Fuimos Roma 17 #2
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17 #2

Me miraba con sus ojos castaños abiertos como platos, con sus labios hinchados por la ferocidad de mis besos, con temor de mi respuesta. Estaba más cachondo que en toda mi puta vida y todavía me preguntaba si no la deseaba.

- Lo correcto sería decir que no… que solo deseo estar a solas contigo- me agaché para pasar la lengua por sus labios.

Joder, mala idea- Pero la verdad es que te deseo tanto que duele, pero no es lo que yo quiero, colibrí, sino lo que tú quieres- se pasaba la vida haciendo lo que los demás querían y no lo que ella deseaba.

- Si te dijera que no ¿te valdría?- su voz titubeó en la última palabra y me aterraba que dudara.

- Joder, sí. Claro que sí.

- Entonces sí lo quiero- me reí porque era una contracción en sí misma y me gustaba. Me encantaba, joder .

- Me vas a volver loco, colibrí.

- Esa es la idea, ¿no?- me sonrió divertida, haciendo más profunda la herida de no volver a tenerla.

Bajé la cabeza hasta quedar a su altura; era tan pequeña en comparación que sentía que podía lastimarla si no tenía cuidado.

Besé sus labios una vez más, esperando que a través de ellos pudiera sentir una de la cuarta de sentimientos inconexos y extremos que me envolvían cuando tan solo la veía sonreír.

- Túmbate en mi cama- retirar la mirada, me hizo caso, repasando mi cuerpo, sin vergüenza, recordándome a la vez que nos conocimos e hizo esta mente lo mismo.

Observé cada uno de sus gestos, la forma en que su cuerpo se movía, cada inflexión, marcando sus músculos y hendiduras.

Mi deseo por ella era insaciable, y con la última pizca de autocontrol que me quedaba, me deshice de la corbata antes de inclinarme sobre ella.

Nuestros labios se encontraron en un beso lento, profundo, mientras mis manos comenzaban a vagar libres por su cuerpo, deseando memorizar cada curva.

Mis labios dejaron los suyos, empezando a descender hasta el inicio de sus pechos, ganándose unos débiles gemidos que encendían aún más mi anhelo.

Mi lengua trazó círculos suaves sobre sus pezones, provocando que Flora arqueara las caderas en busca de las mías.

La forma en que cerraba los ojos, con sus labios entreabiertos y rosados por nuestros besos, era un espectáculo que me fascinaba.

Cada gemido, cada respiración entrecortada, me atrapaba más profundamente en ella .

Sus dedos se enredaron en mi cabello, agarrándome con fuerza con cada ataque de mi lengua sobre su piel. Descendí hasta dar con su abdomen para besar cada rincón de su piel, saboreando esa dulzura que parecía estar impregnada en cada parte de su cuerpo.

Había intentado resistirme. De verdad que lo había hecho.

Había enumerado cada punto en contra para no cruzar esta línea, pero con ella todas las barreras se deshacían.

No era solo su belleza lo que me tenía atrapado, era algo más profundo, más íntimo.

Algo que no podía definir, pero que sentía en cada segundo que pasaba cerca de ella.

Era su fuerza, su carisma, su empatía, el brillo que tenía como un halo y también su incapacidad para ver todo eso.

Lo veía cada día en la embajada, en su manera de tratar a Mer y a Diego, la forma elegante que tenía de relacionarse en el círculo de su padre y también, aunque me desesperase, en la forma de desafiarme.

Estaba todo controlado, o eso era lo que yo creía.

En Bruselas, nos habíamos acercado, habíamos estado en el abismo, pero no habíamos saltado; pero hoy, hoy era la primera vez que alguien me buscaba hasta agotarse, era la primera vez que me miraban con tanta verdad y la primera vez en toda mi vida, que había sentido unos celos incontrolables.

Desde nuestra escapada juntos, habíamos ido cuesta abajo y sin frenos; se había abierto una grieta de la que no paraban de florecer sentimientos que no sabía manejar, hasta el día de hoy. Sabía que, aunque fuera una vez, era una mala idea y de la que nunca me recuperaría .

Noté sus dedos deslizándose para desabrochar los botones de mi camisa; cada movimiento parecía calculado para probar mi resistencia.

En otro momento, hubiera tenido la paciencia que eso conllevaba, pero no ahora.

Me quité la camisa de un tirón, separando nuestros labios apenas lo justo, antes de volver a buscarla.

Sus manos se posaron sobre mi pecho, calentando mi corazón, deteniendo mi pulso para después acelerarse descontrolado. Con sus uñas largas, comenzó a trazar líneas suaves sobre mis abdominales, subiendo con una lentitud exasperante que encendía cada nervio de mi cuerpo.

Su toque era una mezcla de dulzura y provocación, una caricia que parecía saber exactamente dónde y cómo desgarrarme. Su mirada fija en mí, sus labios entreabiertos, su respiración acelerada… Todo en ella parecía destinado a derribar cualquier vestigio de autocontrol que pudiera quedarme.

Con un rápido y ágil movimiento que me sorprendió, Flora se colocó encima de mí y, si antes creía que era lo más bonito que había visto, lo de ahora se asemejaba a las esculturas clásicas que las personas admiraban en la ciudad.

