14 #2
Avancé hasta casi el final del pasillo y pasé la tarjeta por el lector de la puerta.
Lo que eran segundos pasaron como una eternidad hasta que un casi inaudible clic acompañado de una luz verde me aviso de que la puerta estaba abierta.
La empujé con fuerza y eché el pestillo antes de precipitarme hacia la cama y vaciar el contenido del sobre encima del edredón blanco.
Cuatro fotografías; esta vez no eran polaroids, no eran planos generales, sino planos cerrados de ciertas partes de mi cuerpo; mi rostro el día de la gala benéfica, mi cuerpo un día que salí de noche con Olivia y acabé en una de las discotecas de moda en la noche romana, mi pelo a la luz del sol y mis labios pintados de un rojo carmesí.
Las ganas de vomitar volvieron con fuerza; había estado presente en tantos momentos de mis días que me sentía profundamente expuesta, algo irónico para alguien que lleva seguridad a cada acto .
Pero no en tu día a día.
Efrén tenía razón. Confiaba en la bondad de las personas y en el destino en el que nada de toda la maldad que ocurría en el mundo me pasara a mí y había servido en bandeja de plata mi vida, mi cuerpo, mi persona a un desconocido que había estado muy cerca de mí en tantas ocasiones que ni siquiera me había dado cuenta.
Estaba en mi entorno, en mi mundo, escondido a la luz del día.
¿Quién querría tener unas fotografías mías? ¿Por qué yo? ¿Y por qué no me exigía nada?
Si fuera uno de los enemigos de mi padre, podría pedirme dinero, contactos, secretos, pero no había demandado nada en la primera nota; solo había instalado en mí el miedo y el terror con una frase de la Biblia, que, lejos de esclarecer quién podía estar detrás del anónimo, lo enmarañaba aún más.
Di la vuelta a las fotografías, pero no había nada en ellas, ni una nota, nada.
Ni siquiera una palabra, estaban en blanco, no me creía que tan solo me mandara las fotografías.
Miré dentro del sobre buscando una nueva nota; sin embargo, no me encontré una nota escrita en un papel, sino una caligrafía elegante escrita a lo largo de todo el sobre.
Despegué con cuidado ambos lados y ante mí se desplegó una carta escrita con tinta negra.
A ciento treinta y cinco escalones entre el purgatorio y el juicio final, donde se hallará mi destino, contigo. Será tu luz y alma quien nos lleve al cielo o mi oscuridad al Inferno.
Tu rebeldía, tu falta de amor que regalas a los enemigos, hará que estés bajo la zarpa del mismísimo Inferno, sufriendo tu castigo por tú pecado capital. Sobrevivo en el Inferno, pues es mi hogar, pero un ángel sufrirá hasta rogar.
Pero recuerda, a veces, la belleza se encuentra en la tragedia.
Mis manos temblorosas tiraron la carta sobre la cama como si quemara y me alejé de ella, hasta tropezar con mis propios pies y apoyarme en la pared.
Quien estuviera mandándome aquellos anónimos, estaba completamente loco y obsesionado con una idea de mí, que ni siquiera era cierta.
El aire de la habitación había disminuido de manera considerable en los últimos segundos, haciéndome imposible respirar con naturalidad.
No me llegaba aire a los pulmones y un pitido en mis oídos hacía que escuchara a mi propio corazón cabalgar como un loco.
Las palabras se repetían en mi mente, intentando encontrar una correlación entre ellas; la primera vez fue la Biblia, esta vez debía de tener otra unión más allá del infierno.
Cogí mi móvil y abrí el buscador, tecleé la carta para ver si había algún resultado y en efecto, había uno de ello. Correspondía a un fragmento de Eros y Psique, en el que el beso de él le sacaba de un letargo eterno.
Mi respiración cada vez se aceleraba más y mis pulmones quemaban ante la violencia de mis bocanadas. Abrí la ventana, pero no era suficiente. Me estaba quedando sin aire, no podía respirar.
