13 #4
- Evasión- asintió, deslizando los dedos por el borde de su copa, con el reloj reluciendo en su muñeca-Pero prefiero que me lo cuentes tú, porque algo me dice que eres la razón por la que Efrén lo mira como si quisiera matarlo.
- Eso no es verdad, papá.
- Son mis hombres, Flora, pero tú eres mi hija y, si hay algo que pase contigo, créeme que lo sé. Puede que me equivoque en muchas cosas y que haga mal otras tantas, pero en esto dudo mucho que sea un error de mi juicio, así que dime, qué ha pasado.
Un nudo se formó en mi garganta. Por un segundo, quisiera decirle todo: que Carlo ya no me daba seguridad, sino miedo; que me aterraba el hombre que resultaba ser y una parte de mí, había dejado de amarle.
Pero no lo hice. En lugar de eso, ofrecí una versión diluida, azucarada, porque sabía que si le daba algo real, lo investigaría hasta el fondo.
- Soy tu hija, papá, no uno de tus hombres a quién les des órdenes. Por eso, solo te diré que Carlo y yo hemos discutido. No estamos en buenos términos, pero te pido que lo respetes y que no interfieras en su vida profesional. No invalides su trabajo por esto.
- De acuerdo. Pero si en algún momento interfiere en tu seguridad o traspase la línea roja, estará fuera. Sin concesiones- asentí en silencio.
Él volvió a hablar con los demás, mientras yo sonreía y luchaba por mantener el contenido de mi estómago donde debía estar. Sin embargo, sentía que me desmoronaba, sabiendo que había dicho menos de lo que realmente quería, pero más de lo que me atrevía a enfrentar.
Mis dedos jugueteaban de nuevo con el anillo, distraída, mientras contaba los minutos para que terminaran el postre. El plan era sencillo: disculparme en cuanto comenzara el cóctel, volver a mi habitación, ponerme el pijama y dormir hasta el día siguiente. Una voz grave me sacó de mi ensueño.
- Sabes que no acabará bien, ¿verdad?- mi giré hacía la voz ronca de Ian, desconcertada. Me había ignorado durante toda la cena y esperaba que continuara así.
Me giré hacía él, desconcertada.
- ¿Perdona?- pregunté, frunciendo el ceño.
- La has salvado bien por ahora, pero eso no va a terminar bien- añadió, refiriéndose a algo que aún no lograba descifrar.
- No sé de que me estás hablando.
- De tus guardaespaldas. Tú padre es astuto en muchas cosas, pero en lo que respecta a ti…deja bastante que desear- sentí la irritación subir por mi garganta, obligándome a mantener la compostura.
- No recuerdo haber pedido tu opinión- repliqué- Aunque no me sorprende que te metas donde no te llaman. Es típico de los pedantes.
Soltó una carcajada, un sonido que parecía resonar en mi piel, y se llevó la última cucharada de su postre a la boca antes de apartar el plato.
- Sí, en cuanto a eso, también te has acercado bastante-señaló mi plato sin tocar- ¿No te lo vas a comer?- negué con la cabeza.
Extendí la mano para empujar el plato hacia él, pero antes de que pudiera hacerlo, Ian arrastró su silla más cerca, hasta que nuestros brazos se rozaron.
No pude evitar mirar a mi alrededor, buscando un mínimo de atención centrada en nosotros, respiré aliviada al ver que nadie nos prestaba atención.
- Sin embargo, se me ha olvidado añadir tu falta de conocimiento sobre el espacio personal, tu gusto por los postres caros y la rara vez que te dicen que no- añadí, ganándome una sonrisa mientras tomaba mi cuchara y lo hundía en el trampantojo de fresas que había reclamado como suyo.
Lo observé divertida, ante el gusto que mostraba al saborearla mousse con una satisfacción propia de un niño.
- ¿Siempre eres así de intrusivo?- pregunté, alzando una ceja.
- Solo con personas interesantes- replicó sin dudar- Me gustas.
Tal y como te dijo tu padre, por eso me acerco a ti.
Que el postre sea caro me da igual, si hubiera sido una chocolatina, te la hubiera intentado robar igual.
Y sí, es cierto… no suelen decirme que no- apreté los labios, reprimiendo una sonrisa mientras tomaba mi copa de agua y bebía un sorbo, pensando en que contestarle- Aunque sé que contigo no tengo ninguna posibilidad- añadió tras tragar otra cucharada de mousse de fresas.
Me incliné un poco hacia él, empezando a disfrutar del momento.
- Eso sería enfrentarte a un no, ¿te crees capaz de soportarlo?
Se encogió de hombros, con sus ojos metálicos brillando por la diversión y el desafío.
- Es un golpe duro, sin duda. Pero me conformaré con estar en tu lista de contactos… cuando llegue el día en que cambies de opinión.
