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Mouth to a flame
Efrén y Flora
Efrén:
Hay veces en la vida que tienes la sensación de que todo a tu alrededor se ralentiza, que tu mirada se queda clavada en una persona y que todo lo que ocurre se encuentra en un segundo plano, el cual, ni siquiera tiene relevancia en ese momento.
Todo lo que importa lo tienes enfrente a ti, lo grabas en tu retina y en tu memoria, esperando que nada se olvide, que cada sonido, olor y mirada te lleve de nuevo a ese momento.
De repente, algo se acciona en tu interior, algo que llevaba tiempo dormido, esperando al momento adecuado para despertarse. Ese fue el sentimiento que me envolvió cuando vi a Flora a los pies de la escalera del hotel, esperándonos, agarrada a la manilla de su maleta.
Su pelo caía en cascada hasta por debajo de su cintura y su rostro libre de maquillaje mostraba las pequeñas pecas que decoraban su nariz y labios. Debajo de sus ojos, tan intensos como el chocolate, se distinguían rastros violáceos que descubrían su falta de sueño a causa de la noche anterior.
Recordar cómo se había quedado dormida entre mis brazos mientras agarraba con fuerza mi camiseta hacía que un latigazo azotara mi estómago.
Había tenido a centímetros sus labios de los míos y, aunque me hubiera muerto por besarlos, si en algún momento tenía la suerte y el deleite de probarlos, quería que ambos fuéramos conscientes de lo que iba a significar ese momento para ambos, porque para mí no habría marcha atrás.
No podía arrancar de mi memoria la imagen de su cuerpo desnudo, grabada como el fuego en mis recuerdos con ella desde el momento en el que le quité el pijama empapado de sudor.
Su piel, tan suave, me llamaba de una manera casi insoportable.
Cubrirla con mi camiseta, sin permitirme recorrerla con mis dedos, fue un acto de voluntad casi doloroso.
Me quemaba el deseo de saber cómo se sentiría bajo mi tacto, pero más fuerte aún era la necesidad de protegerla, de no quebrantar la pureza de ese momento con un acto que no naciera de su propia voluntad.
La lucha dentro de mí era casi desgarradora: la atracción intensa que me consumía y el profundo respeto que sentía por ella.
Cada línea de su cuerpo, cada curva, parecía susurrar mi nombre, y aun así, me aferraba a mi promesa interna de no tocarla.
Porque más allá del anhelo, había empezado a tener sentimientos por ella, tan profundos eran, que trascendían el deseo físico; quería ser digno de ella, de su confianza, del aura de color que parecía llevar con ella, como si de un halo se tratara.
Quería que el roce de mis manos sobre su piel, si alguna vez sucedía, naciera de su entrega tanto como la mía.
Y verla ahora, cómo mi camiseta quedaba en su cuerpo y que había sido su elección ponérsela, hizo que un calor extraño calentara el centro de mi pecho.
Quería ir y besarla, pero no podía, no debía.
Quería pasar mis dedos entre sus suaves mechones, tal y como hice anoche, con delicadeza, esperando poder escuchar de nuevo el suspiro de placer que salió de sus labios.
Estábamos destinados a hundirnos si seguíamos nuestros deseos.
Para mí no existía redención posible, pero para ella, todavía había tiempo.
Flora:
A la vuelta del viaje, decidí encerrarme en mi casa unos días, como si el aislamiento fuera la solución mágica para ordenar mis pensamientos y temores.
No volvió a llegar otro anónimo, aunque algo dentro de mí me gritaba que no me confiara, que tarde o temprano ocurriría.
Era la calma que antecedía a la tormenta; podía sentirlo.
Iba a la universidad, y de vez en cuando salía un par de horas con mis compañeros, aunque no tardaba en volver a casa.
Bueno, mejor dicho, volvíamos, porque Efrén parecía haberse tomado su trabajo como algo crucial, aunque mentiría si no admitiera que tenerle cerca calmaba el miedo que se había instalado en mí desde el primer sobre.
No importaba a dónde fuera: a clase, a una cafetería, de tiendas, al mercado, a por flores, a la librería; ahí estaba él, protegiéndome hasta de mi propia sombra.
Revisaba cada lugar con precisión, hasta que comenzó a darse cuenta de que siempre regentaba los mismos y dejaba de quedarse en el coche para acompañarme, exceptuando la universidad, donde me esperaba apoyado en la puerta, fingiendo una despreocupación que no sentía.
No era ni ciega ni sorda; escuchaba los cuchicheos de las chicas de mi clase, incluso las de diferentes cursos, y también veía como lo miraban, pero, salvo Bianca, nunca más le había visto coquetear con nadie en mi presencia.