El sonido casi tímido de dos toques a la puerta se filtró hasta mi cerebro, accionando el botón que necesitaba para salir de aquel estado de estupefacción y terror .
Efrén.
Efrén me dijo que me buscaría cuando llegara al hotel.
Necesitaba tranquilizarme antes de abrir la puerta, si no, sabría que algo iba mal y todavía no quería contarle nada de aquello.
Sabía lo que pasaría si lo hiciera: alertaría a la policía y a toda la seguridad de la ciudad, además de iniciar un operativo en la misma embajada, y no podría salir a ningún lugar sin seguridad.
Me había adaptado a mi nueva realidad con naturalidad, solo porque implicaba que desde hacía semanas pasaba la mayor parte de mi tiempo a su lado.
- Ya voy- grité con la voz más convincente que pude antes de ir al baño a lavarme la cara y soltar mi cabello de la pinza que lo tenía amarrado. Con un poco de suerte, no se daría cuenta de lo pálida que estaba y, si lo hacía, podía alegar que era a causa de que todavía no me encontraba bien.
Guardé las fotografías y el anónimo en mi bolso y bloqueé mi teléfono, en el que todavía se podía leer mi última búsqueda en la pantalla encendida, e instalando una sonrisa en mis labios, fui hasta la puerta.
- Pensé que la reunión iba a alargarse…- empecé a decir, pero las palabras murieron en mi boca al ver que no era Efrén quien estaba al otro lado.
Era Carlo.
- ¿Que quieres?- espeté, con una frialdad que me sorprendió incluso a mí. Habíamos sido amigos durante años, pero ahora, estaba tan rota, tan enfadada, que no podía ni mirarlo.
Su rostro se tornó en una expresión triste; bajó la mirada y se llevó las manos a los bolsillos de su pantalón de traje negro.
- Pedirte perdón- dijo, dando un paso hacia adelante. Yo di uno hacia atrás, agarrando con fuerza el marco de la puerta. El dolor se reflejó en sus ojos verdes como una bofetada- Por favor, hablemos…
¿Qué nos había pasado? ¿Cómo habíamos pasado de ser inseparables a esto? ¿Por qué se había comportado así? No era el único que estaba dolido, que le había destrozado ver que la persona a quien creía conocer, no era como esperaba. Cuando me besó, por un minuto, sentí que era lo que debía de ser.
Era mi mejor amigo y si había una posibilidad que fuéramos pareja, habría luchado por ella.
Al igual que habría luchado por él, contra sus traumas y contra cosa sus inseguridades.
Pero todo ello estalló, cuando no me escuchó, cuando le supliqué que parara y no lo hizo y sobre todo, cuando al irse y verme tirada en el suelo, con el corazón por los suelos, sonrió.
¿De verdad le quería en mi vida? ¿O simplemente echaba de menos quien creía que era?
- ¿De qué quieres hablar, Carlo? ¿De cómo te comportaste ayer, acto seguido de que me pidiera que te perdonara? ¿De eso quieres hablar?
- Estaba dolido…Hablé sin pensar, por favor, tienes que creerme, no quería hacerte daño.
Dolido.
¿Estaba dolido él?
Entonces, ¿yo que estaba? ¿Destrozada?
- ¿Dolido?- mi voz se volvió un susurro afilado, cargado de veneno- ¿No crees que debería de ser yo la que estuviera dolida?
- ¡Joder Flora, estaba celoso! ¿Crees que es sencillo ver como un tío que no conoces de nada intenta seducirte y tú pareces disfrutar de su compañía? Deberías ver como le sonreías, como le mirabas…
- Ian no es…
- ¡No lo digas! No lo niegues. ¿Sabes que es lo que más me duele, lo que me revuelve el estómago?
- se llevó la mano al corazón con la desesperación brillando en sus ojos- Que a mi me solías mirar así, solía ser el afortunado a quien mirabas así y joder, pequeña, no sabes como duele el saber que puede que jamás vuelvas a hacerlo.
