19 #4
El aire pareció tensarse aún más, como una cuerda a punto de romperse.
Observé fascinada cómo el rojo escarlata ascendía desde el cuello de Victoria hasta inundar sus mejillas excesivamente maquilladas.
La furia y la humillación luchaban por controlar su rostro mientras el resto de los presentes fingían desviar la mirada, aunque no podían evitar captar cada segundo de la escena.
- ¡Mi marido es fundamental para vuestros negocios! ¡Sin él…!- comenzó a gritar Victoria, pero su voz temblaba, quebrándose entre el orgullo, la desesperación y el miedo.
Enzo esbozó una sonrisa fría y dio un paso hacia ella, lo justo para invadir su espacio personal sin perder la elegancia que lo caracterizaba. Juraría que la mujer dio un leve traspié hacia atrás, ante la amenazaba que latía en el ambiente .
- Le aconsejo que se detenga ahí- dijo, con un tono controlado y bajo, lo que lo hacía más intimidante- Para su información, los negocios que tenemos con su marido van a ser finiquitados por impago.
Y, sumado a su falta de educación, que está claro que no otorga el dinero, no habrá ninguna relación futura entre ustedes y nosotros- la pausa fue calculada, su mirada una daga- Así que, le repito, abandonen la casa familiar.
Y será mejor que lo hagan por decisión propia.
La tensión en la sala era palpable. La voz de Enzo, aunque calmada, resonaba creando eco en el salón, levantando la atención de todos los presentes.
En cuestión de segundos, nos encontramos rodeados por todos los integrantes de la familia Stracci, quienes miraban a Victoria tan fijamente que no me extrañaría si la mujer echaba a correr en cualquier momento.
Sentí dos manos cálidas posarse sobre mis hombros, y al girarme, me encontré con Chiara y Lia, quienes me mostraban su apoyo de forma silenciosa.
Sus expresiones serenas, tranquilizaron un poco a mi corazón que latía salvajemente en el centro de mi pecho.
Era como si sus miradas fueran el recordatorio de que no estaba sola.
Sin embargo, lo que realmente me tomó por sorpresa fue cruzar mi mirada con la oscura e impenetrable de Efrén.
No tenía idea de cómo había conseguido entrar sin que nadie del equipo de seguridad le hubiera dado el alto, pero ahí estaba, a escasos metros de mi, observando con una expresión férrea los siguientes movimientos.
Ya me lo había advertido: entraría, pasara lo que pasara .
Victoria Leone, acorralada, no parecía estar dispuesta a tomar la decisión más sensata. Se aferraba a su copa de champán como si fuera su última tabla de salvación, mientras su mente probablemente buscaba desesperada una salida a la humillación.
Pero yo sabía, y probablemente también ella, que ya era demasiado tarde. Por eso, ver el brillo de la venganza en su iris, no me sorprendió lo más mínimo. Las palabras que a continuación iban a abandonar su boca, serían el comienzo de una guerra.
- ¡Esa elección le corresponde a tu padre, no a un crío de veinticinco años!- vociferó, mirando a Enzo con furia- ¡Si nosotros habláramos, estaríais en serios problemas!
- ¿Y quien se iba a poner de su lado, señora Leone? Por que yo aquí no veo a nadie que vaya a mover un dedo por ustedes-conocía lo suficiente a Enzo como para saber que estaba a punto de perder la paciencia o echarse a reír en la operada cara de la víbora número uno.
Victoria miró rápidamente a sus supuestas amigas en busca de apoyo, pero estas agacharon la cabeza y retrocedieron sin decir palabra. Eran sumisas, pero no lo suficiente como para enfrentarse al peso de los Stracci.
La sala entera la observaba con una mezcla de indignación y desprecio. Pero, lejos de amedrentarse, continuó con su verborrea, empujada por el orgullo herido y una peligrosa falta de sentido común.
- ¿¡Vais a cambiar años de lealtad por defender a una don nadie!? ¡Hemos guardado secretos de la familia durante años! ¡Secretos que matarían por tener vuestros enemigos! ¡No me puedo creer que preferías a esta niñata a nosotros!
Sus gritos rebotaban contra las altas paredes, para este momento no había nadie que no tuviera los ojos clavados en nosotros. Cuando finalmente dio media vuelta para marcharse, se encontró frente a Alessandro Stracci, cuya expresión era de una calma peligrosa, casi letal.
En lugar de retroceder, Victoria cometió el peor error: continuar hablando. Aquella horrible mujer se estaba cavando su propia tumba.
- Sin la empresa de mi marido, estáis vendidos ante los Altieri. Ellos estarían más que interesados en saber cómo hacerse con esa parte de la ciudad. ¡Caterina Fiore y los Altieri, nos pagaran miles por la ruta!
Apenas perceptibles, pero peligrosos, los movimientos sincronizados de los presentes fueron letales: cada miembro de la familia Stracci cargó su arma, apuntando con precisión a la suicida mujer.
El sonido de los seguros, casi inaudible en situaciones normales, se tornó protagonista en ese momento.
