Fuimos Roma 16 #2
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16 #2

Cada palabra golpeaba con la fuerza de una confesión que parecía guardada bajo llave durante demasiado tiempo.

Mi corazón se retorcía bajo el peso de su honestidad, su sufrimiento…

su amor. Mis manos, temblorosas y sin saber qué hacer, se aferraron a su americana con fuerza.

Era lo único que me mantenía en pie. Sentía que, si lo soltaba, me desplomaría bajo el impacto de su voz cargada de emoción, verdad y un dolor tan profundo como el mío.

Él era todo lo que necesitaba .

- No puedes decidir cuáles son mis límites, Efrén- mi voz apenas era audible.

- ¡Pero yo no puedo soportar la idea de que vuelva a hacerte daño!

- No me da miedo. Ahora sé quién es, y no puede volver a herirme- me incliné un par de milímetros hacia su cuerpo, hasta que nuestras respiraciones se entrelazaron, compartiendo el aire entre ambos. Deseaba que me besara, que lo hiciera ahora, que no se detuviera.

- Tengo que protegerte de todo lo que pueda herirte. No puedes pedirme lo contrario.

- No te he pedido que no me protejas. Te he pedido que confíes en mí.

Mis palabras quedaron suspendidas entre nosotros, como una cuerda a punto de tensarse hasta romperse. Su pecho subía y bajaba con rapidez, rozando el mío, mientras sus ojos oscuros, cargados de tormento, me estudiaban como si cada uno de mis movimientos pudiera derrumbarlo.

Solté mi agarre de su americana y, en un arrebato de valentía (quizá impulsado por la mezcla de tequila y champagne que aún corría por mis venas), levanté mi mano y dejé que mis dedos se enredaran en su cabello castaño.

Su tacto era suave y cálido, sus mechones se deslizaban entre mis dedos provocando un cosquilleo en ellos.

Ante mi caricia, Efrén cerró los ojos, dejándonos sentir a ambos antes de levantar una barrera inquebrantable.

Sus manos, que momentos antes habían estado firmes en mi rostro, cayeron a ambos lados de mi cuerpo, dejándome desprovista de su calor.

Sus párpados relajados contrastaban con el sufrimiento que aún marcaba sus facciones.

Su rostro era un reflejo de la dualidad entre el placer y la tortura.

Su respiración entrecortada escapaba de sus labios, cargada de un deseo contenido que casi podía tocar.

Jamás lo había visto así. Sus pestañas descansaban suavemente sobre el inicio de sus mejillas, y me permití observarle con una calma que nunca antes había tenido.

Era como mirar algo prohibido, algo tan perfecto en su imperfección que dolía.

Sus expresiones, normalmente severas, ahora estaban relajadas, y por primera vez pude apreciar la delicadeza de su mandíbula, el trazo de su nariz y las cicatrices que adornaban su rostro.

A la cicatriz de debajo de su ceja se sumaron dos más, una en el puente de su nariz y otra, más profunda, en su mejilla.

Cicatrices que lo hacían imperfecto, ahora, serían eternas en mi memoria.

Abrió los ojos de golpe, y su mirada oscura se clavó en la mía como un ancla. Tomó aire y desvió la vista a mi espalda, como si intentara apartarse de la intensidad del momento.

- Estamos en el abismo, colibrí. Una vez más.

Asentí con la cabeza y, haciendo todo lo contrario a lo que deseaba, di un paso hacia atrás. Luego otro, hasta poner la distancia suficiente entre nosotros. Pero aunque estuviera lejos físicamente, aún podía sentirlo en cada fibra de mi ser.

Asentí de nuevo, como si necesitara ese ligero movimiento para darme cuenta de que lo había vuelto a perder tras el muro que nos separaba.

Una solitaria lágrima escapó de mis ojos, rodando por mi mejilla.

Me di la vuelta, abrazándome a mí misma, siendo mi único consuelo, buscando protegerme del frío que sentía, un frío que no tenía nada que ver con la noche helada.

Era un frío que sentía como se colaba en mis huesos, afilado y letal.

Sin aviso, su mano me agarró con fuerza. Y en un rápido movimiento, me giró hacia él, atrapándome de nuevo entre sus brazos. Su mirada, oscura y desesperada, buscó la mía.

- Solo una vez. Solo será esta vez. Te necesito.

Sus manos volvieron a mi rostro, y antes de que pudiera procesar sus palabras, sus labios se apoderaron de los míos.

Me besaba con la urgencia de alguien que temía perderlo todo, como si ese beso fuera su último alimento.

Su intensidad me desarmó, abriendo mis labios para recibirlo sin cuestionarlo, dejándome arrastrar por el torbellino que él provocaba en mí.

Mi mente estaba nublada. Todo mi ser se llenó de su olor, de su sabor, de su tacto.

Cada terminación nerviosa de mi cuerpo vibraba al unísono, esperando más de él, suplicando que no se detuviera.

Me elevó del suelo, y de forma instintiva envolví las piernas alrededor de su cintura.

Sus manos recorrían mis muslos desnudos, ascendían a mi cabello y volvían, como si no supieran dónde detenerse.

Si esta iba a ser la única vez que lo tuviera, merecería la pena.

Incluso si después no sabía cómo sobrevivir sin él.

Nos separamos buscando aire, aunque nuestros rostros permanecieron juntos.

Su nariz rozó la mía mientras nuestras respiraciones agitadas llenaban el silencio.

Se había sentido tan irreal, que me daba miedo abrir los ojos y que tan solo fuera un sueño.

Sentirse a metros del suelo, rozando el cielo, era una sensación tan intensa, difícil de explicar con unas simples palabras.

Acarició mis mejillas con mimo con sus pulgares, volviendo a la calma.

- Abre los ojos, colibrí. Necesito saber si estás bien.

Su voz era suave, un susurro que contrastaba con la intensidad de todo lo que acabábamos de vivir. Obedecí, abriendo los ojos lentamente. El corazón se me encogió al notar la preocupación genuina en los suyos.

- Estoy bien.

Intenté sonreír, pero sabía que mi expresión era una mentira. Una parte de mí se aferraba al dolor de saber que esta era una oportunidad que se había esfumado antes de empezar. Quise volver al suelo, pero sus manos en mis muslos lo impidieron.

- ¿Tienes prisa?

Le miré confundida. Por primera vez, su rostro no estaba alerta ni cargado de seriedad. Había algo nuevo en él, algo que nunca había visto: una pequeña sonrisa relajada, casi imperceptible, que tiraba de sus labios. Decidí en ese instante que ese era el Efrén que más me gustaba.

- No estoy preparado para dejarte ir. Aún no.

- ¿Y qué quieres hacer? ¿Subir así a la fiesta?- me reí ante la idea, intentando quitarle peso al momento.

- No. No quiero compartirte. Quiero que seamos tú y yo. Nadie más.

Lentamente, retiró un mechón de cabello rosa de mi rostro y depositó un beso en la comisura de mis labios.

- ¿Confías en mí ?

Asentí, y su sonrisa se amplió un poco antes de bajar mis pies al suelo. Pero antes de que el frío pudiera alcanzarme, se quitó su americana y la colocó sobre mis hombros. Me quedaba tan grande que apenas se veía el vestido que llevaba debajo.

El aroma a frescor y madera de su ropa me envolvió, y me cobijé en ella, con su brazo protector encima de mis hombros. La luz cálida de las farolas iluminaba su camisa blanca, resaltando lo bien que. Le quedaba. Efrén era peligroso, intenso, imperfecto… y en ese momento mío.