13 #2
Apareció con los zapatos de salón de Yves Saint Laurent en la mano.
La forma en la que los cogía de ambos amarres, el charol negro brillante de los mismos, hacía que tuviera una visión increíblemente sexy.
Con su traje inmaculado, su auricular, su arma bajo la americana (no me hacía falta verla como para saber que estaba ahí), su rostro recién afeitado, su corte de pelo casi militar, la cicatriz en su labio inferior, todo hizo que una bola de calor se instalara entre mis piernas y tuviera que hacer verdaderos esfuerzos por no cruzarlas y aliviar un poco el deseo latente que nacía entre ellas.
¿En qué momento mi vida había tomado este camino?
- Menos mal que no has elegido las Miu Miu, no pegaban nada con este vestido- dije con la esperanza de destensar el ambiente que reinaba entre estas cuatro paredes.
- Ha sido por el placer egoísta de verte con estos, colibrí- la sonrisa se me congeló para dar la bienvenida a unas mejillas sonrojadas a causa de su comentario. Una pequeña sonrisa de superioridad apareció en sus labios al mismo momento que se arrodilla ante mí.
Si la anterior me había sugerido cualquier tipo de pensamiento erótico, tenerle arrodillado ante mí era algo que me robaba el aire que necesitaban mis pulmones para seguir con vida.
¡Dios! ¿Qué me pasaba? Yo no era así.
Agarró mis tobillos con decisión y delicadeza, retiró ambos calcetines; tenía la pedicura hecha con un color rosa, siendo lo opuesto a los zapatos que me iba a poner en ese momento.
Colocó uno de ellos, asegurando la cinta en el talón para pasar al otro, haciendo el mismo movimiento.
Aquellos zapatos eran tan bonitos como incómodos; tan solo era capaz de ponérmelos en ocasiones como esta.
Mis pies tomaban una posición antinatural ante tal altura de tacón, sin ningún tipo de plataforma, pero eran tan bonitos como sexys, además de que me hacían sentir segura como empoderada y esta noche lo necesitaba.
Antes de levantarse él, me ofreció su mano para ayudarme a hacer lo mismo, nuestros movimientos parecieron sincronizados, volviendo a quedar a unos centímetros el uno del otro.
Aún con los zapatos de más de diez centímetros, su altura todavía era superior a la mía, obligándome a echar la cabeza ligeramente hacia atrás para poder mirarle a los ojos.
Una gota de sudor resbaló por mi sien y el zumbido ensordecedor que sentía en mis oídos volvió con más intensidad.
Sin querer darle más importancia, fui a coger el bolso para poder meter el móvil, el pintalabios y la llave del hotel, cuando un mareo me sobrevino, haciendo que me agarrara con fuerza a la mesa. Jadeé y, como pude, volví a intentar centrar la mirada en la lámina que tenía justo delante.
Vamos, Flora, solo son un par de horas, tú puedes.
Sin ni siquiera darme cuenta, tenía las manos de Efrén a ambos lados de mi cadera, para ayudar a estabilizarme. De verdad que este chico se movía demasiado rápido.
- Ha sido un ligero mareo, estoy bien- me giré con una sonrisa para enfrentarle, pero la expresión de su rostro, seria, dura y sin composición, hizo que no añadiera nada más.
- Solo te lo voy a decir una vez, porque sé que tienes que acudir, pero al mínimo indicio de que te encuentras peor, te saco de ahí. Me da igual que estés cenando con el papa o con el puto presidente de Estados Unidos; nos largamos.
Asentí con la cabeza y, antes de que mi cuerpo decidiera volver a jugarme una mala pasada y don Mandón me encerrara en la habitación, metí todo en el bolso de mano y salimos de la habitación.
Llegábamos más de quince minutos tarde; mi padre iba a matarme.
Efrén:
Llegamos más de quince minutos tarde al hall del hotel, pero lejos de haber algún tipo de recriminación, Lorenzo continuaba hablando animadamente por teléfono.
Diego me miró, frunciendo el ceño y buscando algún tipo de explicación, mientras que Carlo se comía con los ojos a Flora, aunque en esto no podía juzgarlo; yo también lo había hecho .
Aquel vestido negro le sentaba como un guante, dejando ver la sinuosa s que formaba su espalda.
Su figura estilizada por aquellos dichosos tacones era la expresión más pura de elegancia.
Estaba acostumbrado a verla usar colores claros, tonos rosas, azules, blancos, incluso algún rojo, pero joder, ¿de negro?
Estaba increíblemente sexy y ni siquiera era consciente de ello.
El embajador, finalizó la llamada al darse cuenta de que ya nos encontramos ahí. Miró a su hija y sonrió ampliamente, acercándose a ella para besarla en lo alto de la cabeza.
- Estás bellísima, cariño.
- Gracias, papá- Flora sonrió, pero una expresión de preocupación cruzó el rostro de su padre.
- ¿Te encuentras bien, hija? Estás muy pálida y tienes los ojos brillantes al igual que cuando eras pequeña- un tono escarlata tiñó sus mejillas, volviendo completamente adorable.
