Fuimos Roma 18 #3
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18 #3

Me vestí en silencio, evitando mirarla mientras dormía profundamente en mi cama, con una expresión tan pacífica que dolía.

Salí a correr, algo que normalmente me ayudaba a despejar la mente, a recuperar el control.

Pero esta vez fue diferente. esta vez corría porque no podía soportar quedarme más tiempo a su lado, sabiendo lo que tenía que hacer cuando despertara, porque ella, no lo haría.

Nos arrebataría a ambos la posibilidad de ser y quedarnos con lo que fuimos.

Y así fue: dos horas después, había hecho que mejor se me daba: fingir frialdad.

No la sentía, pero había jugado mi papel con precisión.

Había sido brusco, desagradable incluso, incapaz de mirarla a los ojos mientras lo hacía.

No podía soportar ver el dolor reflejado en sus preciosos ojos café, la desilusión al darse cuenta de que todo lo que habíamos compartido no significaba lo mismo para mí.

O eso era lo que intentaba hacerle creer.

La ducha había sido una excusa, un intento desesperado de silenciar mi mente y controlar el impulso de ir tras ella, de detenerla, de decirle lo contrario de lo que había dicho minutos antes.

Cuando salí, su ausencia llenaba cada rincón del apartamento.

Sabía que se había marchado al ver la camiseta tirada en el suelo de mi habitación y no podía culparla por ella, aunque me retorciera las entrañas pensar que estaba sola.

Aún así, no pude evitar sonreír al ver su mensaje.

Breve, directo y sin un ápice de broma en sus palabras, sabía que lo lanzaría al río sin dudar.

Me conocía, empezaba a entender cómo funcionaba mi mente, incluso a intentar adelantarse a mis acciones.

Pero, aunque había deducido perfectamente cual iba a ser mi siguiente movimiento, yo ya estaba mirando la localización GPS, de su móvil parpadear en el mío.

Respiré tranquilo cuando me avisaron por radio en momento en el que puso un pie en la embajada, aunque la calma duró poco.

Mi mandíbula se tensó al ver como se desarrollaba la escena tan cotidiana que estaban manteniendo con los Stracci.

En el momento en el que se quedaron a solas, su proximidad, la forma en que le hablaba, la manera en que se miraban…

Todo me dejó un sabor amargo en la boca.

Era como si el mundo entero conspirara para recordarme lo que no podía tener.

El nudo en mi estómago se apretó. No eran celos.

Era rabia. Frustración. Y, sobre todo, el deseo incontrolable de cruzar la sala, alejarle del heredero de la cúpula y recordarle, con mi cuerpo, mi boca y mis manos, lo mucho que la deseaba.

Pero no lo hice. En lugar de eso, apreté los dientes y me convencí a mí mismo, una vez más, de que esto era lo mejor. Para los dos.

Solo habían pasado siete días de aquello y parecían siete vidas.

No había vuelto a mirarme ni a dirigirme la palabra. Nuestra distancia era visible a ojos de todos, pero no por ello dejé de hacer mi trabajo y, egoístamente, agradecía tener momentos con ella, aunque hiciera todo más difícil.

Había tenido que hacer ejercicios de autocontrol al verla rodeada de Carlo a cada momento, romperle cada uno de sus dedos cada vez que la tocaba; era una idea que rondaba mi cabeza cada día con mayor fuerza.

Habían vuelto a estar unidos, no tanto como antes, pero sí que había menguado su distanciamiento mientras que el nuestro había crecido hasta crear un mar helado entre nosotros.

Había estado hablando con Joel casi a diario, intentando sacar algo sobre Carlo D´Angelo, pero todo llevaba a la nada.

Lo único que habíamos conseguido fue un nombre: una mujer que controlaba la mafia en los bajos fondos.

El mismo barrio en el que Carlo se crío, era la única que relación que había entre ambos.

Nada más. El silencio que lo rodeaba era ensordecedor, y eso m e

inquietaba más que cualquier prueba. Había algo, lo sabía y no iba a parar hasta conseguirlo.

