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Efrén y Flora
Flora:
Los días previos a la Navidad siempre eran un caos; daba igual el año o cómo nos organizáramos, siempre acababan siendo un caos sin remedio.
El ir y venir de los diversos eventos, cenas, galas y cócteles que se organizaban a lo largo de la ciudad era una locura; con suerte conseguía únicamente involucrarme en los necesarios.
En los últimos años, las festividades las pasábamos en la casa de Diego, a las afueras de la ciudad, junto a su mujer y sus dos hijas, además de María, que siempre intentaba pasar al menos una noche con nosotros.
Pero este año iba a ser diferente. Esta vez, fin de año se celebraría en mi casa.
Y no solo eso: los padres de Efrén estarían entre los invitados.
Una idea que, por supuesto, no había pasado por mí, sino que había sido una brillante decisión de mi padre, tras una reunión a puerta cerrada con Efrén.
Íbamos a jugar a la familia feliz y no como lo que éramos.
El guardaespaldas y la clienta, quienes habían compartido una noche secreta, protegiéndola de los ojos de la realidad.
Me sentaría entre mi padre y el chico que me había tirado, genial, simplemente genial. Era tan dramático que rozaba lo cliché. No podía esperar.
Mi padre, como cada año, terminaba participando en una serie de eventos que servían como pretexto para que políticos y personalidades influyentes en la sociedad romana tejieran sus redes de poder.
En estas reuniones se esperaban alianzas, acuerdos o simples intercambios que resultaran ventajosos para los intereses de cada quien, ya fueran políticos, empresariales o personales.
Lo único que importaba era que, al final, los beneficios terminaran en los bolillos adecuados, sin importar si el método era lícito o no.
Las relaciones lo eran todo. Y, por supuesto, era mejor si se forjaban en un entorno donde el poder estuviera presente, rodeado de lo mejor que el dinero pudiera ofrecer.
Nunca sabías a quién podrías necesitar en el futuro.
Suena frío, incluso fraudulento, pero esa era la realidad, sobre todo en un escenario como Roma.
Durante los días previos a la Navidad, las fiestas se sucedían una tras otra, cada cual más impresionante y opulenta que la anterior. Sin embargo, había una que destacaba entre todas, no por su extravagancia, sino precisamente por su exclusividad: la reunión en casa de los Stracci.
La residencia principal de los Stracci se alzaba a las afueras de la ciudad, lejos del incesante ruido del tráfico y el bullicio de la vida romana.
Envuelta en un aire de misterio, la que suponía que era una imponente propiedad era el epicentro de innumerables rumores y especulaciones que recorrían la alta sociedad.
Solo los más cercanos a la familia tenían el privilegio de cruzar sus puertas y conocer su interior.
Para el resto de reuniones sociales o asuntos de negocios, los Stracci preferían utilizar las numerosas oficinas y pisos que poseían, estratégicamente repartidos por la ciudad.
Cada uno de estos espacios estaban ubicados en distritos de alto nivel adquisitivo, reforzando así la imagen de poder y dominio que la familia había construido durante generaciones.
Era un lugar prohibido y secreto que suscitaba las ganas de conocer entre todos aquellos que deseaban ser alguien.
Muy pocos conocían la dirección exacta y aunque se camuflara en una falsa privacidad, no era más que una forma de poner distancia con el resto de familias que conformaban la ciudad eterna.
Aunque había compartido incontables ocasiones con todos los miembros de la familia, esta era la primera vez que recibíamos una invitación de este calibre.
La excepcionalidad del gesto dejaba claro, ante los ojos de todos, la profunda implicación empresarial y la amistad que mi padre había forjado con Alessandro, así como mi cercanía con sus hijos, primos y el círculo más íntimo.
Enzo ya me lo hizo saber: no es solo la mafia lo que llevo en mi sangre.
Estaba tan nerviosa que las manos me temblaban ligeramente.
La presión implícita de asistir a esta fiesta pesaba más de lo que esperaba.
Debía de causar buena impresión y no dejar a mi padre en evidencia.
Esta noche, más que nunca, debía ser la hija perfecta, impecable en cada gesto y palabra, y, sin embargo, no me sentía ni de lejos preparada para ello.
Llevaba toda mi vida interpretando un papel.
Al principio, en España, ese rol era más pequeño, limitado por mi corta edad.
Apenas asistía a los eventos a los que mi padre debía acudir, pero todo cambió cuando nos mudamos a la capital italiana.
El ascenso de mi padre nos llevó a Roma, y fue entonces, con la madurez suficiente para entender las reglas de ese mundo, cuando mi vida social comenzó a moldearse.
Empecé a asistir a fiestas, cenas, galas, cualquier evento de la sociedad, a cruzarme con los hijos de grandes personalidades, y sin darme cuenta, me convertí en la personificación de discreción.
