16
Don’t blame me
Flora
Carlo se alejó, y por primera vez desde aquella noche en la gala benéfica, una de las astillas que se habían clavado en mi corazón con el nombre de traición dejó de doler tanto.
Pude coger aire, tomar un respiro de ese dolor y sentir cómo una pequeña parte del peso que cargaba sobre mí se desvanecía.
Estábamos muy lejos de volver a ser quienes fuimos, y en el fondo era más que consciente de que nunca lo seríamos.
Sin embargo, necesitaba disipar la nube negra que había estado cerniéndose sobre nuestras cabezas desde aquella noche.
Creo que ambos sabíamos que algo se había roto de forma irremediable, y que no habría manera de repararlo.
Porque, por más que quisiera, nunca sería capaz de perdonarlo; hacerlo implicaría olvidarlo, y ojalá pudiera.
Pero sus manos, sus labios… aún los sentía sobre mí.
Él tampoco olvidaría que no lo amé como él deseaba. Y sí, tal vez sea cierto eso de que el primer amor nunca sentía olvida, especialmente cuando viene acompañado de traición, amistad y un tercero en discordia, por mucho que me cueste admitirlo.
Busqué a Efrén con la mirada, recorriendo los rostros desconocidos con la esperanza de encontrar el suyo, pero la suerte no estaba de mi lado. Se había esfumado. Como una nube de polvo, cuando intenté hallarlo, ya no estaba.
Avancé lo más rápido que me permitieron mis zapatos y los dos chupitos que había bebido, tratando de acotar la distancia que me separaba de la salida. Mi agilidad se había visto afectada, y cada vez había más cuerpos a mi alrededor, dificultándome llegar hasta el ascensor.
La adrenalina burbujeaba en mis venas, agudizando todos mis sentidos.
Era plenamente consciente de lo que acababa de presenciar y sabía que debía estar terriblemente enfadado.
Al fin y al cabo, estaba abrazándome a la persona que me había traicionado de la peor manera posible, y él, quien me había salvado, lo había visto todo.
Cazzo.
La ansiedad se mezcló con la adrenalina, asentándose como un nudo opresivo en el centro de mi pecho, dejándome casi sin aliento. La idea de perderlo no dejaba de repetirse en mi cabeza, llenándome de un miedo que nunca antes había conocido. Pero, ¿cómo iba a perder algo que nunca había tenido?
No sabía que el miedo podía doler de esa forma, un dolor tan profundo que casi me obligaba a caer de rodillas, sujetándome el pecho, incapaz de escapar de él.
Por primera vez, comprendí que prefería vivir con las astillas de los recuerdos de Carlo antes que enfrentar el vacío desgarrador que suponía la posibilidad de perderlo.
Nadie en su sano juicio se sentiría así por su guardaespaldas. Nadie, salvo que su corazón estuviera gritando algo que su mente se empeñaba en ignorar.
Pulsé el botón del ascensor repetidas veces, casi con desesperación, hasta que las puertas finalmente se abrieron frente a mí. No tenía mi móvil; había salido tan rápido que ni siquiera me había detenido a pensarlo. No podía llamarlo y ni siquiera sabía si seguía aquí o si ya se había marchado.
La relatividad del tiempo tiene algo que roza lo sentimental.
No nos detenemos a pensarlo, lo damos por hecho, hasta que nos quedamos sin él.
Hasta que todo a nuestro alrededor parece moverse más rápido que nosotros.
Hasta que nos convertimos en el centro estático de un tornado que gira y envuelve lo demás.
Salí corriendo del ascensor, el eco de mis tacones resonando sonará las paredes del moderno y lujoso hall. El espacio estaba casi desértico, salvo por los recepcionistas y un par de huéspedes que esperaban el ascensor. Siendo la antítesis de lo que estaba ocurriendo plantas más arriba.
Miré a mi alrededor con urgencia, pero no había rastro de él. No se había ido. Lo sabía. Podía sentirlo. Él jamás me dejaría sola, no en una fiesta, no en ningún lugar. Esa certeza era una llama que me mantenía de pie, aunque el vacío en mi pecho amenazara con consumirla.
Empujé la puerta giratoria con impaciencia.
El cristal estaba helado al tacto, al igual que la manilla dorada que parecía resistirse, avanzando tan lentamente que mi desesperación aumentaba con cada segundo.
Una ráfaga de aire gélido me recibió al otro lado, golpeándome con tal fuerza que me robó la respiración.
Mi aliento formaba nubes blancas frente a mí, tan rápidas como el hielo que cubría los parabrisas de los coches estacionados.
Cruzando los brazos en un intento desesperado por conservar mi calor, escaneé ambos lados de la calle.
Fue entonces cuando lo vi: al fondo, bajo la tenue luz anaranjada de las farolas, la silueta inconfundible de Efrén se recortaba contra la oscuridad.
No necesitaba más para saber que era él.
Mi corazón maldito lo reconoció antes que mi mente.
Era esa sensación inconfundible, ese latido que me retumbaba en el pecho, que se desplazaba hasta mi estómago.
Lo sentía en mis entrañas. Una certeza ciega que no podía negar.
- ¡Efrén, espera!- grité, corriendo tras él.
- Vuelve arriba, colibrí. Enseguida vuelvo. Ahora mismo no puedo tenerte cerca- su voz firme me desgarró, y ni siquiera se giró para decírmelo.
