15 #3
Su pelo negro caía sobre sus ojos verdes esmeralda, los cuales seguían cada uno de mis movimientos, sin ningún tipo de vergüenza o remordimiento.
Me regaló una sonrisa torcida, momento que la pelirroja preciosa, con la que parecía compartir el cigarro que antes colgaba de sus labios, aprovechó para arrebatárselo de entre sus dedos y llevárselo a sus labios.
- Aunque su manera de demostrarlo sea absolutamente terrible- Oli torció el gesto y volvió a concentrarse en mí, quitando la mirada de la escena que se desarrollaba al fondo.
- No besa el suelo que piso y ya bastante ha demostrado. No quiero hablar de esto- me removí incómoda y deseé tener cualquier copa que me hubieran puesto en la mesa de los Stracci y sentir el ardor del alcohol bajando por mi garganta. Necesitaba otro chupito, quizá no, pero sería más llevadero.
- Oh, no. Ahora sí que vamos a hablar de esto. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha hecho Carlo para que Flora Hidalgo no quiera ni mencionarlo?
- Ya te lo he dicho, discutimos y no lo hemos solucionado.
- Flora, a ti los enfados te duran una media de entre cinco y diez minutos y mucho menos si es con un chico lleno de tatuajes.
¿Qué pasó?- la diversión había desaparecido de su rostro y sabía que, como buen sabueso, había cogido un rastro y no lo iba a dejar pasar.
Si seguía así iba a terminar sacándome la verdad sobre la agresión, la reacción de Efrén, sus insultos en Bruselas, la conversación en el hotel y sin olvidar los anónimos, así que le di lo único que sabía que la iba a distraer lo suficiente como para que la conversación se desviara.
- ¡Me besó! ¡Eso es todo! ¿Feliz?- solté al fin, intentando distraerla con una verdad a medias .
- Uno: ¡Lo sabía! Dos: ¡Te lo dije! Tres: ¿Por qué no me lo contaste antes? Y cuatro: ¿por qué eso te enfadaría? ¿Tan mal besa?- apoyó su mano sobre la mía; sus uñas negras afiladas contrastaban con mi piel pálida.
Sus ojos felinos esperaban atentos una respuesta de mi parte y no podía dársela.
Me mordí el interior de la mejilla hasta notar el sabor metálico de la sangre.
Concentrarme en el dolor hacía que las ganas de llorar pasaran a un segundo plano y que el escozor en los ojos fuera más llevadero.
En los ojos de mi amiga cruzó una idea, dejando una estela a su paso; pude leerla y verla tan rápido que me pude preparar para mentirle.
- Dime que no te ha tocado ni un pelo de tu preciosa cabeza porque si es así, te juro por Giovanni Versace que ese tío es hombre muerto.
- ¡¿Qué?! ¡No! Solo… solo que yo no siento lo mismo y no le gustó la respuesta- no le había mentido, no del todo, había omitido parte de la información, aunque eso no me hacía sentirme mejor.
Desvié la mirada al ritmo con el que preparaban cócteles, dejándola fija en la botellas colocadas detrás de ellos.
- ¿No sientes lo mismo?
- No. Le quiero, pero no como él quiere que le quiera, no como lo necesita.
Yo no soy a quien necesita- volví a clavar el rostro en mi amiga, quien por alguna razón estaba sonriendo- ¿Por qué sonríes?
¿Tan bien folla Nico que te ha frito el cerebro?
- sonrió de nuevo de forma sarcástica, ganándome que me sacara su dedo anular, donde brilla el anillo de oro en forma de sol sobre el de plata de ley en forma de luna.
Uno no podía vivir sin el otro y cuando uno aparecía, el otro desaparecía.
- ¡Qué graciosa! Aunque yo no soy la única que se ha callado cosas, así que estamos en empate.
Volviendo al tema, es difícil admitir que la persona que quieres nunca va a ser tuya en corazón.
Desear a alguien que no te ve de la misma forma es como una llama que quema en tu interior, gotas candentes que arden en tu alma.
