Fuimos Roma 13
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Scared to be lonely

Efrén y Flora

Flora:

Habíamos llegado a Bruselas haría ya unas cuantas horas, pero no había salido de la habitación desde entonces.

Tampoco es como si me sintiera encerrada: era una habitación de un hotel de cinco estrellas en el que había un vestidor, un baño tanto con ducha como con bañera y una cama junto a una mesa redonda en la que podías tanto comer como trabajar.

Aquello era más grande que las casas de muchas personas, tanto que rozaba lo ridículo.

Efrén estaba alojado en la habitación de frente, seguido de Carlo y de Diego, quienes estaban a ambos lados de la suite de mi padre, al fondo del pasillo.

Tanto Diego como Carlo habían salido con mi padre a las reuniones pertinentes que tenía nada más llegar y a la comida a la que debía de acudir, que, gracias a todos los dioses, no me había pedido que acudiera.

Y Efrén… Efrén no sabía lo que estaba haciendo; le había dejado claro que no iba a salir de la habitación y que pediría servicio de habitaciones, en parte porque el mareo continuaba y cada vez se hacía más fuerte y latente, y en parte porque quería dejarle descansar.

Fuera como fuese, me había mandando un mensaje un par de horas antes diciéndome que iba a salir a correr y que me avisaría cuando estuviera en el gimnasio, tal y como había hecho una hora después en el que podía leer entre líneas: ni se te ocurra salir de esa habitación sin decírmelo o vamos a tener problemas .

Levanté el teléfono del hotel a eso de las dos para comer algo calentito que me templara el cuerpo, puesto que desde el café no había vuelto a ingerir nada. Aunque seguí teniendo un nudo en el estómago, debía de esforzarme en llevarme algo a la boca antes de salir del hotel a la cena.

El mareo pasó a ser una pátina de sudor frío sobre mi frente y un zumbido constante en mis oídos.

Últimamente mi vida había sido un caos de emociones, que no me extrañaría para nada que mi cuerpo se hubiera puesto enfermo.

Llamaron a la puerta treinta minutos después con la comida, pero antes de que ni siquiera pudiera dar un bocado, las náuseas se apoderaron de mí y vacié lo poco que tenía en el estómago.

Genial, simplemente genial.

Volví a tapar la comida y la dejé relegada a una de las esquinas de la habitación. Todo me daba vueltas; aun tumbada, absolutamente toda la habitación daba vueltas. Recibí un mensaje, el cual leí entre la neblina de las lágrimas que había en mis ojos.

Efrén:

Estoy en la habitación.

Te paso a recoger a las 7.

Contesté a Efrén con un simple emoticono y volví a cerrar los ojos. Al menos dormiría un poco antes de tener que prepararme.

Dormir no, me había quedado completamente inconsciente. Me había despertado con menos tiempo del que me gustaría para prepararme y todo por una llamada de Oli; si no fuera por ella, seguiría inconsciente.

Volví a llamarla tras salir de la ducha y me acompañó con su voz y con su risa mientras me maquillaba; hasta al otro lado de la pantalla se había dado cuenta de que tenía una pinta horrible.

Pero no podía no acudir a la cena, no era una opción, tan solo tenía que aguantar un poco más, solo un par de horas, hacer acto de presencia y desaparecer.

Decir que me encontraba mal, enferma, era el eufemismo del año. Sentía como si un camión me hubiera pasado por encima y hubiera dado marcha atrás para rematarme.

Tuve que esforzarme el doble en maquillarme la piel, normalmente mi piel era muy blanca y se sonrojaba a la mínima, pero aquello rivalizaba con lo fantasmagórico.

Delineé mis ojos de color negro y pinté mis labios con un tono carmesí, que hacía que mi piel no se viera tan falta de color.

Al menos no parecía a punto de desmayarme.

Miré las dos opciones que había metido en la maleta para aquella noche; uno era un vestido lila vaporoso de palabra de honor con un pañuelo largo a juego y el otro un vestido largo de color negro, con manga larga, pero con la espalda completamente descubierta.

Me decanté por el segundo; era elegante con un toque sexy, pero no demasiado llamativo.

Me recogí el pelo y me puse el vestido; la suave tela se deslizó por mi cuerpo con facilidad, acariciando mi piel. Aquel vestido era tan sencillo como precioso, pero no había calculado un pequeño detalle y eran los minúsculos botones que había en la parte de atrás del cuello.

Solté un grito de frustración; la visión que me devolvía el espejo no era muy alentadora. Las perlas de sudor hacían que me brillara la piel; me sentía tan débil y las náuseas no cesaban, que de verdad lo único que quería era meterme debajo de las sábanas .

Instalé una sonrisa falsa en mis labios y me dispuse a salir de la habitación para buscar la ayuda de mi padre.

Con vestido de noche y unos calcetines ridículos de ositos, pero muy calentitos.

Abrí la puerta, cogí la llave de la habitación y, sin mirar, salí al pasillo, chocando contra un muro cálido. Levanté la mirada y me encontré con la mirada oscura de Efrén, quien me agarraba ambos brazos. Olía a jabón y a un aroma fresco tan propio, tan suyo, junto a un ligero rastro de aftershave.