En uno de nuestros viajes en coche, en los que aprovechaba para informarme de los próximos eventos a los que debía acudir, que no eran pocos debido a que la Navidad estaba a la vuelta de la esquina, decidió informarme que mi padre se había tomado la libertad de invitarle a él y a sus padres a pasar la noche de fin de año en la embajada.
Quise gritar por el pánico que me envolvió. No sabía cómo diablos afrontar el hecho de estar sentada en la misma mesa que sus padres. Después continuó hablando como si nada de mi calendario de las próximas semanas, en el que mi presencia era indispensable para mi padre.
Pero esa noche, después de mi aislamiento auto impuesto en el que rechacé, en más de una ocasión, los insistentes mensajes de Olivia en los que me invitaba a cualquier plan en la ciudad, decidí contestar al último.
Había una fiesta, y no una fiesta cualquiera, sino una fiesta en una de las azoteas más exclusivas de la ciudad, de esas a las que solo entras si eres conocido de o si tu cuenta bancaria es un insulto para el resto de los mundanos.
Conocía al dueño de algún acto social en el que había coincidido debido a mi padre, y sabía cómo manejaba sus negocios, por eso, me vi en la necesidad de hacerle el tercer grado a mi mejor amiga.
Después de un interrogatorio digno de la CIA, me confesó que la invitación corría a cargo de Nicolás De Luca.
Esa información me indicaba que: uno, tenía razón y algo pasaba entre ellos; dos, entre el odio y el deseo solo lo separa una línea tan delgada que es prácticamente inexistente, y tres, los Stracci también iban a estar ahí .
No era ningún secreto que el dueño era uno de los cabezas de familia que se habían posicionado a favor de los Stracci, respaldando a todos aquellos que estuvieran en su alianza.
Entre ellos, Angelo De Luca, el padre de Nico, y para añadirle más enredo, el alcalde de la ciudad.
Esa fiesta iba a ser una concentración de los herederos de las grandes fortunas de la ciudad y también, algo que antes o después, se iba a descontrolar.
Mientras tanto, Efrén había tenido que dejar aparcadas sus funciones como mi guardián para acompañar a Diego a una copa de negocios con empresarios y políticos; las cosas serias se discuten mejor con una copa de vino caro en la mano.
Mi padre, por supuesto, no podía faltar; sería entre un sacrilegio social y una oportunidad perdida para cualquier relación comercial que quisiera formar.
Efrén se vio en la obligación debido a la noche libre de Carlo; no creo que le hiciera mucha gracia dejarme sin protección.
Mi relación con Carlo no había mejorado.
Nos limitábamos a tratarnos con cortesía, pero la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Me había dado cuenta en sus intentos por tenerme cerca y por que confiara en él, pero la realidad es que no lo hacía y aunque había bajado algo la guardia junto con mi enfado, no me sentía cómoda con él.
Parecía mentira que él fuera a quien conocía de hacía cuatro años y que confiara mi vida al que en cierto sentido era un desconocido en comparación, aunque tuviera la sensación de conocerle de toda una vida.
Podía sonar algo dramático y extremo, pero la realidad es que le confiaba mi vida a un malhumorado, maniático y perfeccionista, y estaba completamente en paz con esa idea .
Habíamos creado esta especie de extraña mecánica: pasábamos tiempo juntos, como dos amigos…
o como dos personas que vivían dentro de una burbuja propia de sonrisas, risas, caricias robadas y muestras de afecto que disfrazaban en un acto mundano para no darle la importancia que merece, porque eso era acercarse a un abismo al cual no podías afrontar, al menos, no todavía.
Cada día, la distancia entre nosotros se reducía un poco más, hasta que uno de los dos decidía retroceder, como si estuviéramos jugando con fuego y deseáramos salir ardiendo.
Porque tal y como le dije aquella noche con Neptuno de testigo, no me importaba quemarme, arder.
No queríamos ganar este juego silencioso, pero tampoco deseábamos perder.
El limbo entre ambos extremos era nuestra única probabilidad.
Pese a no encontrarse ahí, había dejado de encargado a Romeo de mi traslado hasta la azotea, quien me esperaba en la puerta, tan cuadrado y hermético como siempre.
Bajé las escaleras vestida con un corto vestido plateado con detalles rosas, que se sostenía por unos finos tirantes también metálicos, combinado con unas botas altas que descansaban debajo de mis rodillas.
Con una chaqueta de pelo, me monté en el coche junto a Romeo, quien conducía rápido y en silencio.
Llegamos al hotel en unos pocos minutos, seguro que disminuidos por la rapidez con la que se conducía en esta ciudad, dejándote disfrutar solo de la noche romana, cuando se detenía en un semáforo para dejar pasar a los viandantes.
El resto del camino era un borrón de luces cálidas y traqueteo de las ruedas contra la calzada empedrada.