lleno de remordimiento?
Esto tan solo deja una evidencia, ni siquiera las almas puras están libres de pecados y los pecadores disfrutamos de ser conscientes que no sois mejores que nosotros, solo sois otra forma, otro reflejo en el cristal.
Sois las debilidades de aquellos que podrían ser fuertes.
La traición, quema en mi pecho, ¿acaso salir de la oscuridad por ti, no fue suficiente? En el mundo de las tinieblas, mi fuego arrasa con todos. Miedo, es lo que causo, pero tan solo tu amor por mí, podría apagarlo.
¿Y tú? ¿Ya me temes?
Todas las demás cartas habían conseguido que el miedo se arremolinara en mi pecho, pero esta, rompió algo dentro de mi.
Me encogió el corazón, lo estrujó e intenté buscar una respuesta entre sus líneas.
Había intentado adivinar quien estaba detrás de los anónimos, encontrar una pista que me dijera algo de él, pero no hallaba nada.
Lo máximo que había conseguido averiguar eran las referencias que había en ellos, nada más.
Aún tenía la opción de presentarme en el despacho de mi padre y pedir ayuda, pero había una parte de mí, que no se fiaba que las paredes tuvieran oídos.
Nadie podía colarse en un edificio diplomático, al menos que la persona que me estaba enviando estos anónimos o era alguien que trabajaba aquí o conocía a alguien que lo hacía.
No estaba segura en quien podía confiar, a excepción de Diego, Efrén y Carlo, si comenzaban una investigación involucrarían a demasiadas personas y entre ellas podía estar el loco que encontraba liberador escribirme cartas con un retorcido uso de la biblia y de la historia del arte y literatura.
Metí las dos bandejas en el horno antes de terminar de preparar la guarnición que acompañaría al segundo plato. Estaba atacada. Había cocinado como si viniera media ciudad a cenar, pero cuanto más hacía, menos pensaba. Al final, merecía la pena.
Era la última noche del año e iba a conocer a los padres de Efrén y en cierta manera lo sentía como una presentación oficial de algo que no éramos. Creo que no me hubiera puesto tan nerviosa si me hubieran dicho que íbamos a acudir a una recepción con todas las puñeteras monarquías europeas.
Me había esforzado el triple para que esta cena fuera perfecta, desde la decoración de la casa y en especial la de la mesa, hasta la comida, delicadamente seleccionada.
La navidad se respiraba y se vivía en el interior de la embajada.
Velas, motivos navideños e invernales allá donde mirases y la vajilla perfecta, limpia y brillante.
Mi desquicie hacía que fuera incapaz de estar quieta más de dos minutos y absolutamente todo me irritaba. Una vez, mi padre había entrado a la cocina temprano, esta misma mañana, y por la manera en que lo miré, no lo había vuelto a hacer.
Era la primera navidad en toda mi vida, que éramos los anfitriones. Nunca había preparado una cena de navidad, nunca nadie había cenado por estas fechas en mi casa.
Durante años habíamos sido mi padre y yo, con muchos dulces, comida preparada en un restaurante y películas icónicas como The Holiday, Home Alone o Elf. O al menos eso era lo que hacíamos antes de entrar de lleno en la familia Lazio.
Fue entonces cuando había empezado a experimentar lo que era una navidad en familia, como las que salían en las películas.
En nuestro primer año celebrando Nochebuena, nadie que no fuera mi padre me había hecho un regalo en esas fechas, hasta ese día.
Recuerdo llegar a casa y llorar mientras admiraba el delgado anillo que ahora siempre llevaba conmigo.
Me sentí torpe abriendo esa pequeña caja con manos temblorosas luchando con el nudo que tenía en la garganta, no fue el anillo lo que me golpeó de lleno, si no la idea, de que ahora, tenía una familia.
Entendí, entonces, que no habría otra forma posible para mí en todo lo que me quedaba de vida de pasar cada Navidad, que no fuera escuchando las risas contagiosas de Iris y Kaia, el tono suave y lleno de ternura de Eda, y ver cómo un hombre cuya presencia podía intimidar a cualquiera, no era más que un oso de peluche gigante cuando estaba en el lugar adecuado.