- ¿Qué haces en mitad del pasillo? -me sujetó por el mentón, obligándome a mantener mi mirada en él.

Se había afeitado; no había rastro de su barba de un par de días que siempre se dejaba. Estaba guapo, pero la barba junto a su pelo tan corto le daba un aspecto muy interesante. Una mezcla entre peligro y misterio.

- Eh…-trastabillé un poco con las palabras; cuando le tenía tan cerca, no podía evitar ponerme nerviosa- Necesito ayuda para acabar de abrocharme el vestido- Efrén inspiró y cerró los ojos, apretó la mandíbula y volvió a abrirlos con una tormenta desconocida librándose en ellos.

- ¿Y has salido al pasillo de un hotel, con el vestido a medio abrochar, en busca de ayuda?- las palabras estaban tan medidas, su voz era tan calmada como contenida, que un escalofrío recorrió mi espina dorsal.

- Iba a ir en busca de mi padre, tampoco es como si le fuera a pedir a un desconocido que me abrochara el vestido.

- Eso hubiera provocado dos problemas: uno-dio un paso más hacia mí, haciendo que nuestros cuerpos estuvieran prácticamente pegados- Me habrías hecho enfadar por no acudir a mí y dos- cogió uno de los mechones que me había dejado sueltos del recogido que llevaba y se lo pasó entre los dedos- Habrías provocado que me despidieran por meterme en una pelea con un gilipollas con demasiada suerte que te hubiera tocado- el aire se quedó atascado en mis pulmones, el calor de las manos de Efrén sobre mi cadera me quemaba y enviaba corrientes de deseo por todo mi ser.

Nuestras respiraciones se aceleraron, su aliento chocaba contra el mío, mi piel erizada sentía cada pequeño movimiento de sus dedos, sentía tanto calor como frío en las partes de mi cuerpo que no había acariciado.

Éramos dos fuentes de energía que se atraían entre sí, nuestros labios apenas estaban a milímetros el uno del otro y casi podía escuchar las chispas saltando entre sí.

¿Cuántos problemas me acarrearía besar a mi guardaespaldas? Probablemente demasiados, entonces, ¿por qué sentía que merecían la pena?

Unas voces al fondo del pasillo rompieron el hechizo y ambos dimos un paso hacia atrás, separándonos lo suficiente como para que no se pudiera malinterpretar o interpretar lo que estaba a punto de pasar.

- Déjame ayudarte con el vestido- su voz se había vuelto un par de tonos más grave de lo habitual.

En lugar de contestar, me di la vuelta para volver a abrir la puerta de mi habitación.

Mis piernas parecían de gelatina, no sabía ni cómo había conseguido dar un par de pasos, pero ahora lejos de ser a causa del malestar, el causante estaba a mi espalda, irradiando ese calor tan reconfortante y seguro .

Me hice a un lado y le dejé entrar a mi habitación. Durante un segundo escaneé la habitación en búsqueda de algo vergonzoso, como un tanga tirado por el suelo, pero nada; sobre la cama únicamente está el vestido lila que había descartado.

- ¿Por qué no has comido?- me preguntó, señalando el carrito del servicio de habitaciones con la cabeza.

- No me encuentro muy bien y no me apetecía comer nada.

- ¿Qué te ocurre?- me preguntó escaneando mi cuerpo en busca de alguna señal, pero más allá del rostro más pálido de lo normal y del ligero sudor que empapaba mi frente y pecho, no había nada más.

- Estoy bien, no te preocupes- me giré dándole la espalda, para que pudiera abrocharme los micro botones del cuello- ¿Puedes abrocharme los botones del cuello?

Unos segundos después sentí la punta de sus dedos acceder por mi espalda hasta el cuello de mi vestido; los botones eran ridículamente pequeños, pero aun así, no le supuso ningún problema para la agilidad de sus dedos.

Cuando hubo abrochado el último, sus manos fueron hacia mis hombros y ahí se quedaron durante unos segundos, hasta bajar las manos por acariciar mis brazos y acabar entrelazando sus manos con la mías.

No era la primera vez que su mano se entrelazaba con la mía, pero sí era la primera que el gesto se sentía tan íntimo, que hizo que mi garganta se cerrara durante unos segundos.

- ¿Seguro que estás bien?- su aliento acarició mi oreja y calentó mi perfil. Yo mirando hacia la ventana y él cubriendo mi espalda.

- Seguro- sabía que mi voz había sonado afectada y que había temblado, pero no podía evitarlo cuando lo tenía cerca.

- Siéntate en la cama, te ayudaré a calzarte- se movió con rapidez hasta el vestidor, sin hacer ruido, algo bastante difícil para una persona tan grande como él.

Me senté en la cama; la cabeza aún me daba vueltas, pero ya no estaba muy segura cuál era la causa, aunque las náuseas que aún sentía en el estómago fueron suficientes para recordarme que lejos del poder que Efrén tenía sobre mí, no estaba en mis plenas facultades.