Darse cuenta de que quien creías que era tu persona, no lo es, no debe de ser fácil y más si esa persona está empezando a amar a otra- la miré boca abierta, no por sus palabras, porque entre nosotras había esa extraña relación entre diversión y ser chicas de nuestra edad y una parte mucho más intensa y a veces abrumadora.
Si no, porque tan bien era que la conocía, que sus palabras no solo iban en la dirección más obvia.
- ¿Seguimos hablando de Carlo?
- No es solo a Carlo a quien me refiero- puse los ojos en blanco y una sonrisa sarcástica tiró de mis labios.
Buena jugada, amiga.
En ese momento la camarera puso delante de nosotras dos chupitos con el borde recubierto de sal.
Antes de poder preguntar, nos señaló al fondo de la terraza, donde Nico levantó su cerveza en forma de saludo, mientras escuchaba cualquier cosa que le estuviera diciendo Fabio.
Su mirada se quedó prendada de la de mi amiga, al igual que la de ella.
Esto no iba a acabar bien, si es que en algún momento acababa .
- Nunca he querido hacerle daño. Siento que le he perdido, pero me hizo tanto daño Oli, sus palabras fueron tan crueles, que no sé si podré perdonarle.
- Para perdonarle a él, primero tienes que perdonarte a ti, cariño- dicho esto, se bebió de un trago el chupito y lo depositó encima de la barra con elegancia.
- ¿Qué quieres decir?- acto seguido hice lo mismo, aunque mi cara sí que mostró la potencia del alcohol.
- Quiero decir, que es difícil elegir. ¿Amor o amistad? Hagas lo que hagas, uno de ellos se debilitará.
- ¿Amor? ¿De qué hablas, Oli?- Carlo me había dicho que me quería, que estaba enamorado de mí, pero no sé si era amor puro, sin medida, sin frenos, sin miedos.
- De él- me di la vuelta y sus ojos oscuros me devolvieron la mirada.
Sus iris podrían atravesar toda una sala hasta llegar a mí. Estábamos unidos fuera de lo mundano, nos sentíamos cerca aunque estuviéramos a kilómetros.
¿Amor? ¿Me había enamorado de él? ¿Era mi gran historia?
¿Acaso se podía caer presa en los brazos del amor sin darse cuenta? Si era así, había sido como quedarme dormida, inevitable y placentero.
Si el amor era el motor por el que vivíamos, ¿por qué lo sentía como una traición?
Miré a Efrén y después a Carlo. Las luces blancas jugaban en sus rostros, dibujando sombras profundas que acentuaban la rabia y el orgullo en cada uno de ellos.
Carlo no nos quitaba los ojos de encima, desde el extremo opuesto de la azotea, atento, midiendo cualquier movimiento que pudiera ocurrir entre ambos.
Quería levantarme e ir hacia Efrén, pero a la vez no entendía que hacía aquí.
¿Había venido por mí? ¿O simplemente porque era su deber?
La idea de que todo esto pudiera estar solo en mi cabeza, mientras en su mundo no significaba nada, me revolvía el estómago.
Me sentía atrapada, entre la espada y la pared: Carlo era el filo que me cortaba, y Efrén, el puñal que se clavaba en lo más hondo de mi pecho.
Dos caminos distintos que convergían en mi, dejando claro que no había escapatoria.
Ambos tenían el mismo trabajo. Los conocí en circunstancias parecidas, y, aun así, Efrén siempre me había demostrado que su propósito era protegerme.
Lo había hecho una y otra vez, pero esa chispa tímida que sentía cuando estaba cerca de él no quería apagarse.
¿Era amor? No podía admitirlo. Había caído antes sin ni siquiera ser consciente por el único chico que podía tener, que no debía tener.
Con Carlo, en cambio, siempre fue diferente. Me hacía sentir por encima de su trabajo, me había posicionado por delante, traspasando límites no muy éticos, pero así era él, llevando todo al extremo.
Dos caminos. El que eligiera, dejaría al otro atrás. Mi corazón tiraba hacia un lado, mi cabeza, hacia el opuesto, y ninguno soltaba. Antes de poder decidir qué camino tomar, Carlo avanzó hacia mí con paso seguro, sin quitarle la vista a Efrén. Desafiándole.