- Es un ligero malestar, papá. Sobreviviré- dijo a la vez que entrelazaba su brazo con el de su padre- ¿Nos vamos? Al final vamos a llegar tarde y no creo que a los embajadores de Europa eso les haga mucha gracia.
- Claro, cariño- Lorenzo puso la mano sobre la de su hija y echaron a andar hacia la salida del hotel.
Diego se acercó a mí y dejó que Carlo fuera tras ellos.
- A la mínima la saco de allí- le dije en tono autoritario, pero ganándome un pequeño asentimiento de cabeza, que en el idioma de Diego era un: me haces sentir un ínfimo rastro de orgullo.
- No puede mentir peor- solté una carcajada, porque era verdad; Flora era horrible mintiendo, se le notaba a la legua cuando lo hacía, pero en lo que sí era buena era en poner esa sonrisa vacía en su rostro. En eso era la mejor.
Nos dividimos en dos coches, tal y como habíamos ido a la vuelta del aeropuerto.
Disfruté del tiempo a solas con ella, aunque el ambiente lo llenara con su aroma y me hiciera difícil no volverme un adicto a él.
Iba bastante callada para como era ella, aunque canturreaba alguna de las canciones que emitía la radio.
Cuando íbamos hacia el aeropuerto en Roma, había mantenido mi mano sobre su muslo de manera completamente intencionada, aunque el acto hubiera salido de mi más puro instinto al tener que maniobrar con tanta rapidez.
Y ahora, ahora me moría por volver a hacerlo, aunque no debiera, aunque debiera dejar de complicar las cosas entre nosotros; ese deseo estaba latente.
Era un hecho que mi cabeza últimamente reproducía cada imagen suya, haciéndome imposible retirar mi pensamiento de ella durante más de cinco minutos, pero el contacto físico era otro nivel al que estaba seguro que no debía saltar.
No era que no lo deseaba, que no lo quería, era que no debía hacerlo.
Llegamos al lugar donde tenía lugar la cena entre muchos personajes del mundo de la política, la diplomacia y la representación de los países con más importancia en Europa. Flora suspiró a mi lado y miró por la ventanilla.
- Lo fácil que sería fugarme contigo ahora mismo- la mera idea encogió mi corazón y por unos segundos me quedé petrificando mirando su perfil.
Volvió su rostro hacia mí y una sonrisa tiró de sus labios. Su tono burlón había intentado enmascarar, fracasando, el tono melancólico y triste con el que había pronunciado aquellas palabras.
Me fugaría contigo a cualquier parte.
Flora:
Llegamos al lugar de la cena, era intimidante.
Sentía el sudor frío cayendo por mi espalda, mi respiración acelerada y las náuseas en la boca de mi estómago.
Ni en mis mejores condiciones me sentía preparada para afrontar aquello, pero con este malestar, sentía que la máscara de niña sonriente y educada, a la que el universo que la envolvía no le importaba, se empezaba a caer.
¿Y si vomitaba? ¿Y si dejaba a mi padre en ridículo? ¿Qué pensarían el resto de las autoridades de mí? Seguramente que no era lo suficientemente interesante como para tener una conversación conmigo y que simplemente era una niña mimada que tenía la cabeza llena de pájaros.
Estaba siendo ridícula.
Jugueteé con el anillo que llevaba en el dedo anular, una piedra color verde, brillante y pulida.
No podía alargar mucho más el momento de salir, por lo que cogí aire, respirando el olor fresco y amanerado que siempre desprendía Efrén, que ayudaba a calmar mi alma y, mirándole, asentí, un gesto inaudible que le hizo saber todo lo que necesitaba.
Salió del coche, lo rodeó en cuestión de segundos y abrió mi puerta; como si de una princesa fuera, me tendió la mano para ayudarme a salir.
Le agarré con fuerza y salí a la fría noche de Bruselas.
Por un segundo quise entrelazar mis dedos con los suyos, deseando que me dieran fuerza y que me acompañara dentro, para sentir su calor como un manto de protección.
- Solo tienes que mirarme, colibrí, y todo lo demás me dejará de importar- susurró en mi oído, acto que pasó desapercibido para los demás, pues desde fuera parecía que me cerrara la puerta y no que hacía mis piernas temblar con sus palabras.
Mis dedos soltaron los suyos, dejándolos ir, para dar un paso en la dirección de mi padre y juntos entramos a una gran cena, llena de diplomáticos elegantes bajo una cúpula adinerada, privilegiada.
Mis tacones repiqueteaban en el suelo de mármol; de las paredes colgaban espejos barrocos, antiguos candelabros convertidos en delgadas bombillas que creaban una atmósfera íntima, reflejándose en las inmaculadas baldosas y cristales de las lámparas de araña que pendían por encima de nuestras cabezas.
Nos detuvimos a saludar a la embajadora de Dinamarca y su mujer, para continuar hacia un gran grupo de hombres y mujeres, que recibieron a mi padre con respeto y admiración.
Sabía que mi padre estaba muy bien posicionado dentro del mundo diplomático; no solo había cosechado amistad y trabajo con grandes familias italianas, sino también con representantes de diversos países de Europa.