¡Dime qué tengo que hacer! ¡Dime qué necesitas de mí!
- Necesito que me digas quien eres. Necesito saber si la persona que he querido durante años es el mismo que abusó de mí.
¿Eres el que me traía flores del mercado o el que me esperaba bajo la lluvia para entrar al Panteón?
¿Eres el que me besaba en la frente como promesa de volver?
- las lágrimas me quemaban, pero no se derramaban- ¡Necesito saber si todo fue una mentira!
El silencio que quedó tras mi última palabra fue ensordecedor. Podía escuchar mi propia respiración entrecortada, el latido frenético de mi corazón que se estrellaba contra mis costillas, y sobre todo, el eco de una pregunta que resonaba cada vez con más fuerza en mi cabeza.
La pregunta seguía flotando entre nosotros, como una sombra que ambos intentábamos evitar, pero que era imposible ignorar. Mi cuerpo temblaba, pero no era de miedo. No esta vez. Era rabia .
Una rabia que me consumía desde el interior, como un fuego incontrolable.
- ¿ Dolido ?- repetí sus anteriores palabras. Mi voz salió disparada como un látigo cortante- ¿No crees que soy yo la que debería estar dolida, Carlo? ¿Tienes una mínima idea de lo que me hiciste? ¿Del dolor que dejaste atrás?
Intentó acercarse de nuevo, pero tal y como había hecho minutos antes, retrocedí un paso, levantando una mano para detenerlo. No podía soportar tenerlo más cerca.
- No me toques. No intentes jugar otra vez a ser la víctima, porque no lo eres. Tú eres el que rompió todo. Tú eres el que cruzó la línea. Y no, Carlo, no te disculpes de nuevo, porque no quiero oírlo.
Su rostro se contrajo, como si mis palabras fueran puñetazos a su herida abierta, pero no dejé de hablar. No iba a parar. No esta vez.
Lejos de sentirme triste o pequeña di una paso hacia él, quedándome a pocos centímetros de su cuerpo. Mi voz sonaba fuerte y segura, importándome muy poco si otro huéspedes nos escuchaban discutir, no iba a dar ni un paso atrás, no era yo quien se debía sentir avergonzado.
- ¿ Celos ? ¿De verdad? ¿Crees que eso es una excusa?
¿Crees que tus celos justifican lo que me hiciste?
- mi voz se quebró, pero no de debilidad, sino de la rabia contenida- Tú no estabas dolido.
Estabas enfadado ante la idea de que Ian me gustara de verdad, porque crees que puedes controlar lo que siento y no, no tienes ningún derecho. No te debo nada, Carlo. Nada .
Sus ojos verdes destilaban desesperación, tanta, que una lágrima comenzó a rodar por su mejilla. Jamás le había visto llorar. Jamás y aunque ver esa lágrima deslizándose por su mejilla, encogió mi corazón hasta tenerlo en un puño, no di marcha atrás.
- Y ¿sabes qué es lo peor?- continué- Me has hecho dudar de mí misma. Me has hecho creer que tal vez merecía lo que me hiciste. Que todo era culpa mía. ¿Y sabes qué? No lo es. La única culpa que tengo es no haberte dicho todo esto antes.
Carlo, se llevo las manos a su cabello oscuro, tirando de las puntas, buscando cualquier cosa que decir. Suplicándome con la mirada que tuviera misericordia con él. Su respiración errática, parecía acompañar al latido de mi corazón.
- Sí realmente me quisieras como dices, jamás me habrías hecho lo que me hiciste.
Nunca. El amor no duele así, Carlo. El amor no destroza.
Siento no haberme dado cuenta antes de tus sentimientos, pero la realidad, es que nunca pensé que pudieras amarme de esa manera, así que lo siento, si te he hecho daño, lo mío, sí fue sin querer.
