Fuimos Roma 19 #2
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19 #2

Si es que podía llamarse así. Todas las habladurías que había escuchado acerca de esta casa, quedaron relegadas a un plano tan mínimo que no le hacían justicia.

Estaba tan consternada como maravillada por el palacio que tenía frente a mis ojos.

Conocía la alta posición social de los Stracci, pero jamás imaginé que alcanzara tan nivel.

La residencia era un palacio reconstruido, que conservaba la torre original y los jardines que la rodeaban.

La piedra blanca emanaba una imagen limpia y perfecta, pero las flores de diferentes colores le daban un toque cálido, casi hogareño.

Todo estaba cuidado hasta el más mínimo detalle, y se habían esmerado para crear una entrada de ensueño, iluminada por luces cálidas que guiaban a quien entraba.

Todavía no había anochecido y los rayos del sol se reflejaban en la fachada del palacio.

Vivían en una realidad de ensueño modernizado hasta un nivel que rozaba lo irreal.

Efrén avanzó con el coche hasta la puerta principal, deteniéndolo justo a los pies de los escalones que conducían a la entrada del palacio. Como en ocasiones anteriores, se habían reunido conmigo antes de la fiesta para repasar el plan de actuación, pero esta vez todo era diferente.

El palacio estaba custodiado por un sistema de seguridad del más alto nivel, y el acceso solo estaba permitido a los encargados de la seguridad de los Stracci. Estábamos completamente solos dentro, ni siquiera Diego podía entrar. Su casa, sus reglas.

Ni que decir tiene que la cara de Efrén al escuchar esas palabras era de desacuerdo absoluto, pero, como siempre, mantuvo la compostura ante la negativa de sus dos superiores .

Sabía que odiaba que mi seguridad dependiera de otros, y más, si era de la familia Stracci de quién dependía. Era una orden directa y debía acatarla.

El ronroneo del motor no cesó cuando nos detuvimos. Yo miraba por la venta aunque por el rabillo del ojo, distinguí cuando en un movimiento silencioso, Efrén se giro sobre su asiento para clavar sus ojos en mí.

- Escúchame bien, colibrí. Me da absolutamente igual el acuerdo al que haya llegado tu padre con la seguridad de los Stracci, si pasa algo o siquiera te veo mala cara, entro- iba a replicar pero se adelanto- Guárdate las quejas, colibrí, me dan igual.

Si necesitas un plan de escape es este: debes de ir directa a la cocina, al fondo de todo de la casa, donde saldrás y tendrás menos de medio metro de distancia a la entrada de la torre, no te preocupes, la entrada esta cubierta, ninguna bala podría llegarte desde ahí.

Han reformado la torre y crearon un sótano que no aparecen en los planos oficiales, vas hasta la otra punta y encontrarás una puerta, esta abierta, no tiene acceso desde fuera.

La abres e irás directamente al bosque y de ahí a la carretera principal.

Si no pudiera llegar a ti, tienes que recordar esto, ese es tu plan de escape.

- ¿De dónde has sacado toda esta información?

- Investigando, ¿recuerdas todo lo que te he dicho?- puse los ojos en blanco pero asentí.

- Cocina, torre, sótano, puerta, bosque y carretera. Lo he pillado.

- Bien y ¿colibrí?- me paré antes de bajar del coche .

Le mire directamente a los ojos, puede que en un principio me fuera imposible adivinar que estaba pensando, pero ahora, empezaba a conocerle y sabía que estaba intentando buscar las palabras para calmar los ánimos, el problema, es que las únicas que lo solucionarían, nunca iban a abandonar sus labios.

- Solo fue una vez, señor Torres- agarré la manilla de la puerta, dejando entrar el gélido aire.

Salí al exterior y, apenas sentí el aire helado de la noche, me apresure a ponerme el abrigo largo que había traído conmigo.

A pesar de que solo eran unos pasos hasta la entrada, el frío típico de esta época del año era implacable.

Antes de que pudiera siquiera darme cuenta, Diego apareció junto a mí.

Con movimientos cuidadosos, me ayudó a ajustarme el abrigo, asegurándose de que estuviera perfectamente colocado.

- Estas preciosa ratona y recuerda, nadie puede hacerte de menos si no se lo permites- dijo con su constante expresión seria, aunque sus ojos destilaban el cariño suficiente como para no ser necesitaría una sonrisa.

Le sonreí y me toqué la nariz, haciendo nuestro gesto secreto.

Diego bien sabía que lo que me esperaba era un nido de víboras y depredadores.

Lejos de encantarme moverme en esos círculos, lo detestaba.

Me hacían sentir insegura, vulnerable a los comentarios que, aunque había aprendido a esquivar, aún dejaban su huella.

Aunque nunca venía mal tener una Olivia a tu lado.

Mi padre me esperaba un escalón por encima, vestido con un traje azul oscuro hecho a medida, irradiando autoridad y confianza.

Me ofreció su mano, que tomé con una mezcla de orgullo y nerviosismo.

