Fuimos Roma 13 #3
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Era duro, persuasivo y siempre conseguía lo que quería en cada situación, además de que no me pasaba desapercibida la forma en la que le miraban muchas mujeres de las que nos habíamos cruzado.

No me extrañaba, era atractivo, se mantenía en forma y tenía ese aura de poder peligroso con sonrisas encantadoras, que provocaban que se sintieran atraídas, como polillas a la luz.

Anduvimos hasta el lugar en el que se celebraría la cena, la cual no había empezado, pero ya tenía ganas de que llegara a su fin. Entramos en el salón dispuestos a buscar la mesa a la que debíamos dirigirnos, pero la majestuosidad del espacio me dejó sin respiración.

Un techo completo de cristal dejaba entrar la luz de la luna, creando en la cubertería, miles de estelas por la sala, reflejadas en las paredes blancas con detalles en dorado.

Una gran mesa rectangular dividía la sala, decorada con detalles florales en los que destacaban el verde, el borgoña y notas de diferentes colores rosas que complementaban a la perfección el dorado de la mesa y de las sillas.

Alrededor de la mesa principal, estaban dispuestas diferentes mesas redondas, con manteles blancos y centros de mesa a conjunto. Todo estaba en armonía, desde los colores hasta los cubiertos.

Todos aquellos que estaban de pie, disfrutando de su copa de vino, whisky o champagne, no parecían nada afectados ante la opulencia de aquel lugar.

La extravagancia enlazada al neoclasicismo del espacio me había dejado maravillada, casi sin palabras, mientras que a mi alrededor nadie parecía caer en el lugar donde se encontraban, el decorado perfecto para hacer contactos, negocios y cualquier acuerdo provechoso para todas las partes .

Escaneé la sala con avidez, buscando cualquier persona que fuera menor de cuarenta años y que no tuviera aquella mirada de superioridad.

No pude evitar darme cuenta, con pesadez, que la mayoría de los invitados eran hombres y que las mujeres que había, agarraban el brazo de sus maridos o hablaban entre ellas. ¿Cuándo conseguiríamos estar en el mismo escaño de privilegios que ellos?

¿Cuando una cena de esta envergadura no habría tantísima desigualdad? Contadas eran las mujeres que eran el centro de la conversación y muchas menos, aquellas que estaban en una posición de poder; no pude evitar que aquella observación amargara un poco mi estado de ánimo.

Mi mirada se chocó con unos ojos metálicos desconocidos.

Un hombre, un poco más mayor que yo, me devolvía la mirada con intensidad.

Su traje caro se ajustaba perfectamente al cuerpo hasta acabar en unos brillantes zapatos; era guapo y él lo sabía.

Su pelo negro como la noche contrastaba con sus ojos grises, de los cuales no había podido apartar la mirada desde que los había sentido encima de mí; eran magnéticos.

Se acercó a nosotros con pasos deliberados, pensados.

- Lorenzo, un placer volver a verte- dijo este, el desconocido con bonitos ojos, a mi padre- No sabía que ibas a venir acompañado- en su defensa he de decir que era la única persona con la que nos habíamos cruzado que no me había ignorado a propósito.

- Ian, no esperaba verte aquí- leí la sorpresa en los ojos de mi padre, aunque la desdibujó con rapidez antes de estrecharle la mano- Es mi hija, Flora.

Cariño, te presento a Ian Bailey- le tendí la mano antes de que se precipitara a darme dos besos, como hacía cada hombre del círculo social de mi padre.

Me parecía insultante y denigrante el hecho de que yo tuviera que aceptar que extraños invadieran mi espacio personal, pero que entre ellos solo hubiera una señal de respeto. Yo también podía estrechar la mano sin necesidad de que labios desconocidos rozaran mi piel.

Ian levantó una ceja en señal de sorpresa, pero cogió mi mano entre la suya y, a diferencia de la gran mayoría de las personas, apretó mi mano al estrecharla; no lo hizo con delicadeza como estaba harta de recibir.

Yo también apreté la de él y, como le había pasado a mi padre, leí claramente la sorpresa en su semblante.

- Encantado de conocerte, Flora. Nos han sentado juntos, al menos ya sé que la compañía merecerá la pena- dijo con voz áspera antes de mirar de nuevo a mi padre- Y que habrá una conversación interesante y no banal como la que llevo escuchando casi una hora.

¿Qué tal todo por Roma, Lorenzo? He oído que la situación política se está complicando…

- antes de que pudieran iniciar una charla que me marearía más de lo que ya me encontraba, me disculpé y me dirigí hacia la mesa en la que nos había sentado y, en efecto, mi nombre estaba al lado de Ian Bailey.

Mientras andaba con seguridad y con dolor, sentí la mirada de Efrén, levanté la cabeza, pero no podía verle, aunque sabía que estaba ahí; era todo lo que necesitaba.

Un manto cálido de protección me invadió al pensar en las palabras que me había susurrado al salir del coche, al igual que una sensación parecida a la expectación sumada a los nervios y al aleteo de algo nuevo, me invadió asentándose en mi interior.

