Fuimos Roma 14
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All the things she said

Flora

Lo último que recuerdo antes de quedarme dormida, es el sonido del televisor de fondo y el latir del corazón de Efrén debajo de mí.

Me gustaría decir que había dormido toda la noche, pero distaba mucho de la realidad.

A las pocas horas de dormirme, me desperté corriendo hacia el baño antes de vaciar el poco contenido que había en mi estómago.

Entre arcadas y lágrimas, el tacto caliente y tranquilizador de Efrén me sujetaba el pelo mientras masajeaba mi espalda en círculos. Odiaba sentirme tan dependiente.

Con una toalla mojada y con un mimo infinito, la deslizo desde mi sien hasta mis labios, que ahora sentía hinchados. Sin apenas esfuerzo me levantó del suelo, atrayéndome hacia su pecho desnudo, y volvió a colocarme debajo de las sábanas.

Fue la primera de las tantas veces que vomité aquella noche.

Intenté que Efrén se fuera, pero en lugar de convencerle, se sentó en el suelo del baño, con la espalda apoyada en la bañera, colocándome sobre sus piernas, abrazándome, hasta que caía dormida.

Sabía que debía de estar terriblemente incómodo, pero no dijo nada; se quedó en el suelo del baño, cuidándome.

Al despertar a la mañana siguiente, ya no estaba en el suelo del baño, con los brazos de Efrén a mi alrededor, cobijándome, dejando que descansara encima de su cuerpo, sin emitir queja.

Me desperté debajo de las sábanas suaves, me sorprendí al notar que no tenía la misma ropa que anoche; en lugar de llevar mi pijama y su sudadera, habían sido sustituidos por una camiseta negra de manga larga que me quedaba a la altura del principio de los muslos.

Flashes de lo que pasó anoche llegaron a mi mente.

Recordaba estar muy cansada y tener mucho calor.

En algún momento, con movimientos torpes, traté de deshacerme de la sudadera.

La camiseta del pijama estaba pegada a mi piel, como una segunda capa húmeda, sofocante.

Después de eso, solo había oscuridad. La línea que separaba la vigilia del sueño se desdibujó, y lo siguiente que supe fue que Efrén debió haberme cambiado… y, por lo tanto, haber visto desnuda.

Me tapé la cara con la almohada, intentando sofocar la avalancha de pensamientos.

La idea debería incomodarme, pero no era así.

Mi mente traicionera imaginaba cómo sus dedos habrían acariciado mi piel al deshacerme de la ropa, cómo habría bajado la tela, suavemente, sin prisa, su mirada oscura en cada rincón de mi cuerpo.

El calor que sentía en mis mejillas no era solo de vergüenza.

Me odié por no haber estado consciente, por no haber disfrutado de su tacto.

Menos mal que las braguitas que llevaban para dormir eran de encaje negro. No era el día para el algodón.

Su olor me envolvía, impregnado en la camiseta de algodón que llevaba.

Olía fresco, suave, con una nota cálida y firme que me hacía pensar en él.

Controlado, protector, con un transformado más profundo, más oscuro.

Me mordí el labio, sintiendo una punzada de anhelo que no podía controlar.

Me preguntada cómo sería despertar con su cuerpo al lado del mío, con us brazos envolviéndome y sus labios rozando mi nuca.

Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios, dulce y traviesa.

No debía pensar en él de esa manera, pero el eco de su voz, autoritaria y suave a la vez, resonaba en mi cabeza.

La parte más racional de mí sabía que debía levantarme, que tenia que alejarme de esas fantasías que no iban a cumplirse, pero el deseo de quedarme bajo las sábanas, envuelta en su olor, me consumía.

Sin embargo, el hambre era un tirón insistente, una necesidad más sencilla que el caos de sentimientos que él despertaba en mí.

Puse los pies en el suelo, sintiendo el frío a través de ellos, miré el reloj de la mesilla; era pasado medio día, llevaba más de medio día durmiendo y, aunque no las tenía todas conmigo, decidí asearme y arreglarme para bajar a desayunar.

Con unos simples vaqueros holgados y un jersey de punto, crucé el pasillo y bajé en ascensor, directa a la zona de cafetería.

Al salir del ascensor, me encontré en un gran salón donde la luz entraba a raudales por el techo de cristal, reflejándose en las copas de cristal creando motitas de luz por todo el lugar; en algunas, incluso, podías distinguir algún que otro arcoíris.

Los arreglos florales decoraban la estancia junto a los centros de mesa que había distribuidos por cada una. Los sofás y sillones de terciopelo rojo complementaban las prendas caras con las que vestían los aquí presentes.

Localicé una pequeña mesa al fondo, pegada a uno de los grandes ventanales que daban al patio interior. La luz del sol acarició mi rostro según me senté, insuflando vida a mis pálidas mejillas .

Ordené mi desayuno antes de abrir la aplicación de mensajes en la que me encontré con diferentes chats sin contestar, entre ellos, el de Olivia, quien me envió una foto de su noche anterior con Dante.

Había ocasiones en que tenía envidia de Oli.

