Fuimos Roma 17
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Lose control

Efrén

Vi un leve gesto de dolor cruzar su rostro mientras daba un par de pasos sobre esas malditas botas de tacón.

Desde que la vi en la barra hablando con Olivia, había luchado con todas mis fuerzas para mantener la compostura.

Mis ojos no podían apartarse de sus piernas, alargadas y perfectas, mientras el vestido, ajustado y tan corto como provocativo, se ceñía a sus curvas con la precisión de algo hecho a medida.

Cada línea de cuerpo parecía diseñada para desarmarme. Era mi ideal de erotismo.

Me reconfortaba, en un acto casi irracional de celos, saber que nunca había pasado ese conjunto en una aparición publica. De haberlo hecho, habría tenido que mantenerme cerca para ahuyentar a cualquier imbécil que siquiera pensara mirarla como yo lo hacía ahora.

En este preciso momento, era mía. Y el simple hecho de saberlo encendía un fuego en mi interior que me costaba controlar.

Sin darle tiempo a reaccionar, la rodeé con mis brazos y la atraje hacia mí, atrapándola en un movimiento decidido. La levanté sin dificultad, sintiendo cómo su cuerpo curvilíneo se moldeaba contra el mío, una sensación que electrizaba cada fibra de mi ser.

Su carcajada, ligera y espontánea, llenó el espacio entre nosotros, un sonido que resonó en mis oídos y se grabó en mi pecho. Su risa tenía el poder de desarmarme, de encender mi corazón, haciéndolo latir más rápido solo por el hecho de tenerla cerca.

Sus ojos, brillantes y llenos de vida, se clavaron en los míos. Ella era luz, pura e imponente, y su límite solo parecía ser el cielo abierto de Roma.

- No sé cómo puedes caminar- murmuré, con un tono cargado de emoción que ni siquiera intenté ocultar. Sin quitarle los ojos de encima, introduje el código de la puerta de la calle, que daba acceso a mi edificio- Me duele solo mirarte.

Y no me dolía solo por las botas. Era ella, completa. Su intensidad. Su forma de mirarme, como si su mundo empezara y acabara conmigo, al igual que lo hacía el mío. Su mera existencia se incrustaba en mi pecho con tanta fuerza que dolía. Me dolía el corazón con tan solo mirarla.

- Son bonitas- respondió, con una sonrisa traviesa- Y…-puso ambas manos en mi rostro, acariciándome con suavidad, pasando sus uñas largas y perfectas sobre mi mejilla hasta mis labios- Me quedan increíbles.

Su ceja se arqueó con esa mezcla de picardía y confianza que rara vez mostraba y que le hacía absolutamente irresistible. No sabía si era plenamente consciente del efecto que tenía en mí, pero yo ya estaba perdido en el huracán de sentimientos que provocaba en mi interior.

Su aliento, cálido y suave, rozó mis labios, y en ese instante, todo pensamiento lógico se desvaneció. La deseaba con una intensidad que me hacía temblar, pero no podía apresurarme. Quería saborear cada momento, cada roce, cada segundo que pasara con ella en mis brazos .

- ¿Sabes qué más me duele?- dije, acercando mi rostro aún más, dejando que nuestras respiraciones se entrelazaran. En mi voz se filtraba el deseo que sentía por ella- No poder arrancarte ese vestido aquí mismo.

Estaba la hostia de perdido.

Apreté más mi agarre en su culo, atrayéndola hacia mi pecho, fundiendo su cuerpo con el mío.

Sentir sus curvas contra mí era una dulce tortura, como un sueño convertido en realidad.

Soltó un suave quejido que encendió algo primitivo dentro de mí, algo que rugía exigiendo más.

Era mi pena capital, hecha carne y hueso, con ese pelo rosa que la hacía tan único, tan ella.

- Estoy deseando verte solo con ellas- murmuré contra su oído, mi voz ronca de deseo.

Sus ojos, ya oscuros, se dilataron al escucharme.

Me rodeó el cuello con sus delicados brazos, entregándose completamente.

Su cuerpo se volvió maleable, encajando perfectamente contra el mío, como si estuviera hecho para estar ahí.

Sin esfuerzo, subí los escalones, devorando sus labios en cada paso.

Su sabor era un cóctel embriagador de tequila, vainilla y un toque de menta que me enloquecía.

Supe, entonces, que no iba a poder vivir sin ese sabor.

Al llegar a mi puerta, la abrí de un empujón sin perder ni un segundo.

La privacidad que nos ofrecía la noche y la intimidad de mi apartamento desataron algo salvaje dentro de mí.

El beso, que había comenzado como algo dulce y tentador, se transformó en una explosión de exigencia y posesión.

Toda la frustración y la tensión acumulada durante días, semanas, meses salió a la superficie .

Flora me correspondió con el mismo ahínco; sus manos se perdieron entre mi cabello, que me había crecido lo suficiente como para que pudiera tirar de mis mechones.

La forma en que sus uñas rozaban mi nuca y sus labios se movían contra los míos era una danza perfecta, desesperada, llena de necesidad y deseo.

Su lengua encontró la mía, y ese contacto terminó con la poca cordura que residía en mi lado racional.