La dulzura se había transformado en erotismo y yo había caído en picado ante ella, grabándome en mi memoria la cosa más bonita que veré jamás.

Paseó su lengua y labios desde el inicio de mi garganta, bajando por mi pecho, donde depositaba pequeños besos hasta llegar a mi estómago tenso, al sentir la humedad y calidez de su lengua.

La polla me apretaba de tal manera el pantalón que casi conseguía sentir la fina tela del tanga que cubría a Flora; estaba a punto de reventar y a ella no parecía importarle lo más mínimo .

- Cariño, vas a tener que parar si no quieres que sea la noche más corta de la historia- apenas podía hablar entre dientes; estaba conteniéndome de tal manera que tenía los dientes apretados con tanta fuerza que me sorprendía que no me hubiera saltado ninguno.

- ¿Está perdiendo el control, señor Torres?- dijo antes de pasar la lengua por mis labios.

La hostia.

¿Quién era esta Flora y qué habían hecho con mi dulce niña?

- Perdí el control el día que te conocí.

Su rubor, su piel teñida de ese maldito tono rosado, hizo que perdiera lo poco que me quedaba de paciencia. Pasé mi brazo por su cintura, la agarré duro y sin avisos, provocando un jadeo que se clavó directo en mi entrepierna en el momento en que la volví a colocar debajo de mí.

- Es mi turno para hacerla suplicar, Hidalgo.

- ¿Vas a hacerme suplicar?

- Voy a hacer que te corras- la besé con fuerza en los labios, dándome el placer de dejar su cuerpo maleable contra el mío mientras me hundía en su boca.

Mi corazón me retumbaba en el pecho, latiendo a un ritmo endemoniado.

Todos mis sentidos estaban embotados con su sabor, su olor, su imagen y el sonido que hacían sus labios cuando dejaban salir pequeños quejidos.

Parecía que me ahogaba si mis labios no estaban junto a los de ella, era mi agua en un desierto infinito.

Le separé los muslos con la rodilla y colé mis manos entre sus piernas; solté un gruñido cuando mis dedos tocaron la humedad que traspasaba el tejido del que estaba hecha aquella diminuta prenda de ropa interior.

Le mordí el labio inferior, pasando uno de mis dedos sobre su hendidura húmeda, y sonreí al oírla jadear.

Sus caderas se dispararon hacia mi contacto; Flora tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta.

Su cabello le caía sobre mis almohadas, dotándolas de un color que les faltaba, como a mí.

Su cuerpo temblaba ante la tensión y el placer acumulado.

- Efrén…- mi nombre salió de sus labios sin apenas aliento-Por favor- sus manos fueron hasta la cinturilla de mis pantalones, pero todavía no, todavía no era el momento.

- Dime lo que quieres, nena. Necesito escucharlo de tus labios.

Con mi mano libre, amarré las suyas en lo alto de la cabeza, manteniendo sus brazos estirados y con la otra, comencé a deslizar el tanga entre sus torneadas piernas.

Era tan ridícula la tela, que no ocupaba ni la mitad de mi puño.

Lo deposité encima de mi mesilla de noche antes de volver a colocar mi mano entre sus piernas.

El sudor empezaba a recorrer nuestros cuerpos; las perlas se deslizaban entre sus pechos, todavía presos, al igual que por el mío, que brillaba debido al esfuerzo de aguantar tanto tiempo sin hundirme en ella. Todo era un juego, llevarnos al límite, hasta no poder más.

- Te quiero a ti…- su voz temblaba y su cuerpo se retorcía debajo de mí, buscando mi contacto .

- Todavía no, colibrí- tal y como había hecho antes, deslicé un dedo por su calidez haciéndola temblar. Estaba tan excitada que sus fluidos cubrían mi dedo, lista para mí.

Recorriendo desde su largo cuello hasta sus pechos, introduje mi dedo en su interior, apretado y cálido. Jadeó, apretando sus manos en un puño, las cuales tenía agarradas en la parte alta de su cabeza, dejándola a mi merced.

Empecé a meterlo y sacarlo, primero despacio, dejando que se acostumbrara; después añadí otro y, jugando con su punto más sensible, el ritmo tornó a uno más acelerado. Sus gemidos cada vez salían más seguidos; su cuerpo temblaba y se retorcía debajo de mí de placer.

- Cada precioso centímetro de ti es mío esta noche. Deja de pensar, de cuestionar. Solo siente y disfruta.

El sudor ya cubría mi pecho y mi espalda, deslizándose hasta debajo de mi pantalón de traje.

Me estaba muriendo, matándome a mí mismo; quería estar dentro de ella, pero quería que la noche fuera eterna para nosotros y dejar de pensar en el ingente mañana.

Ralenticé el ritmo, ganándome un gemido de frustración, haciéndome imposible no sonreír; me quería tanto como yo la quería a ella.

Abrió los ojos y los clavó en mí, directa, letal, siendo más oscuros que de costumbre, eliminando cualquier rastro de dulzura e inocencia que hubiera en ella.

- Efrén, si vas a follarme, hazlo ya- sonreí y la besé lentamente.

- ¿Desde cuándo eres tan descarada?