Envidiaba su despreocupación, sus ganas de hacer su propio camino y cómo era libre en cada una de las decisiones que tomaba, aunque la intentaran retener.

Vivía como quería y aprovechaba cada oportunidad al máximo; era ella quien ponía las reglas y no los demás.

Y por una vez, yo también quería vivir y coger aquello que realmente quería.

Busqué entre mis contactos el nombre de Efrén y pulsé el chat vacío.

Yo:

¿Sabes algo de por qué me he despertado sin pijama?

Dudé antes de pulsar enviar, pero los nervios, la expectación y la intriga por su respuesta fueron mayores y, antes de que pudiera arrepentirme, pulsé el botón de enviar. Apenas habían pasado unos segundos cuando mi móvil vibró encima de la mesa.

Efrén:

Es una pregunta poco profesional, señorita Hidalgo. Pero, por curiosidad, ¿cómo se ha levantado si no tenía su pijama?

Yo:

Con una camiseta negra, que estoy segura que no estaba en mi

maleta.

Su respuesta se demoró unos segundos, en los que los nervios subieron desde la boca de mi estómago hasta formarse un nudo en mi garganta .

Los nervios se transformaron en una sonrisa aumentando el revoltijo de sentimientos que danzaban por mi interior.

Efrén:

Solo se que esa camiseta tiene mucha suerte.

Y que ojalá hubiera estado ahí para verte despertar, al igual que me gustaría estar ahí para verte ahora mismo.

Estás muy guapa cuando te sonrojas, colibrí.

¿Cómo sabía que me había sonrojado?

Efrén:

Baja a desayunar y come bien, no solo un café. No quiero que te desmayes antes de que pueda volver a verte.

Me llevé las manos a las mejillas, palpando el calor que desprendían; tan solo unas pocas palabras eran necesarias para encenderme desde dentro.

Era absurdo mirar a mi alrededor, lo sabía.

No estaba aquí, pero aun así, su presencia parecía llenar cada rincón, como si hasta la distancia fuera incapaz de contenerlo.

Me asombraba su capacidad para conocer hasta el más ínfimo detalle de mí, pudiendo leer mis pensamientos sin necesidad de verme.

Un sentimiento cálido corría por mis venas, libre y poderoso, una mezcla embriagadora de autoridad, coqueteo y ternura.

Sus palabras firmes, cuidadosas, impregnadas de una preocupación que me hacía sentir segura, protegida, incluso cuando estaba a kilómetros de distancia.

Me envolvía, como una manta invisible que me recordaba que, de alguna manera, siempre estaba pendiente de mí.

Y entonces llegó el vértigo. Una sensación punzante, como si el suelo desapareciera bajo mis pies.

La realidad me golpeó de frente, implacable, y me dejó sin aire: estaba cayendo, irremediablemente, y no había marcha atrás.

Creo que quería a Efrén Torres. Y lo más aterrador no era reconocerlo… sino no saber cuándo había comenzado.

- Disculpe mi intromisión, señorita, ¿es usted Flora Hidalgo?- una voz temblorosa rompió la burbuja en la que me encontraba.

Un joven camarero me miraba con los ojos muy abiertos desde la otra esquina de la mesa, a varios centímetros de ella.

Sus manos se aferraban a un sobre blanco y oteaba el reflejo del cristal, a un hombre trajeado a su espalda.

Su responsable debía de dar miedo, si así de nervioso ponía a su personal.

- Sí, soy yo. ¿Ha pasado algo?- pregunté dejando de lado la taza de porcelana en la que seguía teniendo el café humeante.

- Oh, no, nada de qué preocuparse, señorita. Han dejado esto en recepción a su nombre, ¿desea que se lo deje aquí o que lo suba a su habitación? No quisiera estropearle el desayuno-miré el sobre que sostenía entre sus manos y un sudor frío comenzó a recorrer mi espalda.

- Gracias, eres muy amable, no hace falta que lo subas a mi habitación- extendí mi mano y agarré el sobre que me entregaba.

- Que disfrute del desayuno- dijo después de entregarme el sobre con manos temblorosas.

- Gracias- le sonreí y esperé a que se alejara antes de clavar la mirada en el sobre.

El sobre no tenía remitente, tan solo un sello de Roma. La situación me resultó inquietantemente familiar, mis manos comenzaron a temblarme, no podía ser verdad, otra vez, no .

¿Cómo sabía dónde estaba?

Miré hacia ambos lados para comprobar si veía a alguien sospechoso en la sala, pero nadie me prestaba atención.

Me levanté lo más tranquila que pude y sonreí a los camareros de la cafetería, uniformados con chaleco y pantalón negro, camisa blanca y pajarita, antes de salir lo más rápido que pude hacia el ascensor.

Mi respiración estaba acelerada y mis manos temblaban hasta hacerme imposible poder abrir el sobre. Respiré un par de veces y entonces pude abrir el sobre.

La primera vez fue un folleto y una fotografía; esta segunda vez, no sabía qué me iba a deparar, pero iba a esperar a estar dentro de la habitación para descubrirlo.