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What about us
Efrén y Flora
Flora:
Abrí los ojos con lentitud, dejando que los rayos del sol se filtraran entre las cortinas, llenando la habitación de un resplandor suave y cálido.
Me giré, y una sonrisa se dibujó en mis labios, casi involuntaria, al recordar las últimas horas.
Cada instante resurgió en mi mente como una película vivida, erizándome la piel, acelerando mi pulso.
Nunca había sentido algo tan intenso, tan desgarradoramente hermoso.
Ahora que por fin lo viví, no encuentro comparación alguna, y las palabras se quedan cortas para poder decir lo que mi corazón late con violencia.
El recuerdo de cada gesto, cada susurro, cada caricia me incendia por dentro.
Me sonrojo mientras un deseo abrasador me invade: revivirlo, volver a perderme en ese instante perfecto, como si el tiempo pudiera detenerse y repetirse solo para mí.
Necesitaba dejar de meditar tanto y solo correr a coger lo que quiero.
Me quedé un rato más en la cama vacía, anhelando la noche pasada, deseando no romper lo que ayer se había creado sobre esta misma cama, deseando que simplemente fuera una realidad.
El silencio era lo único que me acompañaba en estos momentos.
El ligero murmullo del tráfico habitual de la zona era lo único que lo quebrantaba.
No podía desprenderme de la sensación de estar flotando; la alegría era tal que mi pecho estaba a punto de explotar por la felicidad que sentía.
Había sido como un sueño perfecto del que nunca quieres despertar y, si lo haces, vuelves a cerrar los ojos con fuerza, rezando por volver, volver a sentir una vez más.
La burbuja que sentía en el centro de mi pecho, unida a mi corazón, se desinfló un poco al tocar el lado de la cama que había ocupado Efrén.
Estaba tan frío que ni siquiera parecía que había dormido ahí, aunque las sábanas olían a él, haciéndome saber que había sido real y no un producto de mi romántica imaginación.
Intenté que no me afectara, salí de la cama y me tapé con una camiseta que había perfectamente doblada en la mesilla.
Pasé el suave tejido de algodón por mi pelo revuelto, envolviéndome con el olor fresco del detergente; me llegaba un par de palmos por encima de las rodillas y las mangas rozaban mis codos, pero aun así, me pareció perfecta, era como estar en casa.
Encontré mi ropa doblada encima de una cómoda gris junto a mi bolso y mis botas en el suelo; en esa habitación no había nada fuera de lugar, estaba impoluta a diferencia de la mía.
Estaba todo ordenado y colocado en su lugar correspondiente.
Estaba segura de que si abría el armario, las americanas y camisas colgarían perfectas de sus perchas, nada de ropa tirada o mal doblada, de pares de zapatos en el suelo ni de libros acumulados en pilas sobre los muebles.
Salí de la habitación atravesando el corto pasillo que conectaba el salón con la cocina abierta, dándome cuenta de que, después de mucho tiempo, estaba completamente sola en un lugar que no fuera en una habitación de hotel.
Me sentí tan libre que me emocioné, sin ser capaz de reprimir los saltos y las risas que salieron de mí.
Sabía que ese piso era mucho más pequeño que donde yo vivía, que no tenía ni una cuarta parte de las comodidades con las que yo estaba acostumbrada, pero por una vez, en toda mi vida, sentí que estaba en mi hogar, en mi lugar seguro, aunque estuviera metódicamente colocado hasta rayar en lo obsesivo.
No había color ni en las paredes, ni en los muebles, ni en los tejidos; era una escala de tonos oscuros moderna y minimalista. Nada estaba fuera de lugar, ni tampoco demasiada información de quien vivía ahí desde hace meses, a excepción de dos fotografías.
La primera, una fotografía de grupo; todos ellos vestían indumentaria de camuflaje junto a una sencilla camiseta negra, riéndose, en lo que parecía en mitad de un bosque; debían de ser sus compañeros en las pruebas de acceso a las fuerzas especiales.
Y la segunda, resquebrajó mi corazón. Apenas me hizo falta mirarla durante demasiado tiempo como para reconocerle. Tenían los brazos apoyados en el capó de un coche rojo y ambos se miraban con cariño; eran casi un espejo, una gota de agua uno del otro.
Aron era una versión más despreocupada de Efrén; su sonrisa genuina conseguía que sus ojos brillaran. Era menos corpulento que su hermano, pero su aura, limpia y bonita, podía traspasar la fotografía, años después.
Estaba tan absorta en las fotografías que no lo oí entrar, hasta que sus llaves hicieron un ruido sordo al dejarlas caer contra la encimera. Lo observé, esperando una sonrisa cómplice, mientras abría la nevera con indiferencia .
- Buenos días- soltó, sin siquiera mirarme- Hay café hecho por si te apetece. Pero no deberíamos tardar en llegar a la embajada.
Cerró la nevera, su voz seca quedó suspendida en el aire, y, sin más, desapareció por el pasillo.
