Fuimos Roma 15 #2
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La azotea se encontraba en un hotel, ubicado estratégicamente a orillas del río Tíber, donde las noches eran un lujo excesivo y el precio por noche era tan ridículamente alto que rozaba lo absurdo.

Desde aquel enclave privilegiado, las vistas de la cúpula del Vaticano se alzaba como una joya brillante en la distancia, bañada por los últimos rayos de luz dorada que quedaban en el horizonte antes de entrará la noche cerrada en la ciudad.

Romeo me abrió la puerta del coche con un gesto cortés, y el botones, elegante y rígido, apostado en la entrada del hotel, hizo lo mismo. Mientras esperaba el ascensor en el amplio hall, dominado por tonos grises, negros y blancos, estudié con detenimiento la estancia.

El suelo pulido brillaba reflejando el juego de luces tenues que descendían desde el techo, creando un ambiente frío y sofisticado. En el aire flotaba una mezcla sutil de jazmín y cuero caro, envolviéndote de una forma suave en su propia atmósfera de una alta sociedad.

Subí directamente a la última planta, donde la fiesta se desarrollaba en pleno apogeo.

Las paredes insonorizadas silenciaban cualquier indicio de música hasta que las puertas del ascensor se abrieron, y el estruendo de la música a todo volumen me golpeó como una bofetada.

Las notas de los mayores éxitos musicales inundaban los sentidos, acompañadas por la euforia palpable de cientos de personas que se agolpaban en la azotea, entre risas, copas alzadas y movimientos desenfrenados.

El espacio parecía infinito. La iluminación era escasa, con luces estroboscópicas blancas que danzaban por todas partes, rebotando en la cristalería y en las superficies metálicas, mezclándose con el cielo negro, casi desprovisto de estrellas.

Los ventanales envolvían la azotea, haciendo que la ciudad misma se convirtiera en un fondo perfecto.

Las ruinas, las iglesias y los palacios eran un telón de fondo etéreo que hacía a la ciudad eterna en los recuerdos de aquellos que la observaban.

La barra se extendía a lo largo de uno de los lados, una estructura minimalista de mármol negro sobre la que camareros y camareras trabajaban a un ritmo frenético, sirviendo cócteles con una precisión impecable.

Las copas tintineaban, y el aroma a alcohol se mezclaba con los rastros de perfumes caros.

Los invitados, herederos de las grandes fortunas romanas, lucían ropa y accesorios de lujo de las casas de moda más exclusivas.

Todo era perfecto para la decadencia más absoluta, una suma de ingredientes perfectamente medidos: noche, sexo, drogas, dinero y alcohol.

Hasta la perfección en la que se escudaban tenía su sombra.

Al caminar, mis ojos captaron como un desconocido de mi misma edad; estaba inclinado sobre una bandeja de plata, aspirando una raya de cocaína rosa con un billete de quinientos euros enrollado entre sus dedos.

No era una sorpresa; aquí nadie fingía ser un santo.

La élite podía permitirse cualquier exceso, y nadie se atrevería a denunciarlo.

Busqué con la mirada a Olivia, pero antes de encontrarla, mis ojos se posaron en una figura familiar.

A unos metros de distancia, distinguí los rizos rubios inconfundibles de Nico.

Estaba de espaldas, su camisa azul perfectamente ajustada a cada músculo de su cuerpo, metida dentro de unos pantalones de traje que acentuaban su figura.

Su postura, relajada pero imponente, era la de alguien acostumbrado a este tipo de ambiente .

Mientras me acercaba, no pude evitar pensar en la ironía. Todos aquí parecían intachables, pero debajo de esa fachada había secretos, rivalidades y vicios. Aquí nadie abriría la boca. Había demasiado que perder, había demasiado en juego.

Según iba avanzando, mientras me colaba entre los innumerables asistentes, me fui dando cuenta de que no estaba solo, que estaba con alguien más, que tenía sus brazos alrededor de otra persona y ¡que estaba besando a otra persona!