Desde los fogones, distinguí las voces a alegres e infantiles de las mellizas, Kaia e Iris.
Aunque compartían el mismo cabello rubio rizado, el resto de su ser era un universo aparte.
Kaia, la mayor por minutos, era un torbellino de energía, tan decidida como una adulta a sus diez años.
Había nacido para liderar, no para seguir.
Llevaba encima de una moto desde los tres años, desde ese momento, los motores y la velocidad, se convirtieron en sus grandes aliados, para el tormento de su padre.
En cambio, Iris, era la princesa de la casa.
Con su caminar etéreo y grácil, parecía levitar mientras andaba, como si tuviera unas alas invisibles a ojos de los mundanos.
Su mundo no tenía motores, aceite ni ruido, sino quietud y belleza, reflejándose en sus puntas de ballet.
- Niñas, vamos a ver a Flora- escuché a voz de Diego desde el pasillo que conectaba el salón con la cocina, y su presencia se materializó pocos segundos después.
Me quedé mirando a ambas junto a su padre y maravillándome de la antítesis que era la una de la otra. Iris fue la primera en acercarse, sus ojos brillando con la pureza de la infancia, mientras su voz clara y alegre rompía el aire.
- ¡Flora!- exclamo, corriendo hacia mí con la energía de una niña feliz, arrollándome con su abrazo. El aroma dulce de su fragancia infantil me envolvió cuando besé la parte superior de su cabeza.
- Déjame que te vea- la separé de mí con cariño e hice que diera una vuelta sobre sí misma, que, como una verdadera bailarina, lo hizo despacio y elegante.
El vuelo de su vestido rojo de tul acompañó el movimiento- ¡Me encanta tú vestido!
¡Eres una autentica bailarina!- exclamé.
Iris sonrió con orgullo y dio una vuelta más, esta vez con sus puntas perfectamente estiradas, como una profesional.
- Papá, ¿cuándo voy a poder ponerme el pelo rosa como Flora?- le preguntó a su padre, con esa curiosidad tan característica en su mirada.
Iris levantó sus brazos, pidiendo de manera silenciosa, que la sentara en el único hueco libre de la encimera. Era el mismo gesto que hacía hace cinco años, cuando las conocí.
- Cuando seas mayor- respondió tranquilamente antes de acercarse a darme un beso en la mejilla .
- ¡Yo ya soy mayor!- se quejó Iris, haciendo un puchero y cruzando los brazos con indignación- ¡Mamá, papá no me deja ponerme el pelo como Flora! ¡Y yo ya soy mayor, tengo diez años!
Desde la puerta, vi a mi padre con Eda, el amor de la vida de Diego, quien sostenía dos cajas adornadas con motivos navideños. En letras doradas y cursivas, se leían las palabras pandoro y panettone.
- Todavía no eres tan mayor. Al menos tienes que acabar el cole, y ya sabes lo que falta- le contestó con paciencia mientras dejaba las cajas encima del poco espacio que quedaba encima de la mesa.
- Seis largos años- intervino Kaia, sacándome una sonrisa. Iris, por su parte, se llevó su manita a la barbilla, reflexionando, y comenzó a contar con los dedos los años que le faltaban.
- ¡Si a ti te gusta ir al cole!- exclamó Eda.
- Me gusta leer, pero no aprender cosas tontas y estar con niñas tontas- intercambie una mirada rápida con mi padre, intentando aguantarme la risa- Si no tuviera que ir a ese cole podría estar con la moto.
El cole es para saber lo que quieres ser de mayor, y yo ya lo sé- concluyó Kaia, con una lógica tan simple y aplastante que no podíamos recriminar.
- ¡Sin cole no hay moto!- sentenció Eda, con el tono firme de quien ya había tenido esa discusión varias veces.
Kaia puso los ojos en blanco con la exageración propia de una niña ante la imposición de su madre- ¡Vamos, cariño, vamos a terminar de poner la mesa!
- dijo Eda a Iris, extendiéndole la mano para ayudarla a bajar.
- ¿Y luego puedo abrir los regalos que hay debajo del árbol?-preguntó Iris, con la mirada llena de esperanza.
- ¡No hasta después de la cena!- respondieron, Diego, Eda y Kaia al unísono, como si lo tuvieran ensayado.