- ¿Por qué has venido?- pregunté sin aliento, mientras mis pies empezaban a quejarse. Nunca podía alcanzarlo. Siempre estaba dos pasos por delante, inalcanzable.
Efrén se detuvo en seco. Se giró con lentitud, su figura alta y fuerte enfrentándome con una intensidad que casi me hizo retroceder.
La americana abierta y sus manos descansando cerca de su cintura dejaban al descubierto las armas que portaba, el auricular colgando de su cuello, y los primeros botones de su camisa desabrochados revelaban un cuello largo y fuerte.
Su mirada era fuego. El enfado ardía en sus oscuros iris, pero también algo más… algo que me ataba y me rompía a la vez.
- Por ti. Siempre vuelvo por ti- su voz era un golpe directo a mi pecho- Y no porque sea mi trabajo protegerte, aunque ahora que has decidido perdonarlo, no me va a quedar más remedio que protegerte hasta en tu propia casa.
- ¿Qué quieres que haga, Efrén? ¿Qué, simplemente, me olvide de él? ¿De los cuatro años que llevamos siendo inseparables ?
- ¡Flora, abusó de ti!- su voz se quebró, cargada de furia y dolor- Gritabas que parara y no lo hizo. Y ahora, ¿le das una segunda oportunidad?- sus palabras abrieron una herida, haciéndola sangrar, provocándome dolor hasta que mis ojos se llenaron de lágrimas.
- Todo el mundo merece una segunda oportunidad. Si no, tú seguirías siendo un gilipollas, y yo, una niña pija a la que ni siquiera le diste la primera.
- ¡No me metas en el mismo saco que él!- su voz era un rugido que hizo eco en la fría noche.
- No estoy diciendo que seáis iguales, ¡dios! ¡Solo digo que todo el mundo necesita una segunda oportunidad! Sé lo que hizo, Efrén. No soy idiota. Jamás volveremos a ser los mismos, pero no quiero una guerra eterna.
- ¿Tienes sentimientos por él?
- ¿Qué? ¿A qué viene esto?
- ¡Flora, por favor! ¿Le quieres o no?
- ¡Claro que le quiero! ¡Pero no es el tipo de amor que tú crees!
- Entonces, explícamelo.
- ¿Para qué? No lo vas a entender.
- ¡Claro que no voy a entender que perdones a un tío que te puso la mano encima!
- ¡Es mi decisión!
- ¡Es tu decisión a costa de mi locura!- gritó, dejando caer los brazos con frustración .
- ¡Tú sí que me vuelves loca a mi! ¿Esto es solo porque es tu trabajo? ¿Es porque le consideras una amenaza para mí? ¿Qué haces aquí, Efrén?
Sus palabras eran un tornado de emociones, y antes de que pudiera añadir nada más, en dos pasos acortó toda la distancia entre nosotros. Su mano fue directamente a mi rostro, firme y decidida, inclinándome hacia atrás para obligarme a mirarlo a los ojos.
- Me desesperas. Sí, lo considero una amenaza, y sí, es mi trabajo protegerte.
Pero ambos sabemos que hemos cruzado la línea de lo profesional.
Esto ya es personal. No me fío de él, y no quiero que esté cerca de ti.
Puede que para ti hayan sido cuatro años de amistad, pero él lleva cuatro años enamorado de ti, maldita sea.
Y lo peor es que ni siquiera puedo culparlo.
Su voz, cargada de frustración y rabia contenida, me atravesaba como una tormenta. Cada palabra era un dardo envenenado con una verdad que yo no estaba preparada para enfrentar.
- Eres cabezota, Flora. No tienes ni un mínimo de coincidencia por tu integridad ni por tu seguridad, y eso me está volviendo loco. ¿Quieres saber qué hago aquí?
No le respondí. No podía. Mis piernas temblaban bajo el peso de su intensidad, y mi pecho ardía con un dolor que no llegaba a comprender.
Eliminó la escasa distancia que había entre nuestros cuerpos.
Su pulgar inició una caricia suave sobre mi mejilla, mientras aferraba mi rostro con decisión.
Inclinó mi cabeza hacia atrás, obligándome a mirarle directamente a los ojos .
- Estoy aquí por ti. Porque en lugar de irme a casa, vine aquí solo por verte. Porque prefiero cinco minutos contigo a esperar hasta mañana para cruzarme contigo otra vez. Estoy aquí porque me gustaría estar contigo en cualquier lugar, y que no hubiera nada en contra.
Mientras hablaba, su otra mano se alzó hasta el lado contrario de mi rostro. Sus dedos cálidos, en contraste con el frío que envolvía mi piel, enviaron una oleada de sensaciones por todo mi cuerpo, haciendo que mi corazón, ya maltratado, latiera aún más desbocado.
- Estoy aquí porque mataría por luchar por ti, y aun así, tengo que levantar una barrera entre nosotros.
Porque no confío en mi autocontrol para no caer rendido a tus pies.
Estoy aquí porque eres mi debilidad. Porque por mucho que desearía alejarlo de ti para siempre, sé que no puedo.
No debo. Porque jamás me lo perdonarías, y prefiero pasarme la vida en vela por ti que perder hasta la más mínima posibilidad de estar contigo.