- ¡Ni siquiera pienses que no hay ni un momento que no me hunda la idea de lo que te hice!- su voz tembló, quebrándose en cada palabra- ¡De cómo te hablé ayer!
Sus brazos cayeron a ambos lados del cuerpo, inertes, como si de pronto se quedara sin fuerza para sostener su propio peso.
- Esa persona que describías… es una versión de mí cuando estoy contigo- tragó saliva, intentando contener algo que ya se desbordaba- Nunca…
-su voz se rompió bajo la angustia que asomaba en sus ojos- Nunca creí que alguien pudiera mirarme como tú lo hacías.
Que alguien pudiera quererme… por lo que soy.
Apretó la mandíbula, los ojos enrojecidos.
- Me doy asco al pensar lo que te hice. Al pensar que pude haber destrozado lo único real que he tenido en mi vida.
- ¡Jamás volveremos a ser quienes fuimos!- mi voz rota, sonó firme- ¡Porque rompiste algo en mí que no puedo recuperar!
- Ti amo- confesó, como si aquellas sílabas lo dejaran completamente desnudo ante ella.
El aire se quedó atascado en mi garganta y lo único que podía pensar era en lo injusto que era soltarme aquello en ese momento. Negué con la cabeza y entonces, la pregunta que me había perseguido día y noche, abandonó mis labios.
- ¿Te hubieras detenido?
- ¿Qué…?
- ¡Contéstame! Si no hubiera entrado Efrén…¿te habrías detenido?
- Te deseo Flora, pero no así.
- ¿Así? ¿Violándome?
- Por favor, ni siquiera lo digas…- retiró la mirada. Sus manos temblaban, y cuando volvió a mirarme, sus ojos estaban llenos de lágrimas- Mi deseo por ti no está por encima de tú sufrimiento.
Asentí con la cabeza y dejé que las lágrimas que tanto quemaban en mis ojos, se deslizaran por mi rostro, hasta chocar con mis dedos desnudos, cayendo en picado, contra el suelo. Carlo inspiró y con la voz rota, habló.
- Te quiero y siempre lo haré. Posiblemente hasta el final de mis días- dio un paso hacia mi y me besó en lo alto de mi cabeza, mojando con una de sus lágrimas mi mejilla- Te dejo descansar.
Cerré la puerta y, al instante, me apoyé en ella dejando que mis piernas cedieran bajo el peso del mundo que se desmoronaban sobre mí.
Solo en ese momento, cuando ya no había ojos que pudieran verme, me permití romperme.
Las lágrimas brotaron, ardientes y silenciosas, deslizándose por mis mejillas mientras el corazón, desbocado, golpeaba como si quisiera escapar de mi pecho.
Mi respiración, entrecortada y errática, era el eco superficial de mis latidos.
Un loco sabía exactamente dónde estaba, cada movimiento que hacía, enviándome un anónimo a un hotel en Bruselas.
Y Carlo, aquel que creía mi amigo, aquel en quien confié todo, me había hecho sentir usada, sucia…
y casi destrozada. Y luego, como si no fuera suficiente, me escupió cada una de sus inseguridades convirtiéndolas en mi culpa directa.
Me lanzo al abismo de sus celos, hasta hacerme dudar de mí misma, hasta obligarme a preguntarme si todo era culpa mía.
Expulsé el aire de forma entrecortada, y por un segundo, un solo segundo, anhelé con desesperación que me envolviera entre sus brazos, como hizo a noche, susurrándome palabras de consuelo hasta que el caos en mi mente se disolviera como un mal sueño.
Sus brazos se había convertido en mi refugio, y ahora lo necesitaba.
Desterrando el pensamiento, me levanté, con una determinación temblorosa propia de quien quiere huir, me preparé para coger el avión que me llevaría de vuelta a casa.
Está vez no había trajes elegantes, solo unos vaqueros desgastados y un camiseta negra, varias tallas más grande que la mía, suave contra mi piel, impregnada del olor de unos ojos oscuros, desconfiados y con motas de miel dulce.