Al entrelazarla con la mía, nuestras respiraciones creaban pequeñas nubes blancas que se desvanecían en el aire helado.

Caminamos juntos hacia la entrada con paso seguro. No tardaron en recibirnos, recogiendo nuestras pertenecías con una precisión casi coreografiada y ofreciéndonos una copa de champagne en una fina cristalería.

Nada más entrar, una imponente lámpara de araña capturaba toda la atención. Miles de cristales colgaban en cascada, reflejando la luz cálida y llenando el espacio de destellos.

Ante la idea errónea de que se iba a tratar de una casa fría y poco acogedora me encontré de bruces con un hogar, lleno de muebles antiguos mezclados con los de diseño junto a los que se encontraban fotografías enmarcadas de cada miembro de la familia.

Cubrían cada parte disponible, intercalando momentos pasos en grabados en blanco y negro hasta el color vibrante, que capturaban las escenas más recientes.

El crepitar de la chimenea encendida dominaba el ambiente, llenando la estancia con el sonido reconfortante del fuego, mientras el calor envolvía el lugar, haciéndolo aún más acogedor.

Las vigas de madera del techo, dejadas a la vista, aportaban un toque rústico que contrastaba con las paredes blancas adornadas con celosías.

La mezcla de la tradicional y de la modernidad transmitía poder, pero también un encanto atemporal.

El salón principal había sido transformado para la ocasión.

Donde antes debía de haber sofás, ahora se extendía un espacio abierto, con pequeños rincones estratégicamente pensados para sentarse.

Camareros impecables se movían con fluidez entre los invitados, sosteniendo bandejas con copas de champagne y aperitivos.

La estancia estaba llena de largas velas blancas con detalles en rojo sobre robustos candelabros y porta velas del mismo metal, a juego con los adornos que colgaban sobre el majestuoso árbol de Navidad que se erguía al fondo.

La Flora niña hubiera saltado de alegría al verlo, para ella será como estar en Disneyland y para la Flora adulta, estaba intentando no quedarse con la boca abierta.

Sobre la chimenea y las mesas había arreglos florales que celebraban la temporada.

Destacaban flores de Pascua rojas, los lirios blancos y las ramas de acebo, que complementaban a la perfección la decoración.

La tenue luz de miles de velas iluminaba un escenario navideño increíble, donde las familias y personalidades más importantes de la ciudad se mezclaban, rodeadas de lujo y un gusto exquisito.

- Lorenzo- la voz de Alessandro Stracci llegó a nosotros.

Con la elegancia típica italiana, se despidió de Angelo De Luca y, a continuación, avanzó hasta nuestra posición con paso seguro y una gran sonrisa en sus labios.

Su porte atlético bajo el traje oscuro, hacía que tan solo su pelo canoso delatara el paso de la juventud hacia una edad más avanzada.

En su mano derecha sujetaba un vaso de whisky, y, brillando entre sus dedos, destacaba el sello de la familia: una gran ‘S’ dorada sobre un fondo azul cobalto pulido.

- Gracias por venir. Teníamos muchas ganas de recibiros en nuestra casa- mi padre le estrechó la mano y Alessandro con cariño deposito la suya encima de a de mi padre- Bellísima - le sonreí y creo que me sonroje, daba igual los años que tuvier a

Alessandro Stracci, su magnetismo no dejaba de provocar efecto.

- Gracias por invitarnos, Alessandro. Es una fiesta increíble-le aduló mi padre.

- Es todo mérito de mi preciosa mujer- los tres sonreímos- Amore mio , ven a saludar a Lorenzo y a su hija- dijo Alessandro, llamando la atención de su mujer, quien hablaba con un grupo de hombres y mujeres.

Aurora Stracci era simplemente deslumbrante.

Cada uno de sus movimientos desprendían una elegancia innata que no podía pasar desapercibida.

Su melena pelirroja, vibrante como elegancia fuego, contrastaba con sus ojos hipnotizantes, una mezcla cambiante de tonos azules y verdes que parecían brillar como gemas bajo la luz.

Lejos de ser una figura relegada a la sombra de los negocios de su marido, Aurora era una fuerza por sí misma.

Dirigía con mano firme uno de los periódicos más influyentes de la ciudad, conocido por su visión crítica y su pluma incisiva.

Era la pesadilla de empresarios y políticos, quienes temblaban ante sus preguntas y mordaces opiniones.

Su figura, sinuosa y llena de curvas, se adivinaba bajo el ajustado vestido borgoña que portaba con absoluta seguridad. Los finos tirantes del diseño dejaban al descubierto sus hombros, mientras su melena caía libremente más allá de su pecho, enmarcando su porte con aire de poder y sofisticación.

- ¡Lorenzo, Flora! Estoy tan contenta de que hayáis decidido acudir- exclamó Aurora con una sonrisa radiante, acercándose a nosotros con la seguridad de quien dominaba cada espacio que pisaba.

Saludó primero a mi padre con dos besos en la mejilla y luego, con un gesto natural, me agarró del brazo, aparatándonos suavemente de ellos.