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- Dejémosles- dijo con un guiño cómplice, señalando a mi padre y al grupo cercano- Seguro que se ponen a hablar de cosas aburridísimas, y estoy mucho más interesada en saber de ti.
Con su brazo enlazado con el mío, me guió hasta el lado opuesto del salón, lejos del bullicio principal, como si quisiera apartarme del resto del mundo por un momento. Lo hizo con una elegancia fluida que apenas tuve tiempo de reaccionar.
- No hay mucho que contar señora Stracci. Creo que se va a llevar una desilusión- dije, intentado mantener la compostura ante las miradas inquisitivas del resto de invitados.
Aurora soltó una carcajada, una mezcla de diversión y seguridad, mientras su mirada fija en la mía destilaba curiosidad.
- ¡Oh, cariño! ¡Lejos estás de poder desilusionarme!
- replicó con una sonrisa intrigante, como si leyera más allá de mis palabras- Estoy segura de que tienes mucho que contarme.
Por ejemplo, cómo conociste a mis hijos- añadió con un tono casual, aunque calculado- Porque, según tengo entendido, debes de ser de las pocas personas que, sin criarse con ellos, ha conseguido ser una buena amiga y eso es extraño en nuestro mundo.
Nos acomodamos en uno de los cómodos sofás, y la conversación fluyó con una sorprendente naturalidad. Hablamos de todo: cómo había conocido a sus hijos, como había logrado mantener la amistad con ellos a lo largo del tiempo, e incluso compartí algunos detalles de mi vida.
Aurora irradiaba un afecto que sentí como maternal. Una calidez que me envolvía y, al mismo tiempo, hacía que mi corazón se encogiera de melancolía al recordar lo que jamás podré tener.
Enzo, Darío y Gabriele eran inmensamente afortunados, aunque probablemente ni siquiera se daban cuenta de ello. Tenían como madre a una mujer fascinante, y por primera vez entendí plenamente por qué los Stracci eran quienes eran.
- Aurora, querida, una fiesta increíble, ¡no le falta detalle!
-exclamó una de las mujeres que se acercaron a nosotras, brillando bajo las tenues luces del salón, enjoyadas de cabeza a pies.
Sujetaban una copa de champagne con unos movimientos claramente ensayados con anterioridad- Siempre te superas para que sea la fiesta más exclusiva de la ciudad.
Sonrieron al unísono, pero sus ojos se dirigieron inmediatamente hacia mí, escudriñándome de arriba abajo con un descaro apenas disimulado.
- Nos esforzamos para que nuestros invitados estén cómodos- respondió Aurora con cortesía.
- ¡Desde luego! ¡Estamos más que encantadas con que nos invitéis cada año!
- añadió otra de las mujeres, con una sonrisa demasiado afilada mientras lanzaba miradas alternadas entre Aurora y yo.
Era evidente que se preguntaba quién era yo y, más importante, qué hacía robándole tiempo a la anfitriona de la noche .
- No hemos podido evitar fijarnos en ella.
¿Acaso es la novia de alguno de tus hijos?
- preguntó la primera mujer, que parecía la cabecilla de todas, con una sonrisa impecable, aunque cargada de malicia.
Antes de que Aurora pudiera responder, me recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en cada detalle con aire despectivo- No creo.
Como mucho, será una de las múltiples chicas con las que se relacionan. Está claro que le falta vuestra clase.
El aire se tensó al instante y aunque su tono fue tan cortante como el filo de una navaja, Aurora, respondió con una calma inalcanzable.
- Victoria, considero de una falta de educación que hables de Flora como si no estuviera aquí. Y en cuanto a la clase…-ahora fue su turno para pasear la mirada por la víbora número uno y encarnar una de sus perfectas cejas pelirrojas- Está claro que discrepamos.
- ¡Oh, no, querida! ¡Nada más lejos de mis intenciones!
-replicó la tal Victoria, llevándose una mano al pecho con falsa inocencia- Simplemente no la recuerdo, y sabes bien que nunca olvido una cara.
Si fuera una muchacha de buena familia o una posible pareja de alguno de los Stracci, jamás la olvidaría.
Un sonido, mezcla de carcajada y resoplido, escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo. El descaro y la prepotencia de aquella mujer rozaban lo absurdo, pero la firmeza con la que Aurora me defendió era suficiente para mantener mi compostura…pero no mi boca cerrada .
Normalmente no emitía sonido y me limitaba a sonreír con cortesía y a ser complaciente, pero últimamente mis límites estaban desdibujados y mi paciencia, consumida tras años de contención.
- Es difícil de olvidarse de una cara como la suya, especialmente si entra del brazo de su padre, el embajador de España en Roma- dijo Aurora con una sonrisa felina. Al instante, las miradas inquisitivas del grupo de mujeres se transformaron en una mezcla de sorpresa e interés mal disimulado.