Me reí suavemente, sin poder evitarlo, mientras él seguía disfrutando del postre robado. Parecía que le sabía mejor solo por ese hecho.
Quince minutos después, continuaba hablando con Ian.
Había llegado a la conclusión de que era una mezcla desconcertante de arrogancia, encanto y un aura que le rodeaba, que provocaba en el resto un respeto que provenía del pánico.
En su voz autoritaria y semblante hermético, había una calidez velada, casi imperceptible, que te hacía querer bajar la guardia.
Había algo roto en él, algo que se cernía como una sombra sobre sus hombros, creando la versión de sí mismo que tenía hora delante.
Algunas personas necesitan que las dejen ser, con sus verdades, sus demonios y sus silencios, sin exigir más.
Su mano rozó la mía, como varias veces había hecho al coger su copa de vino, cuando mi cuerpo no pudo más. Me excusé con una sonrisa débil y caminé apresurada hacia el baño, intentando mantener la dignidad a pesar de los tacones imposibles que llevaba.
Al llegar, el control que había conseguido mantener durante toda la noche, se desmoronó.
Vomité con furia, vaciando mi estómago hasta expulsar cada gota de agua que había bebido, además, de la tensión, el miedo y el agotamiento.
Las arcadas no cesaban, mis lágrimas se mezclaban con el sudor que perlaba mi frente, y la bilis quemaba hasta lo más profundo de mis entrañas.
Apoyé la frente en las frías baldosas, el mármol helado calmaba la fiebre abrasadora de mi piel.
¿Ahora como iba a salir de ahí?
Dos golpes suaves resonaron en la puerta.
- ¿Sí?- pregunté con voz ahogada, sin fuerzas.
- Soy Efrén. Abre.
Ni siquiera pude levantarme. Extendí la mano débilmente para girar el pestillo, y la puerta se abrió con un suave clic. Su rostro apareció al otro lado, desencajado por la preocupación. Pero solo fue un instante antes de que la determinación endureciera sus facciones.
- Nos vamos- declaró, tajante.
No era una propuesta, era una orden.
Caminó hasta el lavabo, humedeció una de las toallas individuales que había para secarse las manos y se arrodilló frente a mi, limpiando con cuidado las lágrimas y el sudor de mi rostro.
Con sumo cuidado, deslizo la toalla por mis sienes y la comisura de mis labios, resultándome imposible mantener los ojos abiertos.
- No tendría que haberte dejado venir- murmuró, su voz grave y llena de culpa.
- Debía estar aquí. Estoy bien.
- No, debías estar segura. Ese es mi trabajo.
- Protegerme, no preocuparte por mí- sus dedos retiraron un mechón pegado a mi sien.
- Ambos sabemos que eso ya no es una opción para mí- sus dedos cálidos dibujaron el contorno de mis labios, ahora, hinchados- Dejó de ser una opción cuando te vi por primera vez. Cuando vi el atardecer a través de ellos, supe que ya no había vuelta atrás.
Sentí como el corazón se me aceleraba desbocado. Todo mi ser clamaba por aferrarse a él, adentrarnos en la burbuja en la que solo existíamos nosotros, la que rogaba que se quedara y no desapareciera. La pregunta escapó de mis labios antes de poder detenerla:
- ¿Te quedarás conmigo esta noche?
Sus ojos brillaron, y en ese momento supe que lo necesitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Caminamos por el pasillo iluminado por luces cálidas que proyectaban sombras suaves sobre el mármol inmaculado. Efrén se detuvo a la entrada.
- Espérame aquí, apenas hace un grado en la calle. Iré a por el coche y regresaré a por ti. No tardaré.
- De acuerdo- ni siquiera intente discutir.
Asintió y antes de alejarse, besó mi frente, dejando el calor de sus labios sobre mi piel mientras sus pasos resonaban contra el suelo. Se detuvo antes de cruzar la puerta y me lanzo una última mirada.
- Estaré aquí cuando regreses, no me moveré- le aseguré levantando un poco la voz para que me escuchara.
- Más te vale, si no te encuentro aquí, te buscaré. Y no habrá nada ni nadie que pueda detenerme.
Me quedé sola, con el calor de sus palabras ardiendo en mi pecho, cuando una voz grave rompió el silencio.
- ¿Te vas ?
Ian Bailey, desde el otro extremo del pasillo, me sonreía con las manos metidas en los bolsillos de su caro traje. Avanzó hasta que la distancia entre ambos se evaporó.
- Una lástima. Me estaba empezando a divertir.
- Yo también- admití, sorprendida por mi propia honestidad.
Su altura rivalizaba con la de Efrén, al igual que su porte atlético. Su mano, rozó mi mejilla, un toque ligero que dejó un reguero de calor allí donde nuestras pieles habían entrado en contacto. Sus ojos grises, brillaban con algo oscuro y dulce danzando en ellos.
