18 #2
Aquella escena era tan extraña como insólita.
- ¡Buenos días!- dije, obligándome a sonreír mientras sentía cómo tres pares de ojos, cada uno más intimidante que el anterior, me examinaban de arriba abajo- No sabía que teníamos visita para el desayuno.
Si lo hubiera sabido, habría pasado por Regoli a comprar unos maritozzo, señor Stracci. Sé que son su debilidad.
Tiré nerviosa del bajo de mi vestido, sintiéndome fuera de lugar con el tejido metálico frente a sus impecables trajes.
- Encantada de volver a verle, Alessandro- añadí.
- ¡El placer es mío, bella!- respondió Alessandro con una sonrisa amplia, mientras levantaba su taza de café espresso- Y tengo que decir que, con la paz que se respira en esta casa, es muy probable que venga más seguido.
Mi casa es un caos absoluto, y más aún si recuerdas los dulces que me gustan… ¡ni siquiera mis hijos lo hacen!
Sonreí y solté una pequeña risa, mientras mi padre, con su tono habitual entre broma y verdad, respondía:
- Puedes venir siempre que quieras, Alessandro. Ya sabes que esta es tu casa .
No me pasó desapercibido el ceño fruncido que mi padre lanzó en mi dirección, aunque Alessandro no pareció notarlo.
- No le instes a ello, Lorenzo, o no lo sacarás de aquí. Aunque, pensándolo bien, mi madre te lo agradezca.
- Hijo, tu madre me eligió hace cuarenta años. Sí vosotros dejáis de aparecer por casa, seríamos intensamente felices.
- ¿Y todavía no se ha dado cuenta de su error?- replicó Enzo con una sonrisa burlona, justo antes de recibir un golpe seco en la nuca por parte de su padre.
- ¡Ouch, papá!- se quejó, frotándose la cabeza.
Tuve que morderme el labio para no soltar la carcajada que burbujeaba en mi garganta. Era increíble cómo Alessandro Stracci, dueño de un poder inmenso en Roma, y su hijo, heredero de esa misma influencia, podían discutir en mi cocina como si fueran cualquier familia.
- ¡Muestra un poco de respeto, sin vergüenza!- dijo Alessandro, aunque su tono era más paternal que severo. En su rostro no había enfado, sino una calidez que desmentía su reputación de hombre frío e implacable. Era evidente que, con sus hijos, era otra persona.
Sin embargo, la calidez de la escena se desvaneció en cuanto mi padre, con su voz firme, rompió el momento:
- ¿Dónde has pasado la noche, hija?
Abrí la boca para soltar la primera mentira que se me ocurriera, pero él se adelantó:
- Sé que no estuviste con Olivia. Ha pasado por aquí hace una hora .
Sentí como si el aire me faltara por un momento. Mis mejillas se encendieron y me quedé congelada en mi lugar, mientras los tres pares de ojos celestes seguían clavados en mí, expectantes.
Mierda, Oli, si Nico te ha convertido en una persona madrugadora, no me gusta.
Por razones obvias, no podía decirle la verdad, pero tampoco sabía qué inventar.
Nunca me había visto en esta situación. Estaba acostumbrada a no dar explicaciones, a llevar mi vida por mi cuenta, separada de la de mi padre.
Puede que fuera triste, pero era mi realidad.
Él nunca había preguntado, y yo nunca había sentido la necesidad de justificarme.
Porque nunca habías hecho algo como lo de anoche.
Estaba harta de ser previsible, de que todos supieran de antemano cómo iba a actuar, qué decisiones tomaría o qué límites nunca cruzaría.
Harta de que asumieran que jamás perseguiría lo que realmente deseaba.
Y ahora, por esa única vez en la que había roto las reglas, las consecuencias estaban s iendo desproporcionadas.
- Durmió en casa de Darío, a pocos minutos de aquí-intervino Enzo con calma, mirando a mi padre mientras daba un sorbo a su café- Mi hermano está atravesando una etapa complicada y, sinceramente, ayer no estaba en sus mejores facultades.
Flora le cuidó, le acompañó hasta su piso y se quedó con él.
Fue un gran apoyo para él. Últimamente no deja que nadie se le acerque.
Me lanzó una sonrisa antes de añadir:
- Mi hermano es una persona difícil, no se abre con facilidad, pero con bella sí. Es una buena amiga .
- Os aprecia mucho- dijo mi padre, mirándome con una leve sonrisa.
Hice un esfuerzo por devolverle el gesto mientras me dirigía a la cafetera, sintiendo que, por un momento, podía respirar.
Salvada por Enzo Stracci.
Rápidamente cambiaron de tema, pasando a hablar de política y asuntos familiares, mientras yo intentaba preparar mi café lo más rápido posible. Todo lo que quería era subir a mi habitación y desaparecer hasta el día siguiente.
- Antes de dirigirnos a tú despacho, Lorenzo- dijo Alessandro, llamando mi atención de nuevo- Quería invitaros a ambos a nuestra tradicional copa de Navidad. La celebramos cada año en nuestra residencia privada, a la afueras de las ciudad.