Un par de minutos después, mi padre apoyó su mano sobre mi hombro; su dedo pulgar se desplazó con movimientos circulares reconfortantes, haciéndome sentir como cuando era pequeña y caía enferma. Acariciaba mi pelo hasta asegurarse que dormía plácidamente.

Mi estómago aún continuaba revuelto y no me creía capaz de dar ni un bocado a cualquiera de los platos que habían preparado; el sudor se deslizaba en pequeñas gotas por mi espalda desnuda y el zumbido que sentía en mis oídos iba en aumento, haciendo desagradable cada pequeño sonido, como el de las copas chocando entre sí o el de las botellas al descorcharse.

Solo tienes que mirarme, colibrí, y todo lo demás me dejará de importar.

Las palabras de Efrén se repitieron en mi cabeza durante la cena, actuando casi con un mantra calmante y sacando cada vez más preguntas de una única frase. Palabras construidas de una forma que parecía despreocupada eran capaces de ser la miel dorada que necesitaba mi alma para poder respirar.

La cena transcurrió de forma distendida; mi padre bromeaba con el cónsul de Portugal como si fueran amigos de toda la vida, mientras de Ian hablaba de asuntos de ciberseguridad con uno de los miembros del Parlamento Europeo, mientras que yo incluía algún comentario allí y allá, no demasiado revelador, pero lo suficiente como para que no me miraran desde el juicio.

En cierto momento en el que el cónsul comenzó a hablar sobre los problemas de la economía en su país con la ministra de Asuntos Exteriores de Alemania, mi padre se giró hacia mí y pasó su mano por mi cabello; casi hace que cierre los ojos ante la caricia inesperada.

- Apenas has probado bocado, cariño- señaló preocupado.

- Tengo el estómago cerrado, papá.

- ¿Qué te parece Bailey?- casi me atraganto con el agua, porque no me esperaba esa pregunta y porque me miraba con las cejas levantadas, esperando una respuesta.

Mantenía la voz baja, pero aun así, me daba vergüenza pensar que pudiera escuchar aquella conversación.

Al fin y al cabo, le tenía a unos centímetros de mí, aunque estuviera enfrascado en una conversación interesantísima sobre cómo reforzar los sistemas de seguridad de los órganos de poder de cada país.

- No lo sé, apenas hemos intercambiado un par de palabras.

Es educado, pero tiene esa seriedad inquebrantable que lo envuelve como una armadura, solo que debajo de ella, guarda un sarcasmo fino, casi elegante, que puede resultar tanto encantador como punzante.

Creo que a los demás les irrita, pero nadie se atreve a decírselo.

Me gusta pensar que es por respeto, aunque sé que es más probable que sea por miedo.

Sería una ingenua si pensara lo contrario- suspiré, observando mi copa antes de seguir- Su manera de vestir, impecable, solo demuestra esa necesidad intrínseca de mostrar el poder económico que tiene, como si fuera un accesorio más…

igual que el Rolex en su muñeca izquierda.

Aunque, su educación, la manera de dirigirse a los otros, dice más de él que su dinero y sus trajes caros.

Creo que no es más que una careta; en el fondo, lo único real es la inteligencia que le ha llevado hasta donde está.

Me encogí de hombros mientras mi padre escuchaba con atención, cavilando mis palabras mientras daba un sorbo a su copa de vino tinto con la que marinaba su carne roja. Pensar en tomar otra bebida era un sacrilegio para él.

- ¿Por qué lo preguntas?- inquirí. Esbozó una sonrisa cómplice, su mirada llena de esa mezcla de ternura y perspicacia me hacía saber, que de mi respuesta, había sacado lo que deseaba.

- Eres observadora, es algo que admiro de ti. Y también porque le gustas- sí mis mejillas carecían de color por mi malestar, ahora mismo debían de estar al rojo vivo.

- ¡Papá!- protesté, casi gritando, mientras su risa grave y profunda llenaba la habitación- ¡Eso no es verdad!

- Cariño, si quieres engañarte a ti misma, adelante, pero no creas que puedes engañarme. Te llevo años de ventaja.

- No voy a hablar de esto contigo, papá! ¡Me niego!- di un sorbo a mi copa de agua, deseando que se convirtiera en tequila, aunque fuera solo por un segundo.

- Si no quieres hablar de esto, tal vez te interese hablar de qué diablos pasa entre Efrén y Carlo.

Sentí cómo mi estómago se tensaba. Había decidido abrir la caja de Pandora esta noche, y claramente no pensaba cerrarla. Intenté hablar, pero él se adelanto, con esa precisión quirúrgica que solo un padre como el mío puede tener.

- No me mientas, hija. Y no lo niegues, porque acabas de arrugar la nariz. Siempre lo haces cuando vas a mentir .

- No sé por qué me lo preguntas a mí, papá. Si quieres saber qué les ocurre, deberías hablar con ellos.