- Vas a tener que decidir, amore, pero recuerda que podrías perderte en una de las decisiones. Es tú vida, sé egoísta y vívela- las palabras murieron en sus labios de mi mejor amiga, justo antes de que llegara Carlo, dejándome sin oportunidad de contestar.
- Estás preciosa esta noche. Bueno, como siempre- le dediqué una sonrisa tímida.
- Tú también Olivia. ¡Oh gracias Carlo!- ironizó Oli poniendo los ojos en blanco.
Se levantó con gracia del taburete, dejando que sus botas negras de Givenchy golpearan suavemente el suelo- Voy a buscar a alguien que solo tenga ojos para mí.
Vas a hacer que te coja envidia- dijo, dándome un beso en la mejilla antes de desaparecer entre la multitud.
Carlo se quedó frente a mí, rascándose la nuca, incómodo.
- No sabía que ibas a venir esta noche. Aunque, al ver a Olivia, debí imaginármelo. Puedo irme si quieres. No quiero incomodarte. Este es tú mundo, no el mio.
- No seas tonto, Carlo. Quédate- intenté recordar que era, quien había sido mi mejor amigo durante años, antes de sonreírle y no hacer una mueca- ¿Quién es ella? ¿Te gusta?
- No como tú, nadie será tú- sus palabras me desarmaron. Miré hacia otro lado, incapaz de sostener su mirada- Estoy harto de esconder lo que siento.
- ¿Aunque me haga daño?
- Jamás- sus manos agarraron mi rostro- Jamás he querido hacerte daño- dijo con la voz quebrada.
Aparté la mirada al recordar la sangre brotando de mi labio y mis gritos resonando en la oscuridad- Ni siquiera entonces- aclaró, como si leyera mis pensamientos- Sé que te he perdido, pero voy a recuperarte.
No puedo seguir sin ti. Volveremos a ser nosotros, te lo prometo.
Las lágrimas llenaron mis ojos, haciendo que todo se volviera borroso. Lo echaba de menos. A él, no al monstruo.
- Si vuelves a hacer algo parecido, Carlo, no habrá vuelta atrás- tras semanas de tensión, sus brazos me rodearon con fuerza, y por primera vez en mucho tiempo, sentí paz. Apoyé la cabeza contra su pecho y escuché el rápido ritmo de su corazón.
Sentí sus labios en la parte alta de su cabeza y como sus brazos se cerraban con un poco más de fuerza a mi alrededor.
Tras todos estos días separados, volví a sentir el bienestar que me generaba estar a su lado, mi mejor amigo estaba de vuelva y ni siquiera era consciente de lo mucho que le había necesitado.
- No volveré a hacerte daño otra vez, pequeña. Te lo prometo- me separó con cuidado y nuestras miradas volvieron a conectarse- Ahora te dejaré ir. Creo que necesitas hablar con alguien más- me giré justo a tiempo para ver cómo Efrén desaparecía entre las sombras.
Efrén:
Sus brazos alrededor de los suyos, agarrándose con fuerza, como si fuera su salvavidas, como una boya a que te amarras para no hundirte.
Y, joder, dolió. Como un disparo a quemarropa.
Pero no fue un dolor derivado de los celos, no hubo ni un resquicio de escozor por ser él quien la abraza.
Si no fue un dolor similar a un desgarro, directo al corazón, un dolor sordo, constante y lento, muy lento .
Dolía y provocaba en mí una profunda rabia, porque algo dentro de mí sabía que, en cierta manera, había caído en las garras de su lobo, que le había dado caza sin ella ni siquiera enterarse de que había sido cazada. Un lobo de piel de cordero, al que ella adoraba.
Sin poder hacer de tripas corazón, salí de allí con sus ojos suplicantes persiguiéndome a cada paso que daba para alejarme de ella.
Estaba enfadado, furioso, no quería entender ni respetar su decisión, no quería ser consciente hacia qué lado se había inclinado la balanza, aunque la representación física hubiera sido clara.