- ¡La hija de Lorenzo!- exclamó víbora número uno, con un entusiasmo repentino que solo lograba parecer falso- ¡Pensábamos que debías de ser mucho más pequeña! Debió de tenerte muy joven…o, por contrario, ¡se mantiene en plena forma!
Las risitas cómplices que siguieron solo avivaron el fuego en mi interior.
- ¿Lorenzo?- interrumpí, fingiendo sorpresa- No tenía idea de que fueran tan cercanas a mi padre. Tan solo sus amigos más íntimos tienen el privilegio de llamarle por su nombre, tales como los Stracci. Y que curioso, porque no tengo recuerdo de que les hay mencionado en ninguna ocasión.
Mí contestación cayó como una losa, apagando las risas al instante.
Víbora dos y tres, miraron a víbora uno con desconcierto y con sus venenosas bocas transformadas en una “O” perfecta.
Sin embargo, víbora uno, con la seguridad de quien no conoce la derrota, cambió rápidamente su expresión a una máscara de calculada frialdad .
- Victoria Leone, encantada de conocerte- dijo, sus labios rojos se estiraron en una sonrisa, llevándose la copa hacia ellos, haciendo brillar el diamante de su alianza- Tu padre es muy conocido y respetado en nuestros círculos, jovencita.
- No quita que para ustedes sea el señor Hidalgo- repliqué con calma, ignorando su intento de superioridad- Si fueran tan cercanas como afirman, conocería sus nombres. Pero, por el contrario, no lo hago. Y yo, a diferencia de ustedes, tengo buena memoria.
El silencio que siguió fue incómodo, tenso, casi tangible. Las dos acompañantes junto a Victoria me miraban ahora con desprecio, sin disimular ni un apetece lo zorras que eran. Pero lejos de retroceder, víbora uno, dejó caer su siguiente ataque con una sonrisa venenosa.
- Ya que nos hemos conocido, solo queda que conozcamos por fin a tu madre. ¿Ha podido hoy honrarnos con su presencia? Nadie querría perderse esta fiesta, aunque puede que esté muy ocupada y esa es la razón por que no la hayamos conocido todavía.
Su golpe había ido directo al centro, certero y sin concesiones.
Lo de zorra se le quedaba corto.
Aurora, con un gesto casi maternal, agarró una de mis manos entre las suyas. La tenía cerrada con tanta fuerza que mis uñas se clavaban en mis palmas. Antes de que Aurora pudiera intervenir, me adelanté.
- Sí, está realmente ocupada, sobre todo teniendo en cuenta que está muerta. ¿Quiere que la salude de su parte, señora Leone? Ya sabe, cuando vaya al cementerio a poner flores sobre su tumba.
El impacto de mis palabras fue evidente. En otro momento, este comentario sobre mi madre habría hecho que me retirara, buscando suavizar la situación. Pero hoy no. Hoy no tenía paciencia para fingir ni tolerar a unas cuantas víboras con perlas en sus cuellos.
No sabía si había escuchado los rumores que nunca habíamos aclarado, y por eso había hecho esa pregunta, o si simplemente era la víbora que pensaba que era y buscaba morder de cualquier manera, dejando su veneno allí donde pudiera. Sea como fuese, hoy no podría conmigo, no me derrumbaría.
Sonreí con tranquilidad, sosteniendo su mirada mientras esperaba su contestación.
Por el rabillo del ojo, noté una figura tras ella: Enzo Stracci había estado escuchando toda la conversación.
Su expresión era impasible, no había movido ni un músculo.
Pero sus ojos… esa mirada gélida e implacable parecía capaz de derretir un glaciar.
Estaba deseando ver cuál sería su siguiente movimiento.
Lo único que sabía con certeza era que, si Enzo intervenía, el marido de Victoria podía dar por terminados sus negocios con la familia.
Y, quién sabe, quizá en el futuro ella misma tendría que empeñar sus perlas y diamante para mantenerse a flote en la alta sociedad italiana.
Porque nadie, absolutamente nadie, osaría darle la espalda a los Stracci.
A juzgar por las llamaradas que parecían prender fuego en los ojos cristalinos de Aurora, está conversación no iba a quedar aquí. Ni mucho menos .
- Ahórrese contestar, señora Leone- dijo entonces Enzo, haciendo que las tres mujeres se giraran en su dirección, sorprendidas.
Su porte imponente y su belleza clásica, acentuada por el impecable traje oscuro que llevaba, dominaban la estancia- Hasta el momento he decidido ignorar, de manera premeditada, sus comentarios fuera de tono-continuó con calma, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón mientras con la otra sostenía un vaso de cristal donde el líquido ámbar oscilaba con cada movimiento- Si me pregunta la razón, es porque sabía lo que implicaba tratar con una mujer como usted.
Sin embargo, en mi casa no le consiento que falte el respeto a una persona que consideramos familia.
Le voy a pedir encarecidamente que usted y su marido abandonen mi hogar, si son tan amables.