Estaba de mal humor, todo se había escapado de mi control y volver a controlarlo todo me estaba costando más de lo que pensaba.

Salí al patio interior frontal que daba al acceso a la puerta principal; necesitaba tomar aire e incluso correr, me vendría bien. Podía irme a casa ya si así lo quisiera; hacía tantas horas extras, que podría estar sin venir un mes. Y todo por una niña de pelo rosa.

- Créeme, no va a mejor- dijo Carlo, su voz cargada de burla. Giré la cabeza y lo encontré apoyado en la pared, fumando con un actitud despreocupada.

- No sé de qué estás hablando- respondí, su sonrisa prepotente me hirvió la sangre.

- Sí que lo sabes. Tiene nombre y apellido- dio una última calada a su cigarrillo antes de tirarlo al suelo y pisarlo con calma- Estás jodido por ella, ¿verdad? No te avergüences, no eres el único.

- Te recomiendo que cierres la boca, D’Angelo, si quieres conservar todos los dientes.

- ¿Me estas amenazando, Torres?- preguntó, con esa sonrisa burlona que ya estaba pidiendo a gritos un puñetazo.

- Hay cosas que no hace falta señalar.

La carcajada que soltó hizo que la poca paciencia que me quedaba se desmoronara .

- Lo siento si no conseguiste arreglarlo con ella el día de la fiesta. Está claro que estáis distanciados, pero hay que saber controlar los celos, compañero.

Este cabrón quería tragarse sus palabras… y quizá sus dientes también.

Di un paso hacia él, dejando claro que no iba a tolerar ni un comentario más.

- No te equivoques. No son celos. Es que no puedo verte cerca de ella.

No puedo soportar que intente perdonar al hombre que abusó de ella y la agredió- di otro paso; mi voz era prácticamente un gruñido cargado de furia- Vuelve a ponerle un dedo encima y te juro que no vivirás para contarlo.

Y que para te quede claro, esto sí es una amenaza.

Carlo se quedó quieto, su sonrisa desdibujándose apenas un poco, pero yo ya había terminado con él. Me di la vuelta bruscamente, alejándome antes de perder el control por completo. Si seguía ahí un segundo más, no iba a poder evitar destrozarle la cara.

El trueno desgarró el cielo de Roma con furia, iluminando la ciudad durante un instante con un rayo que pareció dividirla en dos. La lluvia seguía cayendo, implacable, oscureciendo cada rincón, como si el mundo hubiera decidido hundirse en sombras.

- ¿Crees que no voy a poder recuperarla?- espetó Carlo, con su voz cargada de veneno. Sus ojos brillaban a causa del odio, y cada palabra que salía de su boca era un puñal- Lo haré, quiera ella o no. Estamos destinados a estar juntos. Me pertenece. Es mía .

Algo oscuro y visceral se removió en mi interior, pero él siguió hablando.

- Pienso ser quien tenga su inocencia. Conmigo empezará y conmigo acabará su mundo.

¿Sabes por qué? Porque, pese a haberla traicionado, me sigue amando.

Siempre lo hará- con las manos en los bolsillos, dio un paso hacia la casa- Deja de investigarme, Torres.

Deja de querer interponerte entre nosotros.

Lo que le hice no es nada comparado con lo que soy capaz de hacer.

Si no te apartas, será ella quien lo pague.

Esa última frase me hizo estallar. Antes de que pudiera pensarlo, ya lo tenía contra la pared, su rostro aplastado contra la fría y dura fachada, el peso de mi cuerpo clavándolo allí como si formara parte de la estructura.

Su respiración era errática, mi peso lo mantenía atrapado, pero aún sentía su puta arrogancia.

Un poco más de fuerza y le rompía el brazo. Un movimiento rápido y lo tendría en el suelo, rogando. Una palabra fuera de lugar y esto se pondría realmente feo. Ni siquiera necesitaba un arma para infligirle dolor, ni siquiera para acabar con él.