Mi sonrisa se desvaneció al instante y el alma se me cayó a los pies. Ni siquiera había dicho mi nombre, ni siquiera me había mirado.
Solo será una noche.
La realidad cayó sobre mí como una losa que me hundía, alejándome de la superficie. Había sido idiota por haberme emocionado; había tenido que coger mis cosas cuando me había despertado y desaparecer. Pero no, en cambio había decidido coger el camino más doloroso: hacerme ilusiones.
Emociones que, con la nula capacidad de Efrén para ellas, se habían roto como un fino cristal; podía sentir como las esquirlas se clavaban en mi corazón, una a una.
El sonido del agua comenzó a inundar el silencioso apartamento, chocando con fuerza contra el suelo de la ducha, paralizada en mitad de su salón.
Inspiré y cerré fuerte los ojos, esperando que el escozor que sentía tras los párpados se disipase; todo se había esfumado tan rápido como había ocurrido.
En un arranque de dolor y determinación, fui a su habitación.
Me vestí con la ropa de ayer y dejé su camiseta tirada en el suelo, un gesto pequeño, casi insignificante, pero suficiente para romper la pulcra armonía de su mundo.
Salí en silencio, bajando las escaleras casi sin aliento, sintiendo cómo el pecho se contraía con cada paso.
Solo quería estar lejos antes de que notara mi ausencia .
No había llegado muy lejos cuando mi móvil comenzó a vibrar en mi bolso.
Lo ignoré, apretando los dedos contra la tela como si eso pudiera contener las lágrimas que ya luchaban por salir.
Sabía que era cobarde, pero no podía quedarme.
No podía enfrentar su mirada fría ni escuchar sus palabras calculadas.
Mi móvil vibró de nuevo, insistente. Sabía que, si no contestaba, no dudaría en alertar a la seguridad de la embajada y dar la voz de alarma.
Daban igual mis sentimientos. Daba igual que estuvieran fusionándose hasta convertirse en un ácido que me corroía por dentro.
Lo conocía demasiado bien, como para saber con certeza que no podía ignorarlo, volviendo mi tristeza más pesada.
Abrí la aplicación de mensajes con las manos temblorosas.
Escribí un mensaje breve, casi sin pensar, mientras dejaba que la frustración se mezclara con la tristeza en una maraña de sentimientos que me ahogaban. Cada palabra, aunque fría y cortante, era una manera de liberar algo del dolor que sentía.
Yo:
Nos vemos en la Embajada. Ni se te ocurra localizar mi teléfono o lo tiro al Río Tiber.
No era una amenaza, era un hecho. Sabía que, si quería, podía localizarme sin esfuerzo.
Pero en este momento, lo único que deseaba era desaparecer.
Y aunque sabía que habría consecuencias, no me arrepentía.
Ni una sola parte de mí lo hacía. Caminé por calles angostas y poco transitadas, buscando un silencio que acallara el ruido ensordecedor en mi cabeza.
Sentía que estaba a punto de estallar, atrapada en un torbellino de pensamientos que no dejaban de repetirse, una y otra vez, reviviendo cada detalle de los momentos que me habían llevado hasta aquí.
Efrén, Carlo, anoche, tuve sexo por primera vez con mi guardaespaldas, los anónimos, la sensación de estar siendo vigilada, las mentiras, Bruselas, las discusiones continuas, los Stracci, Navidad… Mi cabeza era un hervidero de problemas que no sabía cómo empezar a desenmarañar.
Intentaba respirar, pero cada intento solo me hacía sentir más atrapada, más ahogada.
Había dejado de sentirme libre desde la primera vez que un anónimo llegó a mis manos, desde el instante en que comprendí que podía sentir algo por Efrén.
La presión en mi pecho no me había abandonado desde aquella noche, cuando quien creía mi mejor amigo estuvo a punto de cruzar un límite imperdonable.
No era libre. No lo había sido en mucho tiempo. Y, sin embargo, la única vez que logré respirar, aunque fuera por un instante, fue cuando sus labios estaban rozando los míos.
¡Dios, no podía quererle! ¡No me había podido enamorar de
él!
Cuando el sol de las horas centrales del día y el dolor en mis pies me hicieron imposible seguir caminando con esos tacones, decidí volver a casa. Entré por la puerta lateral, rezando en silencio para no cruzarme con nadie en el camino.
Supongo que debería dejar de rezar o, quizá, practicar más, porque en mi camino hacia la cocina me encontré con mi padre.
Era extraño verlo allí a esas horas, teniendo en cuenta que ya eran las once de la mañana y normalmente a esa hora estaba sumido en interminables reuniones. Pero no estaba solo .
Los ojos azules de Enzo Stracci se clavaron en los míos, y una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios al verme con la misma ropa de ayer.
A diferencia de mí, él lucía impecable, vestido con un traje de Salvatore Ferragamo hecho a medida, que no dejaba rastro alguno de la fiesta de la noche anterior.
Junto a él estaban Alessandro Stracci y mi padre, sentados alrededor de la mesa de la cocina, disfrutando tranquilamente de una taza de café.