19 #5
Los ojos azules de mi padre continuaban clavados en el lugar donde mis dedos descansaban alrededor de la muñeca de Efrén. Mi corazón se aceleró. Sabía que debía soltarlo, que ya no había razón para mantener el contacto, pero mi cuerpo parecía negarse.
Contra lo que debía de hacer, mi agarre se hizo más fuerte. No necesitaba fijarme en los rostros desconocidos para saber que el gesto no había pasado desapercibido, era mi guardaespaldas y yo me estaba aferrando a él como una boya en un mar abierto.
Esto me iba a traer problema antes o después.
Efrén:
Estoy a salvo, mis cojones.
Me había costado menos de dos minutos colarme dentro de la casa y hubiera sido uno si no hubiera tenido a Diego taladrándome el tímpano con órdenes que no iba a seguir.
No entendía cómo sabía con certeza que algo iba mal; era una seguridad que no podía explicar, una corazonada que me decía que debía de ir junto a ella.
Era la misma sensación que tenía con mi hermano.
No se puede explicar con palabras, simplemente lo sabes.
Sabes que algo va mal, el pensamiento carcome tu cerebro y te activa hasta que estás ante el peligro y ese peligro era una señora adinerada que había querido humillarla hasta que habían intermediado los Stracci.
Había querido hacerla callar desde el principio, pero al mencionar a su madre, el límite se rompió. La habría hecho tragar su lengua hecha pedazos, solo para apaciguar el dolor que con dificultad lograba contener.
Flora no se había amedrentado, le había plantado cara, se había mostrado dura pero educada, no le había dejado avanzar, no le había mostrado el dolor que sabía que había sentido. Era más fuerte de lo que ella misma se pensaba.
Sabía que era capaz de defenderse de cualquier víbora; lo que realmente me preocupaba es que, si se hubieran intercambiado más de dos palabras fuera de lugar y esos supuestos secretos hubieran salido en ese momento, se hubiera encontrado en un fuego cruzado mientras que yo debía estar lejos de ella.
Tan solo pensar que podría ocurrirle algo, que una bala podría rozar su suave piel, me helaba la sangre.
Al igual que el hecho de tener la certeza de que tan solo me había hecho falta notar su tacto para calmarme.
Estaba jodido.
- Fuera. Ahora- mi voz sonó más seca de lo que había planeado, pero no podía contenerme.
Me giré y salí al jardín, donde el aire frío apenas conseguía calmar el fuego que me consumía por dentro. La luz cálida de las lámparas exteriores iluminaba su rostro desafiante, con sus ojos brillando con intensidad. Sabía que estaba a punto de estallar, y yo no estaba de humor para suavizar nada.
- Ahórrate cualquier cosa que quieras echarme en cara- dijo antes de que pudiera hablar.
La forma en que se planto ahí, retándome, me hizo perder la poca cordura que me quedaba.
- Te dije que no debías confiar en ellos- mi voz cargada de reproche pero también de un miedo inconfesable.
- Lo único que han hecho ha sido defenderme.
- ¿Defenderte?- mi risa fue amarga, provocando que se tambaleara sobre sus altos tacones.
Me sentí como un gilipollas al instante- Si esa mujer llega a irse de la lengua, estabas en medio de fuego cruzado, Flora.
¡Había tantas armas a tu alrededor que lo que me sorprende es que no hayas visto ninguna!
- ¡Las he visto! ¡Claro que las he visto!
- respiró un par de veces colocando las manos sobre sus caderas, avanzando un paso hacia mí.
Sus iris café oscuro lanzaban llamaradas, si creía que su cabreo podía disminuir el mio, lo llevaba claro- He visto el arma de Enzo, de Gabriele, de Darío, de Fabio, de Enrico, incluso los encargados de la seguridad de Alessandro.
¡No estoy ciega! Aunque te cueste creerlo, no me he puesto en peligro adrede.
¡No he decidido ser el centro de un fuego cruzado! ¿Qué querías que hiciera?
Respiré profundamente, intentando calmar la rabia que me quemaba el pecho. Pero Flora tenía esa habilidad: sacarme de mis putas casillas en cuestión de un segundo. Lo hacía tan rápido como distraerme.
- Que me hagas caso joder. Sí crees que lo digo para enfadarte, es que no me conoces. Te lo digo por tu seguridad.
- No ha pasado nada- su tono era cortante, como si intentara zanjar el tema- No debías de haber entrado. Tenías una orden directa de quedarte fuera y esto te va a traer consecuencias. ¡Y va a ser por nada!
- Me importa una mierda las consecuencias, Flora- mis palabras salieron cargadas de frustración- No te iba a dejar sola, aunque eso deberías de saberlo.
Ella desvió la mirada, y el silencio que cayó entre nosotros fue insoportable. Finalmente, murmuro:
- Tengo que volver. Tengo que pedir perdón- se rasco la frente con aire distraído. Se dio la vuelta para marcharse, y algo dentro de mí se rompió.