- No vuelvo a repetírtelo, D’Angelo. Aléjate de ella.

Él soltó una carcajada ahogada, la misma sonrisa arrogante que siempre me sacaba de quicio.

- Es tu palabra contra la mía, Torres. Y no creo que nadie crea a alguien con problemas de agresividad- su mirada se dirigió hacia los militares que estaban a unos metros, observando la escena con dudas, como si no supieran si debían intervenir o no .

La rabia se intensificó, hirviendo en mi interior como lava. Mi mano apretó su brazo, arrancándole un jadeo de dolor, y mi voz salió como un gruñido bajo y peligroso.

- Me importa una mierda lo que crean- gruñí, aumentando un poco la presión sobre su brazo. Podía oír cómo rechinaban sus dientes por el dolor- Tú y yo sabemos la verdad. Vuelve a ponerle un dedo encima, solo uno, y te juro que no vivirá para contarlo.

La lluvia continuaba cayendo, creando un ruido sordo detrás de nosotros. El odio, la ira…ardían entre nosotros. Cargando el ambiente de peligro.

- Y, ¿si soy yo quien lo decide?- la voz de Flora surgió de la nada, arrastrando una furia silenciosa, como un viento helado. Se encogía debajo de una sudadera que parecía tragarla, tres tallas más grande que la suya- Suéltale, señor Torres. Se está extralimitando.

Mi mandíbula se tensó, sin poder creer lo que estaba escuchando.

- ¿Me estas jodiendo, colibrí? ¿Me estoy yo extralimitando?-no entendía nada. Fuera lo que fuera lo que había escuchado, era lo suficientemente poco como para hacerle creer que el desgraciado que mantenía bajo mi agarre, era la víctima de esta pesadilla.

- Sí, y tenga cuidado- la miré con incredulidad mientras ella me desafiaba con las llamas chisporroteando tras sus ojos-Puedo comportarme como una niña caprichosa y hacer que le abran un expediente. No me haga cabrear .

Me quedé sin palabras al ver lo seria que estaba. Mi colibrí, siempre irradiando luz, ahora se presentaba como una tormenta de rabia contenida.

- Estás cometiendo un error al confiar en él, colibrí. Y lo sabes.

- ¿Al igual que hice al confiar en ti?- la puñalada de sus palabras me atravesó, directa, venenosa, sin piedad.

Solté a Carlo con un movimiento brusco, retrocediendo unos pasos, apenas consciente del peso de lo que acababa de hacer.

Lo observé mientras pasaba por mi lado, sonriendo con esa maldita arrogancia antes de depositar un beso en la mejilla de Flora.

Era una provocación, lo sabía. Pero yo era lo suficientemente tonto como para caer en ella.

- Fui muy claro, te lo advertí. Era la única norma- dije cuando nos quedamos solos. Me obligué a pronunciarlo una vez más, aunque mi corazón me gritaba volver junto a ella.

Su enfado se transformó en una ira llameante que le hizo apretar los puños hasta que sus mejillas se tiñeron de rojo.

- ¿Sabes qué, Torres? Quédate con tus normas, con tus sistemas de seguridad y con tus protocolos- añadió con hastío-Al final, es lo único que te importa.

Y sin mirar atrás, salió a la calle. Desprotegida. Sin abrigo. Con la lluvia golpeando su pequeño cuerpo, empapándola al instante.

- ¡Flora, está lloviendo!- grité, como si no fuera obvio. Pero no conseguí detenerla.

- ¿Y qué importa? ¿Qué te importa?- se giró hacia mí, los brazos caídos a los lados, los mechones de su cabello pegados al rostro, con el dolor reflejado en sus ojos, atravesándome más que cualquier palabra- Eso pensaba.

Me quedé allí, viéndola alejarse bajo la tormenta, con el sabor amargo de la frustración y la impotencia. Todo lo hacía para protegerla, y aun así, ella se alejaba. Sabía que era lo mejor, pero el dolor punzante en mi pecho no me dejaba respirar.