Aprendí a moverme entre ellos sin destacar, a ser invisible.
Nadie me miraba, nadie se fijaba en mí. Era solo “la hija de”, un nombre sin importancia, una figura sin valor en su mundo de apariencias.
Pero no era la única que cargaba con nervios e incertidumbre; mi padre también parecía inquieto.
A pesar de estar en su quinto año como embajador, sabía que las decisiones sobre su futuro estaban fuera de su control.
Aunque desconocía (y prefería no saber) todos los detalles de su trabajo, tenía claro que era brillante en lo que hacía.
La relación entre ambos países hermanos había mejorado exponencialmente bajo su gestión, fortaleciendo la economía y estrechando lazos entre los altos cargos de asuntos exteriores.
Con el futuro incierto que le deparaba a mi padre, en cuanto a su renovación o un ascenso a la dignidad de embajador de España, o, por el contrario, ser destinado a un nuevo país, le era de máxima importancia establecer buenas relaciones en caso de que rechazara irse de Roma.
Pero yo no sabía si esta vez podía seguirle.
Roma me había dado algo más que un hogar; me había dado raíces, y la idea de arrancarlas era algo que, quizás, no estaba dispuesta a soportar.
Antes de mudarnos, yo solo era una niña. Pero ahora, tenía toda mi vida en la ciudad que amaba, sabía que mi futuro estaba aquí, al igual que mi corazón. Por ello, el acceso a la cúpula Stracci era crucial, un paso importante en este mundo lleno de sutilezas, dobles realidades y apariencias.
Y por tanto, una vez más, jugando a ser la perfecta acompañante, había optado por un vestido corto blanco de manga larga con escote cuadrado de la firma Vivienne Westwood.
Enzo lo llamó una copa informal, aunque para ellos “informal” significaba solo prescindir del esmoquin o el traje de tres piezas.
Sabía que el vestido era perfecto: sencillo, elegante y suficiente para moverme con seguridad entre ellos sin destacar demasiado. Cada detalle contaba, y yo no podía permitirme un solo error. Mi padre necesitaba esto.
Todo lo había medido, desde el semirecogido, que dejaba mi rostro libre, amarrado por un lazo negro hasta los stiletto del mismo color.
Mi maquillaje era natural, aunque había querido destacar mis labios, haciéndolos lucir más grandes y jugosos de lo habitual.
A juzgar, por la forma en que Efrén los miró antes de subirme al coche, lo había conseguido.
Me sentí triunfante al captar el deseo en sus ojos y el verlo desviar la mirada con rabia. Esa rabia era un reflejo de lo que yo misma sentía: frustración y enfado por toda aquella situación.
Desde la noche que pasamos en su casa, no habíamos vuelto a tocarnos.
Solo lo habíamos mencionado una vez, la misma tarde en la que me marché, tras ver con mis propios ojos, en quien se podía convertir sin perdía el control.
Emanaba oleadas de odio, sus ojos estaban enturbiados por el sentimiento tan crudo que fluía por él.
No le hizo falta ningún arma para reducir a Carlo, solo unos cuantos movimientos precisos y cuando su víctima, triunfante besó mi cabeza, me pareció una nimiedad en comparación a la oscuridad que le poseyó.
No sabía cómo actuar, qué hacer y cada paso que daba era uno en falso que me llevaba irrevocablemente a las palabras, que tarde o temprano, lo cambiarían todo. Y no podía imaginar una humillación mayor.
Ya me había tomado, ya había obtenido de mí la única noche que, desde el principio, me advirtió que podía ofrecerme.
Pero fui yo quien se engañó, quien creyó que no dolería, quien pensó que podía mantener a raya cualquier sentimiento romántico hacia él.
Esta situación era culpa mía, y esa verdad, directa e ineludible, me enfurecía aún más.
Solo una vez y una discusión, Efrén Torres.
Durante los treinta tortuosos minutos en el que estuvimos a solas en el coche, no nos dirigimos la palabra.
Sentía el peso de su mirada cuando miraba por el espejo retrovisor, pero no sucumbí a la tentación de mirarle.
Por primera vez, me quede relegada en el asiento trasero del vehículo, otorgándonos espacio a ambos, él conducía con tranquilidad y yo intentaba no estallar.
Era una bomba de relojería que en cualquier momento y cualquier palabra iban a hacer que reventara.
- No me puedo creer que haya accedido a meterte en esta ratonera- dijo Efrén, claramente enfadado, con tono tan cortante como un cuchillo.
Con los últimos rayos de sol que se filtraban por las ventanillas, pude ver su mandíbula tensa y los nudillos blancos por la fuerza con la apretaba el volante mientras enfilaba el coche a la puerta principal de la casa .