- ¡Ajá! ¡Lo sabía!- grité entre risas ante la cara de estupefacción de mi mejor amiga- Voy a buscar a los Stracci, luego nos vemos- solté una carcajada al mismo tiempo que caminaba hacia el otro extremo del local.

- ¡Flora!

- ¡Luego hablamos, Oli! Pero, ¡te lo dije!

- Te odio!

- ¡Y yo te amo!- respondí riendo, dando pequeños pasos de espalda, hasta que choqué contra otro cuerpo.

Me giré con rapidez para disculparme, cuando me encontré con un rostro muy familiar: Darío Stracci.

- ¡Pero mirar quién tenemos aquí!- exclamó arrastrando las palabras, con un entusiasmo excesivo, que solo se podía explicar por las copas de más que debía llevar- Ven conmigo preciosa, vamos a divertirnos, pero antes…

¡a por una copa!-puse los ojos en blanco, sin evitar sonreír mientras él pasaba su brazo sobre sus hombros y yo le sostenía por la cintura.

- Darío, la barra está hacia el otro lado, ¿cuanto has bebido?-le pregunté divertida, mientras hacía más férreo mi agarre alrededor de su cintura .

- Cariño, ¿tengo pinta de hacer cola para que me pongan una copa?- respondió señalando su propio cuerpo vestido con una simple camiseta y unos pantalones de Gucci.

- No, tienes pinta de alguien que se ha bebido más de las que debería.

- Puede, pero la noche es joven y yo no quiero ni recordar mi nombre ni el suyo.

Juntos fuimos hacia donde se encontraban el resto de la familia Stracci y amigos más cercanos.

El rincón estratégicamente apartado, estaba decorado con sofás amplios y sillones individuales, todos dispuestos alrededor de una mesa repleta de botellas de diferentes tipos de alcohol y una cubitera que exhibía una botella de Moët él es incapaz de mantener nada serio y yo no lo quiero.

Nico De Luca va a ser uno más en la lista y no quien la cierre.

- ¿Qué ha pasado con Dante?- apoyé los codos en la barra, girándome en el taburete para quedar de frente a ella.

- Nada, él sabía lo que había y yo también; hemos quedado como amigos y, si alguna vez alguno de los dos quiere volver y repetir, se hablará.

Pero ahora sabe que estoy con Nico y lo respeta.

Tampoco es como si fuera su decisión; yo decido, es mi vida.

Y ahora dime, ¿dónde te has metido estos días?

- antes de que pudiera decir una sola palabra, los ojos verdes de mi amiga escanearon un punto a mi espalda y, cuando pareció reconocerlo, los abrió sorprendida.

- ¿Qué pasa?- pregunté, girándome para seguir su mirada.

Ahí estaba Carlo, al otro lado de la sala, sentado en uno de los sofás de cuero negro, con su mirada fija en mí y, aunque estuviera a metros de distancia, sentí como se me erizaba la piel.

Su camiseta negra resaltaba los músculos de sus brazos tatuados, y el cigarro colgado de sus labios le daba ese aire de chico malo que parecía atraer miradas como un imán.

Me di la vuelta como un resorte, ante la imagen que me regalaba con la pelirroja de curvas perfectas que tenía sentada en su regazo.

Esperaba que continuara dándome el espacio que le había suplicado y que hasta entonces me había dado.

- ¿Por qué parece que hay una guerra abierta entre tú y Carlo?

No para de mirarte con cara de perrito abandonado-preguntó Olivia, analizándome hasta fruncir el ceño y con la interrogación brillando en sus iris brillantes- Y no has ido corriendo hacia él, sino que te has girado como si no quisieras que estuviera aquí- apuntó pensativa.

- No es nada. Tuvimos una discusión y no lo hemos arreglado.

- ¿Vosotros? ¿Una discusión?- su tono era una mezcla entre incredulidad y diversión- Pero si ese chico besa el suelo por donde pasas- no pude evitar volver a mirar por encima de mi hombro.