El brillo del metal era suficiente para helar la sangre a cualquiera.
- Rogareis por nuestro silencio- soltó como sentencia final, aunque su voz temblaba como una hoja de papel, traicionándola.
Alessandro dio un paso hacia ella, quedando a escasos centímetros. Su presencia imponente la hizo retroceder literalmente, aun siendo todavía la diana de todos los cañones.
- Jamás rogamos a quienes que no se lo merecen, señora Leone- su voz era baja, pero resonaba con una autoridad absoluta- Si tanto le preocupan los negocios de su marido, le sugiero que le pregunte qué habría ocurrido si no hubiéramos intervenido nosotros- dio otro paso, inclinándose ligeramente hacia ella- Y para que conste, apoyo totalmente las decisiones de mi hijo.
Quizá se le ha olvidado con quién está hablando.
Él es el futuro de la cúpula. No lo olvide.
Con gesto deliberado, Alessandro se apartó para dejarle el paso libre, pero Victoria no avanzó. Frente a ella, bloqueando su salida, estaba mi padre.
El odio en sus ojos era algo que jamás había visto en él. Su postura era firme, su mandíbula apretada, y su voz, aunque contenida, rezumaba una ira helada.
- Mi hija se merece una disculpa- dijo, interponiéndose en su camino.
Creía que Alessandro la haría flaquear, pero quien realmente la hizo estremecerse fue mi padre. A veces tenía la sensación de que no lo conocía del todo, como si en ciertos momentos emergiera una parte de él que nunca había visto antes.
Victoria miró a mi padre, después a la sala, que se encontraba en un silencio sepulcral, y por último a mí. Su mirada oscilaba entre el desprecio y una mezcla de rabia contenida. Era increíble cómo, en cuestión de segundos, la tensión podía alcanzar un punto de ebullición.
- Si después de esto alguien más acaba muerto, será culpa tuya, y ya no solo tendrás que llorar la muerte de tu madre-escupió con una crueldad que dejó a la sala en estado de shock .
Un murmullo ahogado se extendió entre los presentes. Las palabras de Victoria eran un golpe bajo que nadie se atrevía a decir en voz alta.
Efrén, quien hasta ahora había mantenido una distancia prudente, apareció de repente a mi lado.
Su presencia era imponente, y su mirada, fija en Victoria, desprendía una furia que no aventuraba nada bueno hacia la víbora número uno.
Su rostro permanecía inexpresivo, pero el leve temblor de su mandíbula y la intensidad de sus ojos lo delataban.
Dio un paso al frente, y antes de que pudiera hacer algo que todos lamentaríamos, mi mano se cerró firmemente alrededor de su muñeca.
- No lo hagas- murmuré en voz baja, apenas en un susurro que solo él pudo escuchar.
Efrén se detuvo, aunque su mirada seguía clavada en ella, llena de odio. Sentí cómo sus músculos se tensaban bajo mi agarre, pero no dio un paso más. Aunque estaba quieto, su rabia seguía vibrando en el aire, tangible, como una tormenta contenida.
Durante un instante fugaz, su mirada se desvió hacia mi mano.
El calor de su piel bajo mis dedos, el contraste con mi tacto frío contra el suyo candente, parecía crear una conexión invisible entre ambos.
Noté cómo sus ojos recorrían el lugar donde nuestras pieles se tocaban, antes de volver a fijarse en Victoria.
Mi corazón había dejado de latir, ni siquiera oía lo que en esa sala ocurría, tan solo anhelaba que volviera a mirarme y a sentir una vorágine de emociones al saber que tan solo le había hecho falta mi tacto, para no avanzar, para quedarse.
Era una certeza que me llenaba de un extraño y desconcertante poder.
- Olvídate de ella- dije en bajito y con una voz dulce.
Habíamos llamado aún más la atención, hasta quienes estaban en el exterior, tenían sus ojos clavados en nosotros. Y por muy desagradable que fuera aquella mujer, no quería que le hiciera cualquiera de las cosas que estaban pasando por su mente.
- ¡Porta quella stronza fuori da casa mia, subito! - dijo Aurora, con voz serena pero cortante.
Con una calma que parecía contradecir a la tensión del momento, dejó su copa de vino blanco sobre la mesa de cristal y, con sus hijos siguiéndola como un séquito, se dirigió hacia la puerta.
Su elegancia al moverse, el balanceo dejó sus caderas, no era una señal tranquilizadora; sino una advertencia.
- ¡Por favor, no dejéis que este pequeño problema interrumpa vuestro disfrute!
¡La fiesta debe de continuar!- alentó Alessandro al resto de sus invitados, con tono persuasivo devolviendo algo de normalidad al ambiente.
Los invitados, aunque todavía tensos, comenzaron a actuar como si nada hubiera ocurrido- Lorenzo, me encantaría invitarte a una copa en mi despacho- añadió Alessandro, buscando conocer el control de daños que puede haber hecho los comentarios hirientes de la señora Leone.