Miré a mi padre, intentando medir su reacción. Aunque él mantenía la expresión serena, sabía perfectamente lo que significaba esa invitación. Solo el círculo más cerrado de la cúpula tenía acceso a ese evento, considerado uno de los más exclusivos de la alta sociedad.
- Nos sentiríamos honrados si aceptáis nuestra invitación-continuó Alessandro, con su tono siempre educado- Hay amigos que deseo presentarte. Y tú, bella- me miró directamente, haciendo que levantara la vista del café- siendo tan importante para mis hijos, me encantaría que también acudieras.
Asentí con una leve sonrisa, sin saber qué otra cosa hacer.
- Será un placer acudir, Alessandro. He oído que tenéis vuestra propia bodega. ¡Espero que tengáis un buen vino español!- dijo mi padre, actuando con normalidad cuando esa invitación era de todo menos mundana para él.
Ambos salieron de la cocina, conversando animadamente sobre la bodega extensa que Alessandro tenía en su residencia.
Cuando Enzo se levantó, cerrándose el botón de su impecable americana, aproveché el momento para agradecerle en voz baja:
- Gracias, Enzo. De verdad.
- No hay de qué, preciosa- respondió con una sonrisa que parecía un poco nostálgica- Me he visto incontables veces necesitando que alguien me salvara.
- Gracias por ser mi salvador esta vez- dije con un toque de humor- ¡La única vez que necesito que Olivia sea mi coartada, justo se le ocurre levantarse temprano! Creo que su relación con Nico no va a jugar mucho a mi favor.
Enzo soltó una carcajada suave antes de responder:
- De Luca lleva colgado de tu amiga desde que la conoció. Era cuestión de tiempo- abrí los ojos con sorpresa, pero él solo sonrió- No debería sorprenderte. No es el único que, al final, ha conseguido a quien deseaba.
Fruncí el ceño, confundida, y seguí el gesto de su cabeza, que señalaba discretamente a un punto al otro lado del pasillo.
Mi mirada se encontró con la de Efrén. Fría, inexpresiva, impenetrable. Sostenía un informe en una mano y el teléfono contra su oreja con la otra. No había ni un atisbo de emoción en su rostro, tan solo una vigilancia silenciosa, como si estuviera midiendo cada uno de nuestros movimientos.
- No te preocupes, preciosa. La mayoría de las personas no quieren ver más de lo que tienen ante sus ojos. Solo quienes nos hemos tenido que esconder, vemos en los gestos la verdad-murmuró Enzo, antes de besarme la frente y desaparecer en dirección al despacho de mi padre.
Me quedé allí, con la taza humeante de café entre mis manos, sintiendo el peso de la mirada de Efrén.
Seguía inmóvil, rígido como una estatua, hablando al teléfono con quien estuviera al otro lado de la línea.
Sus labios se movían, pero su mirada… esa mirada dura parecía no verme.
No hubo un intento de acercamiento, ni una palabra, ni un gesto.
Era como si todo se hubiera congelado entre nosotros, como si los sentimientos se hubieran evaporado.
Solo será una vez. Solo merecía una vez.
Apartó la mirada sin titubear, encaminándose hacia los despachos. No miró atrás. Para él, yo no era más que un instante, una noche que ya no valía recordar.
Con la garganta hecha un nudo y una lágrima deslizándose silenciosa por mi mejilla, subí a la habitación.
Casi sin pensarlo, me deshice de todo: la ropa, su olor, los recuerdos que todavía se aferraban a mi piel como un castigo.
Dejé que el agua caliente resbalara por mi cuerpo, intentando borrar sus caricias, deseando con todas mis fuerzas que mis sentimientos también se fueran por el desagüe, haciéndolos imposibles de recuperar.
Efrén:
Estaba a punto de mandarlo todo a la mierda; una mirada suya y dejaría de importarme lo más mínimo la razón por la que había decidido extraerme del centro de mi pecho, sin anestesia, lo único que me había hecho vibrar .
Cuando esa misma mañana entré en mi apartamento y la vi allí, en mi salón, sentí un golpe en el pecho que casi me pone de rodillas.
Despojada de cualquier artificio que solía rodear su vida, era más hermosa que nunca.
Su cabello largo estaba revuelto, como si el caos mismo se hubiera rendido ante ella.
Mi camiseta, le caía hasta casi las rodillas, las mangas cubriéndole los brazos delgados hasta los codos.
Su rostro, todavía adormilado, con un brillo que no le había visto antes, mostraba quien era en realidad: fuerte, desarmada, auténtica.
Parecía que todo encajaba, que el universo había decido darle forma en ese momento. Pero no era más que una ilusión.
Ella no encajaba allí, y yo no podía permitirme el lujo de pensar que podía encajar conmigo.
No dormí en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de ella, tan cerca y tan lejos, me acechaba.
Una voz insistente en mi cabeza enumeraba, punto por punto, todas las razones por las que esto era una pésima idea.
No debía haberla traído aquí. No debía haber cruzado esa línea.
No debía haberla tocado como si me perteneciera.
Pero ya lo había hecho. Y cuando los primeros rayos de sol entraron en la habitación, esa certeza se clavó aún mas hondo.