Sus gemidos suaves y entrecortados escapaban de su garganta, vibrando contra mis labios y enviando descargas eléctricas que recorrían todo mi cuerpo, hasta el centro de mi pecho, haciéndolo insoportable.

La apoyé contra la pared que llevaba a mi habitación.

Su cuerpo se arqueó ante mi contacto, y mi mano, que aún sostenía su cintura, se deslizó por su muslo desnudo, subiendo lentamente, dibujando cada centímetro de su sedosa piel.

Mis labios abandonaron los suyos para recorrer su mandíbula, su cuello, dejando un rastro mientras ella pronunciaba mi nombre, un ruego que me haría perder cualquier resquicio de control.

Su pelo revuelto por mis manos, sus ojos brillantes a causa del deseo y sus mejillas sonrojadas, iluminada por la luz que se filtraba de la calle, se me antojó la visión más bonita que jamás veré.

Y no quería tener la necesidad de memorizarla, porque deseaba verla cada día de mi vida.

Sin perderme detalle, iluminándome cuando cayera de nuevo en la oscuridad, siendo mi constante en este mundo.

- Para- su voz hizo que mis dedos se congelaran en el filo de su vestido- Deja de mirarme así.

- ¿Así cómo?- le pregunté, clavando mis ojos en los suyos, sin moverme .

- Así… provocando que termines gustándome más de lo permitido- dijo, y una sonrisa se dibujó en sus labios. En sus ojos vi sorpresa, como si sus palabras hubieran escapado antes de que pudiera detenerlas.

- Bien- respondí, incorporándome. La miré desde mi altura, y ella alzó su rostro; su cuello delgado quedaba expuesto, haciéndome imposible no volver a querer prestarle toda mi atención.

- ¿Bien?- susurró, con un tono que no sabía si era reproche o curiosidad.

Coloqué mis manos en su cintura, atrayéndola hacia mí con decisión, rápido, duro, premiándome con un jadeo, siendo un golpe directo a mi entrepierna. No puede evitar la sonrisa engreída que tiró de mis labios.

Hasta ese momento, solo me había acostado con una persona desde que llegué a esta ciudad, y lo sentí aquella noche: ni de lejos se comparaba con el puto placer que estaba experimentando ahora.

Ni siquiera nos habíamos desnudado, pero un par de caricias sobre la ropa y esos besos, que parecían incendiar mi piel, habían pulverizado lo poco que recordaba de la noche con la camarera del bar.

Esto era distinto. Esto era salvaje. Flora ni siquiera estaba intentando seducirme a propósito, pero cada movimiento suyo, cada suspiro contra mi cuello me hacía perder completamente la cabeza. Era como si mi cuerpo hubiese estado esperando este momento desde el primer maldito día que la vi.

- Solo me queda esperar a que me desees tanto como yo te deseo a ti- murmuré, sin apartar la mirada de sus ojos oscuros- Porque, cariño, no hay parte de ti que no ame y que no veneré ya.

Sabía que mis palabras traían consigo futuras consecuencias, pero me ardían en la garganta por no pronunciarlas. Si solo tenía esta noche, no habría secretos, no habría sentimientos no confesados.

La elevé del suelo una vez más, por puro egoísmo de sentir su cuerpo contra el mío. La llevé hasta mi cuarto, tomando sus labios y prestándoles toda la atención que se merecían.

Allí, al lado de mi cama, depositándola en el suelo, deslicé fuera de su cuerpo el vestido metalizado; el aire pareció detenerse. Si pensaba que aquel vestido había sido mi tormento, no estaba preparado para ver lo que escondía debajo.

Joder .

Me cago en la…

Su cuerpo quedó envuelto en un delicado conjunto rosa, tan etéreo como un sueño.

El corsé con detalles en verde y lirios blancos y rosados bajaba desde el inicio de sus pechos hasta su ombligo en una V que terminaba justo encima de una fina franja de piel que lo separaba del tanga casi inexistente que cubría su zona más íntima.

El encaje dibujaba formas románticas sobre su monte Venus, delicado, elegante, acabado con un ribete que coronaba aquello donde quería generar tanto placer que la hiciera gritar mi nombre.

Todavía no quería tocarla; quería tomarme mi tiempo.

La devoré y acaricié con la mirada de una forma descarada y erótica, desde sus clavículas hasta las jodidas puntas de esas malditas botas de tacón .

- No te haces una idea de lo sexy que eres- le dije, mientras un rubor profundo coloreaba su piel como el atardecer más hermoso que jamás había visto.

Dos mechones rosas cayeron por encima de sus pechos hasta rozar su fina cintura. Quería pasear mi lengua por todos los rincones que habían tornado su suave piel en aquel color. Acariciar cada pliegue de su piel, siendo conocedor de todos los secretos que escondía su cuerpo.

- Necesito que me digas que quieres esto- mi voz salió ronca, cargada de deseo- Si no es lo que quieres, lo que deseas, dilo, no estás obligada. Conmigo no, colibrí- joder y lo decía en serio; con tan solo su compañía, era un cabrón con suerte.

- ¿No es lo que quieres?- me preguntó con suavidad.