- En otra ocasión hubiera insistido para que pudiéramos volver a vernos, pero no lo haré.
Creo que sería difícil reponerse después de conocerte.
Sé que no me elegirías- sus labios se curvaron en una sonrisa melancólica- ¿Estáis juntos?
-sentí el calor en mis mejillas zumbando y ardiendo ante los ojos del que prácticamente era un extraño.
- ¿Q-que?- tartamudeé ante su directa pregunta- No…no lo estamos- negué con la cabeza para poner mas énfasis a mis palabras.
Sonrió con tristeza.
- Lo estaréis. Es inevitable. Ha sido un placer pasar esta noche contigo, Flora. Espero que no sea la única.
Me besó las mejillas con ternura y antes de que pudiera arrepentirme, me di la vuelta justo en el momento en el que iba a doblar la esquina.
- Ya sabes donde encontrarme- le dije con una sonrisa.
- No me tientes- volvió a sonreír y a pasarse la mano por su frondoso cabello, haciendo centellear la correa del Rolex de esfera verde que decoraba su muñeca izquierda.
Antes de que pudiera procesarlo, otra voz apareció detrás de mí. Una voz que últimamente me helaba la sangre a diferencia de los últimos cuatro años, que era la causante de mi calma.
- ¿Te gusta?
Dios, yo solo quería llegar a la habitación, darme un baño calentito y meterme bajo las sábanas. No quería/necesitaba más drama.
- ¿El qué? ¿Vomitar en un baño de un hotel?- le contesté de manera mordaz ante la forma que tenía de mirarme.
Ya había visto esa mirada antes y no me gustaba. No me gustaba donde me llevaba.
Los recuerdos inundaron mi memoria. Violencia, dolor y abuso. Intenté mantener la calma, pero ya estaba de vuelta. Estaba de vuelta en mi habitación y mi labio sangraba. Le gritaba, pero no paraba.
Avanzó hasta que ya no hubo espacio entre nosotros y agarró mi brazo con fuerza.
- No te hagas la lista conmigo, Flora- avanzó hacia mí y yo retrocedí un par de pasos, hasta chocar con la pared- Ian Bailey. ¿Te gusta ese hijo de puta pretencioso?
- No es de tu incumbencia quién me gusta o no.
- Tendrías que haberte visto. Riéndote por cualquier mierda que te dijera.
Dejando que te tocara, ¿es eso verdad? ¿Te gusta que te toque un tipo como él?
- cada palabra que salía de su boca era un centímetro de distancia que añadía entre nosotros, hasta hacer una distancia tan difícil de salvar, que no creía que volviera a confiar en él- Pensaba que eras diferente, pero no eres otra zorra que ansía atención- me agarró el brazo con fuerza, a la altura de mi pecho.
- Vete al infierno, Carlo- intenté zafarme de su agarre, pero era imposible y, con cada tirón que daba yo, más fuerte apretaba él- Tienes tres segundos para soltarme o empezaré a gritar.
- No va a oírte nadie aquí- nuestros ojos estaban desafiándose, los suyos con una tormenta oscura y los míos con la determinación de no dejar escapar ni una sola lágrima-Eres patética, primero le buscabas entre la multitud y luego te conformaste con Bailey, cualquiera vale para calentarte, ¿verdad?
- Cualquiera menos tú- sabía que esa contestación iba a traerme problemas y casi me preparé para lo que podría pasar, hasta que la voz de mi salvador rompió la burbuja de terror que había creado a mi alrededor.
- Suéltala. Ahora.
La rabia en su voz era tan fría como letal. Carlo retrocedió, pero no sin dejar caer su veneno con una sonrisa en sus labios.
- Relájate, Torres, simplemente la estaba sujetando. Está mareada- mentiroso.
Mareada por tenerte cerca.
- Aléjate de ella, es la última vez que te lo digo- los puños a ambos lados de su cuerpo temblaban con fuerza.
En cambio, Carlo levantó las manos en gesto de redención y dio dos pasos hacia atrás.
- Toda tuya, amigo. Al fin y al cabo, ahora es de tu responsabilidad. Espero que te sea útil.
- Exacto, soy yo quien tiene esa responsabilidad. No creo que necesites volver a escuchar al embajador dejándote fuera.
Una chispa de enfado recorrió el iris verde de Carlo hasta encenderlos, pero no mostró ningún signo más de enfado. No volvió a atacar, simplemente se dio la vuelta y caminó hacia el lado opuesto del pasillo, con tranquilidad.
Efrén le siguió con la mirada mientras pasaba su americana por mis hombros. Su calor me envolvió para sumarse segundos después a su propio calor corporal, al pasar su brazo por mi cintura y dejar que mi peso cayera sobre el suyo.
Me pasé el trayecto con los brazos cruzados, intentando tapar la rojez donde Carlo me había agarrado con fuerza.