- Un error y estas muerta- mi voz temblaba, pero no de miedo, sino de la mezcla de emociones que llevaba dentro: enfado, desesperación y algo que no podía nombrar .
Había sido entrenado para pensar con la cabeza fría.
Para tener controlados cada uno de mis sentimientos y no fallar.
Mi cabeza debía estar concentrada, yo, debía de estar concentrado en un solo objetivo.
Y por el contrario estaba a punto de sajarme el corazón delante de una niña de pelo rosa y los ojos más increíbles que había visto en mi puta vida.
El equipo de operaciones especiales era una feria en comparación con intentar no postrarte a la persona que ponía tu mundo del revés cada vez que pestañeaba.
- Un maldito error y no vuelvo a verte. No es enfado lo que siento, colibrí, es miedo. Miedo de no estar donde debería, de saber que lo puedo evitar. Es temor por perderte. ¿Lo entiendes? ¿Entiendes que no puedo perderte?
- Últimamente parece que lo único que cometemos son errores.
- Yo nunca dije que fue un error.
- No, no dijiste nada- sus palabras me golpearon como un disparo a quemarropa- Hay veces, que la falta de palabras hace que los sentimientos se escuchen más altos.
- Acordamos que fue solo una vez- murmuré, más para recordármelo a mí mismo que a ella.
- ¿Y qué ocurre si yo no quiero que sea solo una vez? - su voz era apenas un susurro, como si no le quedaran fuerzas- ¿Si no tengo bastante? ¿Si siento que para ti tampoco fue suficiente?
- Colibrí, yo…
- Para ser tan valiente en la seguridad, eres un cobarde con tus sentimientos, Torres.
- Colibrí, yo no…
- Flora Hidalgo, para ti- su voz era cortante, como una sentencia- Haz como si no existiera, que yo haré lo mismo.
- No puedes pedirme eso- dije, dando un paso hacia ella, incapaz de contenerme.
- Soy tu clienta, puedo pedirte lo que me venga en gana- su mirada se había convertido en un bloque de hielo- De hecho, no quiero verte en lo que queda de noche, señor Torres. Lárguese antes de que le despida. Así los dos cometeremos un error.
- Colibrí..- di un paso en su dirección, mi mente buscaba desesperada las palabras correctas, las que arreglaran lo que estaba a punto de romperse entre nosotros.
Pero últimamente, todo lo que decía parecía ser el motivo de una nueva discusión.
Tomé su rostro entre mis manos, acariciando sus suaves mejillas perdiéndome en esos ojos que con tanto enfado me miraban.
Ella no era consciente, pero cuando se enfada sus ojos se oscurecían, tornándose en un oscuro marrón con brillaba con todos los sentimientos de su interior.
- No me toques. No me toques- dio un paso atrás, no soportaba mi tacto y me lo merecía, merecía que no me soportara- Dormimos juntos en Bruselas pero no hablamos de ello, dormiste en un suelo de un baño porque estaba enferma, pero no hablamos de ellos.
Me viste hablar con Carlo y te largaste pero no hablamos de ello, nos acostamos pero no hablamos de ello, me diste a entender que te gustaba de verdad, pero no hablamos de ello.
¿Sabes la diferencia entre tú y Carlo? Que al menos él, si quería hablar conmigo.
Estoy cansada de ser la segunda opción y de esperar a que algo cambie.
Igual solo tengo que coger lo que si puedo tener- una bala hubiera hecho menos daño que sus palabras.
- ¿Qué quieres de mi colibrí? ¿Qué quieres? ¿Qué te puedo dar?- era un puto hipócrita, un impostor, que decía las palabras que ya tenían respuesta. El problema era que no podíamos tener la respuesta que ambos queríamos.
- Quiero poder entenderte. Quiero que hables conmigo.
- No puedes entenderme, porque ni yo mismo lo hago.
¡Joder lo tenía todo bajo control! Y tenías que llegar tú.
Maldita Roma y su locura- me pasé las manos por el pelo, frustrado, desviando la mirada varias veces antes de clavarla en ella- No lo entiendo.
No entiendo que me ocurre cuando te tengo cerca.
No entiendo que mi corazón que creía muerto se acelere cuando estas a mi lado, cuando te veo sonreír o cuando el olor de tu pelo llega a mi.
No lo entiendo. ¡Ayúdame a entenderlo! ¿Por qué yo Flora?
¿En que momento traspasamos la barrera a la que odiaría volver y a la vez, es la única forma de que esto funcione?
- No puedes pretender decirme todo esto y que quede en nada, es injusto, Efrén.
- No, no lo es. Es lo más justo para ti.
No quiero que pienses que no me gustas, que no me atraes hasta perder el juicio y que en otra vida, hubiera sido un cabrón con suerte por tenerte.
Pero la realidad es que trabajo para ti, te guste o no y lo que te mereces no es nada de esto, colibrí.
No pienso iniciar algo, que sé, que va a lastimarte.
No voy a iniciar algo que solo me beneficiaría a mí .